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El desorden cósmico no puede explicarse por la caída de Adán, agen­

el alma es una fuente de fuerza que ella misma dirige en sí proponiendo con su imaginación un objetivo que cumplir.

66 El desorden cósmico no puede explicarse por la caída de Adán, agen­

te demasiado poco potente. Esta doctrina será tomada por Boehme. Este mundo fue antiguamente el cielo de Lucifer.

67 Paracelso, Phüosophia de elemento aeris, Das erste Buch Meteoro- rum; Obras, vol. VIII, 288: «Wie wol wir gesetz haben, wie Gott die Ele­

menten auss Nichten gesetzt hatt unnd gemacht: als ein G o tt... An der Statt da die vir Element stehnd, ist gewesen das darauss verstossen ist in die Hellen, unnd hatt die Statt besessen mitsampt seinem Anhang. Dann das ist der Himmel auss welchem er verstossen worden: unnd die statt darinnen die vier Elementa begriffen werden... solchs ist wohl ein Hell zu rechnen wann ein Engel des Paradieses, herauss gestossen wirdt in die Welt und beraubet dess Paradeiss. Grösser möcht sein Hell nicht sein, wan dem das da ewig ist... soll wohnen im zergänglichem... Also beschliessen: wir dass die Statt der vier Elementen gewesen ist der Himmel dess Lucifers».

mentó*68, los seres superiores, los ángeles, por ejemplo, no se alimentan por la boca como hacen los animales y como nosotros hacemos desde entonces. Adán no tenía intestinos ni partes. No estaba sometido a la muerte. Siendo andrógi­ no debía engendrar mágicamente69.

El hombre actual representa al universo actual. Es siempre microcosmos. De igual modo que el uno ha sido producido por la

matrix

de la naturaleza, por el

firmamen­

to,

el otro lo ha sido por la

matrix

de su madre. Es un des­ perdicio, de la misma forma que el universo material lo es. No tiene más que un tiempo para vivir, y el universo mate­ rial no tiene más que un tiempo para existir. El astro huma­ no sólo tiene un número dado de revoluciones que cumplir; cuando su curso está completo muere como morirá y se di­ solverá el universo material cuando haya cumplido sus revo­ luciones. La materia grosera resiste al alma más de lo que expresa; el alma no puede ordenarla, no puede vivificarla por completo. Lo inmundo, el elemento cagástrico es dema­ siado poderoso. Lo es incluso para los cuerpos del universo. Son impuros y aunque la fuerza vital de la naturaleza sea suficiente para hacerlos vivir, para combatir poco a poco la tendencia a la degradación, sólo raras veces triunfa, con mucho esfuerzo y pérdida de tiempo. Por eso los materiales, más perfectos que los cuerpos, crecen tan lentamente; por eso también se encuentran tan raras veces metales preciosos

y cuando se los encuentra se hallan en estado impuro. Hay

que proceder a numerosas manipulaciones para acabar la obra de la naturaleza o para permitir a la naturaleza acabar su obra en tiempo más corto.

Porque —y este es un punto importante— toda la natu­ raleza tiende hacia su estado primitivo y tiende a volver de nuevo a la unidad del elemento celeste. Ahora bien, no

68 Todo ser creado tiene necesidad de un aflujo de fuerza que reemplace la que gasta, de una influencia «restauradora». Este es el sentido de la «ali­ mentación» física o espiritual.

6<; Doctrina que será muy aceptada. A través de Boehme entrará en el caudal general de la teosofía.

puede hacerlo por sí misma, necesita una ayuda procedente de arriba.

Ahí incluso el hombre es la imagen del universo. Creado doble70 y en dos tiempos ha recibido su cuerpo «de

abajo»;71 de arriba le fue impresa la imagen divina, el espíritu. También él ha recibido una tintura que le transfor­ ma, como la tintura transforma la materia metálica sobre la que actúa. Cristo, Hombre-Dios, es nuestra tintura. El nuevo Adán nos transfigura y nos da un cuerpo espiritual72, como la piedra filosofal transforma y transfigura la materia metálica. Además, si se presta atención, el proceso metálico mismo, la «gran obra» no es —al menos para Paracelso y los alquimistas de la Edad Media— más que una «signatura», un símbolo del proceso más general de la transfiguración y del retorno del mundo hacia Dios.

Debemos detenernos ahora unos instantes para conside­ rar la «filosofía» de Paracelso desde un punto de vista nuevo: desde el punto de vista de la alquimia. Evidente­ mente, no podemos referir ni la historaia ni el análisis de la alquimia, tanto desde el punto de vista de la ciencia como desde el punto de vista de sus bases filosóficas. Nos limita­ remos a estudiarla en Paracelso, porque forma parte in­ tegrante de su doctrina, porque fue, en grado muy superior a lo que se admite generalmente, un elemento del universo

70 Paracelso, Philosopbia sagax, Obras, vol X, pág. 7: «In der Schöp­ fung seindt zween, so geschaffen haben, jeglicher sampt dritt in der Per­ son unnd einiger Gottleit. Der erste als der Vatter hatt geschaffen den Menschen von unten herauff: Der ander, als der Sohn, von oben herab».

71 El hombre no ha sido creado de la nada, sino del Limus terrae, que es una quintaesencia, un extracto de todo el universo material, visible, así co­ mo del invisible. Dios Padre ha creado al hombre partiendo de la materia. Cristo le ha infundido su espíritu.

72 Paracelso, Philosopbia sagax, Obras, vol X, pág. 26: «Also ernehren wir zwcen Leib, den auss der Erden und auss Christo; den Einen vom Vat­ ter, den anderen vom Sohn, unnd beyde in einem Geist*.

intelectual, una creencia universalmente admitida, durante todo el período del Renacimiento.

La filosofía alquímica, tal como se presenta en los libros paracelsistas, aparece a una primera ojeada como un dina­ mismo organicista, como una especie de doctrina de evolu­ ción, doctrina monista si la hubo, y —cosa muy curiosa e incluso desconcertante— como una doctrina de evolución

ascendente

y no de evolución descendente, como acabamos de estudiar.