cluida en op. cit., págs. 267-268.
clama la intervención de todos los sectores de la nación, que no puede estar pendiente de oscÜaciones y decisiones particulares de cualquiera de esos sectores. E n otros térmi nos, J'ocqueville habla aquí siempre como hombre de Es tado que trata de una problemática que compromete a Fran cia por entero, así en lo relativo a sus intereses materiales como en la proyección externa de sus creencias y valores: no es tanto oposición a que sectores de la vida francesa de liberen y discutan sobre la cuestión como negativa a que cualquier particularidad, económica o ideológica, predomi ne sobre las demás y determine al conjunto.
Desde esta perspectiva, diseña un cuadro completo de la cuestión. Analiza la situación de la dom inación m ilitar y los problemas para mantenerla, las dificultades políticas y administrativas de la gestión de la dominación, ¡as líneas de penetración, en fin, para-colonizar el territorio. No se tra ta, pues, de concebir la relación entre Francia y Argelia en términos de sola dom inación por ¡a fuerza de las armas: dado este momento inicial obviamente imprescindib¡e, Toc queville pretende indicar cómo deben administrarse aquellos territorios para, finalmente, preparar el terrario más favo rable a ¡a presencia civil, al colono. Los informes, además, tienen una buena carga de erudición histórica y de análisis comparado. Tocqueville conocía bien Argelia, pero da abun dantes pruebas de haber estudiado a fondo otras muchas experiencias históricas: desde imperios militares en sentido estricto hasta ¡as coniplejidades del Im perio británico. Y, por últim o, quien habla en todo momento es un político. Quiero decir que ni la descripción general de Argelia ni la erudición histórica tienen otro objetivo en e¡ discurso que- el llegar a la proposición de medidas simiamente precisas y concretas: desde discusión sobre el eventual presupuesto de gastos de esta o aquella acción hasta señalar zonas geo gráficas como más aptas que otras para la agricultura y para un tipo determinado de agricultura. A m i juicio, y a más del interés que los informes tienen para conocer esta dimensión poco estudiada de Tocqueville, su lectura es ins tructiva por otros aspectos. Y no el menor podría ser el que constituyen un perfecto m anual de una colonización in teligente/ esto es, una colonización en la que la metrópoli maxirnice ¡os ingresos y minimice en lo posibie los gastos.
Pues bien, sin olvidar la pretensión introductoria de es tas páginas, los puntos de los informes que me parece de mención necesaria son éstos:
E l más inmediato es que, ciertamente, Tocqueville no se rodea de precauciones:
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«Admitimos, pues, como verdad demostrada que la dom i nación sobre Africa debe ser m antenida firmemente. Nos lim itarem os a buscar lo que esta dom inacióii es hoy día, cuáles son sus verdaderos límites y cóm o actuar para ha cerla más firme» {D.E.P., pág. 311).
A p artir de ahí, su discurso se abre hacia tres ternas: . E l primero se refiere a la dimensión m ilitar de la cues tión. Lo cual le parece una dificidtad superada. Gracias a la. dirección del mariscal Begaud, comandante en jefe, del ejército francés, viene a decir, se sabe ya perfectamente cómo hacer la guerra en Argelia. Unidades pequeñas 3’ de
gran movilidad en lugar de cuerpos de ejército; ocupar las aldm s }’ lugares estratégicos; preferencia del can'tello sobre el C a ñ ó n ; control, en definitiva, lo más directo posible: esto es, control de las personas, de las cosechas 3^ de los re
baños.
«La experiencia nos ha m ostrado no sólo cuál es el tea tro natural de la guerra; nos ha enseñado tam bién a ha cerla. Nos ha descubierto la fortaleza y la debilidad de nuestros adversarios. Nos h a hecho conocer los medios para vencerlos y los medios pará, una vez vencidos, poder seguir siendo los dueños. Hoy día puede decirse que la guerra de África es una ciencia cuyas leyes conoce todo el m undo y de las que cualquiera puede hacer uso con garan tías de éxito casi seguro.» (E.D.P., pág. 316.)
Con ello, sin embargo, y éste es el segundo punto, no se ha solucionado todo.
