LA PROSA DEL MUNDO
1. LO QUE DICEN LOS HISTORIADORES
Las historias de las ideas o de las ciencias —que sólo se designan aquí en su perfil medio— dan crédito al siglo XVII y sobre todo al XVIII de una nueva curiosidad: la que les hizo, si no descubrir, cuando menos ampliar y precisar hasta un grado inconcebible antes las ciencias de la vida. Tradicionalmente se da a este fenómeno un cierto número de causas y se le adscriben muchas manifestaciones esenciales.
Del lado de los orígenes o motivos se colocan los nuevos privile- gios de observación: los poderes que se le atribuirán, a partir de Bacon, y los perfeccionamientos técnicos que le otorga la invención del microscopio. También se colocan allí el prestigio entonces reciente de las ciencias físicas que proporcionaban un modelo de racionali- dad; ya que se había podido analizar, por medio de la experimen- tación y de la teoría, las leyes del movimiento o las de la reflexión de un rayo luminoso, ¿acaso no era normal buscar, por medio de las experiencias, de las observaciones o de los cálculos, las leyes que permiten organizar el dominio más complejo y más cercano de los seres vivos? El mecanicismo cartesiano, que después se convirtió en un obstáculo, fue en un principio como el instrumento de una trans- ferencia y habría conducido, un poco a pesar de sí mismo, de la racionalidad mecánica al descubrimiento de esa otra racionalidad que es la de lo vivo. Del lado de las causas, los historiadores ponen tam- bién, un poco revueltos, diversos puntos de atención: interés econó- mico por la agricultura, del que los fisiócratas dan testimonio, pero también los primeros esfuerzos de la agronomía; a medio camino entre la economía y la teoría, la curiosidad por las plantas y los ani- males exóticos, a los que se trata de aclimatar y sobre los cuales los grandes viajes de investigación o de exploración —el de Tournefort al Medio Oriente, el de Adanson al Senegal— proporcionan descrip- ciones, grabados y especímenes; y después, sobre todo, la valoración ética de la naturaleza, con todo ese movimiento, ambiguo en su principio, por el cual se "invierte" —ya se sea aristócrata o burgués— dinero y sentimiento en una tierra que por largos años las épocas
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precedentes habían abandonado. En el corazón del siglo XVIII, Rous- seau herboriza.
En el registro de las manifestaciones, los historiadores señalan en seguida las formas variadas que tomarán estas nuevas ciencias de la vida y el "espíritu", como se dice, que las dirigió. Primero fueron mecanicistas, bajo la influencia de Descartes, y justo hasta fines del siglo XVII; así, pues, los primeros esfuerzos de una química apenas esbozada las habría marcado, pero todo a lo largo del siglo XVIII, los temas vitalistas habrían tomado o retomado su privilegio para formu- larse al fin en una teoría unitaria —este "vitalismo" que profesaron, en formas un tanto diferentes, Bordeu y Barthez en Montpellier, Blumenbach en Alemania, Diderot y después Bichat en París. Bajo estos diferentes regímenes teóricos, se plantean cuestiones, casi siem- pre las mismas, que reciben cada vez soluciones diferentes: posibi- lidad de clasificar a los seres vivos —unos, como Linneo, sostenien- do que toda la naturaleza puede entrar en una taxinomia; otros, como Buffon, que es demasiado diversa y rica para ajustarse a un marco tan rígido; proceso de la generación, con aquellos, más mecanicistas, que son partidarios de la preformación, y los otros que creen en un desarrollo específico de los gérmenes; análisis de los funcionamien- tos (la circulación, según Harvey, la sensación, la motricidad y, ha- cia fines del siglo, la respiración).
A través de estos problemas y de las discusiones que hicieron nacer, resulta un juego para los historiadores el reconstituir los gran- des debates, de los que se dice que compartieron la opinión y las pasiones de los hombres, lo mismo que su razonamiento. Se cree volver a encontrar así el rastro de un conflicto mayor entre una teo- logía que aloja, bajo cada forma y en todos los movimientos, la providencia de Dios, la simplicidad, el misterio y la solicitud de sus vías, y una ciencia que ya busca definir la autonomía de la natura- leza. Se encuentra también así de nuevo la contradicción entre una ciencia demasiado apegada a la vieja precedencia de la astronomía, de la mecánica y de la óptica y otra que supone ya que debe de haber algo irreductible y específico en los dominios de la vida. Por último, los historiadores ven dibujarse, como si fuera ante sus ojos, la oposición entre los que creen en la inmovilidad de la naturaleza —a la manera de Tournefort y de Linneo sobre todo— y los que, con Bonnet, Benoit de Maillet y Diderot, presienten ya la gran potencia creadora de la vida, su inagotable poder de transformación, su plasticidad y esta deriva que envuelve a todos sus productos, entre ellos nosotros mismos, en un tiempo del que nadie es dueño. Mucho antes de Darwin y de Lamarck, el gran debate del evolucionismo quedó abierto por el Telliamed, la Palingénésie y el Rêve de D'Alam-
bert. El mecanicismo y la teología, apoyándose uno en otra o com- batiéndose sin cesar, mantendrán la época clásica lo más cerca de su origen —por parte de Descartes y de Malebranche; frente a ellos, la irreligiosidad y algo así como una intuición confusa de la vida, en conflicto a su vez (como en Bonnet) o en complicidad (como en Diderot), la atraen hacia su porvenir más próximo: hacia ese si- glo XIX del que se supone que ha dado a las tentativas, aun oscuras y encadenadas del siglo XVIII, su cumplimiento positivo y racional en una ciencia de la vida que no ha tenido necesidad de sacrificar la racionalidad para mantener en lo más vivo de su conciencia la especificidad de lo viviente y este calor, un poco subterráneo, que circula entre él —objeto de nuestro conocimiento— y nosotros que estamos allí para conocerlo.
Es inútil volver a los supuestos de tal método. Bastará con mos- trar aquí las consecuencias: la dificultad para apresar la red que puede enlazar unas con otras investigaciones tan diversas como las tentativas de llegar a una taxinomia y las observaciones microscópi- cas; la necesidad de registrar como hechos de observación los con- flictos entre los "firmes" y los que no lo son, o entre los partidarios del método y los del sistema; la obligación de repartir el saber en dos tramos que se embrollan, si bien son extraños uno a otro: el primero se define por lo que ya se sabía por demás (la herencia aristotélica o escolástica, el peso del cartesianismo, el prestigio de Newton), el segundo por lo que no se sabía aún (la evolución, la especificidad de la vida, la noción de organismo); y sobre todo la apli- cación de categorías que son rigurosamente anacrónicas con respecto a este saber. Entre todas, la más importante es evidentemente la de la vida. Se quieren hacer historias de la biología en el siglo XVIII, pero no se advierte que la biología no existía y que su corte del saber, que nos es familiar desde hace más de ciento cincuenta años, no es válido en un período anterior. Y si la biología era desconocida, lo era por una razón muy sencilla: la vida misma no existía. Lo único que existía eran los seres vivientes que aparecían a través de la reja del saber constituida por la historia natural,