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3 ANÁLISIS DE LA INFORMACIÓN

3.1 DIMENSIÓN ECONÓMICA

Al comparar los cinco relatos de vida descritos en el capítulo anterior, encontré las siguientes diferencias y similitudes con respecto a: los bienes materiales que poseen los

habitantes de la calle entrevistados, a las actividades que realizan para obtener ingresos y a la cantidad de dinero que obtienen por su ejecución.

3.1.1 Bienes materiales.

Los habitantes de la calle entrevistados se caracterizan por tener muy pocos bienes materiales (véase Anexo B). Así por ejemplo, cada uno tiene un maletín en donde guardan sus pertenencias y una cobija, y la mayoría posee entre tres a cuatro camisas y camisetas, un saco, dos pantalones, una gorra y uno o dos pares de zapatos. Quien tiene menos ropa es Guillermo y su hija, pues tan solo posee cada uno, una camiseta, un saco, una sudadera y un par de zapatos, es decir, que usan las mismas prendas de vestir todos los días. Mientras que Eduardo es el que más ropa a su disposición tiene, pues posee cuatro blue jeans “buenos”, dos pantalones “de calle”, dos pares de zapatos, cuatro camisas y dos buzos.

Así mismo, dos de los entrevistados poseen radios, dos un puñal, uno tiene mascotas (tres perros recogidos de la calle), otro un tarro para guardar el pegante; dos tienen sus documentos de identificación, uno tiene una libreta telefónica y una billetera, otro un libro, y uno una biblia y un trapo rojo que le sirve para identificarse como vigilante de carros. Esas diferencias en el número de bienes se deben principalmente a la cantidad de ingresos que se obtiene por día, a la asistencia o no, a las instituciones encargadas de atender a estos sujetos y a la capacidad de construir una red de conocidos en torno al lugar que se frecuenta, es decir, a la capacidad de inscribirse en una especie de protección cercana en términos de Castell: ser conocido y reconocido por una red de vecindad y de sociabilidad “que funcionan como sistemas de protección que “cubren” a un individuo ante los riesgos de la existencia” (Castel y Haroche, 2003, pp. 15); que satisfacen mínimamente sus necesidades fundamentales.

Igualmente, puedo decir que el número de bienes que tiene un habitante de la calle no está relacionado con sus condiciones económicas anteriores a esta situación, pues todos tienen a grandes rasgos, unas condiciones materiales similares en la actualidad. Es decir, a pesar de que Eduardo antes de ser un habitante de la calle tenía casa y carro propios, y un empleo muy bien remunerado, actualmente vive en condiciones socioeconómicas muy similares a las de Cristian, el cual ha vivido en la calle desde los ocho años.

Esa poca cantidad de bienes materiales va asociado también a los bajos niveles de ingresos de la mayoría y al hecho de que no tienen un lugar fijo y seguro para dejar sus pertenencias, por tanto deben cargar con ellas todo el tiempo, pues en cualquier descuido se las pueden robar, como le pasó a Pedro con su maletín o a Guillermo con sus blue jeans:

(Guillermo) Antier tenía dos blue jeans, ella me los lavó allí y mientras me senté allí, se los robaron, los mismos de allí. ¿Qué pasa hermano? Que uno no les puede

decir nada, como ellos si andan bien montados, enmarihuanados, lo matan a uno, se pisan y ¿quién los coge? Nadie.

(Pedro) A mí me han robado más de una vez, me han robado los zapatos, me he quedado dormido y me han robado los zapatos. El maletín, me muevo pa un lado, yo pongo el maletín de cabecera y me he despertado sin maletín, sin los zapatos, y uno sin zapatos es muy berraco, por lo menos para mí, no me gusta andar sin zapatos… me quedé por ahí dormido y se me robaron la cajita de [embolar], me la robaron… Hay mucha gente hermano que lo ven a uno y de vez de ayudarlo a uno, lo ven dormido y lo roban a uno hermano1.

La mayoría de sus bienes es ropa, la cual consiguen a través de donaciones que la gente les hace a ellos directamente o a instituciones que se encargan de brindarle atención a esta población, como Samaritanos de la calle. O la compran en pulgueros a precios muy módicos, pudiendo adquirir unos zapatos entre 5.000 a 15.000 pesos, pantalones a 2.000, a 7.000 pesos, y camisetas entre 1.000 y 3000 pesos. Igualmente son comunes los trueques, en los cuales se intercambian una prenda de vestir por otra, por comida o droga. Y muy ocasionalmente, la adquieren pidiéndosela a otro habitante de la calle. Así por ejemplo, una persona como Pedro, a quien “no le gusta la compañía”, es capaz de darle a un desconocido sus prendas de vestir: “…y si puedo hacer un favor pues lo hago, que le regale una camisa, un pantalón, se la regalo, un par de medias, se las regalo. Ahí tenía un solo par de medias y me las pidió un muchacho y se las regalé, y así me quede sin medias.”

