E L RADICALISMO IZQUIERDISTA DE TCO: LAS APORTACIONES DE UN AUTOR ICONOCLASTA
7. La desconfianza en el progreso
Una de las creencias que dominaron al mundo cultural del siglo XIX fue que el progreso social de la humanidad era un proceso no sólo benéfico, sino también necesario e inevitable. Esta idea, compartida por figuras intelectuales de distintas corrientes ideológicas, se encontraba ampliamente difundida entre diversos sectores de la sociedad y de forma prominente en los Estados Unidos de América.
En algunas propuestas teóricas se encuentra una fusión entre progreso y evolución. Es decir, ellas trataban de imprimirle un sello de finalidad científica a la pretensión de la evolución de ser el progreso mismo.
Como ya se ha mostrado, Spencer fue uno de los pioneros de la teoría evolucionista moderna. Desde hace varias décadas, se ha entablado un debate importante en torno a la interpretación de Spencer acerca de la relación entre evolución y progreso.
Muchos autores han insistido en que la visión de Spencer se basaba en una idea de la evolución como un proceso que se desenvuelve a partir de un plan preestablecido, automático e inevitable. La interpretación anterior es debatible. Es cierto que pueden encontrarse pasajes spencerianos importantes en donde se revela una perspectiva teleológica evolucionista y que, para el inglés, el orden social ideal era el del libre mercado, la propiedad privada inviolable y la cooperación voluntaria.
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Sin embargo, en la misma obra de Spencer encontramos afirmaciones en las que se denuncian las visiones de la evolución como algo inevitable y que avanza de acuerdo a un patrón fijo. Aun así, encontramos que se refería a que la evolución tiene una dirección; por ello hablaba de movimientos de progresión y de retrogresión. Identificaba que todas las sociedades atraviesan por procesos de diferenciación y tendían a la heterogeneidad. Este último concepto era una manera extremadamente general de referirse a la evolución social. Spencer no creía que las secuencias evolutivas necesariamente se asemejaran unas a otras, al comparar una sociedad con otras.
En el caso de Veblen, el margen de interpretación y discusión es considerablemente menor, ya que su posición va claramente en el sentido de que la evolución natural y social es azarosa y su desenlace incierto. Más importante aún era su argumento en torno a la sobrevivencia de instituciones arcaicas y su desfase con el desarrollo tecnológico. Los instintos, hábitos e instituciones bárbaras, ligados a la sobrevivencia y evolución del esquema general de vida de la clase ociosa, constituían el lastre que impide el establecimiento de un orden social superior, basado en el conocimiento naturalista de la realidad: la emulación del instinto del trabajo eficaz, la cooperación y la armonía. En ello consistía su socialismo. Para alcanzarlo, era imprescindible eliminar las instituciones mancomunadas de la propiedad privada y de la clase ociosa, sustentadas ambas en la depredación, la emulación valorativa con base en la ley del derroche ostensible del ocio y el consumo conspicuos.
En TCO, Veblen encontró algunos indicios alentadores de que el entorno cambiante estaba permitiendo el surgimiento de grupos con valores e ideas propicios para la conformación de una verdadera sociedad industrial moderna, libre de la institución de la clase ociosa. Entre estos se encontraban los trabajadores industriales, pero también las y los integrantes del movimiento de la “Nueva Mujer” y de la educación práctica del Kindergarten, vanguardia de lo que podría ser un tipo humano distinto en un entorno institucional propicio. Sin
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embargo, en ningún momento aparecía destello alguno de una fe en que la evolución estuviera destinada inevitablemente hacia ese destino. Los trabajadores y las mujeres identificados con estos proyectos emancipatorios habían surgido gracias a que los primeros, dentro de la esfera productiva, estaban inmersos en la vida de la industria (aunque no así a la hora de convertirse en consumidores y de hallarse sometidos a los cánones de gusto pecuniario de la clase ociosa) y, las segundas, debido a su condición de persistente sometimiento de estatus a los hombres, así como a aquélla otra de volverse consumidoras vicarias, se hallaban alejadas de la vida depredadora del mercado y de los negocios de sus maridos, los capitanes de industria. Nada garantizaba, entonces, que el proceso evolutivo condujera, por adaptación selectiva, al triunfo de los primeros y a la extinción del esquema general de vida de los últimos.
Sin embargo, Veblen, vio con cierto optimismo que los hábitos heredados de la cultura bárbara depredadora y cuasi pacífica se encontraran menos arraigados que los del estadio cultural anterior de vida económica pacífica y relativamente indiferenciada, adaptada y desarrollada a un entorno material simple. Los hábitos mentales emuladores y depredadores bárbaros de la clase ociosa, podrían estar iniciando “un proceso de desintegración, en virtud del cual los hábitos mentales de desarrollo más reciente y de carácter menos genérico ceden terreno, en cierta medida, ante las características espirituales más antiguas y más profundas de la especie” (Veblen, 1899 /2005: 366-367). Había indicios significativos de una evolución marcada por cierta tendencia general de “decadencia general del sentido de status en las comunidades industriales modernas”, así como de un “perceptible retorno a una desaprobación de lo fútil en la vida humana y de aquellas actividades que sirven únicamente al beneficio del individuo a costa de la colectividad o de otros grupos sociales” (Veblen, 1899 /2005: 367).
Finalmente, entonces, Veblen coincidía con Spencer en la posibilidad de un inseguro, pero probable progreso de la humanidad, identificado con la evolución social de esta última, aunque, a diferencia del autor inglés, también pensaba que
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la evolución natural de la especie humana había hecho de sus miembros, en principio, “buenos salvajes”, desprovistos de los rasgos arcaicos que luego afectarían a la propia humanidad en la evolución social de algunas de sus porciones, que había llevado a las clases ociosas y su consumo conspicuo.
Quizás se trataba en la actualidad, para Veblen, de los albores de una etapa basada en un carácter humano “que se inclina hacia la paz y no a una vida de egoísmo, fuerza, fraude y dominación” (Veblen, 1899 /2005:368). La influencia de la clase ociosa no se ejercía de un modo decidido, ya fuera a favor o en contra del resurgimiento de esa naturaleza humana primitiva. Y paradójicamente, por efecto de las instituciones de la clase ociosa, algunos de sus miembros se habían retirado de la lucha pecuniaria, lo cual favorecía la reversión al tipo humano antiguo más anhelado. Por otro lado:
Debido a los cánones de derroche ostensible de cosas y esfuerzos propios de la clase ociosa, la institución de tal clase disminuye las posibilidades de supervivencia de los individuos de ese tipo en el cuerpo general de la población. Las exigencias de derroche impuestas por el decoro absorben la energía sobrante de la población en una competencia valorativa y no dejan margen para ninguna expresión de la vida que no tenga carácter valorativo (...) y (para) inculcar la actitud egoísta” (Veblen, 1899 /2005: 368).
Esas eran las fuerzas, instintos, hábitos e instituciones, que se encontraban en disputa en el seno de la sociedad industrial moderna. El desenlace, según Veblen, era impredecible, ya que dependía de un proceso evolutivo esencialmente azaroso y sin cierto sentido preestablecido, en el que intervenían tanto rasgos heredados como procesos de adaptación selectiva.
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