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DEL ESTADO EN LA FRONTERA SUR DE CÓRDOBA, 1860-

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En la década de 1860, la frontera sur de la provincia de Córdoba -deli- neada desde la época colonial sobre el río Cuarto- fue un espacio de intensa negociación y conflicto, cuando la consolidación de un nuevo orden estatal se enfrentó a una creciente resistencia. Después del triunfo de las fuerzas de Buenos Aires en la batalla de Pavón1 (1861) comienza lo que la historio-

grafía ha denominado el proceso de “organización nacional” o “consolida- ción nacional” (Oszlak 2004, Yanquelevich 2005, Rock 2006). Fracasado el proyecto de la Confederación Argentina2, es a partir de la presidencia de

Bartolomé Mitre que esos enfoques analizan la consolidación del estado nacional en base a la centralización e institucionalización del poder del estado y la integración del país al orden capitalista mundial bajo el mode- lo agroexportador. Este proceso de avance del estado nacional enfrentó múltiples resistencias. La década de 1860 estuvo signada por los conflictos armados que fueron parte inherente de la construcción de la autoridad del estado. Los caudillos del interior del país se oponían a la creciente centra-

1 El 17 de septiembre de 1861 las fuerzas de Buenos Aires y la Confederación se enfren- taron en los campos de Pavón, la retirada de las fuerzas de Urquiza del campo de batalla convalidaron el triunfo de Buenos Aires.

2 Durante la década de 1850, la Confederación Argentina -bajo la dirección de Urquiza- llevó adelante un intento de organización de un estado nacional que no pudo concre- tarse, en gran medida, por no contar con la adhesión ni los recursos de Buenos Aires que se mantuvo separada del resto de las provincias (Oszlak2004, Rock 2006).

lización dominada por el liderazgo de Buenos Aires, animados por la idea de una patria hispanoamericana a partir de sociedades locales más que en la conformación de un estado nacional (Rock 2006).

Así, durante toda la presidencia de Mitre (1862-68) el interior del país fue escenario de un permanente accionar militar para sofocar las resisten- cias al nuevo modelo liberal. A mediados de la década de 1860 se sumó el frente internacional con la participación argentina en la guerra del Para- guay que produjo un fuerte rechazo en muchas provincias y en la pobla- ción que se resistía a ser reclutada como tropa (Rock 2006). Otro frente de conflicto para el estado que debía consolidar su marco territorial era el problema de las “fronteras interiores” dentro de un espacio que se pensaba como “nacional”. Hasta las últimas décadas del siglo XIX el problema de las fronteras con los indígenas persistió en la medida en que si bien las elites aspiraban a una unidad geo-política que implicaba cierto territorio como “nacional”, no podían disputarlo debido a las coyunturas políticas que re- clamaban su atención (Delrio 2002). Más allá de las posibilidades concretas de dominio de esos territorios, su ocupación era central al proyecto nacio- nal que implicaba el diseño decimonónico de tres dimensiones básicas: un estado, una nación y un territorio (Bechis 2006).

El sur de la provincia de Córdoba formaba parte de una extensa área de frontera que delimitaba el control del estado sobre ese territorio que buscaba incorporar. El establecimiento de defensas sobre la línea del río Cuarto se remonta a la época colonial cuando se emplazaron una serie de fuertes y fortines para custodiar los caminos desde Buenos Aires a Perú y Chile y las poblaciones que se encontraban en sus cercanías, asegurando también algunas posiciones de avanzada (Bischoff 1979). Ya en el período republicano -cuando la cuestión de definir los límites territoriales de la na- ción adquirió relevancia para las elites en el poder-, ese espacio de frontera fue escenario de intensas negociaciones y conflictos siguiendo el vaivén de las distintas políticas implementadas desde las instancias estatales. Las auto- ridades provinciales y nacionales proyectaron numerosas veces intentos de avance de la frontera que fueron alternativamente impulsados y frustrados hasta que pudo concretarse su establecimiento en el río Quinto en 1869. Los distintos dispositivos de poder desplegados desde el estado no de- ben comprenderse como parte de un proyecto homogéneo y con una in- tencionalidad única sino como intentos fragmentarios de establecer una dominación no siempre concretada. El espacio de la frontera que el estado aspiraba añadir a su dominio y control involucraba una gran diversidad de

