. El concepto de capacidades y funcionamientos ha sido extendido para incluir muchas otras dimensiones del bienestar. Por otro lado, Amartya Sen plantea que la inequidad dificulta el crecimiento por que deja a una parte de la población sin capacidad de funcionar. Las desigualdades del ingreso se constituyen en el “resultado” de un proceso de desigualdad anterior donde existen otros factores de accesos básicos y distribuciones de poder que inhiben la generación equitativa de ingresos de las personas. Si bien parte de un enfoque individual, esta visión de bienestar también se puede extender a la desigualdad grupal u horizontal. El mismo autor en este marco plantea la noción de “agencia”, haciendo referencia a la posibilidad de libertades de las mujeres de generar cambios para sí mismas y para la sociedad (Sen, 1999).
La participación laboral femenina ha experimentado cambios importantes durante la historia del capitalismo. De acuerdo a Arenas (2003), en el siglo XIX ya el trabajo de las mujeres era una actividad muy importante en la actividad agrícola y de manufactura. No obstante, la industrialización, dado el proceso antes mencionado, generó que las mujeres se retraigan hacia el ámbito privado del trabajo no remunerado. Si bien la actividad fabril era un espacio donde las mujeres europeas y americanas podían ingresar, esto era únicamente como trabajadoras secundarias, en épocas de desempleo o crisis económica, o durante las guerras. Esto también generó que se dejen de lado los trabajos de las mujeres en la agricultura, que antes había sido un puntal fundamental para la sobrevivencia de las familias. No obstante estas actividades productivas tradicionales continúan siendo fundamentales para el trabajo de las mujeres en economías menos desarrolladas. Y el trabajo a domicilio se ha convertido contemporáneamente en una opción “novedosa” en el marco de la conciliación entre empleo y familia.
De modo que la inserción de las mujeres en un inicio ocurrió en las actividades más afines a sus tareas anteriores, al igual que en empleos con lento avance
48 En línea con Sen, Martha Nussbaum (1992, 1993, 2000) ha planteado una composición compleja de estas dimensiones,
que incluye aspectos materiales e inmateriales de la vida, cuya discusión es sumamente relevante en el debate de la reproducción y la producción económica, como se verá más adelante.
tecnológico, tales como textiles y utensilios pequeños para el hogar (esto se realizaba más en talleres y menos en fábricas grandes). Esta inserción ocurre previa adaptación a través de visitas que realizaban las mujeres acompañando a sus padres y maridos a las fábricas. Se dio además en primera instancia en las familias más pobres fundamentalmente obreras, y en respuesta a crisis de desempleo o bajos salarios de los cónyuges. No obstante, la mayor participación era de mujeres solteras y muy jóvenes. Otra ocupación importante de las mujeres (solteras) era el trabajo doméstico, en especial para las migrantes del campo hacia la ciudad y países menos desarrollados, en el caso de Europa.
En el caso de América Latina, en las épocas iniciales del capitalismo el empleo femenino era muy elevado, tanto en las fábricas como en la producción doméstica; se trataba de oficios poco calificados y remunerados que fueron poco a poco cediendo paso al trabajo mejor remunerado de sus cónyuges durante el auge del crecimiento económico a inicios del siglo XX, lo cual no ocurre en Estados Unidos, en donde dominaba el rechazo social hacia el empleo femenino.
La segunda mitad del siglo XIX, en conjunto con el establecimiento del capitalismo industrial, presencia la reducción paulatina de la participación femenina (e infantil) en la fuerza laboral, debido a que los salarios de los hombres crecen junto al crecimiento de los países y de las industrias, dada la mayor calificación, la tecnología y la competencia externa. En el caso de empresas de menor desarrollo técnico y menos dinámicas, mantienen una participación femenina más o menos importante, con salarios bajos. Así el salario de las mujeres se reduce como aporte al hogar, y es sustituido por el salario familiar que es recibido por el hombre proveedor y “cubre” las necesidades de la familia, porque además está vinculado al seguro y la asistencia social. La especialización, la diversificación y la tecnificación apartaron a las mujeres del trabajo en las empresas, bajo la consideración de menor capacidad y menor posibilidad de ejercer poder sobre subordinados. No obstante, en los sectores en que la competitividad no es posible vía mejora tecnológica y de productividad, mantuvieron (y esto ocurre hasta el presente) mano de obra femenina y poco calificada. Por otro lado, los trabajadores varones, organizados y con salarios más altos, generaron barreras a la entrada de las
mujeres (Humphries, 1997), dado el orden patriarcal reforzado por el capitalismo, el relativamente bajo aporte de las mujeres y las obligaciones domésticas. Este orden se naturaliza al igual que el salario familiar49
En las últimas décadas del siglo XX, los cambios en las necesidades del sistema económico como consecuencia de las guerras y crisis económicas, al igual que otros cambios a nivel micro como avances en la educación y fertilidad, y las , la discriminación y la lucha desigual de las mujeres por posiciones en el ámbito social, reforzada por las organizaciones de trabajadores. De este modo, las brechas salariales se amplían y el salario de los varones se mueve con el auge económico, llegando a la consideración del salario femenino como poco relevante, al menos en comparación con el aporte que demanda su obligación doméstica.
