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De la confrontación a la distensión (1958-1968)

A fines de los años cincuenta, la Guerra Fría entró en la que fue quizá su fase más peligrosa, el m o­ mento en el cual la amenaza de una guerra nuclear generalizada llegó al punto álgido. Una sucesión de crisis, que culminaron en 1962 con la confronta­ ción entre Washington y Moscú debida a la pre­ sencia de misiles soviéticos en Cuba, acercó peli­ grosamente al mundo a una conflagración nuclear. Las posturas arriesgadas y la retórica discordante alcanzaron en ambos bandos niveles desconocidos desde finales de los años cuarenta,

Nikita Kruschev estremeció a los observadores norteamericanos con sus alardes acerca de los pro­ gresos tecnológicos y económicos soviéticos, y con su infame observación de que la Unión Soviética comenzaría pronto a producir misiles como si hie­ ran salchichas. En enero de 1961 se comprometió a

que Moscú prestaría un apoyo activo a las guerras de liberación nacional, guerras que, según dijo, «continuarán mientras existan el imperialismo y el colonialismo». El mundo comunista estaba destina­ do a enterrar a Occidente, solía decir el líder ruso. Para no ser menos, el presidente John F. Kennedy, recién elegido, imploró al Congreso en ese mismo mes, en su prim er discurso sobre el estado de la nación, que proporcionara fondos suficientes para hacer «la fuerza del mundo libre tan poderosa que cualquier agresión resultara claramente inútil». Ni la Unión Soviética ni China, dijo, «han renunciado a su am bición de dom inar el mundo». El joven presidente ofreció una sombría visión de la situa­ ción m undial, señalando que hablaba «en una hora de peligro nacional» y declarando que no era «de ningún modo seguro» que el país pudiera so­ brevivir. «Cada día que pasa se multiplica la crisis -subrayó Kennedy-. Cada día la situación se hace más difícil. Cada día, conforme las armas se m ulti­ plican y las fuerzas hostiles se robustecen, nos acercamos más a la hora de máximo peligro.»

Este capítulo estudia los acontecimientos y las fuerzas que hicieron de finales de los años cin­ cuenta y comienzos de los sesenta un período de crisis aparentemente perpetua. Estudia también el acercamiento parcial entre Washington y Moscú iniciado en 1963 y la creciente implicación de Es­ tados Unidos en Vietnam, que amenazó con dar al traste con ese acercamiento.

Los años de «máximo peligro» (1958-1962)

Los años comprendidos entre 1958 y 1962 traje­ ron una sucesión sin precedentes de conflictos en­ tre el Este y el Oeste, algunos de los cuales implica­ ron una política nuclear arriesgada. Sólo en el año de 1958 tuvieron lugar una intervención secreta de Estados Unidos en Indonesia, un golpe de estado sangriento que derrocó al gobierno prooccidental de Irak, el subsiguiente envío de marines al Líbano y una serie de peligrosos enfrentam ientos entre Washington y Pekín a causa de Taiwán y entre Was­ hington y Moscú a causa de Berlín.

El 17 de julio de 1958, sólo dos días después de que los marines desembarcaran en el Líbano, Mao Tse-Tung autorizó los preparativos para una con­ frontación en el estrecho de Taiwán. Con ello se proponía «detener a los imperialistas de Estados Unidos [y] demostrar que China apoya los movi­ mientos de liberación nacional de Oriente Medio no sólo con palabras sino también con hechos». Su audacia, creía el líder chino, pondría en evidencia la despreciable moderación de Kruschev, otorga­ ría a Pekín un papel de liderazgo entre las fuerzas revolucionarias del Tercer M undo y contribuiría a que el pueblo chino se solidarizara con su radical política interior. El 23 de agosto, las fuerzas de Mao comenzaron a bombardear las islas de Quemoy y Matsu, reivindicadas y defendidas por los naciona­ listas chinos de Chiang Kai-Shek. Eisenhower y

Dulles sospecharon inmediatamente -com o habían sospechado durante la crisis de 1954-1955- que la cortina de fuego de artillería podía ser el prólogo de una invasión a gran escala de la isla de Taiwán, a la cual los Estados Unidos se habían comprome­ tido a defender por medio de un tratado. Como respuesta, el presidente puso al ejército norteame­ ricano en situación de alerta, envió inm ediata­ mente una formidable ñota al estrecho de Taiwán y autorizó el envío a la zona de tropas equipadas con arm am ento nuclear. Su intención era, esen­ cialmente, impedir la agresión china con una exhi­ bición de fuerza abrumadora, combinada con una inconfundible declaración pública de firmeza.

