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IV. Unidad social, progreso e identidad chilena

4. Defender lo chileno en contra de lo latino: Nicolás Palacios

Nicolás Palacios plantea la cuestión de la identidad chilena como una institución que hay que defender de las influencias del exterior. En este sentido, su libro La raza chilena se encuentra en una directriz similar al pensamiento de José Vasconcelos y, aunque

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Ibid. P.41

a una escala inferior, al de José Enrique Rodó. Sin embargo, Palacios idealiza la raza chilena precisamente por encontrarse libre de sangre latina o mediterránea, que para él es el mal por excelencia para una vida digna. De esta manera, reclama que la mezcla entre pueblos de Europa del norte, como los vascos, y el pueblo araucano, resulta en una superioridad de la raza chilena frente a las otras culturas latinas. En este sentido, los chilenos se acercarían incluso más a la cultura anglosajona que a la mediterránea:

“Me refiero a los Estados Unidos. En ese gran país, de base étnica germana, el elemento latino llega a cerca de 6 000 000 de individuos, y sin embargo ni en las industrias, ni en las artes, ni en la banca, ni en la política, ni en ninguna parte respetable se oye sonar un apellido latino.”75

Uno de los ejes principales del libro La raza chilena es la glorificación del ‘roto chileno’, el mestizo del bajo pueblo que Palacios considera representante de la columna vertebral de la cultura chilena y al cual le otorga la etiqueta de ‘Araucano-Gótico’76, para destacar la ausencia de la sangre mediterránea en su conformación racial:

“Lo que ordinariamente llaman roto, esto es la clase pobre de Chile, es lo que los entendidos llaman base étnica de una nación, y que no poseen sino las que tienen la suerte de contar con raza propia. [...]

Ese fundamento de las razas ha merecido en todos los tiempos en todos los países especiales atenciones de los verdaderos estadistas, pues la miran, con razón, como la base de todo el edificio social, y tienen por ella igual solicitud y el mismo cuidado que presta el arquitecto a los cimientos de sus construcciones.”77

Palacios hace gala de una profunda preocupación por instalar a la clase baja como protagonista del discurso sobre la identidad chilena, acercándose así al discurso político nacional popular y a los conceptos más místicos del nacionalismo. El roto es presentado como un ideal cultural que encarna todo lo auténtico y natural de la patria. La originalidad del roto chileno es tal, que se diferencia no solo del resto de las razas del continente latinoamericano y del mundo ibérico, sino además de otras culturas mediterráneas.

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Palacios, Nicolás (1904). La raza chilena. Imprenta i Litografía Alemanna. Valparaíso. P. 7. La ortografía ha sido transformado al español moderno por parte nuestra.

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Ibid. P. 5

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Ibid. P. 7

“No simpatizan pues con el chileno los pueblos latinos, porque no somos de la misma naturaleza y por lo tanto no nos comprenden. [...]

El ingenio que Ud. encuentra en el roto no lo halla el español, ni el italiano, ni el francés meridional. El humor del roto está todo en el concepto, y le basta y aún busca el menor número de palabras para expresarlo, dejando al oyente el cuidado de comprender el chiste, al revés del latino, que busca la gracia mas en la forma que en el fondo.”78

La preferencia que Palacios muestra hacia la profundidad del roto, por sobre la superficialidad latina, que se manifiesta en la preocupación por la forma más que por el contenido, relaciona su pensamiento racial con el concepto cultural-natural herderiano.

Al igual que Vasconcelos, Palacios no defiende la pureza racial, ya que el roto no puede poseer tal característica por ser araucano-gótico. Lo que está en juego es la conservación de la favorable mezcla de sangre ante el peligro de ser nuevamente combinada con sangre latina. Así Palacios, en oposición a Sarmiento, reclama que es la simplicidad del bajo pueblo chileno lo que hay que defender ferozmente en contra de la nueva inmigración:

“El ‘casi’ antepuesto es para recordar que, además del alcoholismo, existe otro modo de bastardear y aún de destruir una raza, el cual se quiere implantar en Chile y al que es necesario oponerse con la misma energía con que se combate aquel vicio.

Aludo a la propaganda que desde algún tiempo se viene haciendo por una parte de la prensa de la capital, por artículos de revistas y aún por algunos hombres públicos chilenos sobre la conveniencia de fomentar en gran escala la inmigración de familias de la raza latina del viejo continente.

Mis inveteradas aficiones a los estudios de biología me permiten atribuir a esos proyectos toda la gravedad que encierran, y prever las funestísimas consecuencias que su realización acarrearía inevitablemente para el porvenir de nuestra raza. […]

Si se pensara atraer esa emigración creándole aquí una situación privilegiada, como dándole nuestras tierras o prefiriéndola en los trabajos públicos, o de

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Ibid. P. 7 y 8

cualquier otra manera que estableciera un privilegio en su favor, se cometería una injusticia y una falta. Las protestas del roto chileno serian unánimes, tanto de los analfabetos como de los que hemos alcanzado algunas letras.”79

Palacios busca la unidad social mediante una diferenciación entre ‘el roto’ y ‘lo latino’. La sangre y la cultura mediterránea representa una amenaza en cuanto es un obstáculo para un progreso al estilo anglosajón (la ausencia de la sangre latina en la elite norteamericana es un hecho decidor al respecto); y para la cultura autóctona del bajo pueblo chileno. La unión del pueblo chileno, encarnada en el ideal del roto, debe ser defendida y a la vez, en nombre del progreso de la cultura autóctona.