«A m i juicio, sería una ilusión creer que, m ediante una nueva organización de la fuerza material, o dotando a la fuerza m aterial de mejores medios de locomoción, podrían dism inuirse en gran núm ero los efectivos de nuestro ejér cito. EÌ arte de conqiñstar sería demasiado sencillo y de m asiado fácil si sólo consistiese en descubrir secretos de ese género y en superar dificultades de ese género. El obs táculo real y permanente que se opone a la dism inución de los efectivos m ilitares es, sepamos reconocerlo, la dispo sición de los indígenas para con nosotros.» {D.E.P., pág'. 319.)
Es decir, una de las enseñanzas de la guerra es, justa- iitente, que el enemigo no es un ejército regular en sentido estricto, que el enemigo es la población tal cual: ningún
arte militar, pues, en tales circunstancias, puede sustituir a la función de gobernar, bien entendido que, en tiste caso, ésta consiste básicamente en conseguir que el pueblo dom i nado acepte, más o menos gustosamente, la dominación.
¿Y cómo, entonces, actuar? Tocqueville, en el tercer pun to, desarrolla varias estrategias.
Así, y esto es algo que considera írrentmciable, el poder político decisorio tiene que estar absolutamente e.n manos francesas. Los poderes secundarios y locales pued¿n entre garse a los notables indígenas, al tiempo que deben fomen tarse todas las tendencias sociales existentes, susceptibles de potenciar el dominio francés.
La línea política general ha de tener ima coiisistenda propia. Consistencia propia quiere decir para Taccjueville varias cosas. Que haya un marco general claro, pero que sea la iniciativa ¡ocal quien ¡o complete: le parece funesta la centralización y arhitrismo ejercido desile París y, en su caso, desde Argel. Que el colono francés sepa a qué atenerse con respecto al Estado francés y con respecto a los indí genas. Que éstos, a su vez, coiiozcan ¡as reg¡as de actuación y sus límites. Pero, sobre todo, quiere decir que e¡ paso de dominación m ilitar a la colonización se produzca sin zigzags entre exceso de benevolencia con respecto a los dominados y exceso de dureza.
«No hay utilidad, ni obligación, en perm itir a los m usul manes ideas exageradas sobre su propia im portancia, tam poco en persuadirles de que estamos obligados a tratarlos en cualquier circunstancia precisamente como si ftiesen conciudadanos e iguales nuestros. Saben que, en África, , tenemos una situación de preponderancia y esperan que
la conservemos. Abandonaría hoy sería prodiicir en su espíritu extrañeza y confusión y llenarlo de nociones erró neas o peligrosas.» (D.E.P., pág. 324.)
E l exceso de energía, por su ¡ado, tampoco produce bue nos resultados. En todo caso hay varias cuestiones ¡que considera Tocqueville de la máxima importancia.
Sería inútil — dice— querer imponer ¡as costumbres y creencias francesas.
«La sociedad m usulm ana, en Africa, no era uisa sociedad incivilizada, sino, sólo, una civilización imperfecta y atra- sada->. (D.E.P., pág. 323.)
Es decir, desarticular sus marcos socia¡es para poder in- ■ troducir los del Occidente cristiano sólo produciría desajus
tes peligrosos. Y aquí Tocqueville piensa muy especialmente en el tema religioso. E l lector de La Democracia en América sabe ya la importancia fundam ental queÚ^ocqueville concede a la religión como mecanismo de control social. Pues bien, aunque en el islamismo, y había estudiado muy detenidamen te El Corán, veía, sobre todo, una incitación permanente a la ligión como mecanismo de control social. Pues bien, aun que en el islamismo, y había estudiado muy detenidamente
El Corán, veía, sobre todo, una incitación permanente a la
intolerancia y al espíritu guerrero, atribuía incluso buena parte de ¡a decadencia árabe a su influencia, peor le parecía ¡a pretensión de introducir el cristianismo: el proyecto es taba condenado de antemano al fracaso porque los musul- maries jam ás lo aceptarían y como, irremediablemente, su puesta en marcha implicaría también ¡a destrucción de la organización y burocracia religiosa existente, los árabes ter m inarían por seguir a los nuevos predicadores y jefes reli giosos que necesariamente brotarían, los cuales, con toda probabilidad, serían más fanáticos e ignorantes que los des plazados.
