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Dije de la aplicación de una palabra: no está absolutamente delimitada por

I. Juegos del lenguaje

I. 1. Concepción de la vida y el lenguaje como juegos

I.1.2. Reglas del juego del lenguaje

84. Dije de la aplicación de una palabra: no está absolutamente delimitada por

reglas. ¿Pero qué apariencia tiene un juego que está absolutamente delimitado por reglas?, ¿cuyas reglas no dejan que se introduzca duda alguna, que le tapan todos los huecos? (1988:105).

Las reglas –originalmente “obligatorias y aceptadas”– terminan siendo tan versátiles como el juego. Wittgenstein cree que no siempre la aplicación de una palabra está delimitada por reglas. Ochoa Torres sostiene que cuando Wittgenstein habla de reglas no se refiere a dispositivos férreos que no deben ser vulnerados. Resulta obvio pensar que cuando hablamos como lo hacemos generalmente no estamos usando conscientemente unas reglas precisas que nos lleven a la exactitud y la perfección de los conceptos empleados y su sentido. Esto es, no pensamos el lenguaje desde un cálculo mimético y preestablecido. Las palabras y las proposiciones tienen el significado que el uso del lenguaje les da y no la unidad del cálculo que la lógica pueda aportar. Tal unidad para Wittgenstein no existe, y en el supuesto de que así fuera, no tendría razón de ser, pues no satisfaría las infinitas posibilidades de los juegos del lenguaje ordinario. No sería útil tal unidad (no olvidemos las influencias del pragmatismo en Wittgenstein).

Sin embargo, “como nadie juega solo –todo juego [completo] es dual, implica siempre un mínimo de dos– hay que reconocer también que el acuerdo en la regla es esencial a todo

juego” (Ruiz García, 1996: 29). Precisamente, si nos referimos a un “intercambio creativo, comunicativo y vital”, suponemos que hay dos o más sujetos hablantes, que participan en el

juego y lo hacen con reglas precisas.

Observa Leocata que el lenguaje privado resulta imposible desde el momento en que para que haya un juego de lenguaje debe haber reglas. Y estas reglas no pueden ser aisladas del conjunto de la experiencia vital, que implica un intercambio, a través de lo corpóreo, con otros sujetos hablantes (2003: 184).

Explica Leocata que la comunicación es actualidad, por lo tanto, es un acontecer en el que dos o más existencias humanas se encuentran en reciprocidad. Por ello el lenguaje debe

ser despertado y calibrado en cada circunstancia con una nueva modalidad intencional o, si se

quiere, puesto en juego no solo bajo la observancia o el cuidado de determinadas reglas, sino en un intercambio real de una forma de vida. Es entonces cuando el sujeto humano experimenta un trascender hacia el otro que hermana el misterio con la comunicación. En este aspecto vemos, una vez más que el lenguaje remite necesariamente a ámbitos no lingüísticos.

No hay posibilidad de que el juego sea algo individual. Las “palabras” de un lenguaje

privado deberían estar referidas a hechos, gestos o impresiones invisibles que proceden de las asociaciones íntimas que un sujeto tiene y sólo él.

Refiriéndose al lenguaje privado, Ochoa Torres observa que Wittgenstein acepta que se puedan inventar lenguajes que sean instrumentos para la consecución de determinados propósitos. Pero el lenguaje en su conjunto no es un instrumento para un propósito determinado o específico fuera del lenguaje, y en este sentido es como sus reglas: flexibles y arbitrarias. Podemos decir, por ejemplo, que las leyes de la gramática son arbitrarias si lo que con ello queremos decir es que el objeto de la gramática no es otro que el mismo lenguaje. En esta idea está contenida quizá una gran parte de la crítica al modelo intelectualista. No es la concordancia o el consenso de los hombres lo que confiere valor a una regla, sino su desarrollo, su acción, su utilidad. A pesar de las implacables críticas a la generalidad, Wittgenstein reconoce que la acción comunicativa del hombre (como acción en sí misma) está necesitada de un sistema de referencia que ponga freno a la inconmensurabilidad de la realidad que hace que esta se nos escape de las manos casi constantemente. Sin esta concordancia y sin estos límites, el aprendizaje y los usos sociales y culturales quizá no fuesen posibles. Explica Ochoa Torres que esta concordancia es la que decide (evidentemente de forma convencional, pero también inevitable y pragmáticamente) qué es bueno y qué es

malo. Además, esta concordancia y esta uniformidad son la causa de las reglas de los juegos, pero no las podemos considerar como la razón de las reglas.

