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de diciembre de 1988 Henry tiene 25 años

In document The Time Traveler's Wife (Es) (página 78-81)

Nochebuena, dos

Sábado 24 de diciembre de 1988 Henry tiene 25 años

HENRY: Llamo a mi padre y le pregunto si le apetece que vaya a casa a cenar después

del concierto matutino de Navidad. Hace un esfuerzo por invitarme pero, para su alivio, me echo atrás. El Día Oficial de Luto de los DeTamble se representará en diversos emplazamientos este año. La señora Kim se ha marchado a Corea a visitar a sus hermanas, y yo le he regado las plantas y recogido el correo. Llamo a Ingrid Carmichel para preguntarle si quiere salir conmigo y me recuerda, en un tono áspero, que estamos en Nochebuena y que hay personas que tienen una familia a quien rendirle pleitesía. Repaso la agenda. Todos están fuera de la ciudad, o bien siguen en ella pero tienen compromisos familiares. Debería haber ido a visitar a los abuelos. Sin embargo, recuerdo que viven en Florida. Son las 14.53 y las tiendas ya cierran. Compro una botella de schnapps en la tienda de Al y la escondo en el bolsillo del abrigo. Luego me subo de un salto al metro en la parada de Belmont y me dirijo al centro. Es un día gris y gélido. El tren no va lleno del todo. La mayor parte de los pasajeros son adultos que bajan al centro con los niños para ver los escaparates navideños de Marshall Field y hacer las últimas compras en Water Tower Place. Me apeo en Randolph y camino en dirección este hacia el parque Grant. Me quedo un rato en el paso elevado del ferrocarril central de Illinois, bebiendo, y luego me dirijo a la pista de patinaje. Hay unas cuantas parejas y algunos crios patinando. Los niños se persiguen y patinan hacia atrás, haciendo ochos. Alquilo un par de patines que más o menos son de mi talla, me los ato y me dirijo hacia la pista de hielo. Me deslizo siguiendo el perímetro de la pista, con suavidad, sin pensar demasiado. Repetición, movimiento, equilibrio, aire helado. Es agradable. Se está poniendo el sol. Patino durante una hora aproximadamente, luego devuelvo los patines, me calzo las botas y me marcho caminando.

Me dirijo hacia el oeste, por Randolph, y luego hacia el sur, por la avenida Michigan, y paso frente al Instituto de Arte. Han engalanado los leones con guirnaldas navideñas. Sigo por el paseo de Colón. El parque Grant está vacío, salvo por la presencia de los cuervos, que se pavonean en círculos sobre la nieve azul del anochecer. Las farolas tiñen el cielo de naranja; un azul intenso y cerúleo preside el lago. Me detengo en la fuente de Buckingham hasta que el frío se vuelve insoportable, y contemplo cómo las gaviotas revolotean y se lanzan en picado para luchar por una barra de pan que alguien les ha dejado. Un policía a caballo da la vuelta despacio a la fuente y luego sigue hacia el sur con parsimonia.

Sigo andando. Mis botas no son impermeables, y a pesar de que llevo varios jerséis, mi abrigo es demasiado fino para soportar una temperatura tan baja. No tengo suficiente grasa corporal; de noviembre a abril siempre paso frío. Camino por Harrison hasta llegar a la calle del Estado. Paso por la Misión del Jardín Pacífico, donde los sin techo se reúnen para compartir albergue y cena. Me pregunto en qué consistirá esa cena; me pregunto si celebrarán algo en ese albergue. Hay unos cuantos coches. No llevo reloj, pero imagino que deben de ser las siete. Últimamente me he dado cuenta de que mi noción del tiempo es distinta; parece transcurrir con más lentitud para mí. Percibo una sola tarde como si fuera un día entero; un viaje en el metro puede suponer una travesía épica. Hoy es interminable. He pasado casi todo

el día sin pensar en mi madre, o al menos sin pensar demasiado en ella, en el accidente y en todo lo que sucedió..., pero ahora, por la noche, mientras paseo, el recuerdo es más fuerte que yo. Me doy cuenta de que tengo hambre. Está pasándome el efecto del alcohol. Casi he llegado a Adams, repaso mentalmente el dinero en efectivo que llevo encima y decido derrocharlo en una cena en el Berghoff, un venerable restaurante alemán, famoso por su cervecería.

