que tenía a su lado, con el mentón erguido, los pies por completo separados, y los brazos cruzados como si aguardase el juicio de la propia montaña.
Una vez detrás de la roca, Silva echó un vistazo a las murallas. Luego dijo en voz baja a Attio y a Galo:
—Ahora llegará su respuesta, tal y como está previsto.
Observaron una pequeña masa que se arqueaba encima de las murallas y que pareció colgar durante un instante contra el firmamento matutino. Se ensanchó y, mientras descendía casi en línea recta, se fragmentó en una serie de objetos de raras formas. A continuación, cayó sobre Pomponio Falco y Cornelio Tertuliano, que quedaron anegados en porquería, desperdicios y vejigas de animales llenas de orina y excrementos humanos. Fue tal la fuerza y el volumen de aquella colección que los dos hombres perdieron el equilibrio. Se enderezaron y gritaron su consternación, y empezaron a vociferar cuando descubrieron cada nueva inmundicia, al tiempo que corrían ciegamente rampa abajo.
Silva mantuvo su tono de voz perfectamente normal cuando se volvió hacia Attio y Galo. Meneó la cabeza.
—Es una pena que sucedan esta clase de cosas. Son muy perjudiciales para la dignidad romana...
DOS
DE LOS SITIADOS… I
Al igual que el último suspiro de un cuerpo moribundo, terminaron las carcajadas, y un mortal silencio se extendió de nuevo por la cima de Masada. Eleazar ben Yair estaba comenzando a encontrar el silencio que había caído entre su pueblo algo que podía oír, como si se hallara de pie entre un mar de oídos, todos aguzados, todos dando vueltas y vueltas despacio tratando de descubrir la más leve interrupción en la conspiración de oyentes. Y mientras la rampa trepaba cada vez más y más, se percató de hasta qué punto los silencios se iban haciendo cada vez más prolongados, e incluso cuando, finalmente, eran rotos por alguien que se negaba a callar su voz, la melancolía se extendía durante crecientes períodos de tiempo. Mi pueblo, pensó Eleazar, es como pequeñas olas al viento; responden a todas las influencias, por pequeñas que sean, y sus efectos permanecen mucho después de que la fuerza haya cesado. Debo consolarme al creer que, como un mar, muestra un diferente rostro al sol que se extiende bajo.
Eleazar prefería considerar sus mayores problemas en términos marineros, puesto que, antes de la gran guerra, en un tiempo que a menudo pensaba que era el de otra vida disfrutada por otro hombre, había vivido en Betsaida, una ciudad conocida como «la casa de los peces», en la orilla occidental del lago de Galilea. Allí había sido un pescador que gozaba de una reputación que excedía de lo corriente, puesto que le gustaba prevenir a los demás que, si todas las mentiras relativas al tamaño de su captura hubiesen de ser creídas, entonces él sería el mayor pescador desde el éxodo de Egipto, que había ocurrido hacía ya mil sesenta y cinco años.
—Y tal vez incluso más —añadiría con una sonrisa contagiosa—. Puedes comprender, como es natural, que todos los galileos son luchadores desde la cuna, y que esta peculiar cualidad se aplica tanto al pescado como a aquellos de nosotros que viven en tierra firme. Por esta sencilla razón, sólo un galileo puede capturar peces galileos; todos los demás sólo necesitan preocuparse por sí mismos.
El hebreo de Eleazar, con sus características guturales, se parecía más bien al sirio, pero había muy pocos en Masada que consideraran esto ofensivo. Incluso los israelitas, que eran tan inclinados al esnobismo respecto de la pureza de sus palabras, perdonaban con facilidad a Eleazar sus transgresiones en la dicción y, al cabo de unos momentos, si le habían prestado suficiente atención, quedaban prendados de su mensaje.
Había varias razones para la casi inmediata creación de este hechizo, ya hablase Eleazar a una multitud o a una sola persona. En primer lugar, había sido bendecido con un espléndido aspecto, pues era más alto que la mayoría de sus compatriotas, por lo menos en un palmo o dos, también corpulento en proporción. Al igual que muchos galileos, tenía la tez blanca y sus ojos, de un azulverdoso, como si contuviesen los colores de su mar. Su fuerza era superior a lo corriente entre los pescadores de Galilea, o de cualesquiera otras aguas, y sus manos, de grandes dedos, eran iguales que las de cualquier auténtico marinero. Algunos decían que eran sus movimientos los responsables de que diese la impresión de ser un hombre de extraordinaria belleza, aunque, quienes estaban más bajo su influencia, sabían que no era así. Pero todos coincidían en que había algo diferente en el uso de su cuerpo y de sus miembros, pues cualquier giro o un simple paso se convenía en la grácil maniobra de un leopardo. Sabía cómo emplear el conjunto de su fuerza para estirar o para empujar, cómo hacer ademanes con sus grandes manos para que pareciesen abarcar el mundo, y conocía, de modo instintivo, cómo adoptar la mejor forma para oponerse a algo, ya fuera con la palabra o con las armas. Incluso sus más fieles seguidores admitían que su aire de insuperable majestad tenía mucho que ver con que, algunas veces, le llamasen demagogo, pero recomendaban a sus críticos que preguntasen al mismo Eleazar ben Yair cómo se había convertido en el dirigente elegido del pueblo de Masada. Entonces les contaría la verdad.
