ESPARTA OPTA POR LA GUERRA
La promesa de invadir el Ática realizada por los éforos espartanos a los habitantes de Potidea se llevó a cabo en secreto y no fue ratificada por la Asamblea espartana. No obstante, cuando los potideatas emprendieron su rebelión en la primavera de 432, Esparta no cumplió con su parte. Ni el rey ni la mayoría de ciudadanos estaban preparados para entrar en guerra, a pesar de que una facción muy influyente deseaba dirigir su ardor guerrero contra Atenas. El contingente ateniense enviado para evitar el alzamiento de Potidea era insuficiente, y además llegó demasiado tarde para servir de algo. Por su parte, los corintios no se atrevieron a enviar una expedición oficial en ayuda de los rebeldes, lo que habría supuesto una violación formal del Tratado. En cambio, organizaron un cuerpo de «voluntarios» con una fuerza de mercenarios corintios y peloponesios capitaneados por un general corintio. Durante ese tiempo, los atenienses sellaron la paz con Macedonia para disponer de más hombres y utilizarlos contra Potidea, a la vez que enviaron refuerzos adicionales desde Atenas. Hacia el verano del año 432, una gran fuerza de soldados y trirremes cercó la ciudad y dio comienzo a un sitio que costaría vastas sumas de dinero y se prolongaría más allá de dos años.
Con Potidea sitiada y la amarga protesta de los megareos, motivada por el embargo ateniense, los corintios dejaron de ser la única parte enfrentada con Atenas.3 Así pues, alentaron a las otras ciudades-estado agraviadas, para presionar a los espartanos. Finalmente, en julio de 432, los éforos convocaron la Asamblea espartana e invitaron a sus aliados con alegaciones contra Atenas para que fueran a Esparta a discutirlas. Ésta es la única ocasión conocida en que se invitó a los aliados a dirigirse a la Asamblea espartana en vez de a la Liga del Peloponeso. Que recurrieran a este procedimiento infrecuente demuestra la renuencia a luchar que todavía albergaban los espartanos en el verano del año 432.
Aunque, entre todos los participantes, los más ofendidos eran los megareos, los corintios demostraron ser los más efectivos. Intentaron persuadir a los espartanos de que su política tradicional de prudencia y reticencia a la lucha era desastrosa frente al poder dinámico de Atenas; su argumentación quedó subrayada con su esbozo de la clara distinción entre la personalidad de ambos pueblos:
Son rápidos e innovadores a la hora de formular planes y ponerlos en acción, mientras que vosotros conserváis lo que tenéis, no inventáis nada nuevo y, cuando actuáis, ni siquiera completáis lo requerido. Una vez más, muestran audacia más allá de sus fuerzas, arrostran peligros por encima de la razón y conservan viva la esperanza en la hora del peligro; vosotros, mientras, actuáis por debajo de lo que vuestro poder os permitiría, desconfiáis hasta de vuestros razonamientos más certeros y pensáis que cualquier riesgo os superará...
Sólo en ellos coinciden las expectativas y su consecución porque, una vez planeado algo, se afanan por conseguirlo con celeridad. Así pasan la vida entera entre peligros... porque consideran que una tranquilidad ociosa es un desastre peor que la actividad más acerba... Está en su
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La isla de Egina, obligada a formar partido con la Liga ateniense durante la Primera Guerra del Peloponeso, se unió en secreto con los corintios para protestar por el maltrato sufrido a manos de Atenas, y agitó el resentimiento de los demás peloponesios (1, 67, 2). Las razones de estas quejas no están del todo claras.
naturaleza no disfrutar de la ociosidad ni permitirles a los demás disfrutar de ella (I, 70, 2-9).
Aunque resulten efectivas en una polémica, ambas caras de esta comparación no son sino exageraciones. Los espartanos difícilmente hubieran podido crear su propia gran alianza y la que llevó a los griegos a vencer a los persas si hubieran sido tan mansos como se les retrataba. Igualmente, Atenas había actuado en concordancia con la letra y el espíritu del Tratado de los Treinta Años, como tácitamente reconocían los corintios cuando contuvieron a sus aliados durante la rebelión lamia. El comportamiento discutible de los atenienses durante el último año había sido meramente una reacción contra las recientes acciones llevadas a cabo por Corinto, acciones de las que éstos hablaron lo menos posible. Los corintios pusieron fin a su alocución con una amenaza: los espartanos debían acudir en ayuda de Potidea y de todos los demás aliados, e invadir el Ática; pues, «de no hacerlo así, traicionaríais a vuestros amigos y gentes de vuestra estirpe ante sus peores enemigos o nos empujaríais a acogernos a otra alianza» (I, 71, 4). La amenaza carecía de contenido —no había otra alianza a la que acogerse—, pero como el modo de vida espartano y su seguridad descansaban en la integridad de la coalición, la sola idea de una defección general causó la alarma.
