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DEL DIARIO DEL DOCTOR SEWARD

In document Dracula (página 144-176)

18 de septiembre. Me dirigí de inmediato a Hillingham, y llegué

temprano. Dejando mi calesa en el portón, corrí por la avenida solo. Toqué suavemente el timbre, lo más delicadamente posible, pues temía perturbar a Lucy o a su madre, y esperaba que me abriera la puerta sólo una sirvienta. Después de un rato, no encontrando respuesta, toqué otra vez; tampoco me respondieron. Maldije la haraganería de las sirvientas que todavía estu- vieran en cama a esa hora, ya que eran las diez de la mañana, por lo que toqué otra vez, pero más impacientemente, sin obtener tampoco respuesta. Hasta aquí yo había culpado sólo a las sirvientas, pero ahora me comenzó a asaltar un terrible miedo. ¿Era esta desolación otro enlace en la cadena de infortunios que parecía estar cercándonos? ¿Sería acaso a una mansión de la muerte a la que habría llegado, demasiado tarde? Yo sé que minutos, o incluso segundos de tardanza pueden significar horas de peligro para Lucy, si ella hubiese tenido otra vez una de esas terribles recaídas; y fui alrededor de la casa para ver si podía encontrar por casualidad alguna otra entrada.

No pude encontrar ningún medio de entrar. Cada ventana y puerta tenía echado el cerrojo y estaba cerrada con llave, por lo que regresé desconcertado al pórtico. Al hacerlo, escuché el rápido golpeteo de las patas de un caballo que se acercaba velozmente, y que se detenía ante el portón. Unos segundos después encontré a van Helsing que corría por la avenida. Cuando me vió, alcanzó a murmurar:

-Entonces era usted quien acaba de llegar. ¿Cómo está ella? ¿Lle- gamos demasiado tarde? ¿No recibió usted mi telegrama?

Le respondí tan veloz y coherentemente como pude, advirtiéndole que su telegrama no lo había recibido hasta temprano por la mañana, que no había perdido ni un minuto en llegar hasta allí, y que no había podido hacer que nadie en la casa me oyera. Hizo una pausa y se levantó el som- brero, diciendo solemnemente:

-Entonces temo que hayamos llegado demasiado tarde. ¡Que se haga la voluntad de Dios! -pero luego continuó, recuperando su habitual energía-: Venga. Si no hay ninguna puerta abierta para entrar, debemos hacerla. Creo que ahora tenemos tiempo de sobra.

Dimos un rodeo y fuimos a la parte posterior de la casa, donde es- taba abierta una ventana de la cocina. El profesor sacó una pequeña sierra quirúrgica de su maletín, y entregándomela señaló hacia los barrotes de

hierro que guardaban la ventana. Yo los ataqué de inmediato y muy pronto corté tres. Entonces, con un cuchillo largo y delgado empujamos hacia atrás el cerrojo de las guillotinas y abrimos la ventana. Le ayudé al profesor a entrar, y luego lo seguí. No había nadie en la cocina ni en los cuartos de servicio, que estaban muy cerca. Pulsamos la perilla de todos los cuartos a medida que caminamos, y en el comedor, tenuemente iluminado por los rayos de luz que pasaban a través de las persianas, encontramos a las cuatro sirvientas yaciendo en el suelo. No había ninguna necesidad de pen- sar que estuvieran muertas, pues su estertorosa respiración y el acre olor a láudano en el cuarto no dejaban ninguna duda respecto a su estado. Van Helsing y yo nos miramos el uno al otro, y al alejarnos, él dijo: "Podemos atenderlas más tarde." Entonces subimos a la habitación de Lucy. Durante unos breves segundos hicimos una pausa en la puerta y nos pusimos a es- cuchar, pero no pudimos oír ningún sonido. Con rostros pálidos y manos temblorosas, abrimos suavemente la puerta y entramos en el cuarto.