—Ninguna de esas gentes confían unas en otras. Nosotros, los galileos, somos unos rebeldes crónicos contra los romanos, y yo soy fanático porque en Palestina no se puede ser otra cosa. No soy sicario ni fariseo, ni tampoco saduceo, ni esenio, ni siquiera un hombre muy devoto de Dios. A veces, incluso dudo de la auténtica existencia de Dios. Parece muy descuidado y me permite a mí vivir, por ahora, mientras otros mueren a mi alrededor, por lo que solo puedo suponer que desea que las cosas funcionen de este modo. He matado con mi propia mano más judíos que romanos, a causa de que se niegan a combatir. Soy un luchador y los demás lo saben, y ésa es la razón de que sea su jefe.
El rostro de Eleazar ben Yair contribuía grandemente al hechizo que parecía emanar de él, incluso cuando estaba más furioso. Lo mismo que los hombres de su pueblo, iba sin afeitar, pero llevaba siempre la barba muy arreglada. Su piel había sido atormentada por el viento y el sol, por lo que, a veces, parecía poseer una textura metálica, y daba la impresión de que, si una espada golpeaba su mejilla, sólo conseguiría mellarse el filo, y para reafirmar su igualdad con los otros hombres, más vulnerables, su nariz estaba tan atrozmente rota que parecía extenderse alrededor de su cara; también tenía rotos los dientes y eran irregulares. Para un hombre tan joven, sus cejas estaban demasiado pobladas, rasgo que en ocasiones le inclinaba a parecerse a un blanqueado diablo y, consciente de este efecto, a veces lo empleaba de forma maquiavélica para aliviar la tensión que reinaba en Masada. Por lo general, su voz era suave como ocurre muchas veces con los hombres del mar, aunque, cuando se dirigía a sus seguidores, adquiría una resonancia especial que cautivaba el oído del oyente más indiferente.
El pueblo de Masada encontró del todo imposible ignorar a Eleazar ben Yair, conservase o no su paz. Estaban influidos por su historial, sabiendo que había sido el último superviviente de una familia de combatientes y mártires; su padre, al que llamaban Josué, había sido asesinado por los romanos, y su abuelo, que también se llamaba Josué, fue ajusticiado por Herodes. Durante el asedio de Jerusalén, donde el propio Eleazar había combatido a las órdenes de Simón bar Giora, tres de sus hermanos fueron crucificados por los romanos. Aunque era muy cuidadoso de no dejarse influir demasiado por los salvajes sicarios, había adoptado, en parte, su forma de pensar, y encima de la puerta de su cuartel general había fijado un estandarte de los sicarios con su desafiante lema: «Sólo Dios es el Señor. La muerte no importa. ¡La libertad lo es todo!»
En secreto, Eleazar maldecía de todas las sectas de Palestina. ¿Qué habían aportado a los judíos, sino divisiones y odios, y, en la actualidad, caos y agonía? En Masada existían grupos de cada secta, y muchas veces desesperaba de poder unirlos.
—Oídme, queridos amigos míos —les amonestaba con frecuencia—. Yo solo no soy nada. ¡Soy sólo un granito de arena en el ojo de Dios! No me preocupa cómo obra Dios y os pido ahora, en este momento de peligro, que no os preocupéis por lo que hagan los demás. Yo no me inquieto por si vivís según la ley escrita o la ley oral, o si os sabéis ambas de memoria. Sed igual que yo, o todos moriremos a causa de nuestras rencillas. Sed igual que yo: un judío, y sólo un judío...
Todo esto formaba parte de su encanto.
También existía el atributo de la educación de Eleazar, que había conseguido con su entusiástica forma natural de ser. En la mayor parte de Palestina, antes de la guerra, existían excelentes escuelas al alcance de cualquier joven y a un precio que Eleazar satisfacía ahorrando un pescado de cada captura. El pescado era para su maestro, y cuando la captura era tan pequeña, que hubiera sido mejor emplearla en su propio estómago, afirmaba:
—Mi estómago se encogerá y ensanchará, según la fortuna que alcance, pero mi cerebro no puede conservarse como un higo seco.