El siguiente en hablar fue un miembro de una delegación ateniense, quien, según dice Tucídides, «se dio el caso de que estaba presente por haber acudido en razón de otros asuntos» (I, 72, 1). No se nos cuenta qué «asuntos» podían ser éstos, y parece claro que fue un mero pretexto para que los atenienses pudieran exponer sus puntos de vista. Pericles y sus conciudadanos no quisieron enviar un portavoz oficial para responder a las quejas ante la Asamblea espartana, gesto éste que habría concedido a los espartanos el derecho de juzgar el comportamiento de Atenas, en vez de obligarla a someter las acusaciones al sistema del arbitraje, como así requería el Tratado. Los atenienses quisieron, sin embargo, evitar que Esparta se rindiera a las razones de sus aliados, defender el hecho de que Atenas había logrado su poder de manera justa y demostrar que tal poder era formidable. El orador atribuyó el crecimiento del Imperio ateniense a una serie de necesidades impuestas a instancia del miedo, del honor y del interés razonable (motivos que los espartanos entenderían bien). El tono del ateniense no fue conciliatorio, sino formal, y en su conclusión insistió en que las partes se adhirieran a la letra precisa del Tratado: la presentación de todas las disputas a arbitraje. Sin embargo, si los espartanos rehusaban, «tratarían de vengarse de aquellos que empezasen la guerra, y de ellos si la encabezaban» (I, 78, 5).
¿Fue realmente este discurso una provocación deliberada, dirigida a enemistarse con los espartanos, a hacerles violar sus juramentos e iniciar una guerra? Esta opinión da por hecho que la única forma de buscar la paz es a través del intento de apaciguar la cólera, explicar las diferencias con generosidad y hacer concesiones. A veces, no obstante, la mejor forma de evitar una guerra es por medio de la disuasión, transmitiendo un mensaje de fuerza, confianza y determinación. Ésta puede ser una táctica especialmente efectiva si deja una vía de escape honorable a la otra parte, como la ofrecida por la cláusula del arbitraje a los espartanos. En todo caso, el mejor de los testigos contemporáneos nos dice que, para los atenienses, la guerra no era todavía un objetivo: «Querían dejar patente el poder de su ciudad, ofrecer un recordatorio a los ancianos de lo que ya sabían y, a los jóvenes, de aquello que ignoraban, con la idea de que, con sus argumentos, los espartanos se inclinarían a favor de la paz, y no de la guerra» (I, 72, 1).
La estrategia ateniense parecía especialmente prudente, dado que los reyes de Esparta ejercían tradicionalmente mucha influencia a la hora de decidir asuntos relativos a la guerra o la paz; en el año 432, el único monarca espartano en activo era Arquidamo, amigo personal de Pericles, «un hombre con una gran reputación de sabio y prudente» (I, 79, 2), quien pronto dejaría ver su opo-sición al conflicto armado.
Los espartanos se retiraron a deliberar tras el discurso del extranjero. Aunque la Asamblea se mostró hostil y confiaba en que se podría vencer fácilmente a Atenas con un enfrentamiento breve, el rey Arquidamo sostuvo todo lo contrario. La fuerza de Atenas, insistió, era mayor a la que Esparta estaba acostumbrada a hacer frente, y de una clase muy distinta. Una ciudad amurallada poseedora de amplios recursos económicos, un imperio naval con control de los mares, presentaría una batalla muy diferente a aquellas en las que los espartanos habían participado. Arquidamo temía,
y así lo afirmó, «que nuestros vástagos heredarán la contienda» (I, 81, 6).
Sin embargo, en la Asamblea se respiraba un ambiente tan polémico, que Arquidamo no podía simplemente recomendar la oferta ateniense; en vez de eso, propuso una alternativa moderada: los espartanos debían limitarse a registrar una reclamación oficial y, al mismo tiempo, debían prepararse para la clase de guerra a la que tendrían que hacer frente si el debate fracasaba, y buscar barcos entre las filas bárbaras (en especial, los persas) y entre los demás griegos. Si los atenienses cedían, no tendrían que emprender ninguna acción. Si no, en dos o tres años ya tendrían tiempo de combatirlos, cuando Esparta estuviera mejor preparada.
Como cabe suponer, el plan del monarca fue mal recibido por los corintios, por las otras partes demandantes y por aquellos espartanos que estaban deseosos de entrar en acción. Cualquier posibilidad de salvar Potidea, pensaban, requería de una acción rápida. Los corintios, en particular, no querían una resolución conciliatoria, sino más bien carta blanca para aplastar a Corcira de una vez por todas; asimismo, deseaban vengarse de Atenas, e incluso la eventual destrucción del Imperio ateniense, posición ésta con la que se mostraban de acuerdo los espartanos partidarios de la guerra. Sumados a una visión parcial de los acontecimientos de los últimos cincuenta años, los asuntos de Corcira, Potidea y Megara parecían confirmar para la gran mayoría de los espartanos la versión corintia de la arrogancia ateniense y el peligro que su creciente poder representaba.
