vivos y organizando su Nuevo Orden Mundial. Hacía poco, el New York Times había publicado un reportaje sobre los misteriosos lazos masónicos de incontables personajes famosos: sir Arthur Conan Doyle, el duque de Kent, Peter Sellers, Irving Berlin, el príncipe Felipe de Edimburgo, Louis Armstrong, así como una galería de industriales y magnates de la banca actuales bien conocidos.
Kohler señaló airado el cadáver de Vetra.
—Considerando las pruebas, yo diría que tal vez los devotos de las conspiraciones tienen razón.
—Soy consciente de adónde apuntan las apariencias —dijo Langdon con la mayor diplomacia posible—. No obstante, una explicación mucho más plausible es que otra organización se haya apropiado del emblema de los Iluminati y lo está utilizando para alcanzar sus designios.
—¿Qué designios? ¿Qué demuestra este asesinato?
Buena pregunta, pensó Langdon. A él también le costaba imaginar de dónde habrían podido sacar el emblema de los Illuminati después de cuatrocientos años.
—Sólo puedo decirle que, aunque los Iluminati siguieran en activo hoy, cosa que me parece imposible, no estarían implicados en la muerte de Leonardo Vetra.
—¿No?
—No. Puede que los Iluminati creyeran en la abolición de la cristiandad, pero adquirieron su poder mediante herramientas políticas y económicas, no con actos terroristas. Además, los Iluminati poseían un estricto código de moralidad en lo tocante a sus enemigos. Tenían en suma consideración a los hombres de ciencia. No habrían asesinado a un hermano científico como Leonardo Vetra.
Kohler le lanzó una mirada gélida.
—Tal vez he olvidado mencionar que Leonardo Vetra era un científico fuera de lo común.
—Señor Kohler, estoy seguro de que Leonardo Vetra era brillante en muchos sentidos, pero es un hecho irrefutable que...
Kohler dio media vuelta a su silla de ruedas sin previo aviso y sa- lió como una flecha de la sala de estar, dejando una estela de niebla remolineante cuando se alejó por el pasillo.
Por el amor de Dios, gruñó Langdon. Le siguió. Kohler le estaba esperando en un pequeño hueco situado al final del pasillo.
—Esto es el estudio de Leonardo —dijo Kohler, y señaló la puerta deslizante—. Quizá cuando lo vea enfocará la situación desde una perspectiva muy diferente.
Kohler abrió la puerta con un gruñido.
Langdon echó un vistazo al estudio y notó al instante que se le erizaba el vello. Santa Madre de Di , os se dijo.
12
En otro país, un joven guardia estaba sentado pacientemente ante una extensa hilera de monitores de vídeo. Miraba las imágenes que destellaban ante él, tomas en directo de cientos de cámaras de vídeo inalámbricas que rodeaban el complejo. Las imágenes no cesaban de desfilar.
Un pasillo ornamentado. Un despacho privado.
Una cocina de tamaño industrial.
Mientras desfilaban las imágenes, el guardia se abstuvo de fanta- sear. Estaba llegando al final de su turno, pero aún seguía vigilante. El servicio era un honor. Algún día, le concederían la recompensa defi- nitiva.
Una imagen captó toda su atención. Con un movimiento reflejo que consiguió sobresaltarle incluso a él, extendió la mano y oprimió un botón del panel de control. La imagen se congeló.
Hecho un manojo de nervios, se inclinó hacía la pantalla para ver mejor. La lectura del monitor le dijo que la imagen estaba siendo transmitida desde la cámara 86, una cámara que debía estar vigilando un pasillo.
Pero la imagen que tenía ante l é noera la de un pasillo.
13
Langdon contempló con perplejidad el estudio. —¿Qué es este lugar?
Pese a la agradable ráfaga de aire caliente en la cara, atravesó el umbral con nerviosismo.