De todas maneras, Eleazar ben Yair no era sólo famoso como pescador sino que antes de los veintidós años era conocido como «literato», lo que implicaba que tenía conocimientos elementales de las letras. Y todo esto ocurría también antes de la guerra.
Eleazar había llevado a Masada a Miriam, su esposa. Ella procedía también de una familia de pescadores, aunque en su sangre no existían semejantes antecedentes de rebelión. Si bien los fanáticos habían aparecido en Galilea, la mujer no había oído hablar de ellos hasta después de su matrimonio, y cuando le contaron sus intenciones, cómo querían expulsar a los romanos de Palestina, se limitó a decir que aquello sonaba a locura y a poco realista.
Miriam, según el estilo de su pueblo, era una mujer de considerable fuerza, de huesos grandes y ancho rostro, lo que le molestaba. Le hubiera gustado más ser delicada y frágil en apariencia, y resultaba cierto que, cuando se encontraba cerca de esas características, se convertía en inexplicablemente tímida y sumisa, como si al adoptar semejante actitud se convirtiese en una mujer así. Era muy rubia, incluso para una galilea, y su cabello, con cuidadas trenzas, despertaba muchos comentarios, puesto que era del color de la arena.
Hacía ya diez años que Miriam se había puesto el velo encima de los ojos y, coronada con una guirnalda de mirto, fue dada en matrimonio a Eleazar ben Yair, el pescador. Desde aquellos tres días de regocijo, había mostrado una devoción total hacia su marido, y él hacia ella, ya combatiesen contra los romanos o contra otros judíos para su supervivencia, o viviesen en paz, un estado que casi habían ya olvidado. Mientras su marido, a menudo, expresaba sus dudas, Miriam no permitía que ello influyera en su relación tradicional con Dios. Fue ella la que frunció el ceño al ver el estandarte de los sicarios encima de su puerta, y en silencio colocó debajo una mesusá. Se aseguró de que contenían los trozos de pergamino doblados longitudinalmente y que contuviesen los dos pasajes del Deuteronomio escritos en veintidós líneas. Miriam quedaba siempre muy complacida cuando los visitantes tocaban la brillante cajita metálica y luego les besaba los dedos.
Eleazar decía lo siguiente de su matrimonio:
—Mi Miriam fue creada del mismo modo que las demás mujeres, no de los ojos de un hombre, que la hubiera hecho envidiosa por naturaleza, ni tampoco de su oído, que hubiera hecho de ella una chismosa, ni tampoco de su boca, para hacerla una urraca. Dios la creó de la costilla de un hombre, y busqué por todas partes la que había perdido de mi caja torácica, hasta que encontré a Miriam.
A veces, cuando quería gastarle una broma, decía: —¿Quién se sorprende de que un hombre, hecho de suave sustancia, sea más agradable, mientras que una mujer, que ha sido hecha de hueso, sea de modo natural mucho más áspera?
Ahora, de pie en la muralla más avanzada, Eleazar ben Yair, hijo de un rebelde y nieto de un rebelde, observaba sus dominios con la renacida esperanza de todo nuevo día. Parpadeó a causa del sol y musitó una plegaria para que éste se convirtiese en una intolerable antorcha a mediodía. El sol era una esperanza; el lanzar desperdicios a los romanos, pensó, constituía sólo un signo secreto de desesperación.
Contempló hacia abajo el gran desierto que se extendía hasta la línea de todos los horizontes. Más allá de la meseta, hacia el Sur, se encontraba el valle de Sodoma y Gomorra, que había considerado, en primer lugar, como una zona de refugio, pero, al fin, se decidió en contra. Hacía mucho tiempo fue una tierra muy rica, pero ahora toda ella estaba yerma y abrasada. Quienes creían en tales cosas explicaban cómo la maldad de sus habitantes había atraído el fuego divino del firmamento, y hasta el momento actual el fruto recogido de los pocos árboles que aún quedaban en pie se disolvía en humo y cenizas. A fin de cuentas, pensó Eleazar, aquí, en Masada, tenemos vituallas para varios años. El último de nuestros corderos de gruesa cola fue sacrificado ayer, y sólo hemos conservado su cuerno izquierdo para que nos sirva como trompeta y recuerdo. Pero tenemos aceite y granos, así como dátiles y vino en abundancia, y poseemos armas para un número de hombres diez veces superior a nosotros, y agua suficiente incluso para el placer de bañarse. ¿Qué otros asediados han disfrutado de tales lujos?