La respuesta breve y categórica del belicoso éforo Estenelaidas fue prototípica:
No comprendo el largo discurso de los atenienses. Profieren alabanzas de sí mismos sin negar los agravios causados a nuestros aliados y al Peloponeso... Otros podrán tener mucho dinero, naves y caballería, pero nosotros tenemos buenos aliados, que no debemos entregar a traición a los atenienses. Tampoco tendríamos que someternos a juicios públicos o discursos, pues el daño no nos lo han hecho de palabra. Por el contrario, tendríamos que vengarnos rápidamente con todas nuestras fuerzas. Que nadie os venga a decir que nosotros, los agraviados, debemos tomar tiempo para reflexionar, porque los que deben recapacitar son los que planean las ofensas. Votad, pues, por la guerra, espartanos, según nuestras dignas costumbres. No dejéis que los atenienses se hagan más fuertes y no traicionéis a vuestros aliados. Marchemos contra aquellos que nos ultrajan, y esperemos tener a los dioses de nuestra parte (I, 86).
Con la excusa de que no podía determinar qué facción era la más aceptada y el «deseo de empujarlos a la guerra a través de la demostración directa de su opinión», el éforo llamó a la votación. Cuando se hizo el recuento, una vasta mayoría votó que los atenienses habían quebrantado la paz; de hecho, era un voto a favor de la guerra.
¿Por qué decidieron los espartanos lanzarse a lo que podría ser un largo y difícil conflicto contra un oponente excepcionalmente poderoso, si no se enfrentaban a ninguna amenaza inminente ni alcanzarían beneficios tangibles, y si ni siquiera habían sufrido daños directos? ¿Qué factor había minado la mayoría conservadora espartana, guiada por Arquidamo, un monarca prudente y respetado, y normalmente favorable a la paz? Tucídides opina que los espartanos votaron por la lucha no tanto por estar convencidos de los argumentos de sus aliados, sino «por miedo a que los atenienses se hicieran aún más fuertes, pues veían que la mayor parte de Grecia ya estaba en sus manos» (I, 88). Su explicación general del origen de la guerra fue la siguiente: «Según creo, la razón más cierta, y de la que menos se ha hablado, es que el auge de Atenas se presentaba como objeto del temor espartano: ello les obligó a ir a la guerra» (I, 23, 6).
Sin embargo, los hechos demuestran que el poder ateniense no se había acrecentado durante los doce años transcurridos entre la paz y la batalla de Síbota, como tampoco había sido agresiva su política exterior, hecho ya reconocido por los propios corintios en el año 440. El único aumento del poderío ateniense se había producido en el 433 como resultado de su alianza con Corcira, alcanzada tras la iniciativa corintia tomada contra el consejo de Esparta. En ese caso, había quedado patente que los atenienses habían actuado con recelo y a la defensiva, en su intento por impedir que los corintios causaran un cambio aún mayor en el equilibrio de poderes.
caso de los espartanos, cuyo estado de alarma aumentó al parecerles que «la supremacía de los atenienses crecía a las claras y comenzaba a entrometerse con los aliados. Así pues, la situación se hizo insoportable y los espartanos decidieron entrar en acción con toda su fuerza para destruir, si todavía podían, el poder de Atenas, e iniciar la guerra» (I, 118, 2). Las tres versiones de la explicación de Tucídides justifican el análisis de los motivos fundamentales que gobernaban las relaciones entre las distintas ciudades-estado: temor, honor y beneficios. El interés más profundo de los espartanos les obligaba a mantener la integridad de la Liga del Peloponeso y su propio liderazgo dentro de ella. Su mayor preocupación era que el poder y la influencia crecientes de los atenienses les permitirían continuar importunando a los aliados de Esparta, hasta el punto de hacer—les abandonar la Liga del Peloponeso para buscar su propia defensa, con lo que se disolvería la Liga y la hegemonía espartana. El honor de los espartanos, la concepción que tenían de ellos mismos, no sólo dependía del reconocimiento de su primacía, sino también del mantenimiento de su política distintiva, cuya integridad descansaba a su vez en los mismos factores. Por lo tanto, Esparta estaba dispuesta a exponerse a los grandes sacrificios derivados de la contienda a fin de salvaguardar una alianza creada precisamente para evitar ese peligro. El hacerlo significaba servir a los intereses de los aliados, aun a riesgo de que esos mismos intereses amenazaran su propia seguridad. No sería la última vez en la historia que el líder de una alianza es arrastrado por aliados menores a adoptar políticas que no habría elegido por sí mismo.
