Pretendía moverse en silencio, pero, para el fino oído del shek, resultaba muy escandaloso. Sin embargo, el joven no se había movido, Había permanecido echado en su jergón, con los ojos cerrados, respirando con normalidad. Ni siquiera había permitido que se aceleraran los latidos de su corazón. Nada delataba que estaba despierto y alerta.
Oyó al intruso detenerse en la puerta de la cabaña. Oyó su respiración. Sabía perfectamente que no se trataba de Victoria. Y a nadie más le habría permitido entrar en su cabaña, de noche y en silencio. Fuera quien fuese, el intruso estaba muerto desde el mismo momento en que se atrevió a poner los pies allí. Pero aún no lo sabía.
Christian esperó a que el asesino se acercase más a él. Oyó cómo desenfundaba la daga, incluso dejó que la alzara sobre él, antes de levantarse de un salto, más rápido que el pensamiento, extraer su propio puñal y hundirlo en el cuerpo del intruso, que murió antes de saber siquiera qué era lo que lo había atacado.
Jack y Victoria llegaron a la cabaña de Christian justo cuando éste salía de ella. Victoria, inquieta, percibió un brillo acerado en la mirada del shek.
El trató de apartarla para marcharse, pero Jack lo retuvo. -¡Eh! -En aquel momento descubrió el bulto inmóvil que yacía al fondo de la cabaña-. ¡Por todos los...!
Entonces oyeron la voz de Alexander, que llegaba con una luz. -¿Qué es lo que pasa?
La luz bañó el interior de la cabaña, y todos vieron la figura de un hombre, tendido de bruces sobre el suelo, con un puñal clavado en la espalda. Victoria reconoció al punto la daga de Christian, y lo miró, inquieta.
El rostro del muchacho permanecía impenetrable, y su voz sonó neutra cuando dijo:
-Ha intentado matarme.
Alexander lo observó un momento, serio. A la luz del farol, sus rasgos poseían un punto siniestro. Pero Christian sostuvo su mirada sin parpadear siquiera.
Jack había entrado en la cabaña para darle la vuelta al cuerpo. Descubrió entonces el puñal que había en el suelo, cerca de él, y comprendió que Christian decía la verdad. Al mirar la cara del asesino reconoció en él a uno de los mercenarios humanos que habían pedido, aquella misma mañana, la muerte para el shek. Jack se imaginó enseguida la escena, el humano entrando en la cabaña de Christian, creyendo caminar con sigilo, creyendo dormida a su víctima... creyendo que tenía alguna oportunidad de sorprenderlo, o siquiera de salir de allí con vida. Jack no sabía si Christian llegaba a dormir alguna vez, pero lo que sí tenía claro era que lo había sentido acercarse mucho antes de que el mercenario viera su silueta en el fondo de la cabaña. Christian era rápido y letal cuando era necesario. Y tenía una sangre fría que habría hecho palidecer de envidia al más mortífero de los asesinos.
Jack alzó la cabeza y se topó con la mirada de Alexander. También él había visto la daga, había reconocido al muerto. Se volvieron hacia Christian, los dos a una. Su semblante seguía siendo indiferente, pero parecía más sombrío de lo habitual.
A su lado, Victoria se esforzaba por parecer resuelta, pero la palidez de su rostro delataba sus sentimientos. Por supuesto que sabía que Christian era un asesino, pero tal vez había logrado olvidarlo, o simplemente no pensar en ello cuando estaba con él. Ahora la evidencia la golpeaba con la fuerza de una maza, le recordaba que él era capaz de quitar una vida sin titubear, sin lamentarlo. Sobreponiéndose, tomó la mano de Christian... y Jack sorprendió al shek oprimiéndosela con suavidad, en un gesto tierno que no era propio de él.
Desvió la mirada hacia el cadáver, inquieto. No cabía duda de que Christian era cada vez más humano... pero en algunas cosas se notaba que no había dejado de ser un shek.
-Podrías haberlo inmovilizado sin esfuerzo -gruñó Alexander-. ¿Era necesario matarlo?
-Era una amenaza -dijo Christian.