Langdon examinó la habitación, sin saber qué deducir de lo que veía. Contenía la mezcla de objetos más peculiar que había visto en su vida. En la pared del fondo, dominando el decorado, había un enor- me crucifijo de madera, que Langdon atribuyó a la España del siglo XIV. Sobre el crucifijo, suspendido del techo, vio un móvil metálico de planetas en órbita. A la derecha había un óleo de la Virgen María, y al lado una lámina con la tabla periódica de los elementos. En la pared lateral, otros dos crucifijos de latón flanqueaban un cartel de Albert Einstein, con su famosa cita DIOS NO JUEGA A LOS DADOS CON EL UNIVERSO.
Langdon siguió avanzando, y miró a su alrededor con estupor. Una Biblia encuadernada en piel descansaba sobre el escritorio de Vetra, junto a un modelo de Bohr en plástico de un átomo y una ré- plica en miniatura del Moisés de Miguel Ángel.
Toma eclecticismo, pensó Langdon. El calor le sentaba bien, pero algo en el decorado le provocó nuevos escalofríos. Experimentó la sensación de estar presenciando la colisión de dos titanes de la filoso- fía, la coexistencia inquietante de fuerzas opuestas. Examinó los títulos de la librería:
La partícula de Dios El tao de la física Dios: la prueba
Había una cita grabada en un sujetalibros:
LA VERDADERA CIENCIA DESCUBRE A DIOS ESPERANDO DETRÁS DE CADA PUERTA.
PAPA PÍO XII
—Leonardo era un sacerdote católico —dijo Kohler. Langdon se volvió.
—¿Un sacerdote? ¿No dijo que era físico?
—Ambas cosas. La combinación de científico y religioso abunda en la historia. Leonardo era un ejemplo. Consideraba a la física «la ley natural de Dios». Afirmaba que la caligrafía de Dios era visible en el orden natural que nos rodea. Mediante la ciencia, aspiraba a demos- trar la existencia de Dios a las masas dubitativas. Se consideraba un teofísico.
¿Teofísico? Langdon pensó que era un oxímoron imposible. —En los últimos tiempos, el campo de la física de partículas ha hecho descubrimientos sorprendentes, descubrimientos de implica- ciones muy espirituales. Leonardo fue responsable de muchos de ellos.
Langdon estudió al director del CERN, mientras intentaba asi- milar todavía el peculiar entorno.
—¿Espiritualidad y física?
Langdon había pasado su carrera estudiando historia de las reli- giones, y si existía un tema recurrente, era que la ciencia y la religión habían sido como agua y aceite desde el primer día... Archienemigas,
no miscibles.
—Vetra caminaba en el filo de la física de partículas —dijo Koh- ler—. Estaba empezando a fundir ciencia y religión, demostrando que se complementaban de formas insospechadas. Llamaba a este campo Nueva Física.
Kohler sacó un libro de una estantería y se lo dio a Langdon. Langdon estudió la portada. Dios, milagros y la Nueva Física, por Leonardo Vetra.
—El campo es pequeño —dijo Kohler—, pero está aportando respuestas nuevas a preguntas viejas, preguntas sobre el origen del universo y las fuerzas que nos sojuzgan. Leonardo creía que su inves- tigación poseía el potencial de convertir a millones de personas a una vida más espiritual. El año pasado, demostró de manera categórica la existencia de una energía que nos une a todos. Demostró que todos estamos conectados físicamente, que las moléculas de su cuerpo están entrelazadas con las moléculas del mío, que una sola fuerza actúa en el interior de todos nosotros...
Langdon se sintió desconcertado. Y el poder de Dios nos unirá. — ¿El señor Vetra descubrió una forma de demostrar que las partículas están conectadas?
—Pruebas concluyentes. Un reciente artículo del Scientific Ame- rican saludaba a la Nueva Física como un camino más seguro que la religión para llegar a Dios.
El comentario surtió efecto. Langdon se encontró de repente pensando en los antirreligiosos Illuminati. A regañadientes, se permi- tió una momentánea incursión intelectual en el terreno de lo imposi- ble. Si los Illuminati seguían en activo, ¿habrían asesinado a Leonar- do para impedir que predicara su mensaje religioso a las masas? Langdon desechó la idea. ¡Absurdo! ¡Los Illuminati son historia anti- gua!. ¡Todos los estudiosos lo saben!