Lo mismo sucede con la comida o la droga, pues por ejemplo Cristian comparte sus “cueros” (el papel para enrollar la marihuana) con sus “amistades”, mientras que otro le regala fósforos; o guarda una botella plástica llena de chocolate para entregársela a “Pechu”, su compañero. En este intercambio de pertenencias, se establecen y fortalecen relaciones, si no de amistad, al menos de colaboración mutua entre personas en una misma situación social. Relaciones que, en palabras de Martuccelli (2007b), son soportes confesables, pues son dependencias recíprocas, escogidas por las personas, no impuestas, que facilitan la supervivencia en la calle.

Por otro lado, es pertinente destacar la posesión de ciertos bienes como la radio, ya que en épocas anteriores este aparato era considerado un lujo. De esta manera, debido a los cambios tecnológicos, el abaratamiento de ciertos productos y la generalización de su uso, incluso hasta los habitantes de la calle de hoy pueden adquirir esta tecnología. Igual ocurre con otros bienes como el vestuario e implementos para mejorar su salud, pues Pedro usa unas gafas que le regalaron y Guillermo utiliza unas muletas que también le proporcionaron.

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Los relatos de los entrevistados demuestran la importancia de una vivienda como lugar para guardar y almacenar las pertenencias, así como sitio de resguardo del clima y de otros seres humanos.

Asimismo, llama la atención el acceso a otros medios de comunicación como la prensa y la televisión, a través de los cuales se entretienen y se enteran de las noticias de su entorno y aprenden de política, economía, etc. Sin embargo, no se debe olvidar que estos medios son en su mayoría alquilados o regalados (obtienen de forma gratuita el periódico local ADN, ven televisión en las panaderías, ingresan a Internet por los computadores de otros) y que hay una estratificación en el uso de estos (pues es muy inusual encontrar habitantes de la calle que usen Internet, por ejemplo, y los que lo hacen tenían un alto nivel económico y educativo).

Pese a que muchas de sus pertenencias son donaciones, ellos también compran cosas, así sean ya usadas, como la ropa, el jabón, las pilas para el radio o los 500 pesos de panela en “la tienda de la esquina”, lo cual demuestra su inserción y participación en el mercado, aunque claro, de una forma precaria.

Ahora bien, no quiero decir con lo anterior que los habitantes de la calle vivan en condiciones envidiables, sino que en comparación con los “vagabundos” y “mendigos” entre los siglos XIV a comienzos del XX, de diferentes países, descritos en los textos de Castel, Castro y Martin, sus condiciones de vida han mejorado sólo un poco. Así por ejemplo, es inusual (aunque no imposible) que uno de ellos muera de inanición, que no haya recibido atención médica básica en casos de emergencia o que se les corte las manos por “vagabundear”.

Por otra parte, me parece pertinente resaltar la importancia que tiene para César Emilio sus mascotas, las cuales les sirven como justificación para pedir limosna, pues como él dice: “monita, me va a regalar para la comidita de los perros”. Además le facilitan establecer relaciones con los peatones de la zona, ya que mucha gente se acerca a tocar los canes y César empieza hablar con ellos. Pero tal vez más importante que todo lo anterior (o tal vez por lo anterior), es la compañía que los perros le hacen a él, especialmente Kati, con la que lleva más de cuatro años: “Pues al principio sí [se sentía solo], antes de tener a los animalitos sí. Ahora no, ahora me siento acompañado con ellos”.

A propósito de lo anterior Martuccelli alude a la relación afectiva de los individuos con las mascotas como soportes confesables (2007a, pp. 93). En otras palabras, debido a la reducción de las relaciones con los amigos, el trabajo, la familia, etc., las relaciones afectivas establecidas con los perros se convierten para César, en un punto de apoyo afectivo, en un refugio que le da cierta seguridad y autoestima y que le ayuda a enfrentar los periodos difíciles de la vida. A la vez, él se convierte en una fuente de cuidado y alimentación para éstos, estableciéndose una dependencia recíproca entre ellos.

De otro lado, llama mi atención el hecho de que ninguno de ellos tenga reloj, lo cual demuestra que no están sometidos a una rutina rigurosa con horario fijo, es decir, se pueden levantar un día a las 5:00 AM y al día siguiente a las 8:00 AM. Y si bien se pueden guiar temporalmente por las pantallas publicitarias que muestran la hora, tienen puntos de

referencia mas importantes como la intensidad de la luz del día, la hora en la que sirven el desayuno y el almuerzo en la institución a la que asisten, los programas de televisión (por ejemplo el noticiero se asocia al medio día), o si les da hambre2.