-¡Sabes perfectamente que no era rival para ti!
-Alexander, ese hombre ha intentado asesinar a Christian -protestó Victoria.
-Y él trato de matarme a mí, y todavía no le he clavado a Sumlaris en las tripas, ¿verdad?
-Me gustaría verte intentándolo -respondió Christian sin alzar la voz. Jack suspiró. Tampoco era normal que el shek, habitualmente tan frío, reaccionara de esa forma a las provocaciones de Alexander.
-Callaos los dos un momento, esto es serio -ordenó-. ¿Qué creéis que va a pasar cuando descubran lo que ha ocurrido?
-¿A qué te refieres? -inquirió Victoria, perpleja-. Christian ha actuado en defensa propia.
-Disculpad, ¿tenéis algún problema que podamos...? -Se oyó la voz cantarina de una de las hadas menores-. ¡Sagrada Wina! -chilló el hada al descubrir el cuerpo en el interior de la cabaña.
En apenas unos minutos, la mitad del poblado de los refugiados de Awa se había reunido allí. Victoria no se había apartado de Christian ni un centímetro, y sostenía, inquieta pero desafiante, las miradas, cargadas de odio y desconfianza, que les dirigían algunos de los presentes.
-Es un shek, sabíamos que era un asesino -estaba diciendo el Archimago, de mal humor-. ¡He aquí la prueba!
-¡Él era el asesino! -dijo Victoria por enésima vez-. ¡Ha intentado matar a Christian a traición!
«Divina Neliam -se oyó la voz sin voz de Gaedalu, profunda y pausada, como el tañido de una campana, en el fondo de sus mentes-. Entonces, es verdad.»
La vieron allí, todavía empapada, con las ropas chorreando, pegándosele al cuerpo cubierto de escamas. Las hadas habían ido a despertarla al río, donde dormía, como todos los varu refugiados, para que su piel no se resecase. Victoria se volvió hacia ella, inquieta. Sin darse cuenta, se había pegado mucho a Christian, que seguía allí, firme, sereno y, sobre todo, imperturbable, como si aquello no fuera con él. Victoria se dio cuenta de que Gaedalu los miraba a ambos con una mueca de disgusto, pero no entendió por qué. Christian, sin embargo, sí lo intuyó, porque entrecerró los ojos y observó a la Madre, alerta.
-Madre Venerable, ese hombre ha entrado en la cabaña de Christian, ha intentado matarlo -le explicó Victoria.
Pero Gaedalu no la escuchaba.
«Los rumores eran ciertos -dijo-. Sientes algo por ese shek.»
La palabra «shek» sonó en sus mentes cargada de desprecio. Hubo algunas exclamaciones ahogadas, murmullos escandalizados. Christian se separó un poco de Victoria, tal vez para protegerla, pero ella estaba ya cansada de aquella farsa.
-Sí -dijo, con orgullo-. ¿Algún problema?
Los ojos oceánicos de Gaedalu se estrecharon, su boca se torció en un gesto de desagrado.
«No seas impertinente, muchacha. No tienes ni idea de a qué estás jugando, porque se dice por ahí que Kirtash, el hijo del Nigromante, alberga el espíritu de una serpiente en su interior, y yo no conozco ningún otro shek que haya adoptado forma humana permanentemente.»
Hubo más comentarios indignados, incluso alguna exclamación de horror. Victoria no dijo nada. Tanto Jack como Alexander desviaron la mirada.
Qaydar dio un paso atrás.
-¿Lo sabíais? ¿Sabíais que este shek es el hijo del Nigromante? -Sí, lo sabíamos -suspiró Jack.
-No puedo creerlo -escupió el Archimago-. Un unicornio... y un shek. - Los miró a ambos con profunda repugnancia-. Lunnaris y el hijo de Ashran.