actores -autoridades estatales, militares, indígenas, población criolla- que interactuaban en función de diferentes intereses. Si bien las explicaciones tradicionales sobre el avance estatal en las fronteras internas han tendido a construir el problema en términos únicamente étnicos -donde el estado dis- putaba el “desierto” a los indígenas-, nuevas perspectivas de investigación han comenzado a demostrar las complejas tramas de actores que poblaban esos espacios.

Las relaciones interétnicas en la frontera sur de Córdoba han sido abor- dadas focalizando en las estrategias indígenas y en las prácticas discursivas y diplomáticas (Tamagnini 1999 y 2005a; Tamagnini y Pérez Zavala 2002; Pérez Zavala 2007). Producciones recientes indagan en los procesos ocu- rridos en este espacio incorporando otros actores, como las montoneras provinciales (Tamagnini 2003, 2005b y 2007) y los pobladores cristianos (Tamagnini y Pérez Zavala 2007). En este sentido, fueron exploradas las relaciones entre el accionar de las montoneras y las invasiones ranqueles que habitualmente se enfocaban como procesos independientes, sin aten- der a las vinculaciones que permiten entenderlos como parte de un mismo proceso histórico. Evidencias como el tránsito de líderes y desertores entre la frontera y las tolderías, el intercambio de información, los estallidos si- multáneos de ambas fuerzas e, incluso, la incorporación de indígenas en las montoneras son algunas de las conexiones que apuntan en ese sentido (Tamagnini 2007).

El creciente control estatal implicó tanto el avance sobre los grupos in- dígenas como la sujeción y dominio de sectores subalternos que resistieron en distinta medida. Durante el siglo XIX se operó en la sociedad un proceso de militarización como parte de la imposición de un orden socio-político y económico desplegado por el proyecto estatal y apoyado por la elite propie- taria. La imposición del servicio de armas a las poblaciones de la campaña por ejemplo, operó en términos de disciplinamiento. El fuerte constituía una de las formas de colonizar el territorio conteniendo la resistencia indí- gena, pero era también un lugar de ordenamiento y estructuración social para las poblaciones de la frontera (Olmedo 2007). Así, amplios sectores se vieron sujetos al régimen de Guardias Nacionales que implicaba el servicio de armas por parte de la población civil. Como veremos luego, el servicio en las milicias fue resistido en diversas formas.

El interés que guía este trabajo es el de centrarnos en los grupos que fueron alcanzados por el creciente poder estatal en la década de 1860 para indagar desde una perspectiva cualitativa de análisis en sus características

e intereses, intentando comprender sus vinculaciones, modos de acción y formas de negociación y resistencia hacia las prácticas de control desplega- das desde el estado nación. Queremos preguntarnos por la diversidad de actores sobre los que operó el estado y las acciones que desarrolló para des- articular las resistencias de los grupos que no se adecuaban al nuevo orden en construcción.

Las fuentes documentales que utilizaremos son, por un lado, documen- tos oficiales de tipo administrativo y militar como las memorias del Minis- terio de Guerra y Marina (en adelante MMGM), comunicaciones oficiales estatales, leyes, decretos y partes de las autoridades de fronteras. El trabajo con estos documentos plantea la dificultad de rescatar las voces de los ac- tores subalternos ya que no es frecuente hallar testimonios directos de esos sectores. No es posible considerar entonces esos enunciados como absolu- tamente nítidos y es necesario evaluar las circunstancias y el contexto de su formulación (Todorov 2005).