—Vetra se había granjeado muchas enemistades en el mundo científico —continuó Kohler—. Muchos científicos puristas le des- preciaban. Incluso aquí, en el CERN. Creían que utilizar física analí- tica para apoyar principios religiosos era una traición a la ciencia.
—Pero ¿no están los científicos de hoy algo menos a la defensi- va con la Iglesia?
Kohler emitió un gruñido de desagrado.
—¿Usted cree? Puede que la Iglesia ya no queme científicos en la pira, pero si cree que han aflojado su presa sobre la ciencia, pre- gúntese por qué la mitad de los colegios de su país no pueden ense- ñar la evolución. Pregúntese por qué la Coalición Cristiana nortea- mericana es la organización más influyente contra el progreso científico en el mundo. La batalla entre la ciencia y la religión todavía prosigue, señor Langdon. Se ha trasladado de los campos de batalla a las salas de juntas, pero aún se halla en pleno apogeo.
Langdon comprendió que Kohler tenía razón. Hacía apenas una semana que los estudiantes y profesores de la Facultad de Teología de Harvard se habían manifestado ante el edificio de la Facultad de Bio-
logía, en protesta por los experimentos de ingeniería genética que te- nían lugar en el programa de licenciatura. El presidente del Departa- mento de Biología, el famoso ornitólogo Richard Aaronian, defendió su plan de estudios colgando una gigantesca pancarta de la ventana de su despacho. La pancarta plasmaba al «pez» cristiano modificado con cuatro piececitos, un tributo, afirmó Aaronian, a la evolución de los dipnoos africanos. Bajo el pez, en lugar de la palabra «Jesús» se leía «¡DARWIN!»
Se oyó un pitido penetrante, y Langdon alzó la vista. Kohler re- buscó en la colección de aparatos electrónicos de la silla de ruedas. Sacó un beeper de su funda y leyó el mensaje enviado.
—Bien. Es la hija de Leonardo. La señorita Vetra está a punto de llegar al helipuerto. La iremos a recibir. Considero más conveniente que no vea a su padre de esta manera.
Langdon se mostró de acuerdo. Se llevaría una impresión que ningún hijo merecía.
—Pediré a la señorita Vetra que explique el proyecto en el que ella y su padre estaban trabajando... Tal vez arrojará luz sobre el mó- vil del asesinato.
—¿Cree que el trabajo de Vetra fue la causa de que le mataran? —Es muy posible. Leonardo me dijo que estaba trabajando en algo trascendental. Es lo único que adelantó. Se mostraba muy reser- vado sobre el proyecto. Tenía un laboratorio privado y exigió que res- petaran su aislamiento, cosa que le concedí de buen grado debido a su brillantez. En los últimos tiempos, su trabajo estaba consumiendo ingentes cantidades de energía eléctrica, pero me abstuve de interro- garle. —Kohler giró hacia la puerta del estudio—. No obstante, tiene que saber algo más antes de salir de este apartamento.
Langdon no estaba seguro de querer oírlo. —El asesino robó un objeto de Vetra.
—¿Un objeto? —Sígame.
El director propulsó la silla de ruedas hacia la sala de estar. Langdon le siguió, sin saber qué esperar. Kohler se detuvo a escasos centímetros del cadáver de Vetra. Indicó con un gesto a Langdon que se acercara. Langdon obedeció de mala gana, y sintió que la bilis se le subía a la garganta cuando percibió el olor de la orina congelada de la víctima.
—Mire su cara —dijo Kohler.
¿Que mire su cara? Langdon frunció el ceño. ¿No me has dicho que habían robado algo?
Langdon se arrodilló, vacilante. Intentó ver la cara de Vetra, pero la cabeza estaba girada en un ángulo de ciento ochenta grados hacia atrás, con el rostro apretado contra la alfombra.