A primeros de septiembre, Kruschev envió a su ministro de Asuntos Exteriores, Andrei Gromyko, a Pekín en un esfuerzo por desactivar la crisis. El visi­ tante ruso se quedó «atónito» al escuchar las repeti­ das bravatas chinas; en determinado momento sus anfitriones le informaron de que, aunque recono­ cían que probablemente sus acciones conducirían a una «guerra local» con los Estados Unidos, estaban preparados para «recibir los más duros golpes, in­ cluidas bombas atómicas y la destrucción de [sus] ciudades», Estados Unidos preparaba, de hecho, una respuesta nuclear. Los asesores militares de Eisenhower insistían en utilizar bombas nucleares de bajo rendimiento contra las instalaciones mili­ tares chinas, una acción, reconocían, que causaría la muerte de millones de civiles. Kruschev subió la

apuesta el 19 de septiembre con una carta amena­ zadora dirigida al presidente americano, en la que subrayaba que Moscú «también tiene armas atómi­ cas y de hidrógeno». Si Estados Unidos utilizaba ar­ mas de ese tipo contra China, advertía, «provocaría una conflagración mundial», condenando así «a una muerte cierta a los hijos del pueblo americano». La crisis cedió cuando, el 6 de octubre, Mao anunció unilateralmente que dejaría de bombardear Que- moy y Matsu durante una semana si Estados Uni­ dos dejaba de enviar fuerzas al estrecho de Taiwán. Aunque acabó con un quejido y no con una gran explosión1, el episodio ilumina algunos temas im ­ portantes relacionados con esta etapa, extraordi­ nariam ente tensa, de la Guerra Fría. En prim er lugar, Mao buscó intencionadam ente una con­ frontación militar con Estados Unidos que habría podido desencadenar una serie de ataques nuclea­ res devastadores contra la China continental. Su temeridad al hacerlo indica el papel peligrosamen­ te impredecible que su país jugó en la política de la Guerra Fría. En segundo lugar, la crisis del estre­ cho de Taiwán demuestra la voluntad de Estados Unidos de volver a cruzar el umbral nuclear, aun­ que fuera a causa de un pedazo de tierra en abso­ luto vital para sus intereses. El gobierno de Eisen-

1. Referencia al famoso poema de T. S. Eliot «The Hoilow Men», que termina: «This is the way the world ends/Not with a bang but a whimper». («Así es como acaba el mundo/No con una explosión sino con un quejido.») [N. de la T.]

hower interpretó la jugada de Mao como una seria puesta a prueba de la credibilidad de Estados Uni­ dos que exigía una respuesta firme; dado que Tai­ wán no podía ser defendido sólo con fuerzas con­ vencionales, el único medio de disuasión eran las armas nucleares y la amenaza de su utilización. Si Mao no hubiera dado m archa atrás -s i hubiera respondido al farol de los am ericanos-, no hay razón para creer que Eisenhower no habría auto­ rizado el uso de armas nucleares contra China. Finalmente, la crisis subraya la importancia de la tensión cada vez mayor entre China y la Unión So­ viética en el marco de la dinámica de la Guerra Fría. La desconfianza y la rivalidad entre los dos gigantes, decidido cada uno de ellos a demostrar su dureza y su pureza ideológica en su intento por hacerse con el liderazgo del mundo comunista, se convirtió en un factor cada vez más desestabiliza­ dor en los asuntos internacionales.