Victoria sacudió la cabeza, incapaz de soportarlo por más tiempo. Por un lado, se sentía incómoda con tanta gente comentando su relación con Christian, que era algo tan íntimo y especial para ella. Por otro, quería gritar a los cuatro vientos su amor por el shek, dar la cara por él, defender hasta la muerte sus sentimientos. Sintió que enrojecía levemente cuando alzó la cabeza para mirar a Qaydar y Gaedalu. Sin embargo, sus ojos seguían limpios y claros como estrellas, y su voz no tembló ni un ápice cuando anunció, con firmeza:
-Estamos juntos, sí. Y seguiré con él, pase lo que pase.
Hubo un silencio incrédulo y sorprendido. Victoria se pegó todavía más a Christian, situándose ante él para protegerlo de la multitud, y desde allí les lanzó una mirada de advertencia. Fue un movimiento instintivo, pero a todos les quedó claro que su preciosa Lunnaris estaba dispuesta a luchar, y tal vez a matar y a morir, por el hijo de Ashran.
Gaedalu se había quedado sin habla. Qaydar entornó los ojos y siseó: -La Resistencia aliada con el enemigo...
-... un «enemigo» que desafió a su propio padre para unirse a nosotros - sonó entonces, clara y serena, la voz de Allegra-. Sabes muy bien que Kirtash es el shek de la profecía.
«¿Qué sabéis los magos de las profecías? -replicó Gaedalu-. Los Oráculos hablan el lenguaje de los dioses, un lenguaje que vosotros no entendéis. No eres quién para tratar de interpretar una profecía.»
-¿Niegas acaso que ocultaste a los idhunitas una parte de la profecía? - la acusó Allegra-. ¿Esa parte de la profecía... que hablaba de la intervención de un shek en la caída de Ashran?
Hubo murmullos sorprendidos y escandalizados; sorprendidos por la revelación, y escandalizados por el tono con que Allegra había osado dirigirse a la Madre.
Gaedalu entornó los ojos.
«No sé cómo llegó hasta los magos esa información», dijo. Victoria pensó en Zaisei, y se preguntó si Shail había conocido la profecía a través de ella.
-Desde luego, no fue gracias a ti -intervino el Archimago con frialdad. «No voy a discutir eso de nuevo, Qaydar. Ya habíamos hablado de ello. En cualquier caso, eso no cambia las cosas. La profecía dijo que un shek abriría la Puerta. Él ya lo hizo, ya cumplió su papel, y no lo necesitamos más. Lo que ha ocurrido esta noche nos ha demostrado hasta qué punto es peligroso conservarlo con nosotros. No hemos de olvidar... jamás hemos de olvidar... que no sólo es un shek sino que, además, se trata del hijo del Nigromante.»
-Él es de los nuestros -replicó Victoria, malhumorada-. Traicionó a su padre para unirse a nosotros, ¿cuántas veces he de decirlo? Shail fue testigo de cómo ambos se enfrentaron en un combate a muerte.
«¿Y fue Shail testigo de cómo logró escapar el shek? -preguntó Gaedalu-. Porque, que sepamos, ninguno de los dos murió en ese supuesto combate a muerte.»
Todos callaron, incómodos. Christian había abierto la Puerta interdimensional en los alrededores de la Torre de Drackwen y se había quedado a cubrir la huida de Shail y Victoria, plantando cara a Ashran. Horas después había aparecido en Nimbad, gravemente herido. Nadie sabía cómo había conseguido escapar de la ira del Nigromante.
-Sin duda él nos lo contará -afirmó Allegra.
Victoria se volvió hacia Christian, esperando que hablara, pero descubrió, al igual que todos los presentes, que el shek se había esfumado.
-¡Cobarde! -masculló Alexander, y sus ojos relucieron con un brillo salvaje.
-Lo ha hecho para proteger a Victoria -le susurró Jack-. Para no meterla en más problemas.
-Hay que encontrarlo -declaró Qaydar-. Ahora que ha sido descubierto, acudirá a informar a Ashran de todo lo que ha visto aquí. Tenemos que capturarlo antes de que abandone el bosque.
Victoria dudaba de que tuvieran una mínima posibilidad de atrapar a Christian, ni aunque lo atacaran todos a la vez, pero no dijo nada. Todavía estaba conmocionada por la súbita desaparición del joven.