Kohler, pese a las dificultades de movilidad, logró inclinarse y giró con cuidado la cabeza congelada de Vetra. Con un crujido audi- ble, la cara del cadáver, deformada en una mueca de dolor, quedó vi- sible. Kohler la inmovilizó así un momento.
tumbos. El rostro de Vetra estaba cubierto de sangre. Un solo ojo co- lor avellana le miraba. La otra cavidad estaba acuchillada y vacía.
»¿Le arrancaron el ojo?
14
Langdon salió del Edificio C y respiró aire puro dando gracias por haber abandonado el piso de Vetra. El sol ayudó a disipar la imagen de la cuenca ocular vacía, grabada a fuego en su mente.
—Sígame, por favor —dijo Kohler, subiendo por un sendero empinado. Daba la impresión de que la silla de ruedas se desplazaba sin el menor esfuerzo—. La señorita Vetra llegará de un momento a otro.
Langdon corrió para alcanzarle.
—Bien —dijo Kohler—, ¿todavía duda de que los Illuminati es- tán implicados?
Langdon ya no sabía qué pensar. Las teorías religiosas de Vetra eran muy inquietantes, pero se resistía a desprenderse de todas las pruebas científicas que había investigado en su vida. Además, estaba el ojo...
—Todavía sostengo —dijo Langdon, con más energía de la que pretendía— que los Illuminati no son responsables de este asesinato. El ojo desaparecido es la prueba.
—¿Cómo?
—Los Illuminati no practican la mutilación aleatoria —explicó Langdon—. Los especialistas en cultos achacan la mutilación aleato- ria a sectas marginales carentes de experiencia, fanáticos que come- ten actos fortuitos de terrorismo, pero los Illuminati han sido siempre más metódicos.
—¿Metódicos? ¿Extraer el ojo de alguien no es metódico? —No envía un mensaje claro. No sirve a un propósito más elevado. La silla de ruedas de Kohler se detuvo de repente en lo alto de la colina. Se volvió.
—Créame, señor Langdon, ese ojo desaparecido sirve a un pro- pósito más elevado..., mucho más elevado.
Mientras los dos hombres cruzaban la colina, el zumbido del heli- cóptero se oyó hacia el oeste, y vieron que viraba en su dirección. Se inclinó con brusquedad, aminoró la velocidad y se posó sobre una he- lipista pintada en la hierba.
Langdon miraba como sin ver, y su cabeza daba vueltas como las hélices del aparato, mientras se preguntaba si una noche de sueño re- parador contribuiría a paliar su desorientación. De todos modos, lo dudaba.
Cuando los patines tocaron el suelo, un piloto saltó a tierra y em- pezó a descargar. Había de todo, bolsos marineros, bolsas impermea-
bles de vinilo, botellas de submarinismo y cajas de lo que parecía ser un equipo de buceo de alta tecnología.
Langdon estaba confuso.
—¿Es ése el instrumental de la señorita Vetra? —gritó a Kohler por encima del ruido de los motores.
Kohler asintió.
—Estaba llevando a cabo investigaciones biológicas en las islas Baleares —gritó a su vez Kohler.
—¿No había dicho que era física?
—Y lo es. Estudia la interacción de los sistemas vivos. Su trabajo se halla íntimamente ligado al de su padre en física de partículas. Hace poco refutó una de las teorías fundamentales de Einstein, utili- zando cámaras sincronizadas atómicamente para observar un banco de atunes.
Langdon escrutó la cara de su anfitrión en busca de algún rastro de humor. ¿Einstein y atunes? Empezaba a preguntarse si el avión es- pacial X-33 le había depositado por error en otro planeta.
