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1.2. DESARROLLO EN EL ADOLESCENTE

1.2.4. Desarrollo cognitivo, social, moral y emocional

El desarrollo cognitivo en la adolescencia se encuentra definido principalmente por dos influencias: la genética a través de las potencialidades del individuo y el medio ambiente a través de los tipos de estímulos y experiencias de aprendizaje a su alcance al momento de alcanzar la adolescencia. Hasta antes de la adolescencia, la persona se desarrolló cognitivamente a través de objetos tangibles y conceptos de dualidad: bueno-malo, alto- bajo, justo-injusto y demás. Barra (1987) cree que en la adolescencia:

“La persona entra en la etapa del pensamiento formal. Este tipo de pensamiento lo vuelve capaz de crear explicaciones e hipótesis a los acontecimientos, prevé consecuencias tanto lógicas como morales de sus acciones, define conceptos y resuelve problemáticas complejas, es decir, aprende que la vida no se compone únicamente de extremos, sino de todo un espectro” (p. 52)

El desarrollo cognitivo y el paso al pensamiento formal es capaz de enlazar presuposiciones mediante el uso de conectivos causales, permite que la naturaleza científica del adolescente

explore realidades diferentes sin la necesidad de interactuar físicamente con el mismo, pues establece un espacio diferencial entre el fenómeno y quien lo teoriza. El pensamiento abstracto-formal permite por medio del lenguaje entablar un diálogo mental entre las experiencias que cuenta el adolescente como parte de su acervo y la teoría que pretende hallar lógica a lo que sucede a su exterior. Mendez y Macia (2002) afirma que “este proceso que se realiza miles de veces en un corto tiempo y de manera inconsciente, busca fortalecer su capacidad de predecir consecuencias y así prepararlo para el mundo adulto cuando se valdrá por sí mismo” (p. 62)

Múltiples investigaciones han demostrado que mientras los cambios físicos en el adolescente se da a lo largo de unos pocos años, el desarrollo cognitivo-analítico suele tardar poco menos de una década, y de manera en ocasiones disruptiva en intervalos de tiempo que no siguen una pauta generalizable. Muchos adolescentes adquieren tempranamente (alrededor de los 14 años) la capacidad de crear soluciones alternativas a una problemática específica, anticipar los efectos de su comportamiento, deducir reglas generales a partir de situaciones específicas y analizar posibles escenarios alternativos al propio, capacidades que otros adolescentes alcanzarán alrededor de los 19 años sin que esto signifique algún tipo de retraso en el desarrollo cognitivo ni alguna patología latente.

Este tipo de pensamiento alimentará las áreas sociales, morales, emocionales y espirituales de la vida, permitiendo que la persona pueda reflexionar acerca de aquellas realidades últimas o el sentido de la existencia, evalúe y califique el mundo que lo rodea, le permite adelantarse en el futuro acerca de las perspectivas de vida mediante un análisis realista de sus posibilidades y recursos. Mendez y Macia, (2002) afirma que:

De esta forma el adolescente tendrá la capacidad de construir significados de vida por medio de sus razonamientos y cuestionamientos, así como entablar discusiones constructivas sobre opiniones y doctrinas que le resulten relevantes. De la misma manera, fortalecerá su capacidad de análisis sobre su propio ejercicio mental y las operaciones que lo alimentan. La vida académica del adolescente sin duda fortalece su capacidad de análisis al ejercitar la capacidad del adolescente de resolver ejercicios académicos para luego desplazar esta habilidad a su propia vida (p. 65)

Estudios como Pozzo y Carretero, (1987) muestran que en la adolescencia temprana el pensamiento formal que se va construyendo en su mente permite se analice el ambiente cercano en el cual se desenvuelve su vida, prestando atención a relaciones de poder e influencia como la de sus padres, compañeros y maestros y la obligación de acatar sus instrucciones. Además se cuestiona sus preferencias deportivas, académicas como sus

asignaturas favoritas, sociales como aquellas amistades que vale la pena cultivar y aquellas que no, el tipo de personalidad que será socialmente deseable y aceptado y la relatividad de las normas impuestas por figuras investidas de autoridad.

En la adolescencia media la persona es capaz de mostrar mayor profundidad en sus cavilaciones y se encarga de pensar en cuestiones más trascendentales y menos cortoplacistas. Replantea sus convicciones morales y se permite por primera vez cuestionar aquello que le fue inculcado como bueno o malo. De esta forma, se encarga de auto- evaluarse y cuestiona la persona en la que se ha convertido y la que desea ser en adelante, muestra mayor inclinación hacia la planificación del futuro, viéndose obligado a definir sus preferencias académicas y laborales además de plantearse la manera en la cual se desea relacionar con otros.

Finalmente, la adolescencia tardía se enfocará en “descubrir” el mundo que le rodea y pensar menos en sí mismo cómo el único fin de su existencia, a través de los medios y la academia, conoce la realidad que le rodea y la múltiples problemáticas que el mismo encierra, logrando que analice lo que entiende por justo o injusto, el verdadero rol de la fuerza en la sociedad o sus preferencias electorales. Barra (1987) cree que el adolescente

Aprende además a seguir ideales y defenderlos de quienes los cuestionan y por ello decide el tipo de oficio en el que se desarrollará en el futuro con el consecuente impacto social, político y nacional que el mismo tendrá. Por ello, el ambiente cumple un rol preponderante al proveer recursos y un entrenamiento que estimula este tipo de características en la persona. Ambientes donde se propicie el debate y discusión permiten que sus potencialidades se desarrollen (p. 55).

En cuanto al ámbito moral, el adolescente en el inicio de esta etapa se ve enfrentado entre lo que ha considerado bueno durante toda su infancia, lo que sus pares piensan sobre ello y la imagen que desea mostrar en su grupo o el sexo opuesto (Mendez y Macia, 2002, p. 69). Esta tensión provoca que diferentes tipos de reflexiones morales se hagan presente frente a los padres, hermanos y amigos, todo esto hasta que la persona desarrolle una personalidad estable y propia.

El desarrollo depende en gran medida del tipo de educación que la persona ha experimentado y ha vivido en el hogar. Experiencias de violencia y abuso suelen producir pensamientos morales deficientes mientras que un ambiente de seguridad y confianza se reflejan en mayores capacidades adaptativas en la adolescencia temprana. Al respecto y sobre el valor del ambiente, Kohlberg enunció que “más allá de un trabajo consiente por

“moralizar” al adolescente por medio de reprimendas o charlas, o refuerzos ya sean positivos o negativos, un elemento a tomar en cuenta en el aula y el hogar es enfrentar a la persona ante dilemas éticos que exijan de la persona el desarrollo de un razonamiento moral efectivo” (Mendez y Macia, 2002, p. 71-72).

El estudio de Kohleberg permitió crear vínculos claros entre el valor de la sociabilidad del adolescente y la capacidad del mismo de distinguir entre comportamientos éticos y aquellos que no lo son (Barra, 1987, p.56). Así observamos que aquellas persona que tienen círculos sociales más estrechos y actividades de aprendizaje conjunto, logran mayores niveles de desarrollo psicosocial y empatía con el que sufre o es víctima de injusticia. Esto se vuelve muy importante al momento de dar el salto de la educación tradicional por otra más vivencial que pondere el aprendizaje logrado en comunidad y que abra oportunidades al diálogo, el debate y otros ejercicios de afirmación de personalidad dentro de un entorno de confianza y seguridad.

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