2 3 1 Reforma y Contrarreforma
1. De Descartes a Husserl
“El idealismo es aquel movimiento que empieza resueltamente con Descartes y que lleva al hombre a encerrase dentro de sí. Su forma extrema es la mónada de Leibniz, que no tiene ventanas, que excluye el fuera. La mónada vive sumergida en su propio elemento. ¿Sería por esto por lo que Leibniz dice de ella que es un petit Dieu?”1 . Con la claridad a la que nos tiene acostumbrados, Ortega define toda una época de la historia de la filosofía que va desde el siglo XVII con Descartes hasta el XX con Husserl. Toda la filosofía moderna es idealismo con dos cumbres alemanas –Kant y Hegel- que dominan ampliamente una gran cordillera que recorre al menos tres siglos de cultura europea. “Por sí solo bastaría para justificar y consagrar ante el universo la existencia del continente europeo. En esa ejemplar construcción alcanza su
máxima altitud el pensamiento moderno. Porque, en verdad, toda la filosofía
moderna es idealismo. No hay más que dos notables excepciones: Spinoza,
que no era europeo, y el materialismo, que no era filosofía”2.
Este idealismo moderno no tiene mucho que ver con el antiguo, por ello precisará los dos sentidos estrictos a los que hará referencia siempre que hable de idealismo:
“Primero. Idealismo es toda teoría metafísica donde se comienza por afirmar
que a la conciencia sólo le son dados sus estados subjetivos o ‘ideas’. En tal caso, los objetos sólo tienen realidad en cuanto que son ideados por el sujeto – individual o abstracto. La realidad es ideal. Este modo de pensar es incompatible con la situación presente de la ciencia filosófica, que encuentra en pareja afirmación un error de hecho. El idealismo de “idea” no es sino subjetivismo teórico.
Segundo. Idealismo es también toda moral donde se afirma que valen más los
‘ideales’ que las realidades. Los ‘ideales’ son esquemas abstractos donde se
1J. Ortega y Gasset, O. c., V, 148: Goethe desde dentro (1932).
define cómo deben ser las cosas. Mas habiendo hecho previamente de las cosas estados subjetivos, los ‘ideales’ serán extractos de la subjetividad. El idealismo de los ‘ideales’ es subjetivismo práctico”3.
Las ideas que se encontraba Descartes en su yo solipsista y que eran el apoyo de su teología y cosmología deductiva no tienen cabida en el pensamiento orteguiano. No hay ideas eternas. La idea sólo puede tener su auténtico contenido, su propio y preciso “sentido” cumpliendo el papel, la función para la que fue pensada en la circunstancia. “He aquí el primer principio de una ‘nueva filología’: la idea es una acción que el hombre realiza en vista de una determinada circunstancia y con una precisa finalidad. Si al querer entender una idea prescindimos de la circunstancia que la provoca y del designio que la ha inspirado, tendremos de ella solo un perfil vago y abstracto. Este esquema o esqueleto impreciso de la efectiva idea es precisamente lo que suele llamarse ‘idea’ porque es lo que, sin más, se entiende, lo que parece tener un sentido ubicuo y “absoluto”. Pero la idea no tiene su auténtico contenido, su propio y preciso “sentido”, sino cumpliendo el papel activo o función para que fue pensada y ese papel o función es lo que tiene de acción frente a una circunstancia. No hay, pues, “ideas eternas”. Toda idea está adscrita
irremediablemente a la situación o circunstancia frente a la cual representa su
activo papel y ejerce su función”4. Las ideas también son una función de la vida y expresan la circunstancia concreta cuando vamos hacia las cosas. La idea abstracta, mera radiografía de la realidad, en vez de llevarnos a las cosas nos esquematizaría la vida. “La realidad, quiero decir, la integridad de una idea, la idea precisa y completa aparece solo cuando está funcionando, cuando ejecuta su misión en la existencia de un hombre, que, a su vez, consiste en una serie de situaciones o circunstancias. Lo que pasa es que todas las vidas humanas contienen elementos de situación, esquemas abstractos de circunstancias que son comunes. Y lo que llamamos una época es ya una especial comunidad y homogeneidad de situaciones. Por eso las ideas en ella ideadas muestran mayor afinidad entre sí que entre ellas y las de otra edad”5.
3Ibid., IV, 268.
4Ibid., VI, 147-148: Prólogo a Historia de la Filosofía de Émile Bréhier (1942).