Siguiendo a Carrasco (2001), durante el siglo XX estuvo vigente un “pacto social”, en el cual se acepta y asume la noción de trabajo como empleo estable y con seguridad social, pensado como un derecho individual. Por otro lado, este trabajo como empleo era también asumido como una actividad mayoritariamente masculina. Como contraparte, el pacto social aceptaba también un cierto modelo de familia (cuyo origen es anterior) en el que está un hombre “proveedor” (empleado formal) y una mujer ama de casa; este modelo está fundamentado en la idea del matrimonio donde están claros los roles de cada miembro. El empleo de las mujeres es visto como “atípico”, secundario o extraordinario, y generalmente no aceptado. La familia (la madre) debe, en este sistema, encargarse de la construcción de los valores morales de los miembros de la familia con el fin de que el “mercado no los corrompa”(Smith), y por ende la familia es un espacio “sagrado” y está separado del mercado. Es la economía capitalista industrializada la que genera la división definitiva entre el trabajo en el ámbito público (la empresa) y el ámbito privado que hasta antes de la revolución industrial era un espacio productivo; allí se refuerza también la división sexual del trabajo. En este sentido las mujeres se encargan de criar la futura y actual fuerza de trabajo, de forma que ésta pueda participar en el mercado (Pateman, 1995).
49 Adicionalmente se pensaba que la “convivencia” de hombres y mujeres en el espacio laboral podría traer hijos no
decisiones propias de las mujeres, generan que este pacto modelo cambie y a partir de los años 60 en Europa y Estados Unidos y 70’s en América Latina se tenga un crecimiento acelerado de la participación laboral femenina. Esta participación no tiene como correlato la reducción de la dedicación al trabajo de cuidado por parte de las nuevas empleadas: la sociedad no ha tomado corresponsabilidad, considerando que estas tareas les corresponden, aún cuando estén realizando otro tipo de trabajos.
Por el lado de la política o asistencia social, las mujeres son consideradas hasta antes de los 70 como beneficiarias de la asistencia social, dependientes y representadas por su cónyuge (o su padre), respondiendo al desarrollo histórico de las economías capitalistas occidentales. A la vez esta situación ha determinó la posición de los hombres y las mujeres en la distribución de recursos al interior de los hogares.
Si bien las sociedades “culturalmente” valoran el trabajo doméstico y lo consideran fundamental para la formación de la fuerza de trabajo, la posición de quienes lo realizan es subordinada, dado que lo que se valora es la contribución económica/monetaria (o percibida como tal) y esto determina la posición de las personas dentro del hogar. Es más, no es sólo ingreso monetario lo que se consigue en el mercado de empleo, sino también “salario social” (Rodríguez Enriquez, 2001), dado que el sistema de seguridad social está pensado a partir de la ocupación mercantil y el empleo. La seguridad social le da a quien está adscrito una “representación” sobre quienes son dependientes, en este caso, los y las hijas, y la cónyuge que no participa en el empleo.
Esto también cambia hacia las últimas décadas del siglo XX. El salario familiar como salario del “ganador del pan” pierde vigencia, ya que las relaciones laborales para todos y todas las trabajadoras cambian; el trabajo estable va desapareciendo, el trabajo en relación de dependencia da paso al trabajo “autónomo” o por cuenta propia, muchas economías entran en cadenas internacionales del valor como prestadoras de fuerza de trabajo y las modalidades de contratación se diversifican e internacionalizan. Esto combinado con la creciente participación de las mujeres
profundiza también las brechas salariales y la desprotección laboral, dados regímenes de trabajo que no están regulados y por ende no gozan de derechos laborales.
