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Clark o el paraporno

Rubén Lardín

Cuando Annie Sprinkle, libertina auténtica, saltó la liebre de la decons- trucción y la sátira, no atisbó que le iban a salir imitadores y advenedi- zos de hasta debajo de las piedras. Tantos, y muchos tan rancios, como para que a día de hoy resulte ya muy cansino oír hablar de post-porno, de nouvelle porno, del tedio implícito en la fórmula clásica del butanero, de la posibilidad de una pornografía hecha por y para mujeres y de mil y un etcéteras.

Si echamos un vistazo a esos aledaños racionalistas de la pornografía que se localizan como erupciones adolescentes en museos y universidades, parecería que algo va mal, que en alguna parte del camino se ha desvir- tuado alguna cosa o que se ha dejado de entender cualquier otra, y que quizá sería necesaria una cura de sensatez. Y copiar cien veces que a la pornografía, esa repetición de figuras destinada a aburrir en cuanto cum- ple su función, le es muy difícil dejar de ser una representación de domi- nio fálico. Porque ésa es su naturaleza esencial y cualquier otra opción, cualquier otra propuesta, no será más que un epifenómeno.

El origen del mundo de Courbet no es pornografía, es el origen del mundo.

Pornografía es Pierre Löuys, Nacho Vidal y Catherine Millet. Y su sitio ha de ser, para que no deje de interesarnos, el pliego licencioso del siglo XVIII, una casete de gasolinera o un hallazgo en las marismas de inter- net. Y los ofendidos que accedan a ella por coyunturas deberán arrancar- se los ojos o no, pero nunca serán el público objetivo. La transhistoricidad de la pornografía seguirá siendo tal siempre que se encuentre acotada en sus parámetros de clandestinidad, siempre que sea honesta, siempre que no se quiera más de lo que es. Eso Larry Clark no sé si lo sabe.

Pero la pornografía es boba, tiene una tendencia natural al disparate y acostumbra a juntarse con quien no debe. Y a fuerza de compadrear se le ha pegado la tontería y cada vez más a menudo nos sale con las insigni- ficancias propias de lo académico y del arte contemporáneo, y el arte con- temporáneo, ahí no hay discusión, hace mucho que es poco más que un chiste más o menos ingenioso. Los museos son hoy más que nunca, como ya predijo J.G. Ballard en alguna de sus páginas, disneylandias con ínfu- las, y el arte contemporáneo, el que hoy cuenta en sus filas a Raymond Pettibon o a Miss Van, es sólo un ámbito para la neutralización que acaso logra cotas de placer estético cuando se acerca a un Andres Serrano o, transigiendo, a un Jeff Koons, por poner dos ejemplos de los que convo- can la imagen pornográfica. Es en ese contexto, concretamente en la Tate Gallery de Londres, donde localizamos el más reciente pase público de

Destricted (2006), un bloque de siete cortometrajes firmados por otros

tantos artistas de distintas disciplinas, entre los que se encuentran, ade- más de Larry Clark, Marina Abramovic, Matthew Barney, Marco Brambilla, Gaspar Noé, Richard Prince y Sam Taylor-Wood.

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He de decir, antes de que sea demasiado tarde y sin ánimo de faltar al fan del cineasta que pueda estar leyendo estas líneas, que suscribo letra por letra las valoraciones que Michel Houellebecq, en su novela La posibili-

dad de una isla, hace de Clark, según las cuales el tipo no es más que un

comerciante sin envergadura, de los más vulgares y corrientes de entre los que comercian con el mal, y que no hay en su obra ningún sentido doloroso o moral como el que pudiera hallarse, por ejemplo, en la de Michael Haneke. Houellebecq ahonda en el insulto, llega a referirse a Harmony Korine como “su despreciable cómplice” y continúa sirviéndose de apelativos como miserable, lamentable y chusma. Yo voy a dejarlo aquí. Entre otras cosas porque, pese a todo, la pieza de Clark me ha resultado la más atractiva de entre todas las que componen Destricted.

Destricted es una de esas operaciones que para cierto sector del público

funcionan como coartada86, permitiéndole consumir su dosis de genita-

lia sin acercarse a los abrevaderos plebeyos del hardcore. Uno de esos seu- doacontecimientos ante los que a veces apetece gritar, parafraseando a John Waters, que ya va siendo hora de acabar con la ironía… Pero

Destricted, que como toda obra colectiva es desigual, hay que entenderla

como un divertimento ligero. Siete visiones juguetonas -y más o menos acreditadas- sobre la sexualidad humana. Y de entre la experiencia orgá- nica de Matthew Barney en Hoist, el chiste existencialista de Sam Taylor- Wood en Death Valley, la mitología fabulada de Marina Abramovic en

Balkan Erotic Epic, la mirada retro, originaria, de Richard Prince en House Call, el vigoroso arrebato de Brambilla con Sync y el descenso al ridícu-

lo de un nombre hasta ahora tan válido como el de Gaspar Noé, que en

We Fuck Alone ofrece 23 minutos que tienen de pornografía la urgencia

del fast forward, de entre todas esas metáforas, decimos, la aportación que Clark hace con Impaled sobresale en su anclaje al mundo real y en su calidad de entretenimiento bizarre. Y es más: si bien Destricted no funcio- na como obra unitaria ni tiene un discurso homogéneo, cuando termina- mos de verla entendemos que si algo la vertebra es el segmento de Clark, que consigue ilustrar de forma diáfana la conquista brutal de la porno- grafía, su accesibilidad total para las nuevas generaciones y el cómo ha

dejado de ser una planta de interior para contaminar modas y conductas, reinventando deseos que no siempre está capacitada para aplacar. La propuesta de Impaled es sencilla: durante 38 minutos, en el más largo de los cortos, Clark entrevista de forma escueta a varios efebos de su gusto, de los crecidos en los años ochenta y que hoy visten pantalones de tiro bajo, para indagar a trompicones en su relación con el porno y en la proyección que todos hacen en él de su sexualidad. Clark exprime su habitual planificación intuitiva, asistido por el formato documental, se delata fotógrafo buscando reflexiones fugaces en lo gestual y se abstrae, impúdico, en los penes flácidos de sus entrevistados. Seguidamente pre- senta a varias actrices del sector y las carea con uno de los chicos, el que acabará por protagonizar, junto a una profesional cuarentona, una escena de sexo que vacila entre la sordidez habitual del casting de la industria del cine para adultos y la genuina ceremonia de iniciación, con todo lo de patoso que eso puede implicar y, a la vez, con todo lo de vitalista. Y la mirada promiscua de Clark consigue, esta vez sí, algo que en sus lar- gometrajes solía verse arruinado por una cuestión de ambiciones: una película fresca y compacta. Porque en Clark era precisamente ese discur-

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so suyo nihilista y ful, que tan torpemente intentó plasmar en narracio- nes clásicas, lo que hacía fracasar su filmografía completa. Y de pronto en Impaled, como en su trabajo de fotógrafo, donde sin quererlo parodió siempre el angst adolescente, se define como un atractivo realizador de cine porno insular, antierótico (Clark siempre será incapaz de la supre- macía de lo físico que requiere el porno), pero honesto en la farsa y radi- cado en dar por verídica la teatralización.

Impaled no es más que un primer ejercicio en el que el cineasta no se

entrega todavía a la frivolidad y a la resolución con que autores como Maria Beatty o Bruce LaBruce afrontan su trabajo en la pornografía, pero es capaz de un carácter furtivo y gratuito, ese que dota al género de la negación moral que lo define.

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