Idealismo es lo contrario que vivir; aquel es absoluto y la vida es relativa, aquel es subjetivismo e interiorismo y la vida, por el contrario es estar fuera de sí, entregarse a lo otro. “Cuantas más verdades, cuantas más cosas se encuentran en el alma de Descartes, menos terreno queda en ella para lo íntimo, para lo genuino suyo. Como se ve, lo verdadero y lo subjetivo son
mundos contradictorios”6.
En un curso que Ortega impartió en la universidad de Buenos Aires el año 1940 y que quedó resumido en el periódico La nación del 8 de diciembre del mismo año7 expone la crítica fundamental del idealismo:
“Husserl, como todo idealismo, de quien es último representante, parte de afirmar como hecho básico y de máxima evidencia, que la realidad se constituye en la conciencia de ella. Por ejemplo: en la conciencia de (el mundo real) que tenemos y que consiste principalmente en la clase de actos conscientes que denominamos “percepciones”. La efectiva realidad de ese
mundo es sólo relativa, a saber, relativa a esa conciencia de él que tenemos.
Pero como la realidad excluye la relatividad de sí misma, quiere decirse que la realidad del mundo, al ser relativa a la conciencia de ella es problemática y sólo
es realidad absoluta mi conciencia de (la realidad del mundo). La realidad de mi
conciencia de algo es relativa a sí misma, porque, según Husserl y todo el
idealismo, la conciencia sería consciente de sí misma o, dicho de otro modo, se
es a sí misma inmediata. Pero ser relativo a sí mismo equivale a ser absoluto.
Ahora bien, si la conciencia de... es la realidad absoluta y, por serlo, aquélla de que hay que partir en filosofía, sería una realidad en la cual el sujeto, yo, estaría dentro de sí mismo, de sus actos y estados mentales. Pero eso, existir
estando dentro de sí mismo, es lo contrario de lo que llamamos vivir, que es
estar fuera de sí entregado ontológicamente a lo otro, llámese a esto otro
mundo o circunstancia”8.
6Ibid., II, 32: Renan (1916).
7Ibid., VI, 28, nota 1: Apuntes sobre el pensamiento, su teurgia y su demiurgia
(1941).
Por eso continúa Ortega: “Partir de la vida como hecho primario y absoluto equivale a reconocer que la conciencia de es sólo una idea, tanto o cuanto justificada y plausible, pero sólo una idea que viviendo yo por motivos que previamente se dan en este nuestro vivir, descubrimos o inventamos. La razón
vital no parte, pues, de ninguna idea y por eso no es idealismo…Husserl
intenta, sobre todo en el libro mencionado, llegar por medio de la fenomenología a las raíces (reflexiones radicales) del conocimiento. Como no puede menos, anticipa que esas raíces no son cognoscitivas, sino preteoréticas, digamos vagamente vitales. Pero, como todo esto lo encuentra haciendo fenomenología y ésta no se ha fundamentado y justificado a sí misma, toda la consideración flota en el vacío”9.
La superación del idealismo, en el que Ortega fue formado en sus años de Marburg, es el gran reto, no sólo de alguno de sus libros como El tema de
nuestro tiempo, sino de gran parte de su reflexión filosófica. El realismo había
quedado muy atrás y el idealismo había impregnado la cultura europea de los últimos siglos, pero sus posibilidades estaban agotadas, había que buscar una nueva vida o una nueva filosofía. “Con audacia y constancia gigantes, durante cuatro siglos el hombre blanco de Occidente ha explorado el mundo desde el punto de vista idealista. Ha cumplido hasta el extremo su misión, ensayando
todas las posibilidades que él incluía. Y ha llegado hasta el fin –ha llegado a
descubrir que era un error. Sin esa magnífica experiencia de error, una nueva
filosofía sería imposible; pero, viceversa, la nueva filosofía –y la nueva vida-
sólo puede tener un lema cuya fórmula negativa suene así: superación del idealismo.
De ser la fórmula más exacta de cultura, todo gran punto de vista pasa por agotamiento a ser una fórmula de incultura. Porque cultura, en su mejor sentido, significa creación de lo que está por hacer, y no adoración de la obra una vez hecha. Toda obra es, frente a la actividad creadora, materia inerte y limitada. Así, el idealismo, un tiempo nombre de empresas y hazañas
peligrosas, se ha convertido en un fetiche de beatería cultural, de los negros de la cultura. Las vagas resonancias de tan bella palabra provocan en la gente de retaguardia deliquios estáticos”10.