Los éforos siguieron los dictados de la Asamblea y convocaron un encuentro de la Alianza Espartana para emitir un voto formal sobre la guerra. Los aliados, entre los que faltaron algunos, no se reunieron hasta agosto; presumiblemente, los que permanecieron en sus ciudades no estaban de acuerdo con su propósito. De entre los que asistieron, una mayoría (aunque no tan grande como la descrita por Tucídides en la Asamblea espartana) votó a favor de la guerra. Por lo tanto, no todos los aliados llegaron a la conclusión de que la guerra era inevitable o justa; no todos juzgaron que la empresa sería fácil o tendría éxito, ni pensaron que era necesaria.
Los espartanos y sus aliados podrían haber lanzado una invasión en ese momento y haber cumplido su promesa a los potideatas con sólo unos meses de retraso. Los preparativos para una invasión de este tipo eran simples, y no habrían necesitado más que unas pocas semanas; además, septiembre y octubre habrían proporcionado unas condiciones meteorológicas favorables para presentar batalla o para arrasar las poblaciones, en caso de que los atenienses rehuyeran la lucha. Aunque las cosechas de grano de Atenas ya se habían recolectado, todavía había tiempo de infligir daños serios a sus vides, olivos y a las granjas situadas en las afueras de la ciudad. Si los atenienses buscaban un compromiso, tal como esperaban los espartanos, una invasión en septiembre los incentivaría en gran manera.
Sin embargo, los espartanos y sus aliados no emprendieron acciones militares durante casi un año. En este lapso de tiempo, enviaron tres misiones diplomáticas a Atenas, de entre las cuales al menos una parece haber entrañado un esfuerzo sincero para evitar la guerra. La larga espera anterior al comienzo de las hostilidades y el continuo intento por negociar sugieren que los argumentos sobrios y prudentes de Arquidamo, una vez extinguida la emoción del debate, habían surtido efecto y habían devuelto el ánimo de Esparta a su habitual conservadurismo. Quizás aún estaba a tiempo de impedir la contienda.
LA DECISIÓN DE COMBATIR DE LOS ATENIENSES
La primera misión espartana en Atenas, probablemente a finales de agosto, solicitó que los atenienses «acabaran con la maldición de la diosa», en referencia a una acto sacrílego cometido dos siglos atrás por un miembro de la familia de Pericles por línea materna, con la que éste se hallaba muy vinculado. Los espartanos tenían la esperanza de que con este incidente se le culparía de los problemas de Atenas y quedaría desacreditado, ya que «era el hombre más poderoso de su tiempo y el líder de su comunidad; se oponía en todo a los espartanos y no permitía concesiones, sino que empujaba a su pueblo a la guerra» (1, 127, 3). De hecho, Pericles siempre se había opuesto a
cualquier concesión sin arbitraje previo; cuando los espartanos y sus aliados votaron por la guerra, rechazó seguir negociando al considerarla como una mera maniobra táctica con el propósito de minar la resolución de los atenienses.
La respuesta labrada por Pericles pedía a cambio que los espartanos pagaran no por una, sino por dos antiguas faltas religiosas y expulsaran a las partes responsables. El primer sacrilegio se refería a la matanza de un grupo de ilotas que habían buscado refugio en un templo, además de llamar la atención sobre el hecho de que los espartanos, que hacían la guerra con la consigna de «libertad para los griegos», gobernaban despóticamente sobre un gran número de ellos en su propio territorio. El segundo traía a colación las acciones de un monarca espartano que había tiranizado a sus compatriotas antes de pasarse traicioneramente a los persas.
Los espartanos enviaron nuevas misiones diplomáticas con la tarea de realizar algunas peticiones, aunque finalmente optaron por sólo una: «Proclamaron pública y claramente que, si los atenienses derogaban el decreto de Megara, no habría guerra» (I, 139, 1). El abandono de su postura anterior indica claramente un cambio del clima político espartano desde la votación de la guerra. Plutarco afirma que Arquidamo «intentó calmar las quejas de los aliados pacíficamente para suavizar su enfado» (Pericles, XXIX, 5), pero ni el rey ni sus opositores tenían una posición de poder. Arquidamo, aparentemente, tenía apoyos suficientes para forzar una continuación de las negociaciones, pero sus adversarios continuarían solicitando concesiones no sometidas a arbitraje. Así pues, el compromiso de Corinto pasaba por seguir rechazando el arbitraje, pero los requerimientos de Atenas habían quedado reducidos precisamente a ello.
Esta condición supondría por tanto traicionar los intereses corintios y, apoyando a los megareos, los espartanos demostrarían su poderío y su fiabilidad como líderes de la Alianza, además de aislar a Corinto. Si bajo estas circunstancias, los corintios amenazaban con segregarse, tanto Arquidamo como la gran mayoría de los espartanos estaban dispuestos a permitírselo. Esparta, incluso