Respecto a los bienes de sus familias, se observa una gran diferencia entre los entrevistados, pues aunque todas tenían casa propia no era lo mismo la casa de los padres de Eduardo ubicada en el barrio San Fernando de la ciudad de Cali, al “rancho” de los padres de Pedro localizado en Buenaventura.

De esta manera, parece ser la familia de Eduardo la que tiene una mejor condición económica, pues aparte de esta casa en los años 60, también tenían carro (lo cual para la época se podría considerar un lujo) y actualmente son dueños, según él, de un condominio en la ciudad Miami, Estados Unidos.

Así pues, es interesante ver cómo todas las familias de los entrevistados estaban en mejor situación económica que los sujetos de estudio, lo que indica para estos casos, que la condición socioeconómica de donde provienen los habitantes de la calle no es una variable determinante en el proceso de constitución de éstos.

3.1.2 Actividades económicas.

Al observar los trabajos que han realizado los entrevistados en el curso de sus vidas en la calle para obtener ingresos, encontré que todos son de carácter informal, la mayoría son de poca cualificación y requieren un esfuerzo físico continuo. Los más comunes son: los trabajos agrícolas, ventas ambulantes, reciclaje, cuidar carros y pedir limosna. Siendo las dos primeras actividades, así como el “mendigar” o el hacer trabajos artesanales (como la zapatería en el caso de Johnny), labores que ya desde el siglo XIV eran realizadas por los “vagabundos válidos” mencionados por Castell, lo cual podría indicar cierta continuidad en el tiempo de algunas características de esta población3.

De esta manera, las actividades realizadas comúnmente por los habitantes de la calle de hoy, al igual que los asalariados del siglo XIV, son desprestigiadas, no gozan de

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De este modo, los habitantes de la calle se escapan en cierta medida del pensamiento de Simmel, según el cual: “La técnica de la vida en la gran ciudad no es concebible si todas las actividades y relaciones reciprocas no están ordenadas con la mayor puntualidad, dentro de un esquema temporal suprasubjetivo (Simmel, 1978, pp. 14).

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Sin embargo, al hacer la comparación se debe tener en cuenta los cambios que seguramente habrán ocurrido en estos oficios: en el uso de herramientas y materiales, las relaciones de trabajo, etc. Además, debo recordar que estos “vagabundos válidos” representan la esencia negativa de una clase de asalariado, caracterizado por una precaria relación con el trabajo y la comunidad, quienes eran confundidos y clasificados como vagabundos. Por tanto, esta categoría no significa lo mismo que habitante de la calle, aunque tiene características en común con ella, razón por la cual la comparación se debe hacer con cuidado.

protecciones sociales, son mal remuneradas y son hechas generalmente por personas que no tienen “nada para intercambiar, salvo la fuerza de su brazo” (1997, pp. 13).

En este sentido, Cristian es un buen ejemplo de las diversas actividades que puede llegar a realizar un habitante de la calle, pues desde los 8 años: ha retacado (ha pedido limosna), ha robado, ha transportado marihuana, ha trabajado limpiando los parabrisas de los carros en los semáforos, cantándoles a los conductores, vendiendo dulces e incienso en la calle y en los buses. Ha reciclado, recogido café, cargado arena, cortado caña y ha trabajado en la construcción. Últimamente le pagan por “descargar unas botellas” y lavar unos tarros. Esas labores agrícolas, que son de tipo rural, y que también han hecho Pedro y César, son el resultado de sus continuas migraciones a otros pueblos y ciudades, lo cual es un comportamiento común en estas personas cuando están “jóvenes” (aproximadamente menores de 45 años, según sus relatos).Una mención de esta clase de actividades se halla en la siguiente descripción hecha por Cristian:

No pues, eso para recoger café eso es lo más breve, eso, soso, eso va pasando gente así… un jeep, “súbase muchachos que vamos a trabajar” y pa la finca, y allá uno duerme, se relaja, come, y ahí por la mañana un baño y le pasan un tarro, un tarro que uno se lo coloca aquí y se amarra eso, y… eso lo dejan fumar marihuana y todo allí adentro.

Producto de esos desplazamientos, los tres conocen Armenia, Bogotá, Tuluá, entre otros muchos municipios4. Estos viajes se pueden realizar solos o en compañía de otros habitantes de la calle; a pie o siendo llevado por algún camionero o comprando el pasaje de un bus (aunque es algo inusual); y pueden quedarse en estos municipios un día o cinco años, lo cual depende del poder conseguir fácilmente alimentación, drogas, lugares seguros para dormir, fuentes de ingreso, compañía entre otras. La razón por la cual hacen estos viajes, es principalmente por “el conocer”, porque “me dieron ganas de andar por allá” (y rara vez por la búsqueda de un empleo), tal como lo relata Cristian: “Sabe cuál es el trabajo que más me tramó a mí, o sea recoger caña, si, si recoger caña y conocer ciudades. O sea no es, no es un trabajo, pero conocer ciudades, una alegría. Conocer ciudades, cuando he ido a Medellín, Bogotá”.