Kruschev inició la siguiente crisis importante de la Guerra Fría en parte para hacer frente a las acusa­ ciones de que los soviéticos habían adoptado una actitud débil y vacilante con respecto a Occidente. El mandatario soviético, tan compulsivo a su m a­ nera como Mao en cuanto a asumir riesgos, eligió Berlín para dar el primer paso. El 10 de noviembre de 1958 anunció repentinam ente la intención de Moscú de firmar un nuevo tratado con Alemania del Este que vendría a sustituir los acuerdos de la

Segunda Guerra Mundial, aún vigentes, que habían sancionado la anómala ocupación conjunta de la antigua capital alemana. En una declaración poste­ rior, afirmó que Berlín debía transformarse en una «ciudad libre» desmilitarizada, y dio a las potencias occidentales un plazo de sólo seis meses, hasta el 27 de mayo de 1959, para negociar directamente con la República Democrática Alemana si querían m an­ tener su presencia en Berlín y sus derechos de entra­ da y salida de la ciudad. El dirigente ruso, dando por supuesto que Washington estaría poco dispues­ to a arriesgarse a una guerra por una ciudad situa­ da a más de 160 kilómetros de la frontera de Alema­ nia Federal, creyó que de este modo podía reafirmar el vigor y la audacia de la política exterior soviética. Trataba también de ayudar a un estado satélite en un momento difícil, ya que Alemania del Este ex­ perimentaba una verdadera sangría de población, que escapaba a Occidente a través de sus fronteras abiertas. Con su estilo característicamente jactancio­ so, Kruschev hizo que Andrei Gromyko, su minis­ tro de Asuntos Exteriores, enviara una nota a Esta­ dos Unidos en la que afirmaba que sólo «unos locos pueden desencadenar otra guerra para mantener los privilegios de los ocupantes de Berlín Occidental».

El reto soviético golpeó a Occidente en su flanco más expuesto y vulnerable. Estados Unidos y los principales miembros de la OTAN habían acorda­ do que renunciar a sus derechos en Berlín u otor­ gar legitim idad a Alemania del Este negociando

directamente con ella equivaldría a asestar una p u ­ ñalada a la Alemania de Adenauer, que seguía exal­ tando el objetivo de la reunificación del país. Sin embargo, como los soviéticos no ignoraban, plan­ tear una guerra a causa de un enclave occidental aislado e indefendible, situado en el centro de la esfera de influencia soviética, sembraría inevitable­ mente la disensión en las filas de Occidente. Efec­ tivamente, el prim er ministro Harold Macmillan comunicó con franqueza al gobierno norteam e­ ricano que los británicos «no estaban dispuestos a enfrentarse a una destrucción total por dos m i­ llones de berlineses, sus antiguos enemigos».

Pensando que su propia credibilidad y la via­ bilidad de la alianza occidental peligraban, el go­ bierno de Eisenhower decidió mostrarse firme de nuevo, aun a riesgo de provocar otra escalada que podía culminar en una guerra nuclear. Eisenhower, Dulles y la Junta de Jefes de Estado Mayor sabían que Berlín Occidental no podía defenderse por medios militares convencionales; así que, en vista de la importancia simbólica de la ciudad, estaban dispuestos a utilizar armas nucleares para defen­ der los derechos de Occidente en ese lugar.

Al constatar la inflexible determinación de Esta­ dos Unidos de mantener la situación existente in­ cluso a riesgo de provocar un enfrentam iento, Kruschev dejó que pasara la fecha límite del 27 de mayo. Cam biando de táctica, propuso entonces una reunión de los ministros de Exteriores de las

cuatro potencias para discutir el problema de Ber­ lín y otros asuntos que enfrentaban al Este y al Oeste, reunión a la que seguiría una cumbre de jefes de estado. Conviene subrayar que, al parecer, la aplastante superioridad del arsenal nuclear nor­ teamericano envalentonó a Estados Unidos tanto en la crisis de Berlín como en la de Taiwán de fines de los años cincuenta y, en última instancia, obligó a los soviéticos a retroceder ante la arriesgada poli- tica nuclear de Estados Unidos.

