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EL DILUVIO, EXPERIENCIA DEL JUICIO Y DE LA SALVACIÓN

LOS COMIENZOS DE LA SALVACIÓN

III. EL DILUVIO, EXPERIENCIA DEL JUICIO Y DE LA SALVACIÓN

Con Jesús, la humanidad entera ha entrado ya en el paraíso. A toda ella se dirigen las palabras que Jesús dice al ladrón desde la cruz. Los hombres todos son incorporados a Cristo, y vencen el pecado (Rom 6, 1-14), vencen a la misma muerte (cf. Col 2, 12-15; 1 Cor 6, 12-14). Han recobrado la amistad con Dios, privilegio fundamental del paraíso. Hoy ya son «hijos de Dios» (cf. Rom 8, 8-17; Jn 15, 9-17; 1 Jn 3, 1-2). Aun cuando todavía la salvación no se ha manifestado. Se vive en la fe. Y se espera su consumación en la esperanza (cf. Fil 3, 21; Rom 8, 14 ss.; Apoc 21, 2-4).

III. EL DILUVIO, EXPERIENCIA DEL JUICIO Y DE LA

SALVACIÓN

TEXTOS: Gen 6-9; Is 54, 9-10; Sab 14, 6-7; Ecco 44, 17-18; Heb 11, 5-6; 1 Pe 3, 18-22; 2 Pe 2, 4-5.

Israel ha experimentado en su vida la intervención de Yavé en una doble vertiente: de luz y de tinieblas, de bendición y de maldición, de salvación y de juicio.

Esta experiencia la proyecta Israel sobre la humanidad entera, sirviéndose para ello de las narraciones que circulaban en su ambiente cultural. La narración del diluvio —una catástrofe ocasionada por el agua— se inserta así en la trama de la historia de la salvación como tipo del juicio realizado por Yavé sobre la humanidad pecadora, y de la salvación de algunos, con los que comienza una humanidad nueva.

El hombre ha roto con Dios. De esta ruptura se deriva la ruptura de los hombres entre sí (cf. 4, 1-12: Caín y Abel; 4, 23-24: Lamech y sus venganzas). El multiplicarse de la humanidad sobre la tierra trae consigo el multiplicarse del pecado. De aquí arranca la narración del diluvio. Yavé constata que la maldad del hombre cunde en la tierra, que todos los pensamientos que idea su corazón son puro mal de continuo (Gen 6, 5). «La tierra estaba corrompida en la presencia de Dios; la tierra se llenó de violencias. Dios miró a la tierra y he aquí que estaba viciada, porque toda carne tenía una conducta viciosa sobre la tierra» (vv. 11-12). Esta corrupción no deja indiferente a Dios. El Dios «santo» no puede tolerar el pecado. Es incompatible con él por su propio ser. Sobre el pecado tiene que manifestarse necesariamente, de un modo o de otro, antes o después, el celo de Dios, su cólera, su ira. El hombre, con su pecado, contamina su propia existencia y la tierra en que habita. Hay momentos en que la contaminación llega a tales extremos que la vida del hombre se hace insoportable sobre la tierra. Dios se ve obligado a intervenir para purificar al hombre y hacer de nuevo habitable su tierra.

La purificación tiene una vertiente negativa, el juicio que Dios realiza sobre la humanidad pecadora. «He decidido acabar con toda carne, porque la tierra está llena de violencias por culpa de ellos» (6, 13). El pecado de suyo destruye a la humanidad. Si la destrucción no se manifiesta antes, o si no llega a todos, es por la paciencia de Dios, que ofrece una dilación del juicio, un tiempo para la penitencia (cf. 1 Pe 3, 20).

Instrumento de ese juicio, de esa purificación, es aquí el agua. La humanidad pecadora sucumbe mediante la acción del agua, que lo inunda todo. La destrucción es universal. Una universalidad expresada en términos geográficos, pero que se pretende teológica. Toda la humanidad es pecadora y toda está llamada a perecer bajo el juicio de Dios. Los que perecen en este juicio concreto son como representantes de toda la humanidad, de todos los pueblos, en todos los tiempos.

Pero la intención primera del diluvio no es la destrucción, sino la purificación, la reedificación. La benevolencia de Yavé, ante quien halla gracia Noé (6, 8), arbitra instrumentos —el arca (6, 14)— de salvación para que unos pocos, un resto, se salven de la catástrofe general (7, 23). Con este resto Dios vuelve a comenzar la historia. De la catástrofe sale una humanidad nueva,

renovada. Ha salido de la muerte a la vida. Su existencia es como una nueva creación. Después de la catástrofe, la vida comienza de nuevo, como en los orígenes (cf. 9, 1-7). Esta humanidad es objeto de alianza por parte de Dios. La fidelidad de la naturaleza se convierte en signo de la fidelidad y misericordia de Yavé para con el hombre, que tiende al pecado desde su juventud (8, 21-22; 9, 9-17).

El pecado reclama siempre el juicio de Dios. Este es el punto teológico de la narración del diluvio. La presencia del juicio es constante en toda la historia de la salvación. Por el agua será anegado el faraón, encarnación del pecado (cf. Ex 15, 1.21). Isaías describirá el juicio definitivo como un nuevo diluvio. «Las esclusas de lo alto han sido abiertas y se estremecen los cimientos de la tierra» (24, 18).

El juicio y la salvación obrada en el diluvio son figura de la realidad cristiana. El hombre, por el pecado, está abocado a la destrucción. Sobre él se ejerce el juicio de Dios. Un juicio a través del agua. El agua del bautismo, en efecto, en virtud del poder de Dios, anega al pecado. La misericordia de Dios saca sano al hombre, haciéndole resurgir a una nueva existencia, en virtud de la resurrección de Jesucristo (cf. 1 Pe 3, 21). La Iglesia puede ser comparada, en la primitiva tradición cristiana, con el arca de Noé, instrumento de salvación para cuantos se acogen a ella.

El diluvio es también figura y anticipo de otro juicio, el que tendrá lugar al final de los tiempos, en el día de la venida del Señor. Este juicio se realizará. Vendrá de improviso, cogiendo a la humanidad desprevenida como en los tiempos de Noé (cf. Mt 24, 38-39). Antes de que llegue ese día, se concede a los hombres un espacio, en orden a la penitencia, a la conversión (cf. 2 Pe 3, 9). El juicio se describe como una catástrofe cósmica, por el agua y el fuego (cf. 2 Pe 2, 4-10; 3, 5-13).

Mientras el cristiano espera en la paciencia, condenando al mundo con su fe, como Noé (cf. Heb 11, 7-8), descubre anticipaciones, signos de ese juicio en toda la serie de catástrofes naturales o provocadas por el hombre que acontecen a su alrededor (cf. Mc 13; Mt 24; Lc 21).

II