Al mismo tiempo, exploraremos la crónica de un estanciero inglés, Ri- chard Seymour, que se estableció entre los años 1865 y 1868 en la frontera sur de Córdoba, en la estancia “Monte Molino”. A lo largo de su relato es posible acercarse a las condiciones de vida en ese sector de frontera y reco- ger una serie de indicios que surgen de los acontecimientos narrados. Más allá del carácter singular de los hechos relatados, consideramos que -tal como propone la perspectiva de análisis microhistórica- la “reducción de escala” de la observación (Levi 1993, Revel 1995) permite revelar factores no observados y reintegrarlos a los fenómenos más generales. Así, enfocar los acontecimientos desde la óptica de lo “micro” permite establecer co- nexiones con contextos explicativos más amplios (Bensa 1996).

LA FRONTERA SUR DE CÓRDOBA: UNA LÍNEA PERMEABLE

El trazado de la frontera sur de Córdoba se remonta a la época colonial cuando, luego de la creación administrativa de la Gobernación Intendencia de Córdoba del Tucumán, su gobernador Rafael de Sobremonte organizó los fuertes y fortines para asegurar la defensa de la frontera. El estableci- miento de esta línea implicó la concentración de las tropas militares y la población civil en pueblos a fin de consolidar la frontera y afianzar el desa- rrollo económico y el tráfico comercial con Buenos Aires (Ribero 2006). Sobre la línea del río Cuarto, entonces, se encontraban los fuertes y

fortines de la Cruz, el Tambo, la Esquina, Concepción, San Bernardo, Re- ducción, San Carlos, Pilar, el Sauce (La Carlota) y San Rafael, este último cercano a la frontera de Buenos Aires. Al sur de esa línea, tierra adentro entre los ríos Cuarto y Quinto se apostaron además los fuertes y fortines de Loreto, Santa Catalina y San Fernando En las primeras décadas del siglo XIX se construyeron los fortines de Achiras (1834), Los Jagüeles (1838) y Rodeo Viejo (1840) (Tamagnini y Pérez Zavala 2007). Ya en la década de 1850 por iniciativa del gobernador de Córdoba3 se repueblan dos fuertes

de avanzada, Santa Catalina y San Fernando (en 1853) y promovido por el gobierno de la Confederación se agrega en 1857 el fuerte Tres de Febrero (Barrionuevo Imposti 1961).

Hasta pasada la segunda mitad del siglo XIX la defensa militar de la frontera sur de Córdoba permaneció sin demasiados cambios sobre la línea del río Cuarto si bien hubo intentos de establecer reductos de avanzada. Durante la década de 1860 tanto el cambio operado a nivel nacional con el triunfo de las fuerzas de Bartolomé Mitre en Pavón como la agitación política que vivía la provincia de Córdoba4 incidieron en la dinámica de la

frontera. Las relaciones entre los distintos actores variaron de acuerdo con las coyunturas políticas y los intereses y objetivos de los diversos sectores. De acuerdo a los estudios de Pérez Zavala (2007) las alianzas configuradas en la década anterior entre la Confederación Argentina y los grupos indígenas perdieron vigencia ante la nueva conformación del poder nacional, sumán- dose al frente de conflictos -y posiblemente accionando en forma conjunta- la resistencia de las montoneras provinciales al proyecto mitrista.

Los años que siguieron a 1860, entonces, fueron de una alta conflic- tividad en la frontera sur y las autoridades civiles y militares enfrentaban las resistencias indígena y criolla que se evidenciaban a través de malones y montoneras. En este escenario la frontera era continuamente reforza- da y replegada al vaivén de los acontecimientos, debiendo postergarse su adelantamiento al río Quinto. Entre 1862 y 1863 fue el momento álgido

3 En estos años el gobernador Alejo Carmen Guzmán llevó adelante una política con- ciliadora con los indios, favoreció la llegada de religiosos franciscanos a la frontera y reforzó los fortines con la intención de adelantar la línea hasta el río Quinto (Barrio- nuevo Imposti 1961).