La explicación de este comportamiento de la participación femenina (y las brechas de género) en mercado laboral en la historia remite a una explicación que está lejos de ser lineal. Hace referencia a factores estructurales que expliquen la relación entre el progreso económico y desigualdad, recordando que la desigualdad es una “relación” macro, micro y mesoeconómica. Es decir, es una relación entre individuos (vertical), entre grupos (horizontal) y entre agregados económicos50
La desigualdad de género se enmarca dentro de las principales desigualdades horizontales, que también conlleva desigualdades verticales, y a la vez tiene consecuencias, tanto para la equidad general como para la eficiencia y el crecimiento económico. La economía feminista propone un debate interesante que propende justamente a esta vinculación micro-macro, a través de dos conceptualizaciones clave. La primera, muestra que las políticas y fenómenos macroeconómicos se vinculan o filtran hacia las personas/hogares a través de un sistema de instituciones, entre ellas el mismo Estado, el mercado y la comunidad, en donde opera un orden que no necesariamente responde a la automaticidad completa ni a la organización completa: se trata de un orden de género, basado en un sistema de relaciones de poder que ha permitido que un conjunto normativo/político (visible, masculino) domine o ejerza influencia sobre el otro (invisible, femenino). La consecuencia de esto es la discriminación y segregación laboral (Carrasco, 2001)
. Y los mecanismos que explican esta desigualdad (y de ella, sus vinculaciones con el crecimiento y el progreso económico), ocurren en estos tres estos niveles.
51
50 Es decir, la relación factorial, o de capital/trabajo. Esta relación también se asume como de clases en algunas teorías
económicas, con lo cual también está en el nivel horizontal.
51 Estos conceptos serán explicados a profundidad en el capítulo 3 de este trabajo, el que incluye la medición de la
discriminación y su rol en el crecimiento económico.
La segunda tiene que ver con lo que se ha llamado el “debate sobre el trabajo doméstico”, que trata de explicar las relaciones entre la esfera del mercado (llamada económica) y la del ámbito doméstico (llamada no económica). En este debate se plantea que el proceso de acumulación utiliza las “energías humanas” como mercancías y el trabajo doméstico reproduce estas energías como parte integrante de las personas. Desde el punto de vista externo del hogar, estas energías se dirigen de la reproducción de las personas a la producción de mercancías. Desde el punto de vista interno del hogar, la producción de mercancías es el medio y la reproducción el fin (Picchio, 2004). En este sentido, la producción y reproducción constituyen parte del mismo proceso continuo.
Este proceso está atravesado por relaciones de género. La reproducción de la fuerza laboral involucra un proceso productivo basado en el trabajo no remunerado que se gestiona desde la división sexual del trabajo y cuyo valor se transfiere al sistema económico mercantil sin considerar su costo. La oferta laboral es entonces fruto de un conflicto en el espacio reproductivo. La demanda, por otro lado, está basada en las condiciones tecnológicas de la producción y en los comportamientos mercantiles respecto a esta producción. El juego de oferta y demanda de trabajo, es decir, el “mercado”, es, pues, resultado de un sistema de conflictos. Así, la distribución entre salario y ganancia está centrada en las tensiones entre las condiciones de vida y la acumulación (Picchio, 1994).
En este sentido, tomando la definición clásica de “precio natural” del trabajo (precio normal que refleja el costo de reproducción, históricamente dado, de la población trabajadora), se podría entender que el salario refleja el proceso de reproducción social de los trabajadores y sus familias, aunque su valor de mercado no incluya todo este proceso. Igualmente, el desempleo constituye una tensión entre estos dos ámbitos, por lo tanto es fruto de un proceso de conflicto dado por la separación entre proceso de producción de mercancías y el de reproducción de la población. En consecuencia, el mercado laboral no es neutral o “esterilizado”, sino que es sede de conflictos y de valores inherentes a la relación distributiva.
Esta relación estrecha entre el trabajo de reproducción y el desempleo está materializada en los mercados y en los hogares. El proceso de decisión intra hogar sobre la utilización del tiempo en el trabajo mercantil o en el no mercantil provee a las relaciones económicas de una tecnología del poder basada en la retroalimentación entre el sistema económico y el sistema de género. El mercado laboral reproduce las desigualdades generando valores que alimentan nuevamente el sistema pero no retribuyen el trabajo de reproducción, agotando en el largo plazo las posibilidades futuras de reproducción de la fuerza de trabajo (Carrasco, 2003). Es decir, la división sexual del trabajo provee un mecanismo de transmisión de valor hacia el sistema económico mercantil, y más específicamente, hacia el capital. En el diagrama 1 se ubica a la izquierda el proceso de reproducción de la fuerza de trabajo que está basado en la división sexual del trabajo. En este proceso entran como insumos: i) los bienes salario que se materializan en el salario remunerado al trabajo; ii) el trabajo doméstico, que transforma y utiliza estos bienes más otras capacidades para reproducir la fuerza de trabajo, y que no está remunerado. La fuerza de trabajo se involucra en el proceso de producción generando ganancias, pero como el salario no fue calculado considerando el trabajo de reproducción, el valor que este genera no retorna al trabajo, de modo que aporta directamente a la acumulación.
