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Dicho español

In document La Biblia Del Diablo (página 149-200)

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En enero Praga era un dechado negro y gris, un conjunto de sombras, un bosque de columnas de humo que se elevaban al gélido cielo invernal, un pantano humoso y pestilente cuando el viento del este diseminaba el vapor de las chimeneas por las callejuelas. El padre Xavier tenía frío. Estaba acostumbrado al frío de Castilla, que era seco y sereno; el frío de Praga era ventoso y, pese a la baja temperatura, húmedo y siempre agobiante. En Castilla, la nieve blanca empolvaba el paisaje de color ocre; cuando lucía el sol, el ocre parecía oro y el cielo, más profundo que el océano. En Praga el cielo parecía estar al alcance de la mano, más allá de las puntas de las torres. Bajo la nieve, la vegetación que cubría las colinas que rodeaban la ciudad era gris o de ese color indescriptible de la rigidez y la muerte. Castilla en invierno era la época de la meditación, la tranquilidad y el aire transparente; Praga en invierno yacía en una especie de rigidez mortal y el padre Xavier tuvo que luchar contra la sensación de que la ciudad jamás despertaría de aquel estado.

Entre noviembre del año anterior y Reyes no había recibido ninguna noticia de sus patronos. El último mensaje estaba formado por sólo tres palabras; Subsiste in

votum. Persevera en la oración. El padre sabía lo que significaba: su encargo

estaba en suspenso. Algo debía de haber ocurrido, algo que impidió o detuvo el desarrollo normal de los acontecimientos.

Poco a poco, las noticias oficiales llegaron a Praga. Había un nuevo Papa, se llamaba Inocencio IX. Era el cardenal Facchinetti, tal como lo habían planeado, y sin embargo algo había salido mal.

Durante las semanas de silencio, él padre Xavier estuvo procurando recordar el rostro del cardenal, que sólo había visto en la reunión en la choza a orillas del Tajo. Ante sus ojos veía una mueca distorsionada, la rigidez del hombre cuando su mirada —la del padre Xavier— se había posado sobre su rostro. Nadie tuvo que decirle que el giro inesperado estaba relacionado con el Papa Inocencio. ¿Acaso el acuerdo entre los conjurados del círculo del cardenal Cervantes de Gaete era menor de lo que parecía? Tal vez el nuevo Papa había sucumbido al temor... o a la codicia. El padre Xavier albergaba ideas propias acerca del breve pontificado de Gregorio XIV, pero jamás las había dejado traslucir. Cuando al principio del nuevo año eclesiástico, el primer domingo de Adviento, aún no había recibido ninguna noticia, empezó a preguntarse cuánto duraría el pontificado de Inocencio IX.

Claro que durante ese período, durante el cual los bosques que rodeaban Praga se convirtieron en oro ardiente y después se desprendieron de su atuendo festivo y adoptaron un matiz gris y mohoso para acabar por envolverse en la sucia mortaja de la nieve, no sólo había perseverado en la oración. No había vuelto al Hradschin, pero existían numerosas oportunidades para enterarse del ir y venir de cierta persona sin tener que estar presente. En cualquier momento, el padre Xavier podría haber desempeñado el papel del joven que, tras el encuentro del emperador Rodolfo con cierto, fantasma en la escalera de servicio, había logrado tranquilizarlo, porque ahora ya lo conocía muy bien.

Andrej von Langenf él vivía completamente solo en una de las casitas de la Goldmachergasse y parecía que tras instalarse allí, había caído en la pasividad en la que había insistido la última comunicación dirigida al padre Xavier con respecto a él mismo. Sólo abandonaba su escondrijo cuando el emperador lo mandaba llamar o cuando visitaba un prostíbulo.

Estaba aquella historia del baile celebrado por el emperador Rodolfo en honor al retrato que lo mostraba como Vertumnus, una repugnante y obscena máscara formada por verduras y frutos del campo, que complació al extraño espíritu del emperador. Rodolfo había invitado a su fabulator principatus, pero el joven no participó en ninguno de los bailes. El emperador Rodolfo parecía haberlo olvidado y nadie se tomó la molestia de presentarle a una de las damas de la corte, que habría sido lo correcto incluso si ya las conocía. Cada vez que Andrej le lanzaba una sonrisa a alguna, ésta se volvía y se dirigía al otro extremo del salón. Se dio la extraña circunstancia de que mientras que a un lado del salón numerosas mujeres aguardaban a un compañero de baile, al otro lado Andrej von Langenfels permanecía completamente solo, sin abordar a ninguna de las beldades por falta de valor, o porque era demasiado inteligente como para no resignarse. Al final, alguien afirmó haberlo visto en una de las salas contiguas, bailando con una anciana criada al ritmo de las melodías que resonaban apagadas desde el otro salón; la criada, avergonzada y ruborizada, no huyó porque en su error creyó que Andrej era alguien al que resistirse podría provocar consecuencias desagradables. Y estaba la historia de que Andrej von Langenfels no había follado ni una sola vez en el burdel con la chica de su elección, sino que había charlado con ella, la había abrumado con un discurso desesperado que ella soportó con la misma expresión aburrida que habría adoptado si, en vez de conjurarlo con palabras, él hubiera tratado de expulsar el demonio de la soledad tendido encima de su cuerpo.

