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de los tratados desde el punto de vista particular del

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tema sometido a examen.

Se explican así igualmente sus peculiares procedi- mientos de composición. Siempre tenemos la impre- sión que el oyente está muy cerca. A veces, hasta exigiendo explicaciones al maestro. Así, en un pasa- (IV, 5, 8), acaba Plotino de cerrar una discusión sobre la visión de los objetos a distancia, y luego añade: "¿Es esto suficiente? Entonces ya está de- mostrado. ¿No? Busquemos pues más pruebas." Es- tos movimientos de son frecuentes. Una larga digresión sobre los números precede a esta reflexión: "Pero se nos ahora volver a nuestro tema", que suena como una benévola advertencia del auditorio al profesor que se aleja del asunto. Otras veces se ve que el oyente se impacienta un poco ante el idealismo trascendente del maestro y trata de hacerlo descender del cielo a la tierra: "¡Tras- trocáis el sentido de todo con vuestros términos pom- posos! Decís que la vida es un bien, que la inteli- gencia es un bien. Y, ¿por qué habría de ser un bien la inteligencia? ¿En qué se revela que aquel que piensa las ideas posee el bien en virtud de esa contemplación? Seducido por el placer de esa con- templación se engaña al decir que es un bien, como se engañaría al decir que la vida es un bien. No es un bien sino porque es agradable."

Pasajes como éstos son los que confieren a las una fisonomía tan viva y nos hacen perci- bir el eco de la enseñanza misma de Plotino.

40 LA FILOSOFÍA DE PLOTINO

Reducido a su más simple esquema, un tratado de Plotino se divide, por lo general, de la manera siguiente: la aporía en que la cuestión a resolver se plantea; la demostración que se efectúa mediante la dialéctica; la persuasión que se esfuerza en con- vencer; y finalmente, para concluir, una especie de elevación o de himno que proclama la dicha de ha- ber accedido al mundo inteligible. Pero nada hay en este plan de sistemático, nada de concluido de una vez por todas.

Casi siempre la aporía es una cuestión tradicional en las escuelas filosóficas. Por ejemplo: ¿Qué es el hombre (I, o la antigua paradoja estoica: ¿Au- menta la felicidad con el tiempo (I, o también un problema físico muy debatido: ¿Cómo es posible la visión a distancia La aporía puede ser también una dificultad acerca del sentido de un pasaje de Platón o de Aristóteles. Por ejemplo, el tratado sobre las virtudes (I, 2) es la interpretación de la fórmula de Platón: "La virtud es una seme- janza con Dios." El tratado sobre el mal (I, 8) es, ante todo, la exégesis de un texto difícil del Teetetos. Otros tratados investigan el sentido de ciertas nocio- nes aristotélicas de uso corriente en la filosofía, como acto y potencia (II, 5), o "pensamiento del pensa- miento" (V,

La demostración dialéctica es un verdadero diá- logo. Se desarrolla en una serie de preguntas y res- puestas que se suceden rápidamente. Con frecuen- cia la objeción está representada por una simple palabra, y a veces cuesta trabajo seguir el

LAS "ENÉADAS" 41 cambio incesante de preguntas y respuestas. La traducción de Bouillet22, tan meritoria en tantos

aspectos por haber abierto el camino, no produce, sin embargo, tan a menudo como haría falta, el sentimiento de esa rápida alternancia de contradic- tor y de maestro. He aquí un ejemplo de esa dia- léctica: se trata de esa tesis tan paradójica de Ploti- no de que el principio supremo, lo Uno, no está dotado de pensamiento ni de conocimiento. La dis- cusión se anima: "¡Cómo! ¡No se conocerá ni a sí mismo ni a las otras cosas! —No, se mantendrá inmóvil en su majestad. Las otras cosas son poste- riores a él... —¿Y la Providencia?23 —Basta con que

él, de donde todo deriva, sea. —¿Qué relación guarda consigo mismo si a sí mismo no se piensa? —Quedará inmóvil en su majestad..." 24

Pero Plotino, conocedor de los hombres, siente la necesidad, no sólo de probar por la inteligencia, sino también de convencer y de seducir al alma: "Es necesario —dice repetidas veces— 25 unir la con-

vicción a la fuerza coactiva de las demostraciones." Siente demasiado, para limitarse a la demostración, que la vida espiritual en el hombre no puede redu- cirse a la pura inteligencia. "He aquí una demostra- ción —dice en uno de sus tratados—; pero, ¿estamos persuadidos en efecto? La demostración implica

22 Les Ennéades de Plotin, traducidas por M. P. Bouillet. Paris,

Hachette, 1857, 3 vol.

23 Es decir: ¿acaso el hecho de la Providencia no prueba que Dios se inquieta por las cosas exteriores a él?

24 En. VI, 7, 39.

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necesidad pero no la convicción. La necesidad reside en la inteligencia, y la persuasión en el alma. Igualmente, tratamos de convencernos antes que ver la verdad con la pura inteligencia. En tan- to nos hallamos en la región superior, en la inteli- nos contentamos con el . . Pero una vez vueltos a este mundo, al alma, bus- camos los medios de persuadirnos, como si quisiéra- mos ver un modelo en su imagen." Hay veces que Plotino va muy lejos en esta dirección; y aun cuando es bastante sobrio, está en la peligrosa pendiente que conduce a introducir en la filosofía cualquier • argumento a de que sea capaz de seducir. Un ejemplo es aquel pasaje en que la demostración espiritualista cede su lugar a algo que linda con la experiencia espiritista. Después de haber dado las pruebas de la inmortalidad del alma, Plotino añade: "Se ha dicho lo necesario a quienes piden una de- mostración. Para quienes buscan una prueba sensi- ble, hay que extraerla de las numerosas tradiciones concernientes a este tema, de oráculos de los dioses ordenando apaciguar la cólera de las almas contra las cuales se ha cometido injusticia, rendir honores a los Almas que antes residían en hom- bres no cesan de hacer bien a los hombres; nos son útiles informándonos acerca de todas las cosas por oráculos."

Por último, el desarrollo de las exposiciones con- cluye con lo que habíamos llamado elevaciones,

28 En. V, 3, 6.

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LAS ENEADAS 43

especie de meditaciones interiores, donde el estilo se torna más pleno, y donde se describe el estado apa- cible del alma que por fin ha llegado a la verdad.

Estos pensamientos están expresados en un estilo que mucho que pensar. En efecto, es a veces des- cuidado, oscuro e incorrecto sabe, por otra parte, que Porfirio estaba encargado de corregir las ne- gligencias de esas obras muy rápidamente y de un solo Pero también es verdad que, con todos sus defectos, el estilo de Plotino es uno de más bellos que existen porque tiene siempre el movimiento de un pensamiento vivo. Se despliega a menudo en imágenes brillantes. La imagen, en Plo- tino, no es un ornamento externo; es un elemento integrante del pensamiento. En efecto, y como fre- cuentemente advierte, Plotino tiende a expresar realidades ante las cuales es impotente el lenguaje. Sólo resta entonces sugerirlas por analogía.

Algunas de esas imágenes son tan sólo ingeniosas y bellas. La parábola del dueño de casa, por ejemplo, en la que expresa el estado del alma de quien aban- dona la Inteligencia para contemplar el principio supremo: "Un hombre que ha entrado en una casa ricamente adornada mira y admira todas esas ri- quezas antes de haber visto al dueño de casa; mas, desde el momento en que lo ve, desde el mo-

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