Invitado por Eisenhower, Kruschev visitó Esta­ dos Unidos en otoño de 1959, marcando así el co­ mienzo de un deshielo temporal en las relaciones entre este país y la Unión Soviética, que los perio­ distas describieron como «el espíritu de Camp Da­ vid», Los dos líderes no pudieron resolver la crisis de Berlín, pero sí acordaron celebrar una cumbre en París la primavera siguiente. Sin embargo, justo antes de iniciarse dicha reunión, las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética sufrie­ ron un duro golpe cuando los rusos derribaron un avión espía norteamericano sobre los Urales. Los vuelos de reconocimiento de los U-2 que los esta­ dounidenses llevaban a cabo desde 1956 propor­ cionaron a Eisenhower una inform ación crucial acerca del programa de misiles soviético y sus limi­ taciones. En lugar de restar im portancia al inci­ dente, Kruschev decidió explotarlo al máximo con fines propagandísticos, exhibiendo en los medios a Francis Gary Powers, el piloto americano, para po­

ner en evidencia a Eisenhower después de que éste hubiera negado públicamente que el vuelo había tenido lugar. Luego se retiró de la cumbre de París antes de que comenzaran las sesiones. Cercano el final del mandato de Eisenhower, las relaciones en­ tre Washington y Moscú eran más frías de lo que habían sido ocho años antes, en el momento de su toma de posesión. Pero aún habrían de empeorar.

En junio de 1961, Kruschev reavivó la crisis siempre latente de Berlín en el curso de una tensa reunión celebrada con el nuevo presidente de Esta­ dos Unidos, John F. Kennedy, en Viena. El impe­ tuoso dignatario soviético comunicó a Kennedy su decisión de firmar un tratado de paz por separado con Alemania del Este en el plazo de seis meses si no se producía cambio alguno en la situación de Berlín. Empleando una nueva bravata, aseguró que si Estados Unidos quería ir a una guerra a causa de Berlín «la Unión Soviética no podía hacer nada... La historia juzgará nuestras acciones». Nervioso por el tono amenazador de Kruschev, el inexperto presidente norteam ericano pensó que no sólo la credibilidad de su país sino también la suya propia estaban en entredicho. Decidió entonces que una demostración de fuerza era la única actitud viable; retroceder constituiría una invitación a una agre­ sión en cualquier otro lugar: «No podemos perm i­ tir, y no permitiremos, que los comunistas nos ex­ pulsen de Berlín, ni gradualm ente, ni por la fuerza», aseguró en su discurso del 25 de julio.

Con el fin de consolidar esa desafiante retórica, el presidente pidió al Congreso 3.200 millones de dó­ lares como suplemento del presupuesto de defen­ sa, autoridad para llamar a filas a los reservistas y 207 millones de dólares más para iniciar un pro­ grama de refugios atómicos con el que preparar al pueblo americano para un futuro ataque nuclear.

Tras el beligerante desafío de Kruschev se oculta­ ba una bomba de relojería para el bloque soviético: la proporción alarmante de ciudadanos que aban­ donaban Alemania Oriental. Entre 1949 y media­ dos de 1961 irnos 2.700.000 alemanes del Este hu­ yeron al Oeste - u n número equivalente al total de la población de la República de Irlanda-, la mayo-

6. Kennedy y Kruschev se saludan al comienzo de la cumbre de Viena. Junio de 1961.

ría de ellos a través de la vía de escape que suponía Berlín. Este embarazoso problema minó gravemen­ te la viabilidad del estado satélite de Moscú y de su líder, Walter Ulbricht, partidario de la línea dura. M ientras las deserciones se hacían cada vez más numerosas a mediados del verano de 1961, Alema­ nia del Este comenzó a construir una barrera de alambre que separara el sector soviético de la anti­ gua capital de los sectores occidentales. La barrera temporal del 13 de agosto se convirtió pronto en un muro permanente vigilado por guardias armados, un inquietante y ominoso símbolo de la división de Europa en dos bloques, el comunista y el occi­ dental. Ciertamente se evitó la guerra y Kruschev proporcionó hasta cierto punto a los alemanes del Este los medios para su supervivencia, pero tanto la Unión Soviética como la República Democrática Alemana tuvieron que pagar por ello un alto precio político y de imagen. «No es una buena solución -reflexionó un Kennedy pragmático-, pero un muro es mucho mejor que una guerra.» Afortunadamen- te para el presidente norteamericano, nunca tuvo que enfrentarse con la cuestión fundamental de si Berlín valía una guerra que sin duda habría costado decenas de millones de vidas humanas.

Otros puntos críticos compitieron por la atención de los gobiernos de Moscú y de Washington duran­ te este período plagado de crisis, muchas de ellas surgidas en el siempre turbulento Tercer Mundo.