Todas las otras historias seguían la misma pauta. El padre Xavier las unió en su memoria insobornable y formó una imagen. Cuando por fin llegaron nuevas noticias, ya podía convertir a Andrej von Langenfels en su marioneta, sin que ambos se hubieran encontrado jamás y sin que Andrej fuera consciente de la existencia del otro. El padre Xavier lo sostenía en una mano y aún no había empezado a darle forma.

El padre Xavier observó cómo las llamas consumían la bolita en la que había convertido el mensaje. Después abandonó su celda.

Las callejuelas de Praga estaban sumidas en el silencio de una tarde de enero, al igual que las campanas de todas las iglesias. El padre sabía que a más tardar, ese silencio acabaría al día siguiente; era demasiado realista como para ignorar que no era el único de la ciudad al que las palomas traían mensajes secretos, aunque partía de la idea de que tal vez las recibía antes que todos los demás. Se abrió paso a través de la nieve derretida que se formaba allí donde el sol iluminaba las callejuelas. El rumor de sus pies calzados con sandalias resonaba entre las casas, entre las cuales el día siguiente resonaría el eco de las campanas durante horas, celebrando la ascensión al cielo del alma del cardenal Giovanni Antonio Facchinetti, el papa Inocencio IX.

El mensaje, del que sólo quedaba un punto negro en la cera de su vela, era breve: «El martillito ha hablado. Despierta.» El martillito era el instrumento con el cual, según la antigua tradición, el chambelán del Papa golpeaba en la frente del Papa

muerto y preguntaba tres veces: «¿Dormís?», para luego proclamar que el pontífice realmente estaba muerto. El nuevo cónclave se reuniría de inmediato. No sabía qué estrategia pondrían en marcha de Gaete y su círculo de conjurados, pero barruntaba que sería un cónclave difícil que duraría unos cuantos días. Pues tanto mejor. El padre Xavier sabía exactamente qué debía hacer, pero de cuanto más tiempo dispusiera, tanto mejor. En cuanto eligieran al nuevo Papa, recibiría otro mensaje en el que se le preguntaría por los progresos de su tarea, y quería poder contestarlo. Contempló su mano derecha y cerró el puño, como si ya hubiera empezado a darle forma a su marioneta.

El convento de Santa Agnes se encontraba al nordeste de la ciudad vieja, al final de la curva casi en ángulo recto trazada por el río Moldava para esquivar la colina coronada por el Hradschin. Más allá de los muros del convento sólo había una estrecha orilla en la que —durante las otras tres estaciones del año— reposaban botes y balsas. El convento ocupaba un amplio terreno en el laberinto de callejuelas entre las iglesias de San Cástulo y de San Simón y Judas, y en gran parte estaba en ruinas. Como en todo Bohemia, también allí las guerras de los usiítas habían dejado su rastro y parecían demostrar lo que ocurriría con todo el reino si no se combatía la herejía. Al final del conflicto el convento fue abandonado; hacía cuarenta años los dominicos habían empezado a ocuparlo tras verse obligados a abandonar, a favor de los jesuitas, su convento original situado junto a la Karlsbrücke.

Ese era uno de los motivos por los cuales el padre Xavier había elegido el convento de Santa Agnes: porque lo dirigían los hermanos de su propia orden. El otro era que, junto con los dominicos también habían regresado las clarisas, que eran quienes edificaron el convento junto con los vecinos minoritas. Formaban un grupo pequeño y se limitaban a servir a la sociedad en lo que consideraban lo más necesario: el cuidado de las mujeres perdidas. Las clarisas ocupaban el ala sur del convento que antes perteneció a los minoritas. Decían que el nivel de mortalidad entre las pupilas de las clarisas sólo era un poco más elevado que el de la campaña turca.

«La madre superiora parece un pajarito, más semejante a un gorrión que a un halcón», pensó el padre Xavier. En ella había conocido una crueldad que hasta entonces le era desconocida: la crueldad de los misericordiosos. La madre superiora sabía que sólo podía ayudar a un porcentaje mínimo de las chicas que acogía; en cuanto a las otras, se limitaba a observar cómo las enfermedades, la pena y las heridas que algún pretendiente brutal les había infligido en cualquier callejuela acababan con ellas, cómo se desangraban internamente a causa de los oxidados ganchos de hierro utilizados por las abortistas clandestinas aún clavados en sus entrañas.