El Berghoff es cálido y ruidoso. Hay bastante gente; comen, se mueven de un lado a otro. Los legendarios camareros del Berghoff van y vienen afanosamente, dándose aires de importancia de la cocina a las mesas. Guardo cola, mientras entro en calor en medio de las familias y las parejas que charlan. Al final, me conducen a una mesa pequeñita situada en el comedor principal, hacia el fondo. Pido una cerveza negra y un plato de wursts de pato con

spaetzle. Cuando llega la comida, como despacio. Me zampo todo el pan también, y me doy

cuenta de que no recuerdo haber comido. Buena señal. Significa que no soy idiota y me cuido; me he acordado de cenar. Me recuesto en la silla y examino el comedor. Bajo los altos techos, entre el panelado oscuro y los murales de barcos, cenan las parejas maduras. Se han pasado la tarde comprando, o bien en la Sinfónica, y hablan animadamente de los regalos que han adquirido, de los nietos, de los billetes de avión y los horarios de llegada, también de Mozart. Siento la necesidad de ir a la Sinfónica, en este momento, pero no hay concierto vespertino. Seguro que mi padre ya ha salido del Palacio de Conciertos y se dirige a casa. Ahora me sentaría en las gradas más elevadas del palco más alto (el mejor lugar donde acomodarse por la acústica) y escucharía Das Lied von der Erde, o bien Beethoven o alguna otra pieza tan poco navideña como esta última. En fin... Quizá el año que viene. Me asalta una visión repentina de todas las Navidades de mi vida puestas una al lado de otra, esperando que las supere, y la desesperación me embarga. No. Deseo por un instante que el tiempo me lleve lejos y no tenga que vivir este día, sino otro más benévolo. Luego, sin embargo, me siento culpable por querer evitar la tristeza; los muertos nos necesitan para que los recordemos, aunque eso nos consuma, aunque solo podamos decir: «Lo siento», hasta que la frase pierda su sentido y se desvanezca en el aire. No deseo traspasar a este cálido y festivo restaurante el peso de un dolor que tendré que rememorar la próxima vez que venga con los abuelos. En consecuencia, pago y me marcho.

Ya en la calle me quedo unos instantes inmóvil, calibrando la situación. No quiero ir a casa. Deseo estar rodeado de gente, que me distraigan. De repente recuerdo la sala Colocón, un lugar donde todo es posible, el refugio de la extravagancia. Me dirijo a Water Tower Place y cojo el autobús número sesenta y seis en la avenida de Chicago, me apeo en Damen y luego cojo otro, el número cincuenta, hacia el norte. El vehículo huele a vómitos, y soy el único pasajero. El conductor canta «Noche de paz» con una suave voz de tenor, le deseo «Feliz Navidad» y me bajo en Wabansia. Al pasar frente a una tienda de bricolaje, empieza a nevar, y apreso los copos húmedos y enormes con las puntas de los dedos. Oigo la música que se filtra desde el local. Las vías abandonadas del tren fantasma se ciernen sobre la calle envueltas en un resplandor de vapor de sodio, y cuando abro la puerta, alguien empieza a tocar la trompeta y el hot jazz me propina un manotazo en el pecho. Penetro en el local como un hombre que se ahoga, porque es a eso a lo que he venido.

Hay unas diez personas, contando a Mia, la encargada de la barra. Tres músicos (un trompetista, un bajista de pie y un clarinete) ocupan el diminuto escenario, y los clientes están sentados a la barra. Los músicos tocan con furia, se balancean a todo volumen como unos derviches sónicos. Me siento y escucho, y reconozco el estribillo de la melodía Navidades

blancas. Mia se acerca, me mira fijamente y yo le grito a pleno pulmón:

—¡Un whisky con agua! —¿De la casa? —vocifera ella.

Mia se vuelve para mezclar la bebida. Entonces la música se detiene bruscamente. Suena el teléfono, Mia lo descuelga dándole un tirón y responde:

—¿Colocoooón?

Pone ante mí la bebida y dejo un billete de veinte sobre el mostrador.

—No —dice ella al teléfono—. Fantástico, pues vete al carajo. Vale, jódete tú también. Cuelga el auricular con un chasquido, como si estuviera encestando en el aro una pelota de baloncesto. El cabreo le dura unos segundos, luego enciende un Pall Mall y exhala una enorme bocanada de humo frente a mí.

—Ay, lo siento.

Los músicos acuden en tropel a la barra y ella les sirve unas cervezas. La puerta del servicio está en el escenario, y aprovecho el descanso de los músicos para ir a mear. Cuando regreso a la barra, Mia ha puesto otro vaso delante de mi taburete.

—Eres vidente —le digo.

—Tú eres predecible. —Vacía con un golpe seco el cenicero y se apoya contra la superficie interior de la barra, estudiándome—. ¿Qué haces tan tarde por la calle?

Considero las distintas alternativas. Sé que he ido a casa con Mia un par de veces, y que ella resulta ser muy divertida, pero la verdad es que no estoy de humor para frivolidades espontáneas en este momento. Por otro lado, la calidez de un cuerpo no es precisamente desagradable cuando te sientes deprimido.

