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Dario y la reestructuración del Imperio persa

9. El auge iranio: el Imperio (universal) p ersa

9.2. El Imperio persa

9.2.1. Dario y la reestructuración del Imperio persa

Tras dos años de desordenes entre los que destacan las revueltas de Babilonia y Egipto, que se unieron a quienes en Media y Persia no reco­ nocían su autoridad, Dario (522-486) se encontró al fin en disposición de dominar la situación del Imperio y acometer la reorganización de todo el aparato administrativo, para que sirviera de eficaz instrumento, aseguran­ do el gobierno de los vastos territorios comprendidos en sus dominios. El estado adquirió una estructura territorial al quedar dividido el Imperio en satrapías, extensas circunscripciones que constituían verdaderas unidades culturales y económicas y que gozaban de amplia autonomía, estando obligadas a satisfacer tributo y a contribuir con contingentes militares. Se acometió igualmente una reforma fiscal y tributaria que fue culminada por la difusión de la moneda que poco antes había hecho su aparición en Lidia y las ciudades griegas de la Jonia. La moneda y el sistema ponderal oficial se sobrepusieron, sin eliminarlos, a les medios de pago y los sistemas de pesas y medidas locales, lo que no es sino una manifestación más del equi­ librio conseguido por Dario, entre la autonomía de las satrapías y el ca­ rácter autocrático del gobierno central. Las comunicaciones fueron mejo­ radas en todo el Imperio y se puso en marcha un sistema de postas y veloces correos a caballo que en todo momento tenían informado al Gran Rey de aquello que ocurría en las distintas y heterogéneas regiones que componían su dominios. '

Semejante reforma administrativa parece demasiado amplia como para haber obedecido a los designios de un único promotor. Es bastante pro­ bable, por tanto, que algunos de sus elementos hayan sido anteriores al

reinado de Dario. introducidos por Ciro o Cambises o procedentes de la previa experiencia el© los m edos. Mo hay que olvidar, cpie los persas ha­ bían mantenido un contacto muy estrecho con Elam, un reino urbano y un estado sofisticado de acuerdo a los modelos en uso desde los mismos ini­ cios de la Historia en el Próximo Oriente. Los medos por su parte habían mantenido un frecuente contacto, aunque de signo hostil, con Asiria, así como con Urartu y otros reinos y estados menores, como el reino de Mana. Por todas aquellas vías podía haber llegado la influencia y los conocimien­ tos sobre las prácticas necesarias para la consolidación interna de un Im­ perio tan extenso y de contenido tan variado como el de los persas, si bien los entendidos parecen admitir una influencia más directa originaria de Elam y Asiria.

En cualquier caso, no cabe duda de que Dario acometió la gran labor de la sistematización definitiva del Imperio, aunque los elementos que uti­ lizara no fueran siempre fruto de su innovación. Pero no se contentó sólo con ello, así que la actividad militar y las conquistas, sin llegar a alcanzar la intensidad ni la extensión de las de sus antecesores en el trono, ocupa­ ron también un lugar destacado en su reinado. En los ultimes veinte años del siglo vi fueron anexionadas Tracia y las islas del Egeo, Libia y Nubia, parte del valle del Indo y las estepas septentrionales recorridas por los es­ citas. El viejo sueño y la antigua ambición del imperio universal, alentados por tantos monarcas en el pasado, cuya ideología había sido heredada por los persas de sus vecinos mesopotámicos, parecían por fin alcanzados.

El reinado de Darío se vio también ensombrecido por algunos aconte­ cimientos que ponían de manifiesto que no todo el mundo estaba dispues­ to a aceptar la autoridad del Imperio. Las ciudades griegas de la Jonia, que habían mantenido unas excelentes y fructíferas relaciones ccn el reino de Lidia, se sublevaron en el 499 descontentas de su mala situación económi­ ca que se veía agrabada por la carga tributaria, y por soporlar la presen­ cia de los tiranos/gobemadores adictos al Gran Rey. En tiempos de Ciro y de Cambises no se había modificado apenas el trato que los griegos antes habían recibido de los lidios, pero con Dario los tributos se hicieron más pesados y les fueron impuestas guarniciones al servicio de los tiranos que ahora sostenían los persas. Además, a diferencia de los lidios, los persas no miraban tanto hacia Occidente como hacia Asia, lo que confería a las ciudades griegas de la Jonia una posición periférica en lugar de la anterior situación de intermediarias entre el Asia Menor y Grecia, contribuyendo con ello a las dificultades económicas (Nenci: 1981, 16). La revuelta jónica, alimentada por un sentimiento antipersa que exaltaba la libertad helénica frente a los despotismos de los «bárbaros», se extendió rápidamente por todo el Asia Menor, y la ayuda, aunque modesta, prestada por Atenas y Eretria pareció proporcionar el empuje necesario para realizar una acción

lentitud de la movilización persa contra la revuelta, al incendio de Sardes en el 498 por ios sublevados siguió inmediatamente una derrota de las fuerzas griegas ante Efeso, tras lo cual los atenienses se retiraron abando­ nando a los rebeldes de Jonia a su destino. La violenta represión desatada por Dario, con destrucciones y deportaciones masivas, puso fin a la re­ vuelta en el 493, y las represalias posteriores tomadas contra Grecia, y particularmente contra Atenas, que conocemos con el nombre de Primera Guerra Médica, si bien fracasaron en el 492 a causa de una tempestad, y en los años siguientes por la victoria ateniense en Maratón, ponian bien a las claras cuál había sido su impacto en el Imperio persa.

Los esfuerzos de Dario contra Grecia se vieron entorpecidos, no obs­ tante, por la revuelta que en la satrapía de Egipto se originó en el 487 en­ tre la población del delta del Nilo, agobiada por las cargas militares y el malestar y descontento general. Egipto había sido desde un principio una de las satrapías más inquietas del Imperio, en donde los sentimientos y ac­ titudes antipersas hablan arraigado más fuertemente en una contestación de signo nacionalista, que ya se había manifestado en los comienzos mis­ mos del remado de Dario. Poco después el Gran rey fallecía sin haber po­ dido someter a los altivos griegos y a los díscolos egipcios.

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