Un momento después, Vittoria Vetra descendió del helicóptero. Robert Langdon comprendió que el día iba a depararle incontables sorpresas. Vittoria Vetra, en pantalones cortos caqui y top blanco sin mangas, no se parecía en nada a la científica estudiosa que había ima- ginado. Flexible y graciosa, era alta, de piel color castaño y pelo ne- gro largo, que revolvía la ventolera causada por las palas de las héli- ces. Tenía un rostro típicamente italiano, no de una belleza avasalladora, pero sí de facciones terrenales que, incluso desde doce metros de distancia, parecían proyectar una sensualidad a flor de piel. Cuando las corrientes de aire azotaron su cuerpo, las ropas se pega- ron a sus formas, revelando el esbelto torso y unos pechos pequeños.
—La señorita Vetra es una mujer de una energía personal tre- menda —dijo Kohler, como si intuyera la fascinación de Langdon—. Pasa meses seguidos trabajando en sistemas ecológicos peligrosos. Es una estricta vegetariana y la gurú residente en el CERN de hatha yoga.
¿Hatha yoga?, pensó Langdon. El antiguo arte budista de la me- ditación parecía una disciplina poco apropiada para la hija científica de un sacerdote católico.
Langdon contempló a Vittoria mientras se acercaba. Era eviden- te que había estado llorando, y sus ojos de un negro profundo esta- ban invadidos de unos sentimientos que Langdon fue incapaz de identificar. De todos modos, avanzabahacia él con decisión y energía. Sus extremidades eran fuertes y tonificadas, e irradiaban la saludable luminiscencia de la carne mediterránea que había disfrutado de lar- gas horas al sol.
—Vittoria —dijo Kohler cuando estuvo cerca—. Mi más sentido pésame. Es una terrible pérdida para la ciencia... y para todos los que trabajamos en el CERN.
Vittoria asintió, agradecida. Cuando habló, lo hizo en voz baja y ronca, con fuerte acento.
—Estamos trabajando en ello.
Se volvió hacia Langdon y extendió una mano esbelta.
—Me llamo Vittoria Vetra. Supongo que es usted de la Interpol, ¿no?
Langdon estrechó su mano, fascinado por la profundidad de su mirada lacrimosa.
—Robert Langdon.
No sabía muy bien qué más decir.
—El señor Langdon no es policía —explicó Kohler—. Es un es- pecialista de Estados Unidos. Ha venido para ayudarnos a descubrir al responsable de esta situación.
Vittoria compuso una expresión de perplejidad. —¿Y la policía?
Kohler exhaló un suspiro, pero no dijo nada. —¿Dónde está el cuerpo? —preguntó la joven. —Se están ocupando de él.
La descarada mentira sorprendió a Langdon. —Quiero verle —dijo Vittoria.
—Vittoria —la apremió Kohler—, tu padre fue brutalmente ase- sinado. Sería mejor que le recordaras tal como era.
Vittoria empezó a hablar, pero la interrumpieron.
—¡Eh, Vittoria! —llamaron varias voces desde lejos—. ¡Bienve- nida a casa!
Se volvió. Un grupo de científicos que pasaba cerca del heli- puerto la saludó con alegría.
—¿Has refutado alguna teoría más de Einstein? —gritó uno. —¡Tu padre estará orgulloso de ti! —añadió otro.
Vittoria miró a los hombres, confusa. Después, se volvió hacia Kohler.
—¿Nadie lo sabe aún?
—Decidí que la discreción era fundamental.
—¿No ha dicho al personal que mi padre había sido asesinado? Su tono de sorpresa se tiñó de ira.
—Tal vez olvidas, Vittoria —replicó Kohler con dureza—, que en cuanto informe del asesinato de tu padre se abrirá una investiga- ción en el CERN. Incluyendo un registro minucioso de su laborato- rio. Siempre he intentado respetar la privacidad de tu padre. Sólo me contó dos cosas sobre vuestro proyecto actual. Una, que existe la po- sibilidad de que aporte al CERN millones de francos en contratos du- rante la siguiente década. Y dos, que aún no es el momento para darlo a conocer al público debido a su tecnología, todavía peligrosa. Considerando estos dos hechos, prefiero que ningún extraño fisgo- nee en su laboratorio, para o bien robar su trabajo, o morir en el ín-