En la primera fase de la expansión de la escuela se dio por sentado que distintos grupos sociales debían recibir diferentes tipos de educación, o que unos debían recibirla y otras no. Voltaire, el príncipe de la luz, no vaciló en protestar porque los freres de les
pétites écoles alfabetizasen a algunos pobres, lo cual consideraba un peligro, y Rousseau,
el descubridor de la especificidad de la infancia e inspirador de la pedagogía moderna, no llevó sus preocupaciones por la educación más allá de los límites de la pequeña nobleza. Los mismos u otros autores podrían ser invocados como defensores de la no educación o de una educación plenamente distinta, y netamente inferior, para la mujer. En los pueblos colonizados y otros considerados inferiores o primitivos ni siquiera pensaron, pero lo hizo por ellos, más de un siglo después, Jules FERRY, el creador de I'école unique ... para la
metrópoli, quien en todo momento afirmó que los derechos humanos -y, con mayor razón, los civiles y políticos, por lo que no necesitaba añadirlo- no estaban hechos para las colonias.
Después vendría la puesta en pie de una doble red partida por cada una de las divisorias mencionadas: ricos y pobres, hombres y mujeres, mayoría y minorías (en las colonias, numéricamente, sería al revés: minoría y mayoría). Las clases populares fueron confinadas a las escuelas elementales, populares, pétites écoles, escuelas alemanas (así llamadas en la Italia renacentista), etcétera, mientras los sectores acomodados acudían a los gimnasios, liceos, institutos ... Esta divisoria entre dos sistemas independientes se convertiría más tarde en una secundaria bifurcada: Centres d'Enseignement Technique frente a Lycées, Hauptschulen frente a Gymnasia, secondary modern frente a grammar
schools, continuación de estudios o formación profesional frente a bachillerato, y así
sucesivamente. Las mujeres fueron escolarizadas por separado, en centros específicos donde la cantidad y densidad de población lo hacía posible o, donde no se podía, en grupos específicos dentro de los mismos centros, pero sólo en los mismos grupos que los hombres donde no quedaba más remedio que hacerla así (en pequeñas escuelas rurales), si era posible a cargo de maestras mientras los maestros se ocupaban de los alumnos, y siempre con un programa de estudios formal e informalmente diferenciado. Las minorías, en fin, fueron escolarizadas por separado, en unos casos dentro de una red completamente segrega-
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da, con planes de estudios propios y profesores de su grupo social (como se hizo con los negros en los EE.UU.), en lo que debía entenderse como un mensaje en sí mismo sobre su segregación, y en otros bajo los planes y la batuta de los agentes del grupo dominante (como en las escuelas-puente para los gitanos españoles), en lo que habría de leerse como un mensaje de asimilación.
Esta aceptación de una jerarquía escolar, más o menos correspondiente a la jerarquía económica, social y política (pero sin olvidar que la escuela es hoy, como la iglesia ayer, la única fuente de movilidad social de algunos sectores, mientras que para otros sólo es un añadido, un acompañamiento y una fuente de legitimidad), era compatible con demandas igualitarias de carácter territorial. Demandas, por ejemplo, de igualación de las provincias con la capital, de las regiones más retardadas con las más avanzadas, del interior pobre con la periferia próspera o del campo con la ciudad. Durante mucho tiempo, las desigualdades en materia escolar se identificaron en gran medida con las desigualdades territoriales -entre otras cosas, porque había una segregación residencial entre las clases sociales más omnipresente y visible, y porque la escasa información administrativa disponible apenas era territorial-, por lo que las propuestas se limitaban a dotar por igual a las provincias, a las ciudades o a las aldeas (un instituto en cada capital de provincia, una escuela en cada pueblo, etcétera). Las políticas igualitarias, en todo caso, se planteaban como un problema de provisión de infraestructuras públicas: dónde había o no centros suficientes y dónde debían ser creados.