Diagrama 1:
Trabajo reproductivo y acumulación
Proceso de reproducción/ producción en el ámbito doméstico Trabajo Bienes salario Salario Fuerza de Trabajo Proceso de producción de Mercado e intercambio Ganancias del Capital Remuneración del Trabajo No remunerado Proceso de reproducción/ producción en el ámbito doméstico Trabajo Bienes salario Salario Fuerza de Trabajo Proceso de producción de Mercado e intercambio Ganancias del Capital Remuneración del Trabajo No remunerado Elaboración: propia
Por ende, la incorporación del proceso de reproducción de la fuerza de trabajo en las teorías del crecimiento económico implica la reconsideración de varios de sus conceptos fundamentales. Por ejemplo, la producción debe entenderse como la producción de bienes y servicios que están y no están en el mercado, dado que muchos de los servicios que se proveen en el ámbito reproductivo no tienen un equivalente en el mercado o más aún, son realizados en tiempos distintos y no divisibles (Gomez Luna, 2002) pero forman parte de la producción del trabajo y la reproducción social. El trabajo debe considerarse integradamente, como el esfuerzo que genera fuerza de trabajo y valor, en línea con la argumentación anterior, y por ende el precio debe incluir el trabajo doméstico no remunerado y el ahorro en que las familias incurren al cargar en este último sus carencias de ingresos (reconociendo que no todas las actividades reproductivas son “mercantilizables”). En este sentido, la oferta de trabajo se constituye en un ámbito de conflicto y un elemento endógeno al sistema económico y la producción como una continuación del proceso de reproducción. La formalización de una teoría de crecimiento integrada que incluya estos conceptos es un campo de necesaria extensión investigativa.
En consecuencia, para entender las características del mercado laboral es necesario considerar las relaciones entre los dos ámbitos de trabajo y, ante todo, la lógica del trabajo doméstico, en especial en el caso de las mujeres, para quienes las tareas domésticas en muchos casos definen la totalidad de sus acciones económicas y laborales. De hecho, las modalidades de ocupación de las mujeres - que pueden ser fruto tanto de la política laboral como de relaciones laborales - reflejan la tensión entre participación y organización del proceso de producción lo cual ha sido “resuelto” a través de flexibilidad, segregación y diferencias salariales por igual trabajo52
El diagrama 2 muestra las vinculaciones entre el trabajo doméstico y el mercantil. El proceso de reproducción de la fuerza de trabajo tiene dos consecuencias
.
52 El trabajo de tiempo parcial es mayoritariamente femenino (aunque hay incrementos sustanciales en la intensidad del
trabajo en las últimas décadas, para hombres y mujeres), y es flexible pero no de disponibilidad inmediata (lo cual si ocurre con los hombres), además de ser más “elástico”. La elasticidad de la oferta femenina es un punto clave en la presente investigación.
directas: la primera, la generación de fuerza de trabajo (con un valor de mercado menor al que debería tener considerando el costo de trabajo total). La segunda, un comportamiento particular de la oferta laboral que puede tener, a su vez dos efectos: i) el trabajo doméstico puede constituirse en una barrera para la entrada al mercado, es decir, generar que no se oferte trabajo en el mercado; y ii) si esta entrada se produce, sus condiciones de permanencia pueden estar marcadas por situaciones provenientes del orden de género que envían señales negativas al mercado: se “asume” que las mujeres tienen más largos períodos de desempleo, poca disponibilidad y mayor movilidad, y presentan demandas laborales más costosas debido a los períodos de maternidad. También se asume que las mujeres son mejores trabajadoras en las actividades relacionadas con sus roles tradicionales, y como su historial de salario es más bajo y su tiempo menos elástico, el salario que se les otorga así como su costo de oportunidad, son más bajos en relación a los hombres53
Proceso de reproducción/ producción en el ámbito doméstico División sexual del trabajo Fuerza de Trabajo No oferta de trabajo de las mujeres Salario de subsistencia no incluye valor de reproducción - Movilidad - Períodos más largos de desempleo - Demandas “costosas” No actividad remunerada, no autonomía económica Barreras a la entrada Discriminación Segregación Proceso de reproducción/ producción en el ámbito doméstico División sexual del trabajo Fuerza de Trabajo No oferta de trabajo de las mujeres Salario de subsistencia no incluye valor de reproducción - Movilidad - Períodos más largos de desempleo - Demandas “costosas” No actividad remunerada, no autonomía económica Barreras a la entrada Discriminación Segregación Proceso de reproducción/ producción en el