¿Cómo puedo describir lo que vimos? Sobre la cama yacían dos mujeres, Lucy y su madre. La última yacía más hacia adentro, y estaba cu- bierta con una sábana blanca cuyo extremo había sido volteado por la cor- riente que entraba a través de la rota ventana, mostrando el ojeroso rostro blanco, con una mirada de terror fija en él. A su lado yacía Lucy, con el rostro blanco y todavía más ojeroso. Las flores que habían estado al- rededor de su cuello se encontraban en el pecho de su madre, y su propia garganta estaba desnuda, mostrando las dos pequeñas heridas que ya habíamos visto anteriormente, pero esta vez terriblemente blancas y mal- tratadas. Sin decir una palabra el profesor se inclinó sobre la cama con la cabeza casi tocando el pecho de la pobre Lucy; entonces giró rápidamente la cabeza, como alguien que escuchara, y poniéndose en pie, me gritó:

-¡Todavía no es demasiado tarde! ¡Rápido, rápido! ¡Traiga el brandy!

Volé escaleras abajo y regresé con él, teniendo cuidado de olerlo y probarlo, por si acaso también estuviera narcotizado como el jerez que encontré sobre la mesa. Las sirvientas todavía respiraban, pero más des- cansadamente, y supuse que los efectos del narcótico ya se estaban disi- pando. No me quedé para asegurarme, sino que regresé donde van Helsing. Como en la ocasión anterior, le frotó con brandy los labios y las encías, las muñecas y las palmas de las manos. Me dijo:

-Puedo hacer esto; es todo lo que puede ser hecho de momento. Usted vaya y despierte a esas sirvientas. Golpéelas suavemente en la cara con una toalla húmeda, y golpéelas fuerte. Hágalas que reúnan calor y

fuego y calienten agua. Esta pobre alma está casi fría como la otra. Nece- sitará que la calentemos antes de que podamos hacer algo más.

Fui inmediatamente y encontré poca dificultad en despertar a tres de las mujeres. La cuarta sólo era una jovencita y el narcótico la había afec- tado evidentemente con más fuerza, por lo que la levanté hasta el sofá y la dejé dormir. Las otras estaban en un principio aturdidas, pero al comenzar a recordar lo sucedido sollozaron en forma histérica. Sin embargo, yo fui riguroso con ellas y no les permití hablar. Les dije que perder una vida era suficientemente doloroso, y que si se tardaban mucho iban a sacrificar también a la señorita Lucy. Así es que, sollozando, comenzaron a hacer los arreglos, a medio vestir como estaban, y prepararon el fuego y el agua. Afortunadamente, el fuego de la cocina y del calentador todavía fun- cionaba, por lo que no hacía falta el agua caliente. Arreglamos el baño y llevamos a Lucy tal como estaba a la bañera. Mientras estábamos ocupa- dos frotando sus miembros alguien llamó a la puerta del corredor. Una de las criadas corrió, se echo encima apresuradamente alguna ropa más, y abrió la puerta. Luego regresó y nos susurró que era un caballero que había llegado con un mensaje del señor Holmwood. Le supliqué simple- mente que le dijera que debía esperar, pues de momento no podíamos ver a nadie. Ella salió con el recado, y embebidos en nuestro trabajo, olvidé por completo la presencia de aquel hombre.

En toda mi experiencia nunca vi trabajar a mi maestro con una seriedad tan solemne. Yo sabía, como lo sabía él, que se trataba de una lucha desesperada contra la muerte, y en una pausa se lo dije. Me respon- dió de una manera que no pude comprender, pero con la mirada más seria que podía reflejar su rostro:

-Si eso fuera todo, yo pararía aquí mismo donde estamos ahora y la dejaría desvanecerse en paz, pues no veo ninguna luz en el horizonte de su vida.

Continuó su trabajo con un vigor, si es posible, renovado y más frenético.