Sintió la fresca presencia de Gaedalu junto a ella, y su voz la sobresaltó. «No temas, Lunnaris -le dijo la varu-. Estás confundida, y es natural. Nuestro enemigo ha nublado tu mente, te ha hecho creer que existía algo entre vosotros. Su poder mental es grande, es difícil resistirse a él. Lo comprendo. En el Oráculo podremos purificarte de esos pensamientos envenenados, y la tríada de diosas... »
-No -cortó Victoria, turbada-. No es cierto. Lo que sentimos el uno por el otro es real, no es un engaño.
Mientras hablaba, hizo girar en su dedo a Shiskatchegg, el Ojo de la Serpiente, hasta que la piedra mágica quedó hacia abajo, oculta por la palma de su mano. Ahora, a simple vista no parecía más que un aro de plata adornando su dedo. Tenía que ocultarlo de Gaedalu, porque probablemente intentaría arrebatárselo si llegaba a descubrir lo que era.
«Niña -siguió diciendo la Madre-. Déjate guiar por los que somos más viejos y hemos visto más cosas. Ese shek no te ama no puede amar a nadie. Mira qué rápido ha huido al verse descubierto, dejándote atrás. Sólo te ha estado utilizando.»
En los ojos oscuros de Victoria brilló una llama de cólera.
-Aquí los únicos que intentáis utilizarme sois vosotros -declaró, furiosa-. No tenéis derecho a decidir sobre mi vida ni mis sentimientos.
Y dio media vuelta y se alejó de ella, irritada y confusa, pero, sobre todo, preocupada por Christian, y preguntándose si él había decidido partir del bosque de Awa sin ellos, y si volvería a verlo.
Jack la vio marchar, resignado. Le había hecho mucha ilusión saber que iba a pasar la noche junto a ella, sobre todo porque al día siguiente, al rayar el alba, pensaba emprender el viaje que había estado planeando, y pensaba hacerlo solo. Suspiró. En fin, ahora ya no tenía sentido esperar al amanecer. Tal vez fuera mejor aprovechar el revuelo que había ocasionado aquel incidente para marcharse sin que nadie lo advirtiera.
Había visto a Victoria hablando con Gaedalu, pero había oído solamente las palabras de su amiga, no las de la Madre, que había enviado su pensamiento sólo a la mente de la muchacha. No sabía, por tanto, qué era
lo que le había dicho la varu para enfurecerla tanto, pero tenía una idea bastante aproximada.
También él había pensado, al enterarse de su relación con Christian, que el shek la había estado utilizando. Pero ahora sabía que no era así.
La reunión se había dispersado, y Jack se dispuso a volver a su cabaña. Alexander lo retuvo.
-¿Qué piensas? -le preguntó, señalando con un gesto al grupo de personas que se internaban por el bosque, persiguiendo a Christian.
-Que dudo mucho de que consigan darle caza –respondió el muchacho-. Creo que deberíamos ir a dormir y hablarlo mañana con más calma. Y con Shail -añadió, antes de que su amigo pudiera replicar.
Alexander quedó pensativo un momento y asintió. Pero Jack sintió los ojos negros de Allegra clavados en él, y tuvo la incómoda sensación de que sabía lo que estaba pensando.
Esperó en su cabaña a que todo estuviera más tranquilo. Y, cuando le pareció que nadie podía escucharlo, salió en silencio al claro del bosque, cargado con un morral en el que había guardado algunas cosas útiles. Sabía que no llevaba gran cosa como equipaje, pero no podía entretenerse más.
Se detuvo un momento ante la cabaña de Alexander, dudó, pero finalmente decidió no entrar, y deseó que él lo perdonara por marcharse sin despedirse. Se internó en el bosque, remontando el curso del arroyo. Sabía, si lo hacía, que tarde o temprano saldría del bosque. Pero no había caminado ni cinco minutos cuando una voz lo sobresaltó:
-¿Crees que es una buena idea?
Jack miró a su alrededor, entre aliviado y molesto. -¡Christian! -susurró-. ¿Dónde estás?
Descubrió su silueta sobre una de las ramas bajas de un enorme árbol, observándolo como una pantera al acecho.