Con la tesis del lenguaje privado, sostiene Ochoa Torres, Wittgenstein se opone a la idea de un lenguaje fenomenalista (un lenguaje de la sensación pura) tal como por el que abogaban Carnap o Russell. Este tipo de lenguaje solamente puede ser entendido por aquel

que lo “usa”. Digamos que hasta incluso puede caracterizarse por tener una lógica, pero no es

un lenguaje fáctico y abierto al juego con los demás sujetos. No hay, por ello, un código que nos haga entender el lenguaje privado de otro sujeto, nadie más que este puede entenderlo, entre otros motivos porque si se hace comprensible a otros deja de ser privado. El ingrediente fundamental de esta privacidad son sensaciones inmediatas. Por este motivo no hay un criterio o esquema de corrección para decidir si a determinadas sensaciones le corresponde

fehacientemente un nombre “inteligible” para cualquier sujeto. Este lenguaje no puede ser aprendido por nadie que no sea uno mismo y para uno mismo. Las reglas de este lenguaje no son compartidas y, por tanto, no hay juego, y si no hay juego las reglas en realidad no son tales. Lo problemático (o lo que lo hace más incoherente) es que no hay forma posible de saber o comprobar si el hablante se refiere mejor a una cosa que a otra cuando intenta explicar una sensación.

Las reglas son concebidas como normas que deben regir cada puesta en juego, y repetibles cuantas veces sea necesario, generando infinitos modos de comunicación: es decir, son un modo en que se ordena la praxis del hablar para que sea eficiente, en vistas de un posible intercambio comunicativo vital.

Es interesante notar que Wittgenstein considera este intercambio vital, en el empleo del lenguaje, como algo diferente de la verdad o falsedad “en sí” de las proposiciones. Tanto

Wittgenstein –como Landero, en clave literaria– se plantean el problema de si algo es verdadero o falso por la concordancia de los sujetos hablantes sobre un tema. Verdadero y falso resulta ser lo que los hombres dicen; y los hombres concuerdan en el lenguaje. No se trata solamente de una concordancia de opiniones, sino de formas de vida. Los juegos del lenguaje suponen siempre un intercambio comunicativo con alguien con el que compartimos

una misma experiencia o forma de vida: la palabra ‘concordancia’ (Übereinstimmung) y la

palabra “regla”están emparentadas la una con la otra. Así lo explica Wittgenstein:

224.La palabra “concordancia” y la palabra “regla”están emparentadas la una con la otra; son primas. Si le enseño a alguien el uso de la una, le enseño con ello también el uso de la otra. (1988: 213).

241. “¿Dices, pues, que la concordancia de los hombres decide lo que es verdadero y lo que es falso?” –Verdadero y falso es lo que los hombres dicen;

y los hombres concuerdan en el lenguaje. Ésta no es una concordancia de opiniones, sino de forma de vida (1988: 217).

La concordancia o acuerdo recíproco supone que se aplican convenientemente las reglas de un determinado juego del lenguaje, que hay un cierto intercambio y que los interlocutores participan de una misma experiencia vital. Explica Leocata (2003: 183) que cuando surge el malentendido es porque las palabras se mueven en el vacío, ya sea por no aplicarse adecuadamente las reglas, ya sea por no compartir los interlocutores el mismo campo de experiencia.

Este sentido vital del lenguaje lo encontramos también en la Philosophische

Grammatik:“Yo puedo hablar de un ‘vivir’ (Erleben) de la proposición. Es decir, una cosa es

el significado objetivo, verdadero o falso de la proposición, y otra el estar engarzado en una forma de vida, en un intercambio comunicativo.

El diálogo se caracteriza por el hecho de no ser el individuo aislado el que conoce o afirma, el que domina una realidad, “sino que esto se produce por la participación común en la verdad”(Ruiz García, 1996: 28).

Lyotard explica que cuando Wittgenstein centra su atención en los efectos de los discursos, nombra diferentes tipos de enunciados y enumera algunos de los juegos de lenguaje. Significa que cada una de esas diversas categorías de enunciados debe poder ser determinada por reglas que especifiquen sus propiedades y el uso que de ellas se pueda hacer, exactamente como el juego de ajedrez se define por un grupo de reglas que determinan las propiedades de las piezas y el modo adecuado de moverlas.

Tres observaciones deben hacerse a propósito de los juegos de lenguaje. La primera es que sus reglas no tienen su legitimación en ellas mismas, sino que forman parte de un contrato explícito o no entre los jugadores (lo que no quiere decir que éstos las inventen). La segunda es que a falta de reglas no hay juego, que una modificación incluso mínima de una regla modifica la naturaleza del juego, y que una “jugada” o un enunciado que no satisfaga las reglas no

pertenecen al juego definido por éstas. La tercera observación acaba de ser sugerida: todo enunciado debe ser considerado comouna “jugada” hecha en un

juego (Lyotard, 2000: 27).

