CAPITULO II. MARCO TEÓRICO
D. La metapsicología ampliada por Meltzer, Bick Tustin
1. Dimensionalidad del espacio psíquico
Meltzer (1975) desarrolla la dimensionalidad del espacio psíquico, el cual se puede entender como un funcionamiento mental directamente relacionado con las características del espacio donde se vive mentalmente. El autor afirma que el individuo se mueve en diversos espacios mentales, en los cuales se evoluciona desde el extremo más primitivo al más desarrollado. Se va de la desmentalización a la creatividad y el pensamiento, desde el objeto fragmentado hasta la diferenciación entre los objetos con límites definidos, desde la atracción hasta la introyección. A estos espacios psíquicos les dio el nombre de unidimensionalidad, bidimensionalidad, tridimensionalidad y tetradimensionalidad. Meltzer dice que la visión evolucionista de la dimensionalidad lleva a pensar en “procesos de
diferenciación y organización próximos a la disociación e idealización del self y el objeto”
(Meltzer, 1975, p.198).
La unidimensionalidad es la primera dimensión de la vida mental que menciona Meltzer, que consiste en una relación de tiempo y distancia no diferenciada entre el self y el
objeto, lo cual crea un mundo con un “centro fijo en el self y con un sistema de rayos en dirección y a distancia de los objetos, concebidos como potencialmente atractivos o
repelentes” (Meltzer, 1975, p.198). En este sentido, el alejarse de un objeto, puede acercar al
self al otro, pero sin intencionalidad. Acá el tiempo no se diferencia de la distancia, por lo que Meltzer lo llamó un tiempo de cierre. Es un mundo simple, polarizado, sin mente y donde los eventos no están disponibles para la memoria ni el pensamiento.
En la bidimensionalidad y la identificación adhesiva, afirma Meltzer, la significación de los objetos no se puede separar de las cualidades sensoriales que el sujeto capta de las superficies de los objetos, lo que convierte al self también en una superficie sensible,
limitada, la cual puede ser “maravillosamente inteligente en la percepción y apreciación de las cualidades de la superficie de los objetos, pero sus objetivos van a ser necesariamente cercenados por una empobrecida imaginación, dado que carece de medios para construir en su pensamiento objetos o hechos distintos de aquellos experimentados de manera concreta”
(Meltzer, 1975, p.199). La explicación a esta limitación del pensamiento y creatividad es que no hay un espacio interno dentro de la mente, no hay lugar a la fantasía y al pensamiento, la mente tiene una forma plana que se pega a otras superficies. La persona no tiene más instrumento de contacto con el mundo que sus órganos sensoriales con los que lo percibe.
Meltzer afirma que el self que está en este mundo, está disminuido en memoria, deseo y previsión. No puede haber introyección de los objetos, ni la modificación introyectiva de los existentes, porque no hay ningún espacio interior, por lo tanto, no podrá haber pensamiento experimental en regresión o progresión, que permita reconstruir las experiencias pasadas y futuras con convicción, estas personas permanecen en el presente sensorial y concreto.
Un concepto fundamental en la bidimensionalidad es la identificación adhesiva.
Meltzer (1974) señala que en 1968 Esther Bick, escribió el texto “La función de la piel en las primeras relaciones de objeto”, en donde comenzó a identificar algo relacionado con
estados de angustia catastrófica en ciertos bebés que no tenían madres contenedoras. Observó que estos bebés entraban en estados desorganizados y de angustia indescriptible. Bick se dio cuenta que este fenómeno también se podía observar en algunos pacientes los cuales mostraban esos estados de desintegración en algunos momentos de su vida. En estas
observaciones, ella descubrió que había algunas personas que “no estaban adecuadamente sostenidas por una buena piel, pero que tenían otras formas de mantenerse unidas” (Meltzer,
1974, p. 334). Ella describía a estos pacientes como personas que no usaban a menudo la identificación proyectiva, tenían un concepto de sus relaciones muy externo, valores muy
se miraran todo el tiempo en el espejo de los ojos de los demás, copiando a otros, imitando”
(Meltzer, 1974, p. 335). Estas personas no aprendían de manera experimental, sino que lo hacían imitando conductas, memorizando información, pero carecían de creatividad.
Paralelamente, Meltzer estaba trabajando con un grupo de psicoterapeutas que trataban niños autistas. Encontraron algunas características que los hicieron comenzar a pensar en términos de dimensionalidad y de espacio relacionadas con el tiempo. Ellos pudieron observar que en los niños autistas había un funcionamiento como si no hubiera espacio, como si sólo hubiera superficies de dos dimensiones, ellos parecían no poder diferenciar entre el estar adentro y el estar afuera. Por esto, pensaron que ellos tenían otro tipo de identificación, a la que decidieron llamar identificación adhesiva. Esta se puede describir como ligada a la mímica, a la superficialidad y a la copia de valores exclusivamente externos. Meltzer se da cuenta que el concepto de bidimensionalidad se podía ampliar y habla de la superficialidad como una organización de carácter. Dice que una cualidad fundamental de la bidimensionalidad es el aburrimiento. En la bidimensionalidad se recurre a esta como una defensa frente al dolor, siendo una lucha por no perder al objeto y poder prolongar la relación con éste, estando siempre pegado.
