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Capítulo 10: La agonía de un ensayo

1. La decadencia del negocio pacífico

La década de 1870 fue testigo de un creciente rechazo hacia la política de protec-

ción por avituallamiento que había sido el eje de la estrategia hacia los indígenas

durante varias décadas. Se la empezó a considerar como el residuo de un mundo antiguo y perimido. Esta tendencia se acentuó con el regreso de los veteranos de la guerra del Paraguay, muchos de ellos oficiales jóvenes que habían triunfado en una contienda externa. Recién llegados del campo de la gloria, estos militares apoya- ban la idea de que el negocio pacífico era una fuente de humillación, porque se

veían a sí mismos como cautivos de un mundo primitivo enquistado en el suelo de la patria que, en lugar de retirarse para dejar paso a la civilización, les cobraba tri- butos y peajes. Humillación es un término recurrente en la época, tanto en los do- cumentos como en ensayos bibliográficos y en artículos de prensa. Desde la pers- pectiva económica que se iba imponiendo por encima de otros intereses, el negocio pacífico era ruinoso, más aún en un contexto de expansión de la producción agríco- la-ganadera que les permitía intuir un futuro venturoso de país avanzado. Igual- mente ruinoso era el mantenimiento de la defensa de las fronteras; los fortines es- taban sin recursos y los comandantes se referían cada vez más a que los soldados se hallaban “desnudos”, se les adeudaban muchos meses de pagas, se veían forzados a alejarse durante días del servicio para conchabarse en las estancias como peones, y la defensa se resentía.

En el caso de los indios amigos la escasez los alcanzaba doblemente: por sol- dados de la frontera y por indios. La lentitud en el pago de los sueldos los afectaba igual que a los soldados criollos; la inoperancia en la entrega de los avituallamien- tos –que se habían convertido en un foco de corrupción–215 los sumía en la miseria

como grupo poblacional; y abochornaba a muchos comandantes el tener que in- formar a los caciques amigos que las mercancías adeudadas no llegaban.216 En

cuanto a los indios salineros y ranquelinos, la lentitud en la entrega de las mercanc- ías los encolerizaba y ponía en jaque los tratados de paz laboriosamente alcanza- dos, porque el sistema de avituallamientos no sólo era imprescindible para el sus- tento de las tribus, sino que constituía la base de las relaciones de reciprocidad entre los caciques y su gente y era, por tanto, un eje fundamental de su autoridad.217

Esto último afectaba también a la estructura política interna de los indios amigos. Debe agregarse que la percepción de muchos criollos de estar siendo humilla-

dos por las exigencias de los bárbaros no tenía tanto que ver con los indios amigos,

como con los reclamos cada vez más exigentes de Calfucurá y sus aliados que in- sistían en los avituallamientos como la única razón para comprometerse a mantener una paz que, además, era siempre precaria. Podría decirse que el sacro temor que había despertado en Rosas el inteligente Calfucurá, señor de las Salinas Grandes – temor compartido por todos los dirigentes de Buenos Aires después de Caseros– había introducido ruido en el negocio pacífico, basado en la estrategia de protec-

ción por avituallamiento. Lo cierto es que Calfucurá no brindaba protección; sólo

215 En oposición a Rosas, que alimentaba el negocio pacífico con las expropiaciones a los enemigos políticos, los dirigentes posteriores a Caseros tendrán que echar mano del dinero público o de las obligaciones impuestas a los estancieros de la frontera. Finalmente, la privatización del negocio pacífico mediante licitación acabó dando lugar a importantes corruptelas que fueron denuncia- das por personajes de la época, como el comandante de la frontera sur y más tarde gobernador de la Patagonia, Álvaro Barros.