Confirmamos que las reglas no pueden ser aisladas del conjunto de la experiencia vital39. Intentaremos demostrar que los personajes landerianos entienden las reglas del juego

39Cfr. Leocata 2000: 184. El lenguaje privado resulta imposible desde el momento en que para que haya un

juego debe haber reglas. Y estas reglas no pueden ser aisladas del conjunto de la experiencia vital, que implica un intercambio, a través de lo corpóreo, con otros sujetos hablantes:‘Aquí quisiera decir: una rueda que puede girarse sin que con ella se mueva el resto, no pertenece a la máquina’ [Investigaciones filosóficas, N° 271]. Vuelve así espontáneamente la relación entre vida y técnica, implicando ambas la relación bilateral con el otro.

del lenguaje como normas que rigen cada puesta en juego y que ordenan la praxis del hablar

“para que sea eficiente, en vistas a ese posible intercambio comunicativo vital” (Leocata 2000: 43).

Para Ubersfeld (2004: 102), todo enunciado emitido para un alocutario instituye un contrato entre el locutor y aquél. Un contrato que está, como todo acuerdo, sometido a reglas.

Esas reglas no son solamente “condiciones de enunciación”, sino que rigen, como un código,

las posibilidades mismas del contrato. Ubersfeld explica que rigen reglas jurídicas para decir,

por ejemplo, “Se abre la sesión”, pues es preciso tener la prerrogativa; rigen reglas sociales, puesto que yo no puedo dar órdenes si no ocupo la situación social que me permite dar órdenes, o también la posición accidental: si estoy en la casa de alguien, no tengo derecho a

darle una orden personal del tipo: “Siéntese…”, tampoco darle la orden de cerrar la puerta o la

ventana, aun cuando socialmente sea su superior.

Agrega Ochoa Torres que cuando se nos muestra una regla no se nos está explicando su significado (como mucho únicamente podemos decir para qué sirve y con motivo de qué se ha creado), pues estas no sign-ifican (aunque a veces no sean otra cosa que signos), sino que se nos muestra simplemente la base sobre la que actúa en ciertas parcelas lingüísticas. Por tanto, la regla se aprende mediante un proceso de adiestramiento que debe actuar en un

contexto determinado, puesto que “cuando hablamos tal y como lo hacemos generalmente, no estamos usando conceptos definibles con precisión ni tampoco reglas precisas” (10). La regla

pasa a considerarse como tal, cuando se aplica y se usa reiteradamente.

Para Ochoa Torres, aceptar que la conducta lingüística está sometida a un proceso de aprendizaje y adiestramiento, es aceptar paralelamente la uniformidad o la concordancia de las acciones lingüísticas humanas y viceversa. Este adiestramiento forma parte de las reglas, no es ajeno o independiente de ellas. Por ello, el aprendizaje no justifica la regla, pues está inmerso en ella.

Las reglas, además, son instrucciones para el uso, mediante el cual se determina la elección de cierta regla para cada contexto o circunstancia concreta. No son reglas por el hecho de poder ser explicadas, dar razón de ellas o creer fundadamente en su racionalidad. Son actividad que nos vemos impulsados a realizar, aunque casi siempre inconscientemente.

Queda claro que para Ochoa Torres las reglas del juego son una acción compartida con otros sujetos. En esto estriba su carácter flexible, maleable y abierto a las aportaciones o modificaciones que el uso les confiera. Pero no por esto se atenta contra la sistematicidad o

Cuando hay entendimiento y concordancia hay la utilización de una misma máquina, pero también la coparticipaciónen una experiencia de vida”.

normatividad del lenguaje, pues precisamente la flexibilidad no alude a la regla, sino a su especial modo de aplicación. El juego implica secundar ciertas reglas, pues no seguirlas o no compartirlas es no jugar o jugar a algo distinto de lo que juegan los sujetos con los que estamos en interacción.

La postura de Wittgenstein es constructivista, puesto que pasa del significado cognitivo (basado en el método de verificación) al significado emotivo (mediante el uso de una proposición se expresan emociones y se influye en la conducta de los demás); va de la preeminencia del significado a la prerrogativa del uso” (Ochoa Torres, 2001).

En definitiva, los personajes de Landero nos desafían a probar que la equivalencia jugar-hablar es realizable. Nos insinúan que la configuración lúdica del lenguaje permite la equiparación del homo ludens con el homo loquens. Pero, sobre todo, nos confirman que las reglas del juego del lenguaje no pueden ser aisladas del conjunto de la experiencia vital.