4 En la década de 1860 distintas fracciones del partido Liberal intentaron controlar el gobierno provincial. Entre 1861 y 1871 hubo en la provincia trece gobernadores y numerosas sublevaciones, revoluciones y revueltas. Véase Bischoff (1979) y Barrionuevo Imposti (1988).

del accionar de las montoneras del Chacho Peñaloza. Tamagnini (2005b, 2007) trabaja en forma novedosa las relaciones entre el accionar de las montoneras y los malones indígenas. En este sentido, plantea que la histo- riografía liberal ha vinculado las invasiones indígenas al desamparo de la frontera originado en la reorientación de las fuerzas militares nacionales a otros focos de conflicto. Sin embargo, la actuación de las montoneras y de los indígenas puede interpretarse como el accionar de fuerzas sociales que expresaban todo aquello que quedaba fuera del orden mitrista.

Durante los primeros años de la década de 1860 se abandonaron los puestos de avanzada5 de la frontera y la línea se replegó sobre el río Cuarto.

En el informe sobre las “Fronteras de la República” presentadas al Ministro de Guerra en abril de 1864, el General Paunero, Inspector y Comandante general de Armas, daba cuenta del estado de las defensas luego de realizar una inspección por las líneas de frontera. Con respecto a la frontera sur mencionaba las dificultades que hubo en su afianzamiento por:

La dilatada guerra de Montoneras y los motines militares acaecidos en Las Tunas,

Fraile Muerto, San Rafael, Pavon, Morteros, Patagones y Melincué, que tenian su orí-

gen en aquel movimiento anárquico y en la natural pertubacion política en que se hallaba el país6.

Durante los primeros meses del año 1863 la frontera de Córdoba se encontraba convulsionada desde diferentes frentes de conflictos que, sin embargo, no parecen haber sido frentes aislados. Las montoneras que se- guían a Peñaloza actuaban en San Luis y se acercaban a Córdoba. Un ma- lón de más 400 indios invadió la zona de Río Cuarto llevándose hacienda y cautivos. Las autoridades locales solicitaron el auxilio de la provincia y el gobierno nacional, ya que, de no revertirse la situación de indefensión, la población abandonaría la frontera para dirigirse a zonas más seguras (Ba- rrionuevo Imposti 1988).

5 El fuerte Tres de Febrero, por ejemplo, fundado en 1857 sobre la margen norte del río Quinto fue abandonado en 1863 (Ribero 2006). También se abandonan poco después los fuertes de San Fernando y Santa Catalina (Barrionuevo Imposti 1961).

6 “Informe sobre las Frontera de la República” presentado al Ministro de Guerra por el Inspector y Comandante General de Armas General W. Paunero. MMGM 1864, Archivo General de la Nación (AGN).

Sin embargo, las autoridades militares no podían responder a esas de- mandas, por esa época además de la insurrección federal se sublevaron las fuerzas de Fraile Muerto, a las que se sumó la tropa del Fuerte Las Tunas luego de un levantamiento donde fueron muertos el comandante y varios oficiales7, quedando despoblado el fuerte (Barrionuevo Imposti 1988). Po-

cos meses después un nuevo malón asoló la frontera, esta vez en Achiras que fue invadida por indios de Mariano Rosas y varios “cristianos”. En el parte del Jefe de la Frontera a las autoridades de Córdoba se informaba que los atacantes de Achiras actuaban en combinación con las montoneras (Barrionuevo Imposti 1988).

El accionar de las montoneras no tuvo su epicentro en Córdoba, sin embargo su proximidad con la zona de acción de las mismas y la falta de control por parte del estado del espacio entre los ríos Cuarto y Quinto donde las montoneras podían hacerse más fuertes, hizo que los alzamien- tos federales incidieran en la zona. Las fuerzas nacionales asentadas en la frontera para reprimir a las montoneras y controlar las invasiones, también fueron encargadas de localizar a quienes se habían ocultado eludiendo el servicio de armas (Tamagnini 2005). Menos de un año después, el general Emilio Mitre presentó un informe sobre la frontera sur donde planteaba los problemas de la defensa:

El estado actual de defensa de esa frontera era deficiente, no solo por el escaso número de fuerzas que la guarnece, sinó tambien por las respectivas posiciones en que se hallan colocadas. […] No habiendo ningún destacamento militar entre el último punto de apoyo de “Melincué”, por su flanco derecho y “Las Tunas”, queda completamente desguarnecido el flanco izquierdo del último punto, ó lo que es lo mismo, una abra como de diez y siete leguas, por la cual pueden internarse los indios impunemente á robar por los campos del “Rio 3° abajo”, y digo impunemente, por que no habiendo en esa línea de diez y siete leguas ningun fortin de observación, es materialmente imposible, salvo una ca- sualidad, tener conocimiento de que los indios han invadido, sabiéndolo única- mente, y como ha sucedido hasta no ha mucho, recien cuando los invasores se dispersan ó regresan con sus arreos8.