—Os agradezco las noticias, hermana superiora —dijo el padre Xavier con una sonrisa.

—La pobrecita se lo ha ganado —dijo la superiora—. No os sentiréis defraudado. Las primeras veces que hablaron, sólo había vislumbrado la figura de la superiora oculta tras la pequeña ventana enrejada de su celda a través de la cual se comunicaban. Por fin logró convencerla de que lo dejara entrar en los recintos exteriores del convento para hablar con ella cara a cara.

—Es joven y bonita —dijo la superiora torciendo el gesto—. Si no estuviera convencida de vuestra rectitud y piedad, padre Xavier, consideraría esta exigencia como algo repugnante.

—La joven cantará ante las cabezas coronadas de la cristiandad —dijo el padre—. Vos y yo sabemos que la auténtica belleza es interior..., pero sabéis tan bien como yo lo que piensan fuera, en el mundo pecador.

La superiora, que fue depositada de niña en un convento de las clarisas cerca de Praga y que del mundo exterior sólo había visto lo que alcanzaba a ver tendida de espaldas en el claustro con la vista clavada en el cielo azul, asintió con la cabeza y suspiró.

—¿Y haréis lo que sea necesario para que regrese aquí sana y salva?

—Todos nuestros caminos reposan en las manos de Dios —afirmó el padre Xavier, que al decir esto logró parecer alguien cuyo consejo Dios escucharía. —Amén, padre Xavier.

—Amén, hermana superiora.

La superiora lo condujo a través del claustro cuya ala derecha se había derrumbado y que por lo tanto era inutilizable, después a través de la antigua iglesia conventual de los mino ritas entre cuyas vigas se veía el cielo y a través de un descuidado patio en el que crecían la hierba y las malezas secas y amarillas, que ahora crujían bajo sus pies envueltas en la blanca escarcha.

—Siempre creí que formar a alguien como cantante no era nada sencillo —dijo la superiora.

—Estoy seguro de que la joven cumplirá con todas las expectativas. —¡Pero si ni siquiera la habéis visto, padre!

—Hemos de trabajar con los materiales que Dios nos da, ¿verdad, hermana? Si no lo hacemos, al final esos seres horrorosamente mutilados, que suben a escena para dar placer a los gobernantes, acabarían cantando alabanzas a Dios en nuestras iglesias.

Al pensar en los castrados, la madre superiora palideció y apresuró el paso.

—Quisiera verla antes de que ella me vea a mí —dijo el padre Xavier—. No quisiera despertarle esperanzas inútiles a esa pobre criatura.

El ala en ruinas de la parte sur del convento, que se extendía a lo largo del muro exterior, había sido provista de un agujereado techo: los peores daños habían sido reparados. Las mejoras le daban el aspecto de un cadáver con la cara pintada para simular que aún vivía. El padre Xavier siguió a la superiora hasta el ala en la que solían albergar a los visitantes seculares del convento. Justo detrás del agujero —que antes había sido un portón de hojas valiosas— se extendía una hilera de puertas bajas que daban a las celdas de los monjes y se perdían en la oscuridad apenas iluminada por una vela de sebo. Allí dentro el ambiente parecía aún más gélido y húmedo que en el exterior. Antiguamente, los minoritas se habían encargado de que los visitantes percibieran el juramento de pobreza de Francisco de Asís; ahora que el lugar estaba vacío y deteriorado, sólo tenía un aspecto triste y mísero.

La superiora recorrió el resquebrajado suelo de piedra y, agarrando la vela, le señaló al padre Xavier que se detuviera y abrió la puerta de una celda. No estaba cerrada con llave.

—Permaneced aquí, en la sombra—le indicó. Luego asomó la cabeza y dijo en tono amable:

—Yolanta, hija mía, sal.

Tras unos instantes, una figura envuelta en jirones y de cabellos desgreñados salió al pasillo y clavó la mirada en la llama de la vela. La superiora la asió del hombro y la hizo girar con suavidad; la luz de la vela iluminó un rostro cubierto de mugre.

—¿Quién está ahí? —preguntó la figura, que volvió la cabeza y apagó la vela antes de que la superiora pudiera reaccionar. Su imagen contorneada por un halo blanco danzó ante los ojos del padre Xavier; éste oyó cómo volvía a entrar en la celda, no sin antes murmurar:

—¿Queréis presentarme, madre superiora? ¿Qué significa esto? —Sólo quiero ayudarte, hija mía.