216 Comandante Benito Machado a Ministro de Guerra y Marina Juan Gelly y Obes, 28-6-1865 (AGN X 20-2-1).

informes de posibles invasiones ajenas que alternaba con la preparación de malo- nes propios a la frontera. De tal forma, los tratados con el cacique huilliche giraban en torno a un eje diferente, basado en una suerte de avituallamiento por paz coyun-

tural, y eran mucho más onerosos para las autoridades que los celebrados con los

caciques amigos. Nunca los indios vinculados a los fuertes fueron tan bien pagados como el tremendo cacique salinero. Esto daba a Calfucurá un aura de poder –su famoso carisma– que atraía a numerosas indiadas desde Chile, que a su vez incre- mentaban no sólo la capacidad de las lanzas salineras sino la necesidad de nuevos avituallamientos. Era un círculo vicioso que algunos comandantes de frontera in- tentaron quebrar, proponiendo al gobierno –en vano, por cierto– que se retirasen las raciones enviadas a Calfucurá para repartirlas entre los indios amigos, lo que hubiera debilitado a los primeros y reforzado a los segundos.218

De tal forma, el negocio pacífico fue perdiendo espacio tanto por su alto coste económico como por su propia característica de pertenecer a un sistema de recipro- cidad crecientemente desfasado, que no se compadecía con la economía capitalista en fase de crecimiento en la Argentina. Las dificultades o la merma de la voluntad para cumplir con los compromisos por parte de las autoridades favoreció la entrada de los indios amigos en un período de exasperación, vuelta a los robos y al malo- queo y formación de una nueva alianza intraindígena alrededor de Calfucurá y, a la muerte de éste, su hijo Namuncurá. Participaron de ella dirigentes de algunas de las tribus más leales, como Justo Coliqueo, hijo de Ignacio, y Juan José Catriel, her- mano de Cipriano, empujados no sólo por la pobreza sino sobre todo por la convic- ción de estar siendo engañados por los huincas. La falta de cumplimiento de los compromisos de avituallamiento produjo así un aumento exponencial de terribles malones, tanto a las estancias como a las tolderías de indios amigos vinculadas a los fuertes.

Las violentas invasiones de Calfucurá y su hijo Manuel Namuncurá a las tierras de los indios amigos, en la década de los años de 1870, serían también responsables del empobrecimiento de estos últimos, como fue el caso de las hasta entonces prósperas tribus de Andrés Alcalao y del cacique Linares.219 A su vez, las invasio- nes a las poblaciones ayudaron a incrementar la desconfianza de los pobladores hacia todos los indios, fueran amigos o no. El cruce de estos malones con la cre- ciente voluntad de acabar en poco tiempo con “el problema del indio”, aumentó también la susceptibilidad de los indios amigos hacia sus aliados criollos e incitó incluso a la ruptura de las familias, como fue el caso de los hermanos Catriel y los también hermanos Coliqueo.

218 Rufino Victorica al ministro de Guerra y Marina Martín de Gainza, 13-2-1869 (AGN X 20-2-2). 219 Hux (2004a: 15). Debe agregarse como factor de empobrecimiento las tremendas epidemias que

Lo cierto es que la pobreza de las fronteras no era reflejo de una mala situación económica del país en general –cuyas circunstancias eran tan promisorias que se había convertido en uno de los principales polos de atracción de inmigración euro- pea– sino del creciente rechazo hacia la política defensiva que implicaba el mante- nimiento de dichas fronteras. Lo que se estaba abriendo paso era una nueva estrate- gia favorable a acabar de una vez por todas con el “problema del indio”, considera- do como un lastre que un país ansioso de un próspero futuro no estaba dispuesto a mantener. En ese contexto, la cuidadosa diferencia que había hecho Rosas entre

nuestros indios y los ajenos parecía difuminarse a medida que avanzaba la década.

Cuando el ministro de guerra de Avellaneda y veterano de la guerra del Paraguay, Julio A. Roca, anunció que debía terminarse la política defensiva para pasar a “buscar al indio en su guarida”, se estaba refiriendo a los indios ajenos, los que no cumplían servicios en la frontera. Pero en el afán por destruir de una vez y para siempre la autonomía de los indios enemigos, se redujo la tolerancia que la socie- dad mayoritaria estaba dispuesta a desplegar con los nativos en general, fueran amigos o enemigos. Y las parcialidades amigas verían disminuir de día en día sus posibilidades de actuación. El camino del mérito se estaba cerrando.