• No se han encontrado resultados

DEL CASAMIENTO QUÍMICO

In document Alquimia (página 74-78)

Alquimia

El casamiento del azufre y el mercurio, el Sol y la Luna, el Rey y la Reina, es el símbolo

principal de la alquimia, y sólo por su significado pude diferenciarse debidamente ésta de la mística

por un lado y de la Psicología por el otro.

Mientras la mística, en términos generales y aproximados, afirma que el alma se alejó de Dios

para entregarse al mundo y tiene que volver a unirse con Él al descubrir en sí misma Su Presencia

inmediata y que todo lo ilumina, la alquimia se funda en la idea de que, con la pérdida de la gracia

original, del estado «adánico», el hombre se encuentra dividido interiormente y no recobra su

integridad hasta que se reconcilian entre sí las dos fuerzas cuya discordia le ha debilitado. Por lo

demás, la escisión interna del hombre, que podríamos llamar orgánica, es consecuencia de su alejamiento de Dios, del mismo modo que Adán y Eva no se percataron de sus diferencias hasta que

pecaron y fueron arrojados al ciclo de procreación y muerte. En sentido inverso, la recuperación de

la naturaleza completa del hombre, que la alquimia expresa con la imagen del andrógino hombre- mujer, es la condición previa, o también el fruto, según se mire, de la unión con Dios.

Si representamos la relación entre el hombre y Dios por una línea vertical, la relación entre hombre y mujer o entre las dos fuerzas del alma que corresponden a estas dos naturalezas debe

representarse por una línea horizontal, con lo que se obtiene la figura de una T invertida. En el

punto en que se equilibran las fuerzas antagónicas de la esencia humana, en el centro de la línea

horizontal, ésta roza el eje vertical que parte de Dios o que sube hacia Él, y que podríamos llamar espíritu que está por encima de las formas y que une el alma con Dios.

El andrógino hermético, Rey y Reina a la vez, entre el «árbol del Sol» y el «árbol de la Luna» y sobre el dragón de la Naturaleza. Tiene alas y lleva en la mano derecha una serpiente enroscada, y en la izquierda, un cáliz con tres serpientes. La mitad masculina viste de rojo, y la femenina, de blanco. –Del manuscrito de Michael Cochem (hacia 1530) que se conserva en la Biblioteca Vadiana de St. Gallen.

Aunque en esta imagen las dos fuerzas o polos de la naturaleza humana, es decir, el azufre y el mercurio de la obra alquímica interior, se colocan a la misma altura, entre una y otra existe una diferencia de jerarquía, como la que hay entre la mano derecha y la izquierda, de manera que puede considerarse el polo masculino superior al femenino; y, en efecto, el azufre, en su calidad de polo

masculino, desempeña, respecto al mercurio, polo femenino, un papel semejante al del espíritu en su

acción sobre toda el alma.

Puesto que corresponde al lado masculino del alma todo el conocimiento activo y al femenino

todo el ser pasivo, en cierto modo puede atribuirse al polo masculino la conciencia que está dominada por el pensamiento y, de consiguiente, bien delimitada, mientras que todas las fuerzas y

facultades instintivas ligadas a la vida en sí aparecen como expresión del polo femenino. Esto nos

lleva a la distinción que hace la moderna Psicología entre consciente e inconsciente. Por tanto, sería

fácil caer en la tentación de interpretar el «casamiento químico» –la expresión es de Valentín

Andreae– como una simple «integración» de fuerzas psíquicas inconscientes en la conciencia

individual a la que se refiere la llamada «Psicología profunda».

Para determinar hasta qué punto es correcta esta interpretación y dónde debe rectificarse, es preciso tener en cuenta la triple relación que representábamos antes por medio de la figura de la T

invertida; la verdadera unión de las dos fuerzas del alma sólo puede consumarse en el punto en que

el espíritu trascendente, el rayo de luz de Dios, incide en su plano común. Pero esto significa que lo

que el hombre siente como su propio «yo» nunca puede ser el eje de una verdadera «integración», pues este «yo» que la Psicología moderna considera como el verdadero núcleo de la «personalidad» es, según todas las tradiciones espirituales, precisamente el muro que separa la conciencia de la luz del espíritu puro, que impide que ésta llegue hasta ella. Por consiguiente, el «matrimonio químico» no es una «individualización», si por ello se entiende un proceso mediante el cual el «yo» estampa en una serie de impulsos colectivos su forma peculiar y, por tanto, limitada tanto cualitativa como temporalmente. Es posible, sí, que el aluvión de unas fuerzas hasta entonces ignoradas amplíe la conciencia individual, pues esto se encuentra al alcance de toda sublimación ordinaria, psicológicamente hablando; sin embargo, ésta tiene unos limites perfectamente definidos y dictados por la «capacidad» de la conciencia individual ordinaria.

La conciencia humana sólo puede ejercer un verdadero poder sobre el tempestuoso mar del inconsciente si actúa en ella una fuerza creadora que proceda de una esfera superior a la de la conciencia individual. Esta esfera superior es también inconsciente, pero sólo de forma transitoria y respecto a la conciencia ordinaria, pues en sí es una luz diáfana y perfecta. Esta luz, tanto en su esencia como en sus irradiaciones, es inaccesible a la observación psicológica, pues la Psicología, como toda ciencia empírica, está sometida al pensamiento racional y no puede salir de sí misma para penetrar en su propia fuente de luz, de la misma forma que no puede iluminar el Sol con un espejo. Por tanto, sería vano pretender explicar psicológicamente el verdadero núcleo de la alquimia

o el secreto del «matrimonio químico». Cuanto más nos esforzáramos en suprimir los símbolos y

sustituirlos por unos conceptos científicos cualesquiera, tanto más se volatilizaría esa presencia espiritual, de la que, en definitiva, se trata, y que sólo puede comunicarse por símbolos, cuyo carácter no puede apurarse con el pensamiento.