Al cabo de un rato ambos comenzamos a ser conscientes de que el calor estaba comenzando a tener algún efecto. El corazón de Lucy latió un poco más audiblemente al estetoscopio, y sus pulmones tuvieron un movimiento perceptible. La cara de van Helsing casi irradió cuando la le- vantamos del baño y la enrollamos en una sábana caliente para secarla. Me dijo:

-¡La primera victoria es nuestra! ¡jaque al rey!

Llevamos a Lucy a otra habitación, que para entonces ya había sido preparada, y la metimos en cama y la obligamos a que bebiera unas cuantas

gotas de brandy. Yo noté que van Helsing ató un suave pañuelo de seda alrededor de su cuello. Ella todavía estaba inconsciente, y estaba tan mal, si no peor, de como jamás la hubiéramos visto.

Van Helsing llamó a una de las mujeres y le dijo que se quedara con ella y que no le quitara los ojos de encima hasta que regresáramos. Luego me hizo una seña para que saliéramos del cuarto.

-Debemos consultar sobre lo que vamos a hacer -me dijo, mientras descendíamos por las gradas.

En el corredor abrió la puerta del comedor y entramos en é1, cer- rando cuidadosamente la puerta. Las persianas habían quedado abiertas, pero las celosías ya estaban bajadas, con esa obediencia a la etiqueta de la muerte que la mujer británica de las clases inferiores siempre observa con rigidez. Por lo tanto, el cuarto estaba bastante oscuro. Sin embargo, había suficiente luz para nuestros propósitos. La seriedad de van Helsing se miti- gaba un tanto por una mirada de perplejidad. Evidentemente estaba tortu- rando su cerebro acerca de algo, por lo que yo esperé unos instantes, al cabo de los cuales dijo:

-¿Qué vamos a hacer ahora? ¿A quién podemos recurrir? Debemos hacer otra transfusión de sangre, y eso con prontitud, o la vida de esa po- bre muchacha no va a durar una hora. Usted ya está agotado; yo estoy agotado también. Yo temo confiar en esas mujeres. aun cuando tuviesen el valor de someterse. ¿Qué debemos hacer por alguien que desee abrir sus venas por ella?

-Bien, entonces, ¿qué pasa conmigo?

La voz llegó desde el sofá al otro lado del cuarto, y sus tonos lleva- ron aliento y alegría a mi corazón, pues eran los de Quincey Morris. Van Helsing lo miró enojado al primer sonido, pero su rostro se suavizó y una mirada alegre le asomó por los ojos cuando yo grité: "¡Quincey Morris!", y corrí hacia él con los brazos extendidos.

-¿Qué te trajo aquí? -le pregunté, al estrecharnos las manos. -Supongo que la causa es Art.

Me entregó un telegrama:

"No he tenido noticias de Seward durante tres días, y estoy terri- blemente ansioso. No puedo ir. Mi padre en el mismo estado. Envíame noticias del estado de Lucy. No tardes. - HOLMWOOD."

-Creo que he llegado apenas a tiempo. Sabes que sólo tienes que decirme qué debo hacer.

Van Helsing dio unos pasos hacia adelante y tomó su mano, mirán- dolo fijamente a los ojos mientras le decía:

-La mejor cosa que hay en este mundo cuando una mujer está en peligro, es la sangre de un hombre valiente. Usted es un hombre, y no hay duda. Bien, el diablo puede trabajar contra nosotros haciendo todos sus esfuerzos, pero Dios nos envía hombres cuando los necesitamos.