Meltzer (1990) habla del aprendizaje a través de la identificación adhesiva. Afirma que este método de identificación narcisista se da en personas cuyos objetos internos son pobres como continentes, y por lo tanto su endoesqueleto emocional es tan escaso para la personalidad que se ven forzadas a mantener unida su personalidad a través de la adhesión a los objetos externos. En este tipo de aprendizaje se produce una identificación con las cualidades superficiales y socialmente visibles del objeto, pero no con sus cualidades mentales. Así, el comportamiento resultante es inmediato y dependiente de la presencia del objeto externo.
Ester Bick (1979) habló sobre las personalidades sin interior articulado o integrado habló sobre la experiencia de la piel en las relaciones de objeto temprana como un “forma
más primitiva” en la que “las partes de la personalidad se sienten como carentes de una
fuerza que las una, y deben entonces reunirse de una manera que es vivenciada por ellas
pasivamente, como la piel que funciona como un límite”. (Bick, 1979, p. 203 ). Se trata de una función forzada que presiona la cohesión no articulada de los elementos internos. La verdadera función que permite conectar las partes del self sólo se lleva a cabo cuando se introyecta un objeto externo que es vivenciado como capaz de cumplir la función de la contención de las partes del self. Esta identificación permite que se reemplace el estado de no integración y se origine la fantasía de espacio interno y externo. Bick (1979) plantea que
En el estado infantil no integrado, la necesidad de encontrar un objeto contenedor lleva a la frenética búsqueda de un objeto, sea este una luz, una voz, un olor, o algún otro objeto sensual que sea capaz de mantener la atención y, por lo tanto, susceptible de ser vivenciado por lo menos temporariamente, como algo que une las diversas partes de la personalidad. (Bick, 1979, p. 204).
El pezón dentro de la boca, junto con una madre que sostiene, que habla y que emana olores familiares, es el objeto óptimo. Este objeto, funciona como un continente y es vivenciado como una piel. El desarrollo deficiente de esta función primitiva resulta de la inadecuación del objeto real o bien de los ataques fantaseados contra él, todo lo cual
entorpece la proyección. Como consecuencia se determina la “segunda piel” dónde la
dependencia del objeto se reemplaza por una pseudo-dependencia, hay utilización inadecuada de funciones mentales y talentos innatos; los que ahora se encargarán de crear un sustituto de la función de contención que debía cumplir la piel.
La carencia de la primera piel además de producir segundas pieles como caparazón dejan al ser en un estado bidimensional como el descrito por Meltzer anteriormente que determina identificaciones adhesivas donde se da el predominio de relaciones sensoriales con los objetos: dependencia, separación-colapso; vacío en la cabeza; y caricatura.
En la tridimensionalidad y la identificación proyectiva, Meltzer afirma que Klein en su trabajo con niños se dio cuenta de la existencia de espacios especiales dentro de ellos, en su cuerpo, algo muy concreto, y dentro de los cuerpos de sus madres, las cuales podían ser estudiadas en la transferencia. Con su concepto de la identificación proyectiva describió la fantasía omnipotente de entrar en el objeto por medio de la proyección y poderlo controlar, tomando posesión de su mente, cuerpo e identidad, esta combinada con la escisión.
En la tridimensionalidad surge el concepto de orificios en el objeto y en el self, y comienza la lucha acerca de la forma de guardar o cerrar los orificios concebidos ya de forma natural, y no desgarrados o hechos a la fuerza. Meltzer afirma que la visión del mundo en toda su totalidad se eleva a un nuevo nivel de complejidad, ya que cuando el objeto logra la función de esfínter, se abre la potencialidad de un espacio y de un continente. En este punto, es importante mencionar que el sentir que se es contenido es una precondición para desarrollar la capacidad de ser un continente capaz de contener. La temporalidad comienza entonces a tener un movimiento de adentro hacia afuera del objeto, va y viene, pero la operación de la omnipotencia, dice Meltzer, da lugar a la identificación proyectiva, que es usada porque no se puede pensar el dolor psíquico, por lo que es necesario escindir lo doloroso y ponerlo en el otro.
La tetradimensionalidad y la existencia plena del self y del objeto se presenta cuando la omnipotencia y el narcisismo disminuyen y se afirma la voluntad del sujeto por el alivio de la envidia y los celos, el self y el objeto se pueden separar. El mecanismo predominante en esta dimensión es la identificación introyectiva. En este mundo, se puede pensar todo el tiempo sobre las emociones, se acoge lo que se está sintiendo, se piensa, y se tolera lo incognoscible del objeto, aceptando que es imposible conocer al otro y a si mismos completamente. También se puede reconocer el paso del tiempo, se reconocen el pasado, el presente y el futuro, y se es consciente de un final: la muerte. El sujeto se convierte en un ser más unitario y genuino, tolera las separaciones, las diferencias, no copia ni somatiza y la creatividad está desarrollada.