[email protected] Alquimia

Casamiento del Rey y la Reina, el Sol y la Luna, bajo la influencia del espiritual mercurio. De la

«Rosaleda de los fi1ósofos», de Arnaldo de Vilanova, manuscrito que se conserva en la Biblioteca Vadiana

de St. Gallen.

La conciencia individual se encuentra, pues, en cierto modo, entre dos campos del inconsciente: uno, inferior, que, por su carácter potencial y amorfo, no puede explorarse por

completo y otro, superior, que sólo «visto desde abajo» aparece impenetrable. Ahora bien, en la

medida en que la luz inaccesible al pensamiento actúa en el campo psíquico, es domeñada y

asimilada la fuerza «natural» del campo inconsciente «inferior».

En consecuencia, el proceso alquímico tiene un significado doble y ambivalente, ya que el desarrollo de las fuerzas primordiales del alma –el azufre masculino y el mercurio femenino que se

consigue mediante la concentración espiritual– puede reflejar el espíritu inaccesible al pen-

samiento en la medida en que abarca campos instintivos y, por tanto, naturales. Esto se debe a que la

Naturaleza, en su aspecto inaccesible al pensamiento y, por lo mismo, en cierto grado, inconsciente o, mejor dicho, instintivo, es el reflejo inverso del espíritu creador, de acuerdo con la frase de la Tabla Esmeraldina según la cual lo de abajo corresponde a lo de arriba, y viceversa. De modo que

las fuerzas originalmente masculina o femenina están ancladas en la naturaleza inconsciente o

instintiva del hombre; ambas fuerzas alcanzan su pleno desarrollo en el campo psíquico, pero su realización, sólo en el espíritu, ya que únicamente en éste la receptividad femenina alcanza su

apogeo y se enlaza en forma directa con el acto masculino triunfante.

A la inversa, puede decirse que la naturaleza instintiva, que tiene su raíz en lo inconsciente, alcanza su plenitud viva en la misma medida en que el espíritu trascendente actúa sobre ella. La luz del espíritu actúa sobre la naturaleza original como un conjuro, y esto no sólo puede aplicarse a la

naturaleza psíquica interior, que está separada del «ambiente» psíquico exterior no tanto por el

cuerpo como por la conciencia racional individual: la presencia inmediata del espíritu en un hombre

actúa sobre todo el ambiente espiritual y, a través de éste, más o menos, sobre la circunstancia material, lo cual puede explicar, entre otras cosas, ciertos hechos milagrosos en el ámbito de los santos.

Volvamos a nuestro esquema anterior y completémoslo hasta formar una cruz. La parte superior del mástil vertical señala ahora el origen de la luz espiritual; su extremo inferior se hunde

en la oscuridad de la naturaleza inconsciente, y los brazos «miden» el desarrollo de las dos fuerzas psíquicas polares que la alquimia denomina azufre y mercurio. Ahora se puede decir que, mediante

la reconciliación o matrimonio de estas dos fuerzas que al principio eran antagónicas, desaparece

también la oposición entre arriba y abajo a medida que la oscuridad es disipada por la luz. Si nos

imaginamos las dos fuerzas como dos serpientes que suben al mástil de la cruz hasta llegar al

travesaño, donde se enfrentan, se encuentran y reconocen para convertirse entonces en una serpiente única, erguida en la cruz, tendremos una idea de la manera en que la Naturaleza «oscura» se convierte en Naturaleza «iluminada».

El casamiento de las dos fuerzas psíquicas, masculina y femenina, conduce, finalmente, a las bodas del espíritu y el alma, y, puesto que el espíritu «es Dios en los hombres» –como dice el Corpus Hermeticum–, esta última unión es afín al matrimonio místico. Así van sucediéndose los estados: la realización de la plenitud del alma conduce a la entrega del alma al espíritu y, por tanto, el significado de los símbolos alquímicos es también múltiple; Sol y Luna pueden representar las dos fuerzas psíquicas que llamamos azufre y mercurio, y al mismo tiempo son imágenes del espíritu y del alma.

El símbolo del matrimonio se halla estrechamente unido al de la muerte: según ciertas

representaciones del «casamiento químico», el Rey y la Reina mueren en el momento de la boda y

son enterrados juntos, para resucitar luego rejuvenecidos. Esta vinculación entre matrimonio y muerte se halla en la esencia de las cosas, como lo demuestra el que, según una antigua tradición,

soñar con una boda presagia una muerte y soñar con un entierro es augurio de una boda. Esta asociación se debe a que todo enlace presupone la extinción del estado anterior diferenciado. En el matrimonio entre el hombre y la mujer, cada uno de los contrayentes renuncia a una parte de su individualidad, mientras que, por el contrario, a la muerte, que al principio es separación, sigue la unión del cuerpo con la tierra y la del alma con su esencia original.

En el «casamiento químico», el mercurio se incorpara al azufre y viceversa; ambas fuerzas

«mueren» en su calidad de antagonistas y oponentes. Entonces, la luna del alma, variable y

reflectante como un espejo, se une al inmutable sol del espíritu, de manera que aquélla queda al mismo tiempo extinguida e iluminada.

[email protected]. ar

In document Alquimia (página 74-78)