Aunque la descolonización de África seguía su curso con relativa calma y 16 naciones conseguían la inde­ pendencia sólo en 1960, el complicado final de la dominación belga en el Congo generó aquel mismo año otra confrontación a gran escala entre las su­ perpotencias. Mientras los soviéticos ayudaban con técnicos y material militar al nuevo régimen de Pa- trice Lumumba, los americanos mandaron un equi­ po de asesinos en un intento fracasado de deshacer­ se de este ardiente nacionalista, al que consideraban, equivocadamente, un radical exaltado y un instru­ mento del desafío ruso. En 1961 las fuerzas congo­ leñas proamericanas asesinaron a Lumumba, lo­ grando lo que la CIA no había conseguido hacer; al mismo tiempo, Joseph Mobutu, el candidato norte­ americano, emergía como la figura dominante en el nuevo gobierno. Estados Unidos consiguió así frus­ trar temporalmente las ambiciones soviéticas con respecto a África Central, aunque a costa de impo­ ner la geopolítica de la Guerra Fría en una antigua colonia empobrecida y destrozada por conflictos. A fines de los años cincuenta y comienzos de los sesenta Indochina se convirtió de nuevo en una zona caliente del globo. En Vietnam del Sur el régi­ men de Ngo Dinh Diem, apoyado por los norte­ americanos, combatía una insurgencia de amplia base dirigida por el Frente Nacional de Libera­ ción, que, con un fuerte apoyo por parte del Viet­ nam del Norte comunista, amenazaba su supervi-

COLONIAS F T | anglo-egipcias £ S Í belgas ÜZ3 británicas S 3 portuguesas Y7/\ sudafricanas españolas PAÍSES independientes

2 Libia 23 Somalia Francesa

3 Túnez 24 Somalia Británica

4 Argelia 25 Etiopía

5 Marruecos Español 26 Somalia Italiana

6 Marruecos Francés 27 Uganda

7 Río de Oro 28 Kenia

8 África Occidental Francesa 29 Congo Belga

9 Gambia 30 Ruanda-Urun<ii

10 Guinea Española 31 Tanganika

11 Sierra Leona 32 Angola

12 Liberia 33 Rodesia del Norte

13 Costa de Oro 34 Niasa

14 Togo Británico 35 Mozambique

15 Togo Francés 36 Rodesia del Sur

16 Nigeria 37 Bechuanalandia

17 Camerún Británico 38 África dei Suroeste

18 Camerún Francés 39 Basutolandia

19 Río Mu ni 40 Suaziiandia

20 África Ecuatorial Francesa 41 Sudáfrica

21 Sudán Anglo-Egiprio 42 Madagascar

22 Brítrea 43 Mauricio (Brit.)

1 Egipto 1922 ) ■40

2 Libia 1951 (

3 Túnez 1956 /

4 Argelia 1962 ' y

5 Marruecos 1956 \

ó Sahara Occidental {Marruecos) \ 46

7 Mauritania 1960 \ 3 Senegal 1960 \ 9 Cambia 1965 10 Guinea Bissau 1974 11 Sierra Leona 1961 12 Guinea 1958 13 Liberia 1847 14 Costa de Marfil 1960 15 Malí 1960 16 Burkina Faso 1960 35 17 Ghana 1957 36 18 Togo 3960 37 19 Benín 1960 38 20 Níger 1960 39 21 Nigeria 1960 40 22 Chad 1960 41 23 Sudán 1956 42 24 Eritrea 1994 43 25 Djibouti 1977 44 26 Somalia 1960 45 27 Etiopía 46 28 República Centroafrkana 1960 47 29 Camerún 1960 48

30 Santo Tomé y Príncipe 1975 49

31 Guinea Ecuatorial 50

32 Kenia 51

33 Uganda 1962 52

34 República Democrática de! Congo 1960 53

venda. En 1961-1962, Kennedy aumentó de manera significativa la ayuda militar a Diem enviando más de

10.000 asesores con la intención de contribuir al aplastamiento de las guerrillas del Vietcong, que, para entonces, controlaban casi la mitad del territorio y la población de Vietnam del Sur. Mientras tanto, el Pathet Lao del vecino Laos, dirigido por los comunis­ tas y con apoyo logístico de Vietnam del Norte y de la

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