Una vez más tuvimos que efectuar la horrenda operación. No tengo valor para describirla nuevamente en detalle. Lucy estaba terriblemente débil, y la debilidad la había afectado más que las otras veces, pues aunque bastante sangre penetró en sus venas, su cuerpo no respondió al tratamiento tan rápidamente como en otras ocasiones. Su lucha por man- tenerse en vida era algo terrible de ver y escuchar. Sin embargo, el fun- cionamiento, tanto de su corazón como de sus pulmones, mejoró, y van Helsing practicó inyección subcutánea de morfina, como antes, y con bue- nos resultados. Su desmayo se convirtió en un sueño profundo. El profesor la observó mientras yo bajaba con Quincey Morris, y envié a una de las sirvientas a que le pagara al cochero que estaba esperando. Dejé a Quincey acostado después de haberle servido un vaso de vino, y le dije a la cocinera que preparara un buen desayuno. Entonces tuve una idea y regresé al cuarto donde estaba Lucy. Cuando entré, sin hacer ruido, encontré a van Helsing con una o dos hojas de papel en las manos. Era evidente que las había leído, y que ahora estaba reflexionando sobre su contenido, sentado con una mano en su frente. Había una mirada de torva satisfacción en su cara, como la de alguien que ha resuelto una duda. Me entregó los papeles, diciendo solamente:

-Se cayó del pecho de Lucy cuando la llevábamos hacia el baño. Cuando los hube leído, me quedé mirando al profesor, y después de una pausa le pregunté:

-En nombre de Dios, ¿qué significa todo esto? ¿Estaba ella, o está loca? ¿O qué clase de horrible peligro es?

Estaba tan perplejo que no encontré otra cosa que decir. Van Hel- sing extendió la mano y tomó el papel diciendo:

-No se preocupe por ello ahora. De momento, olvídelo. Todo lo sabrá y lo comprenderá a su tiempo; pero será más tarde. Y ahora, ¿qué venía a decirme?

Esto me regresó a los hechos, y nuevamente fui yo mismo.

-Vine a hablarle acerca del certificado de defunción. Si no actuamos como es debido y sabiamente, puede haber pesquisas, y tendríamos que mostrar ese papel. Yo espero que no haya necesidad de pesquisas, pues si las hubiera, eso seguramente mataría a la pobre Lucy, si no la mata otra cosa. Yo sé, y usted sabe, y el otro doctor que la atendía a ella también, que la señora Westenra padecía de una enfermedad del corazón; nosotros

podemos certificar que murió de ella. Llenemos inmediatamente el certifi- cado y yo mismo lo llevaré al registro, y pasaré al servicio de pompas fúnebres.

-¡Bien, amigo John! ¡Muy bien pensado! Verdaderamente, si la señorita Lucy tiene que estar triste por los enemigos que la asedian, al me- nos puede estar contenta de los amigos que la aman. Uno, dos, tres, todos abren sus venas por ella, además de un viejo como yo. ¡Ah sí!, yo lo sé, amigo John; no estoy ciego; ¡lo quiero a usted más por ello! Ahora, váyase.

En el corredor encontré a Quincey Morris con un telegrama para Arthur diciéndole que la señora Westenra había muerto; que Lucy también había estado enferma, pero que ya estaba mejorando; y que van Helsing y yo estábamos con ella. Le dije adónde iba, y me instó a que me apresurara. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, me dijo:

-Cuando regreses, Jack, ¿puedo hablarte a solas?

Moví la cabeza afirmativamente y salí. No encontré ninguna difi- cultad para hacer el registro, y convine con la funeraria local en que llega- ran en la noche y tomaran las medidas del féretro e hiciesen los demás preparativos.

Cuando regresé, Quincey me estaba esperando. Le dije que lo vería tan pronto como supiera algo acerca de Lucy, y subí a su cuarto. Todavía estaba durmiendo, y aparentemente mi maestro no se había movido de su asiento al lado de ella. Por la manera como se puso el dedo sobre los la- bios, adiviné que esperaba que se despertara de un momento a otro, y es- taba temeroso de adelantarse a la naturaleza. Así es que bajé donde Quincey y lo llevé al desayunador, donde las celosías no estaban bajadas y por lo cual era un poco más alegre, o mejor dicho, menos triste que los otros cuartos. Cuando estuvimos solos, me dijo:

-Jack Seward, no quiero entrometerme en ningún lugar donde no tenga derecho a estar, pero esto no es ningún caso ordinario. Tú sabes que yo amaba a esta muchacha y quería casarme con ella; pero, aunque todo eso está pasado y enterrado, no puedo evitar sentirme ansioso acerca de ella. ¿Qué le sucede? ¿De qué padece? El holandés, y bien me doy cuenta de que es un viejo formidable, dijo, en el momento en que ustedes dos en- traron en el cuarto, que debían hacer otra transfusión de sangre y que ust- edes dos ya estaban agotados. Ahora, yo sé muy bien que ustedes los médicos hablan in camera, y que uno no debe esperar saber lo que con- sultan en privado. Pero este no es un asunto común, y, sea lo que fuera, yo he hecho mi parte. ¿No es así?

-Supongo que ustedes dos, tú y van Helsing, ya hicieron lo que yo hice hoy. ¿No es así?

-Así es.

-E imagino que Art también está en el asunto. Cuando lo vi hace cuatro días en su casa, parecía bastante raro. Nunca había visto a nadie que enflaqueciera tan rápidamente, desde que estuve en las Pampas y tuve una yegua que le gustaba ir a pastar por las noches. Uno de esos grandes mur- ciélagos a los que ellos llaman vampiros la agarró por la noche y la dejó con la garganta y la vena abiertas, sin que hubiera suficiente sangre dentro de ella para permitirle estar de pie, por lo que tuve que meterle una bala mientras yacía. Jack, si puedes hablarme sin traicionar la confianza que ha- yan depositado en ti, dime, Arthur fue el primero, ¿no es así?

A medida que hablaba mi pobre amigo daba muestras de estar terri- blemente ansioso. Estaba en una tortura de inquietud por la mujer que amaba, y su total ignorancia del terrible misterio que parecía rodearla a ella intensificaba su dolor. Le sangraba el propio corazón, y se necesitó toda la hombría en él (de la cual había bastante, puedo asegurarlo) para evitar que cayera abatido. Hice una pausa antes de responder, pues sentía que no de- bía decir nada que traicionara los secretos que el médico desea guardar; pero de todas maneras él ya sabía tanto, y adivinaba tanto, que no había ninguna razón para no responder, por lo que le contesté con la misma frase:

-Así es.

-¿Y durante cuánto tiempo ha estado sucediendo esto? -Desde hace cerca de diez días,

-¡Diez días! Entonces supongo, Jack Seward, que la pobre criatura que todos amamos se ha puesto en sus venas durante ese tiempo la sangre de cuatro hombres fuertes. Un hombre mismo no podría soportarlo mucho tiempo -añadió, y luego, acercándoseme, habló en una especie de airado susurro-: ¿Qué se la sacó?

Yo moví la cabeza negativamente.

-He ahí el problema. Van Helsing simplemente se pone frenético acerca de ello, y yo estoy a punto de devanarme los sesos. Ya no puedo ni aventurar una adivinanza. Ha habido una serie de pequeñas circunstancias que han echado por tierra todos nuestros cálculos para que Lucy sea vigi- lada adecuadamente. Pero esto no ocurrirá otra vez. Nos quedaremos aquí hasta que todo esté bien... o mal.

Quincey extendió su mano.

-Cuenten conmigo -dijo-. Tú y el holandés sólo tienen que decirme lo que haga, y yo lo haré.

Cuando Lucy despertó por la tarde, su primer movimiento fue de palparse el pecho, y, para mi sorpresa, extrajo de él el papel que van Hel- sing me había dado a leer. El cuidadoso profesor lo había colocado otra vez en su sitio, para evitar que al despertarse ella pudiera sentirse alar- mada. Sus ojos se dirigieron a van Helsing y a mí y se alegraron. Entonces miró alrededor del cuarto y, viendo donde se encontraba, tembló; dio un grito agudo y puso sus pobres y delgadas manos sobre su pálido rostro. Ambos entendimos lo que significaba (se había dado plena cuenta de la muerte de su madre), por lo que tratamos de consolarla. No cabe la menor duda de que nuestra conmiseración la tranquilizó un poco, pero de todas

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