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De quien debe cuidar de las criaturas Criar en familia, el afecto por otros/as y el deber para con otros/as.

1.2. Sobre la desnaturalización de la crianza, un ejercicio necesario

1.2.2. De quien debe cuidar de las criaturas Criar en familia, el afecto por otros/as y el deber para con otros/as.

En el apartado anterior he intentado sentar las bases con las que cuestionar unos supuestos modos de criar ahistóricos, definitivos. En este apartado proseguiré con el ejercicio de desnaturalización que sugiere Imaz (2007), poniendo en tela de juicio la adscripción femenina al cuidado como resultado de características innatas de las mujeres. En nuestra revisión hemos hablado de padres y madres e hijo/as, y no de todos aquellos sujetos que pudieran prestar cuidados (remunerados o no) a niños/as y formar parte o coparticipar en su crianza. Esto es, en nuestra investigación nos remitimos a la crianza como interacción relacional que tiene como finalidad el cuidado de menores y que se da dentro de los contornos de la familia reducida.

La familia, a pesar de la maleabilidad que le ha conferido el proyecto individualizador en nuestras sociedades (Beck-Gersheim 2003), sigue comportándose como agente responsable de la crianza. Aunque eso sí, hoy acomete su función desde paradigmas pedagógicos, emocionales, éticos y jurídicos distintos a los de otros tiempos. Con esto no desecho la posibilidad de que el cuidado sea acometido por otros actores/ actrices sociales, ni tampoco quiero insinuar que los vínculos de los padres y madres progenitores sean de naturaleza distinta a la de aquellas otras tutelas. Ahora bien, ya anticipé que pretendo abordar la crianza como el compromiso y la responsabilidad que se le asocia a la parentalidad en la sociedad actual –sea esta biológica o no, se dé en el tipo de familia que se dé—que deja al margen otras interrelaciones de cuidado que se desarrollan en escenarios distintos a los familiares, así como aquellas que en tiempo parcial son protagonizadas por otras mujeres no pertenecientes a las redes de

parentesco o amistad22, y que acertadamente han sido nombradas por Hays (1998) como

“maternidades alternativas”.

Este posicionamiento me sitúa en la tesitura de asociar directamente la infancia y la crianza a la familia. Una identificación ésta, la de cuidado y familia, configurada con materiales de especial sensibilidad que remiten a preceptos aparentemente contradictorios como son el afecto por otros/as y el deber para con otros/as. Efectivamente, desde la perspectiva que estoy asumiendo aquí, y como expondré en el epígrafe siguiente, la crianza en la familia es mucho más que amor. Y lo es porque está ligada a los compromisos familiares, es decir, al modo como están codificados –no sólo en el derecho y la protección social sino también en las ideologías culturales— las obligaciones de las familias para con sus descendientes (Letáblier, 2007). Por lo tanto, todo y destacar la variabilidad que puede reconocerse en las modalidades del cuidado – tantos como contornos familiares—no quisiera perder de vista que, en la forma de criar, permean ciertas ideologías dominantes que hacen que la diversidad de arquetipos de crianzas confluyan en coordenadas comunes.

En última instancia, debemos pensar en la familia como elemento estructurado y estructurador por/de la crianza. Esto es, el proyecto o los proyectos de crianza, son productores de familia. La llegada del primer hijo o hija supone un reajuste familiar que, en nuestra Segunda Modernidad, adopta características sin precedentes (Brullet, 1997). La “calma” que llenaba la vida de dos sujetos individualizados, se ve dinamitada por una labor que pone en juego a un (o dos) ser(es) dependiente(s), al cuidado de individuo(s) comprometidos con su bienestar. La familia postpatriarcal con niños/as pequeños/ as deviene el escenario donde las proyecciones individuales se ven necesariamente matizadas y coartadas por el interés común, puesto que tal y como señala Singly (2000) la familia y, a nuestro parecer, todavía más la familia que cría, deviene marco en el que se articula la búsqueda de una misma con la preocupación por otros/as, la búsqueda de uno mismo en la preocupación por otros/as, la búsqueda de los/as otros/as en los deseos de uno/a mismo/a. Por otra parte, la crianza es producto de la familia. Las formaciones familiares, sus condiciones estructurales, las relaciones de poder que se den en su seno,

22 Aflora éste como tema interesante a estudiar, en cuanto a que este tipo de organizaciones del cuidado sugieren una reproducción de las relaciones de género representadas por los mismos hombres pero por distintas mujeres. Para explorar esta temàtica se recomienda revisar las propuestas de Soledad Parella (2003) y María Jesús Izquierdo( 2007).

las personalidades de sus miembros, todo ello y mucho más incide de alguna manera en las configuraciones de crianza. De hecho, las necesidades de protección de las criaturas no pueden ser reclamadas sin prestarle igual consideración a las constelaciones familiares donde estos niños y niñas crecen (Brullet i Torrabadella, 2008), la posición contraria corre el riesgo de abanderar reclamos en pro de las atenciones hacia los y las menores, sin valorar las idiosincrasias familiares.

En la Segunda Modernidad, como explicaremos más tarde, las biografías familiares se ven obligadas a redefinirse y hacerlo indefinidamente mientras crían –e incluso después de ello—con el objetivo de proteger a sus descendientes. Los rediseños y resignificaciones de la intimidad (Giddens, 1992) y de las relaciones personales (Beck-Gersheim, 2003) no han confluido, al menos en nuestra sociedad, en la desatención del cuidado por parte de la institución familiar. Las mujeres, y también los hombres, mantienen sus compromisos para con su prole incluso en circunstancias de separación de la pareja (Beck-Gersheim, 2003), ello a pesar, como veremos, de que las condiciones estructurales no son las más idóneas para estos menesteres. No obstante, si bien Beck-Gersheim se refiere a lógicas macroestructurales, la realidad de estos “nuevos compromisos” debe ser sometida necesariamente tanto a la localidad de los contextos, como a la variabilidad que le confieren a la crianza las distintas posiciones sociales de las familias. Efectivamente, todo lo que tiene de maleable el proyecto familiar actual, lo tiene también de complejo. La ideología del cuidado intensivo junto con el incremento de la actividad profesional de las mujeres plantea contradicciones –como las llama Hays (1998)— respecto al cuidado de las y los menores. La preocupación social por el cuidado, señala Letablier (2007), debe proyectarse en dos planos distintos: a nivel macro, esto es, en lo que se refiere al engranaje entre el Estado, la familia, el mercado y la sociedad civil; y a nivel micro, dentro de la familia y entre sus miembros, especialmente entre los hombres/padres y las mujeres/madres. La Segunda Modernidad con sus presupuestos, que desgranaremos en un capítulo posterior, pone en cuestionamiento la construcción tradicional de la crianza como tarea asignada a las mujeres, situación que demanda un replanteamiento de los cuidados en términos de reparto entre la familia y los poderes públicos. Esta nueva organización social del cuidado exige, por un lado, que el Estado y el mercado laboral asuman el cuidado de las personas dependientes y se le dé respuesta a ello en forma de política social y laboral; por otro lado, que aquel contrato sexual al que se refería Pateman (1998) se vea recontextualizado y las parejas deban repensar, renegociar el

reparto de roles, tareas y tiempos. En otras palabras, la deslegitimación de un sistema de distribución genérica demanda reajustes no sólo en el plano público, sino también privado, y no sólo en la esfera familiar sino también estatal, institucional.

1.2.2.1.

¿Cómo llamar a la crianza trabajo? La conceptualización de la