Siguió mirando el paisaje yermo que rodeaba Masada y divisó la larga línea de porteadores que traían abastecimientos a los romanos desde el Norte. Estaban siempre allí, noche y día, y qué bien conocía él aquella ruta. Había hecho el mismo camino desde Jerusalén con unos mil hombres, mujeres y niños, arrastrándose por los laberintos de barrancos, rocas desmenuzadas, tierras duras como el pedernal e interminables espinos, arena y remolinos de polvo. Es un auténtico delirio, oh dirigente de inocentes, y una pura locura, suponer que los romanos no les perseguirían, aunque, por alguna extraña razón, no les habían perseguido, y dado que había existido un milagro, ¿por qué resultaba irrazonable esperar otro? Piensa, Eleazar ben Yair. Piensa que ya estamos en el vigésimo tercer día de Adar y en cómo, seguramente, el mes próximo traerá un calor que golpeará sin merced en las cabezas de los romanos, y cómo éstos no resistirán el infierno del verano. Conserva el aliento. Deja que el sol les grite. Que se disuelvan en su propio sudor.
Sintió el débil roce de una manecita húmeda contra la suya; luego miró hacia el suelo y vio a su hijo Rubén. Veamos, pequeño, ¿cuáles son tus planes para hoy? ¿Tal vez una carrera a lo largo de la playa? ¿Una parada para examinar un cangrejito? ¿O volcarás una concha y, tras examinar el maravilloso modelo de sus rebordes, te verás forzado a tomar una gran decisión: debes llevarla a casa para que la vea tu madre o la arrojarás al mar? Sea lo que fuere lo que decidas, recuerda que el año próximo espero que comiences a ayudarme en la barca y te enseñaré cómo se capturan los salmonetes y cuál es el mejor lugar para tender las redes. Y luego, al año siguiente...
Eleazar contempló hacia el Este y el Norte, donde observó una porción del lago de Asfalto, al que algunos llamaban mar Muerto. Brillaba ya con el calor, y pensó lo extraño que resultaba que incluso una extensión de agua sin vida como aquélla, pudiera brindarle visiones de cosas vivas. Porque de aquella misma agua se conseguía el betún, con el que una vez había calafateado su barco.
Miró de nuevo hacia su hijo y se preguntó si Rubén abandonaría esta tumba del desierto y zarparía hacia el mar. ¡ Qué pequeño y frágil era aún! No comprendía cómo otro ser humano pudiera acarrearle el menor mal. Todo cuanto había visto aquí carecía de sentido para él. Creía que los romanos construían la rampa para realizar una visita. ¡Dios mío, si existes para todos los judíos, sálvalo! Muéstrame el milagro de su salvación...
—Su cara está sucia —le dijo con voz suave a Miriam.
—Lo sé —respondió la mujer—. Se cayó al acudir a oír a su padre atemorizar a los romanos. Has conseguido que esté muy triste por su suerte.
La mujer quedó silenciosa durante un momento; luego miró hacia la rampa. Los legionarios rodeaban a los trabajadores y les conducían al trabajo.
—¿Falta mucho? —le preguntó. —Todo lo más treinta días.
—Y entonces, ¿qué? Hay muchos que creen que deberíamos rendirnos ahora. —No tantos. Siempre hay gusanos en la quilla.
Los ojos de la mujer le dijeron que estaba preocupada y sabía que ella no temía por sí misma, sino por Rubén. Se preguntó si todos los maridos y esposas se comunicarían con tan silenciosa facilidad. Tomó al niño y lo alzó contra el sol. Y mientras Rubén gritaba, encantado, le preguntó a su esposa:
— ¿Cómo un muchacho tan feliz puede ser motivo de tristeza para una madre? —Una vez —le respondió maquiavélicamente— me llamaste tu torre de alegría... Riéndose, depositó al chico en el suelo.
—Ten cuidado, hijo. Aunque aprendas a asegurar una red que contenga cualquier cosa, nunca podrás hacer lo mismo con las mallas de la memoria de una mujer.
Con las manos enlazadas, y el niño entre ambos, descendieron de las murallas. En un lado del palacio occidental, que había sido la residencia principal de Herodes, Eleazar se despidió
de ellos y anduvo en torno del edificio en dirección Norte. Era la ruta que seguía cada semana, el final de su recorrido después de amanecer y que, por lo regular, comenzaba en la puerta del camino serpentino del lado oriental de Masada, y luego continuaba hacia el Sur, a lo largo de las casamatas donde muchas personas tenían sus hogares entre los muros. A lo largo de su recorrido realizaba preguntas a los vigías de cada estación, de las cuales había treinta y dos, entre la puerta y el extremo más meridional de Masada, para saludar a aquellas personas y a sus hijos, que habían venido con él desde Jerusalén a través del terreno yermo. Ahora lo sabía ya casi todo acerca de ellos y de sus hijos, algunos de los cuales habían nacido en Masada.
Era importante, razonó Eleazar, para él escuchar, aunque fuese brevemente, todas sus lamentaciones y quejas, de las que surgían, invariablemente, un gran número, porque si no lo hacía serían sólo los sacerdotes los que les aconsejaran, y él desconfiaba mucho de ellos.