Además, un buen gobierno para con los argelinos sería un gobierno «que gobierne, que no se lim ite a explotarlos» (D.E.P., pág. 325). Presupuesta la superioridad política fran cesa, presupuesto el respeto a las instituciones sociales bási cas de los dominados, hay una serie de campos en los que la civilización francesa puede actuar. Suprim ir lo arbitrario, satisfacer necesidades, mejorar en lo posible.
«El islam ism o no es enteramente im penetrable a la ilus tración. A menudo, ha adm itido en su seno algunas ciencias o algunas artes. ¿Por qué no intentar que florezcan bajo nuestro im perio? No obliguemos a los indígenas a venir a nuestras escuelas, pero ayudémosles a rehacer las suyas, a m ultip licar los enseñantes, a form ar los hombres de ley y los hombres de religión que, tanto como la nuestra, pre cisa la civilización m usulm ana.» (D.E.P., pág. 325.)
Y, también, pueden establecerse vínculos entre franceses y musulmanes a partir de los beneficios que recíprocamente pueden obtener. Se trataría, pues, de una relación basada en ¡a m utua utilidad.
«Vemos ya formarse en algunos lugares este género de vinculación. Si nuestras armas han diezmado algunas tri bus, hay otras a las que nuestro comercio ha enriquecido y fortalecido singularmente, y ellas lo sienten y lo com
prenden. El precio que los indígenas pueden esperar de sus productos y de su trabajo se ha incrementado por todas partes a causa de nuestra presencia. Por otra parte, nuestros cultivadores emplean de buena gana brazos in d í genas. El europeo precisa del árabe para hacer valer sus tierras; y el árabe precisa del europeo para alcanzar sala rios elevados. Es así cómo el interés aproxima naturalm ente al m ism o campo y une forzosamente en las m ism as ideas a dos hombres tan separados por sus respectivas educación , y origen.» {D.E.P., pág. 329.)
Tales son los rasgos más instructivos del tratamiento que Tocqueville reservó a la esclavitud y al colonialismo. Sería poco útil, pienso, proyectar sobre ello juicios éticos y valoraciones del siglo X X . Su defensa firme de la necesidad de la abolición de la esclavitud puede ciertamente parecer escasamente congruente con la buena conciencia con que aborda el tema de Argelia. Sólo que hasta el propio Marx tampoco vacilaba demasiado para aprobar la dominación colonial de Inglaterra sobre la India, si bien en este caso el objetivo final era acelerar la liberación de la esclavitud capitalista mediante la llegada de la sociedad m undial sin clases. Lo uno y lo otro, una Argelia apaciblemente domina- da-colonizada con m utuo beneficio y una penetración en to dos los rincones del planeta de las contradicciones capita listas auguradora de la aurora de la H um anidad, se ven hoy de manera distinta a como se veían a mediados del X IX .
No obstante, sí hay que subrayar lo que puede enseñar esta dimensión relativamente poco estudiada de Tocque ville, E l gusto por las ideas generales y el análisis minucioso del caso concreto se unen aquí al utilitarismo indispensa ble al hombre de Estado. Esa mezcla no ha dejado de pro ducir perplejidad en algún intérprete. Pero, acaso, leyendo con cuidado algunos pasajes de La Democracia en América, puede resultar menos sorprendente: que Tocqueville fue poco propicio a transacciones con sus valores y creencias es sin duda cierto, pero también lo es que, como una de las explicaciones del caso americano^ habla de la suposición allí extendida de que ningún hombre es tonto, pero que cualquiera busca la riqueza y puede ser malvado. Y, por lo d e m ^ , en estos Recuerdos a los que ahora llegamos, el lector también encontrará muestras abundantes de esa mez cla: pues, al cabo, Tocqueville declara en ellos sin mayor reserva que las tres palancas fundamentales para gobernar son: las convicciones, la vanidad-y el interés. o
La Revolución de 1848 y los Recuerdos
E l 23 de febrero de 1848 se produce en 'París una m ani festación antigubernamental contra la que disparan las tro pas; no obstante, aquel mismo día, el rey, Luis Felipe, des tituye a Guizot, jefe del gobierno. E l 24, se subleva París: Lui.s Felipe abdica en favor de su nieto, el conde de París, y huye a Inglaterra. E l 25 se proclama la I I República. Se cierra así el período de la m onarquía burguesa, abierto en 1830 y comienza una de las etapas más apasionantes de la historia europea contemporánea.