El padre Xavier sonrió. Bajo la mugre, el rostro de la joven era inmaculado. Si uno se lo imaginaba con mejillas un poco más redondas y un aspecto menos penoso, era un diamante que bastaba con pulir para que volviera a brillar. El nombre de Yolanta encajaba: significaba delicada y bella en griego antiguo. Quien fuera el que eligió ese nombre para ella o bien lo hizo al azar, o bien había albergado muchas esperanzas. Las esperanzas se habían cumplido en cuanto a su apariencia, pero en cuanto a la vida que le tocó en suerte..., bien, la combinación de ambas circunstancias era exactamente lo que el padre Xavier andaba buscando.

—Perfecto —murmuró.

La madre superiora avanzó a tientas junto al padre, que la agarró del brazo y la condujo hacia el exterior. Ella sostenía la vela apagada y había enmudecido de vergüenza.

—Era..., no debéis creer..., sólo la hemos sorprendido...

—¿Qué la retiene aquí? ¿Por qué no abre la puerta y se marcha? La madre superiora suspiró.

—Porque tiene esperanzas —dijo—. Sólo las jóvenes que aún albergan esperanzas tienen una oportunidad de salvarse.

—¿Y qué espera?

—Que pueda reunirse con su hijo una vez que se haya desprendido de su mácula. —¿Tiene un hijo?

—Hace falta muy poco para convertirse en una mujer perdida, padre Xavier. En esta ciudad, sólo una línea muy delgada separa el pecado de la seguridad.

—¿Dónde está su hijo?

—En una casa de expósitos. Puedo daros la dirección. —Perfecto —dijo el padre Xavier.

La dirección que le dio la madre superiora se encontraba en la Kleinseite; era una oscura casona junto a la muralla occidental de la ciudad, dirigida por las carmelitas. Allí el padre Xavier se topó con una crueldad similar a la ejercida en Santa Agnes, sólo que en este lugar la dureza no estaba mitigada por ninguna esperanza. Las niñas que sobrevivían estarían condenadas a llevar en el mundo una vida que les conduciría a tener más niños, que a su vez volverían a ingresar en el convento y, si alguna de las antiguas reclusas lograba escapar de ese círculo infernal, las carmelitas jamás lo sabrían. La madre superiora de Santa Agnes al

menos disfrutaba de la satisfacción de saber que de vez en cuando lograba salvar a una de sus ovejas, pero las carmelitas, no. La tez de la priora era del color de una moribunda, su rostro expresaba el cansancio de alguien que hace rato ha abandonado la búsqueda de un supuesto diamante entre las cenizas de su vida. Condujo al padre Xavier a un cobertizo que resultó ser su celda y el escritorio de la casa de expósitos.

—Aquí tenemos al hijo de una mujer llamada Yolanta Melnika, cuyo apellido sólo significa que tal vez ella viviera cerca de un molino, que fuera un molinero quien la embarazó o que fue lo primero que se le ocurrió al ser preguntada.

—¿Cuándo fue traído aquí? —Hace casi tres meses. —¿Cómo se llama?

—Doce de Noviembre —dijo la priora y se encogió de hombros—. Si aquel día hubieran traído dos niños, su nombre incluiría una cifra más. ¿A quién le importan sus nombres? Incluso si las madres se tomaron la molestia de ponerle un nombre a estas criaturas, no lo sabríamos. No son ellas quienes nos dejan esos bultos llorones en el umbral, sino los ministriles que detuvieron a la madre.

—¿Qué edad tenía cuando lo dejaron aquí? La priora examinó una lista.

—Tres o cuatro semanas, no lo sé con exactitud. Estos niños nacidos en otoño son como gatitos, siempre demasiado pequeños y flacos. La mayoría no llega a ver las Navidades.

—Ese es el niño que estoy buscando. ¿Ha visto pues las Navidades? La priora recorrió con el índice la línea del folio atado con cordeles.

—No —respondió—. Ni siquiera vio Santa Bárbara, murió dos semanas después de ser depositado.

El padre Xavier guardó silencio durante un momento. —¿Dónde está enterrado?

La priora señaló en una dirección; el padre Xavier sabía que allí estaban las murallas y más allá había una fosa común siempre abierta, vigilada por los peones del verdugo. Los peones arrojaban todos los cadáveres en la fosa y los cubrían con tierra y cal. Eran barqueros del reino de los muertos de un tipo muy especial, a quienes no hacía falta entregar un óbolo porque los que les traían a sus muertos en realidad no poseían nada. El padre Xavier se imaginó un pequeño saco sin forma que no habría supuesto ningún esfuerzo para los peones.

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