7 Las fuerzas que participaron de ambos motines eran soldados de línea y el total de las guardias nacionales destinadas a esos emplazamientos (González 1997).

El informe continúa describiendo los problemas defensivos del resto de la frontera en estos mismos términos. La gran extensión que separaba a los fortines impedía la comunicación ya que las partidas no podían, ni querían, alejarse de su destacamento corriendo el riesgo de no regresar en el día y sabiendo que no contaban con otro apoyo. Esta situación dejaba así grandes espacios abiertos que permitían el acceso a los ricos campos entre los ríos Tercero y Cuarto.

La descripción y análisis que realizaba Emilio Mitre sobre el estado de la frontera y los acontecimientos antes descriptos, dan cuenta de una si- tuación en la que las pretensiones de control estatal sobre esos territorios eran aspiraciones difícilmente plasmables en la realidad. Como contara el fugitivo Miguelito9 a Mansilla durante su estadía en tierra ranquel:

Los campos no tienen puertas; las descubiertas de los fortines, ya sabe uno a qué hora hacen el servicio, y luego, al frente casi nunca salen. Es lo más fácil cruzar el río Quinto y la Línea, y en estando a retaguardia ya está uno seguro (Mansilla 2006: 169).

A pesar de esta situación, el programa de avance de la línea hacia el río Quinto siempre aparecía como un plan a futuro cuando estuvieran dadas las condiciones necesarias. En el mismo informe, Emilio Mitre proponía entonces establecer una serie de fortines y postas militares que conectaran los puestos descriptos para paliar la situación que describía y enunciaba las posibilidades del avance:

Mas adelante, y cuando por la seguridad que disfrute esta parte de la Provincia de Córdoba se haya retemplado el ánimo de sus moradores, condensándose la población, por la márgen izquierda del “Rio 4°”, y avanzando sobre la derecha hácia el desierto, será recien llegado el momento de pensar en llevar la línea al “Rio 5°”10.

Si bien en 1866 se reorganizó la frontera reforzando la línea del río Cuarto y reconstruyendo los cantones de San Fernando, Santa Catalina y Jagüeles, estos fortines de avanzada debieron ser abandonados nuevamen- te ese mismo año (Barrionuevo Imposti 1961). Hacia el final de 1867 y

9 Arriero fugitivo de la justicia que se encontraba viviendo en tierra adentro. 10 Informe sobre la Frontera Sud de la Provincia de Córdoba. MMGM 1865, AGN.

comienzos de 1868 la frontera seguía mal defendida. El 6 de octubre de 1867 un malón de 500 indios se llevó más de 1000 cabezas de ganado en la zona del Saladillo y luego invadieron Las Tunas, donde también robaron hacienda. Al mes siguiente dos nuevas invasiones llegaron al Saladillo y Fraile Muerto, la última de “indios y gauchos juntos” llevándose hacienda y algunas cautivas. Sobre fin de año, un malón llegó cerca de Villa Nueva y unos días más tarde 300 indios de Calfulcurá invadieron la frontera de río Cuarto (Barrionuevo Imposti 1988).

A comienzos de 1868 las invasiones se repitieron y el gobernador solicitó la ayuda de la nación. Los informes del jefe de la frontera daban cuenta del abandono en que se encontraban las guarniciones, los sueldos atrasados de las fuerzas y la falta de municiones y caballos. Se endureció la disciplina de las fuerzas de la frontera (había habido un motín en Fraile Muerto y una sublevación en el regimiento 2° de Caballería) y se realizaron reajustes para

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