-Están todos buscándote –dijo Jack, algo inquieto.
-Lo sé. Por eso no voy a volver. Y contaba contigo para que cuidaras de Victoria.
Jack apoyó la espalda en el tronco del árbol, con un suspiro.
-No quiero que venga conmigo al lugar a donde voy. Es demasiado peligroso. ¿Y tú? -añadió, alzando la cabeza-. ¿No vas a llevártela contigo?
El shek tardó un poco en responder. -No -dijo por fin.
-Es su amor lo que te está matando, Christian, no su presencia -le recordó Jack-. Vayas a donde vayas, seguirás queriéndola. No vas a ser menos humano porque la apartes de tu lado.
-Lo sé. Pero tampoco quiero que me acompañe al lugar a donde voy. -¿También es peligroso?
-Seguramente. Jack sonrió.
-Entonces, te deseo buena suerte -le dijo-. Pero, antes de que te vayas - añadió, repentinamente serio-, me gustaría preguntarte una cosa. He de hacerlo ahora, porque no sé qué pasará la próxima vez que nos encontremos. No sé... si seremos como ahora. No sé si seremos capaces... de hablar sin intentar matarnos el uno al otro.
Jack respiró hondo. Luego preguntó, en voz baja: -¿Mataste tú a mis padres?
Los segundos que Christian tardó en responder le parecieron eternos. -Sabes que no. La muerte de tus padres fue obra de Elrion
-¿Los... habrías matado, si no se te hubiera adelantado?
-Si hubieran sido idhunitas, sí. Pero no lo eran. Así que me habría limitado a sondear sus mentes y a dejarlos en paz. Al fin y al cabo, sus muertes no me habrían reportado ningún beneficio. En realidad... iba a por ti.
-Lo sé -dijo Jack en voz baja, evocando su primer encuentro, tres años atrás-. ¿Qué hiciste... qué hiciste con sus cuerpos? Nunca los encontraron.
-Los cuerpos de los renegados los enviaba todos a Ashran, como prueba de su muerte. También le llevé los de tus padres -añadió-, como prueba de la ineptitud de Elrion.
-¿Y después?
-Están enterrados junto a la Torre de Drackwen. Si algún día nos encontramos allí, en circunstancias más... favorables... puedo mostrarte el lugar, si quieres.
Jack asintió, con los ojos llenos de lágrimas. Agradeció que estuviera oscuro, para que el shek no lo viera llorar. Se aclaró la garganta antes de preguntar, cambiando de tema:
-¿Hacia dónde vas? Quizá llevemos el mismo camino.
-No lo creo. Yo voy hacia el norte, y tú hacia el sur. ¿Me equivoco? -No -gruñó Jack-. ¿Cómo lo sabías?
-Es obvio. Sólo hay un lugar en Idhún que pueda llamarte tanto la atención como para que decidas ir por tu cuenta y riesgo, sin decir nada a tus compañeros.
-Tal vez -suspiró Jack-. ¿Crees que... servirá de algo?
-Por vuestro propio bien, espero que sí. Te deseo... -pareció dudar antes de añadir- buena suerte a ti también.
Jack asintió, y se separó del tronco del árbol, pensando que aquello era una despedida. Pero Christian no había terminado de hablar.
-Antes de marcharte... me gustaría pedirte un favor. -¿Cuál?
-Un poco más allá, río arriba... está Victoria, sola. Está muy preocupada, y no me gustaría dejarla así.
-¿Por qué no vas a hablar con ella, entonces?
Hubo un breve silencio, y entonces la voz de Christian volvió a sonar en la oscuridad:
-Porque, si la miro a los ojos una vez más, ya no tendré valor para marcharme.
-¿Y qué te hace pensar que yo sí?
Pero Christian no respondió. Jack alzó la cabeza hacia la rama y descubrió que el shek se había marchado. Dudó un momento, pero después optó por esconder su macuto y avanzó un poco río arriba, como Christian le había dicho. Pronto oyó unos sollozos apagados, vio una figura acurrucada entre unos arbustos que tenían una textura que parecía tan suave como el