Pero las desigualdades sociales no territoriales pronto saltaron al proscenio. Primero fueron las desigualdades de clase, que dominaron el debate sobre la política educativa prácticamente hasta los años sesenta del siglo recién terminado; después, y más o menos a partir de esa década y la siguiente, las desigualdades de género; por fin, a partir de los ochenta -aunque antes en los países de inmigración masiva, como los Estados Unidos-, las desigualdades étnicas. Aunque toda desigualdad es, en última instancia, una desigualdad entre individuos, no todas son percibidas de la misma manera. La atención prioritaria a las desigualdades territoriales puede considerarse como el efecto de una dinámica política elitista, todavía no atenta, o no necesariamente atenta, a las desigualdades individuales en cuanto tales. Se puede reclamar un instituto o una universidad en cada provincia, por
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ejemplo, al ,mismo tiempo que se descuidan los niveles educativos inferiores. Esa suele ser, de hecho, la dinámica del nacionalismo y, en forma atenuada, la de todo regionalismo o localismo: se moviliza a todos bajo la demanda y la promesa de obtener mejoras generales, pero los únicos que, con seguridad, mejoran su posición, son los miembros de las elites; los demás raramente mejoran y, muchas veces, empeoran. Algo de esto puede ocurrir, aunque en menor medida, con las reivindicaciones feministas y étnicas. Se puede reivindicar la eliminación de cualquier mecanismo discriminatorio de género, por ejemplo, al tiempo que se predica un darwinismo extremo. O se puede reivindicar un lugar bajo el sol para las elites de talo cual grupo étnico sin que ello signifique que se quiera la igualdad dentro de él (por ejemplo, entre hombres y mujeres) -algo que resultará más probable cuanto más cerrado sea el grupo en sí, cuanto más constituya por sí mismo una comunidad, un espacio autónomo de convivencia-o Pero, en todo caso, mientras que las demandas de igualdad interterritorial son demandas de igualdad entre personas que no conviven cotidianamente, las demandas de igualdad entre los individuos, es decir, contra las desigualdades de clase, género o etnia, son demandas de igualdad intraterritorial, o sea, entre quienes conviven de manera ordinaria: es eso, su relación con la experiencia vivida, y no sus efectos últimos, lo que les confiere un carácter individual.
A su vez, las demandas de igualdad genérica o étnica repre- sentan algo distinto que las demandas de igualdad entre las clases. Cuando pensamos en la igualdad entre mujeres y hombres o entre gitanos y payos tenemos en mente la eliminación de cualquier forma de desigualdad ligada al origen, a rasgos adscriptivos, a características que la gente no puede ni necesita cambiar; por el contrario, cuando criticamos las desigualdades de clase, si es que lo hacemos, nos oponemos a las consecuencias, o a algunas de las consecuencias, de actos que las personas hacen por sí mismas y libremente -al menos en un sentido formal, que es muy importante-: trabajar más o menos, mejor o peor, en esto o lo otro, gastar mucho o poco, invertir aquí o allá, con la consecuencia de empobrecerse o enriquecerse -pues, por mucho que relacionemos el empobrecimiento de unos con el enriquecimiento de otros, lo que es bastante sensato, sigue tratándose de actos personales, no obligados-. Pero cuando hablamos de las desigualdades de clase ante la educación no nos referimos a los efectos de
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la clase sobre quien se ha convertido en parte de ella a través de su propia acción -más o menos condicionada pero Iibre-, sino a sus efectos sobre quienes son parte de ella sin comerlo ni beberlo; no nos referimos, en realidad, al obrero ni al patrón, al rico ni al pobre, al autónomo ni al asalariado ni al rentista, sino a sus hijos. Se trata también, pues, como en los casos del género y la etnia, de las oportunidades iniciales de las personas, no de sus destinos finales. Puede afirmarse que la sensibilidad social ha disminuido notablemente en relación con las desigualdades adquiridas (las basadas en todo o en parte, aunque sea en muy pequeña parte, en la propia acción) mientras que ha aumentado espectacularmente en relación con las adscritas (las basadas en rasgos de nacimiento, o no modificables). Para lo que nos ocupa, esto se traduce en que han perdido mordiente las desigualdades de clase y lo han ganado las de género y etnia.