En 1830, ¡as agitaciones populares, fundamentalmente an timonárquicas, tuvieron como resultado más visible sustituir a Carlos X por Luis Felipe de Orléans y la anacrónica Carta de 1814 por la de 1830. Si ésta ¡tace alguna concesión teórica a la doctrina de la soberanía nacional y dei sufragio univer sal, ¡o cierto, es que, en ¡a práctica, el sistema electoral que instaura se concreta en conceder derecho al voto a unas doscientas m il personas sobre una población de treinta' nñ- ¡lones En el interior de taies ¡imites, no es de extrañar que la vida poÜtica tuviese mucho de apacible controversia entre notab¡es más o menos preocupados por la obtención de cargos públicos, de alguna que otra trapacería entre ca- búHeros, de vigorosas contiendas par¡amentarias entre par tidos y grupos que acaso ¡legaban a sumar unas docenas de adherentes. E¡ resto de ¡a sociedad francesa, entretanto, podía entregarse con toda tranquilidad a sus asuntos par ticulares o a sus proyectos de rebelión. Estamos como dor midos sobre un volcán, advertía TocquevÜle en ¡a Cámara las vísperas casi de ¡as Jornadas de Febrero — si bien no deja de reconocer en los Recuerdos que la frase debía más a ¡a retórica parlamentaria que a un análisis concienzudo de la situación. Lo cierto es, según parece, que bastó la leví sima agitación promovida desde 1847 por la oposición a través de banquetes convocados en diversos lugares de Fran cia con el objetivo casi único de criticar al gobierno', para que, efectivamente, el volcán entrase en erupción: ante la sorpresa general, cayó el gobierno, pero también ¡a mo narquía.
A su vez, ¡a Segunda República no tuvo ¡arga vida. E l 2 de diciembre de 1851, Luis Napoieón encabezó con éxito
M. Duverger, Les consíituíions de la France, París, PUF, 1964 pá ginas 85-89.
un golpe de Estado: se autoproclama Em perador co?i el tí tulo de Napoleón U I y dicta, el 15 de enero de 1852, la Constitución de la dictadura imperial. Breve viíi¿ncia y, además, atormentada. Entre 1848 y 1851, en efecto^ el esce nario francés ofrece tensiones entre monárquicos y republi canos, entre republicanos moderados y radicales, entre todos ellos y los socialistas, intervenciones militares, agitaciones revolucionarias y represiones sangrientas. Para decirlo con otras palabras:
«Francia conoció un combate político que se pyrece más a los combates políticos del siglo xx que a cuekjuier otro episodio de la historia del xix. En el período 184í]-51 puede observarse ia lucha triangular entre los que, en el xx, se llam an fascistas, demócratas más o menos liberales y so cialistas.»
Y como ese es, precisamente, el período y los materiales de que tratan los Recuerdos, sólo por ello puede ser instruc tiva su lectura. Pero añado inmediatamente que ha'f alguna razón más.
Tocqueville vivió todo ese período desde posiciones ins titucionales hnportantes. Aáiernhro de la Cámara, miembro de la comisión redactara del anteproyecto de la Constitu ción de la República, ministro de Asuntos Exteriores desde el 2 de junio hasta el 31 de octubre de Í849. Además, no vaciló en salir a la calle para ser observador directo. Al conocimiento de primera mano de lo que acontecía en las, por así decir, altas esferas y de sus protagonistas, se suma entonces ¡a visión de las barricadas. Los Recuerdoí:; no pre- tenden hacer una historia de la época, sino sólo comentar las impresiones que el autor recibió. Pero el pape! que él mismo desempeñó los convierten irremediablemente en do cumento histórico de primer orden. Y curioso documento, además: pues como el texto está escrito desde la perspec tiva de quien se refiere a acontecimientos que ha vi\'ido y no piensa en publicación alguna, la sinceridad rozo, c.on fre cuencia ¡a brutalidad. Por todo ello, es de lamentar que no abarcasen todo el período inicialmente previsto por Toc queville: si él pensaba que fuesen desde febrero de 1848 hasta su salida del ministerio, sólo quedan fragmentos del período que va desde junio del 48 hasta el comienzo de su responsabilidad como director de la política exterior fran cesa; y, en fin, el últim o capítulo, el relativo a su etapa mi-