El motivo por el cual dejan de hacer estas migraciones es la edad y la seguridad, tal como lo comentan Pedro y César:

(Pedro) Y yo creo que ya, ya muero aquí (en Cali). Ya no vuelvo andar más. Ya estoy muy anciano, ya muy cansado, ya voy pa 58 años hermano.

(Entrevistador) ¿Y por qué te quedaste acá (en Cali)?

4 Llama mi atención que ninguno de los entrevistados durante su estancia en la calle haya viajado a la Región Oriental colombiana, y que sus viajes se concentren a la Región Andina (especialmente norte del Valle del Cauca, Quindío y Bogotá) y en menor medida a la Región Caribe.

(César) Me amañé. De pronto porque ya estoy un poquito viejo, entonces no aguanta salir andando, y por lo que está muy peligroso estar andando.

Al observar los casos de Guillermo y Eduardo, los cuales llevan menos tiempo viviendo en la calle, dos años el primero y catorce años el segundo, se puede apreciar que son los que menos actividades diversas han realizado para obtener ingresos, pues la mayor parte del tiempo sólo se dedican a pedir limosna y a cuidar carros. De esta manera, podría haber una relación entre el tiempo en la calle, la edad, la posición social que ocupaban y los trabajos que realizan los habitantes de la calle. Así pues, ya que labores como reciclar y el recoger café requieren un esfuerzo físico grande, a medida que van envejeciendo dejan de lado estos trabajos y se dedican a otros, como cuidar carros, los cuales no son tan desgastantes. Además, para reciclar se requiere de disposición para buscar dentro de la basura, cuestión que a Eduardo y a Guillermo parece molestarles (incluso me dio la impresión que les parecía algo humillante), debido seguramente a que en su estilo de vida anterior no estaban acostumbrados a ello5.

Si bien la variable que parece tener más peso al momento de realizar un trabajo es la edad, las actividades realizadas y los conocimientos adquiridos antes de ser un habitante de la calle les pueden servir para desenvolverse. Así por ejemplo, Eduardo en el trascurso de su experiencia laboral como ingeniero industrial aprendió a manejar computadores, lo que le permitió ayudar al mantenimiento de éstos en una fundación a la que asistía, obteniendo un pago por ello; o Miguel (uno de los habitantes de la calle con quien hablé, pero no terminé el relato), trabaja reparando electrodomésticos, adquiriendo los conocimientos requeridos para ello, a través de sus estudios universitarios de ingeniería electrónica.

Respecto a los familiares de los entrevistados, percibí que los trabajos realizados por éstos son muy diferentes entre sí, y van desde empleos que requieren una alta cualificación, como ingeniero de petróleos, pasando por otros no tan cualificados como maestra de primaria o brigadier de la policía, hasta “apartamentero” (ladrón de casas) y vendedora de empanadas. De esta forma, no se nota una relación directa entre la actividad realizada por los padres y las actividades actuales que realizan los sujetos entrevistados, pero sí hay una influencia, pues Cristian fue ladrón durante un tiempo igual que su padre y César fue agricultor y vendedor al igual que el suyo. Asimismo, para los casos de Eduardo y Guillermo, la actividad y nivel educativo de los padres puede tener relación con la actividad realizada antes de ser un habitante de la calle, pues para el primer caso, padre e hijo fueron ingenieros, y Guillermo fue miembro de la fuerza pública como su papá.

5 De cierta manera, estos dos casos recuerdan a los “pobres vergonzantes” descritos por Castel como: “aquellos que han recibido una buena educación y ocupado un lugar honorable en la sociedad pero cayeron y ya no pueden mantener su rango, se encuentran en el desamparo por las desdichas de las circunstancias, sin tener el recurso de los trabajos manuales porque los prejuicios del nacimiento, la educación, la profesión, o digamos mejor, el peso de la costumbre les vedan ese recurso” (1997, pp. 65).

Por otro lado, me parece de suma importancia resaltar la actitud que tienen personas como Cristian, Pedro y tal vez César Emilio frente al trabajo. Así por ejemplo, Cristian tiene la idea de que a través del ahorro y su esfuerzo puede salir de su situación:

…yo quiero salir de esto, y quiero, quiero, quiero y después uno a dedicarse, porque yo he pillado manes que han vendido agua y de el agua se montan una chasa6, y de la chasa se van por otra cosa. De la chasa tienen casa, y de la casa tienen carro y del carro ya no sé qué tienen, ah. ¿Por qué? Porque han jugado vivo.

…si yo quiero salir adelante mientras tanto no ve, ahí voy empezando con un