—Pienso emborracharme hasta perder el sentido. ¿Tienes alguna idea mejor?

—Bueno... Si no acabas demasiado borracho, podrías venir a mi casa, y si no estás muerto al despertar, podrías hacerme un enorme favor y venir a la cena de Navidad que celebramos en casa de mis padres, en Glencoe, y hacerte pasar por un tal Rafe.

—¡Por favor, Mia! Me entran ganas de suicidarme solo de pensarlo. Lo siento, pero no. —Venga, Henry —me dice en un tono vehemente, apoyándose en la barra—. Ayúdame por esta vez. Tú eres una persona del sexo masculino muy presentable. ¡Si eres bibliotecario, caray! Además, no te quedarás aterrorizado cuando mis padres te pregunten a qué se dedican los tuyos y en qué facultad estudiaste.

—Pues en realidad te equivocas. Huiré hacia el tocador y me rajaré la garganta. Por otro lado, no tiene ningún sentido. En el caso de que les caiga fenomenal, te torturarán durante años diciéndote: «¿Qué le sucedió a aquel bibliotecario tan joven y agradable con quien salías?», por no mencionar lo que ocurrirá cuando conozcan al Rafe real.

—Ese es un tema que no me preocupa. Venga, hombre. Te haré unos numeritos sexuales clasificados X de los que jamás has oído hablar.

Llevo meses negándome a conocer a los padres de Ingrid; tampoco he aceptado ir a la cena de Navidad que celebran mañana en su casa. De ningún modo voy a cambiar mis planteamientos por Mia, a quien apenas conozco.

—Mia... Cualquier otra noche del año... Mira, mi objetivo esta noche es alcanzar un grado de embriaguez que no me permita tenerme en pie, y todavía menos levantarme. Llama a tus padres y diles que están operando a Rafe de las amígdalas o algo parecido.

Mia se marcha al otro extremo de la barra para ocuparse de tres individuos que cuadran sospechosamente con la imagen de jóvenes estudiantes. Luego se lía a elegir botellas durante un rato para preparar algo sofisticado. Finalmente sitúa un vaso largo frente a mí.

—Toma, obsequio de la casa.

La bebida tiene el color del Kool-Aid de fresa.

—¿Qué es? —pregunto, y doy un sorbo. Sabe a Seven-Up. Mia me dedica una sonrisita ladina.

—Es algo que he inventado. Si quieres acabar noqueado, este es el expreso que has de tomar.

una sensación de calor y completo bienestar—. ¡Cielos! Mia, tendrías que patentar esto. Podrías poner tenderetes de limonada por todo Chicago y venderlo en tacitas con el emblema del sur. Te harías millonaria.

—¿Otro? —Claro.

Como joven promesa asociada a DeTamble & DeTamble, Alcohólicos al Por Mayor, todavía no he descubierto en qué momento me extralimito consumiendo licores. Unas copas después, Mia me observa desde el otro lado de la barra con la preocupación dibujada en el rostro.

—¿Henry? —Dime.

—Ya no voy a servirte más.

Probablemente es una buena idea. Intento asentir para mostrar que estoy de acuerdo con ella, pero el gesto representa demasiado esfuerzo para mí, y en cambio me deslizo despacio, casi con gracia, hasta el suelo.

Mucho después me despierto en el Hospital de la Caridad. Mia está sentada junto a mi cama. Se le ha corrido el rímel y tiene toda la cara embadurnada. Llevo un gota a gota intravenoso y me encuentro mal. Muy mal. De hecho, no podría encontrarme peor. Vuelvo la cabeza y vomito en una palangana. Mia se acerca a mí y me limpia la boca.

—Henry... —susurra Mia. —Oye, déjalo. ¡Qué más da! —Henry, lo siento muchísimo...

—No ha sido por tu culpa. ¿Qué ha pasado?

—Perdiste el conocimiento y eché el cálculo... ¿Cuánto pesas? —Setenta y nueve kilos.

—¡Jesús! ¿Has cenado?

Intento recordar durante unos segundos. —Sí.

—Ya, bueno, de todos modos lo que estabas bebiendo tenía más de cuarenta grados; y además te habías tomado ya dos whis-kies... Es curioso porque se te veía muy bien y, de repente, tu aspecto cambió y daba miedo. Cuando te desvaneciste, hice memoria y me di cuenta de que llevabas ya muchísimas copas. Por lo tanto, llamé al 061, y aquí estás.

—Gracias, creo.

—Henry, ¿quieres pedir un deseo antes de morir? Considero su propuesta.

—Sí —le contesto, me vuelvo hacia la pared y finjo dormir.

Sábado 8 de abril de 1989

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