IV. Marco Teórico y Conceptual
2. Participación
2.6. Dimensiones de la Participación
Ahora bien, en relación a las dimensiones que el concepto implica, se pueden mencionar las siguientes:
Una primera dimensión del concepto de participación es la que enfatiza en denominarla como proceso integral para el desarrollo, considerando la participación como una conducta que fortalece la personalidad y genera en las personas una mayor capacidad para enfrentar los desafíos, en este sentido “hace que el individuo sea más autónomo, seguro de sí mismo, capaz de enfrentar situaciones nuevas sin angustia, mejor preparado psicológicamente para asumir la responsabilidad de su propio quehacer” (Gyarmati, 1992).
Según este concepto la participación expresaría en sí misma un valor centrado en las posibilidades de un autodesarrollo humano, pasando a constituirse como parte de “una aspiración natural del ser humano a crecer y a humanizar el medio en que desarrolla su existencia. Aparece expresado como un derecho ciudadano o como un valor que debe ser promovido y garantizado” (Garretón, 1989).
Es así como en este concepto de participación adquiere relevancia la idea de constituirse en una instancia educativa que involucra procesos de desarrollo personal a través de prácticas grupales, en la cual se torna central la idea de actuar, tal como lo señala Gyarmati “la idea clave de este proceso pedagógico es la de actuar, ya que la acción, los resultados que de ella surjan y la retroalimentación de estos resultados captados por el individuo constituyen una
escuela en sí, que ningún aprendizaje meramente intelectual puede sustituir” (Gyarmati, 1992).
La participación sería así de acuerdo a este concepto un proceso de quehacer grupal con énfasis en una función pedagógica, con la conciencia de las propias potencialidades.
Existe otra dimensión que ve la participación como integración al desarrollo dentro de la cual en general se plantea que se participa en la medida que se es parte de una unidad social mayor definida por un contexto de modernidad y mercado, se señala así que “la integración al desarrollo es un proceso mediante el cual se generan oportunidades de integración activa y real de las personas a los frutos de desarrollo, para que mejoren sus condiciones y calidad de vida” (MIDEPLAN, 1994).
De esta forma la responsabilidad de la participación estaría en manos del Estado, quien sería el encargado de propiciar las condiciones necesarias para que los marginados tengan los beneficios de participar del desarrollo económico. Es así, como este “tipo de participación tiene hoy un sentido especial. Lo que la libre expansión del mercado no logra vitalizar y queda al margen del desarrollo es objeto de los programas estatales de subsidio” (Ministerio Secretaría General de Gobierno D.O.S., 1994).
Este concepto de participación se fundaría en la necesidad de constituir una sociedad moderna para lo cual sería necesario integrar a toda la sociedad con el fin de legitimar al sistema.
Sin embargo se considera que esta definición es muy limitada en la medida que no da pie para que las organizaciones sociales vayan afirmando su protagonismo en la toma de decisiones puesto que la participación se plantea más como un camino informativo hacia la integración, que como la capacidad de influir en los procesos decisionales. Este tipo de participación podría conducir a formas de “participación aparente”, al generar la percepción de estar participando donde sólo se están ejecutando tareas definidas por otros, faltando la definición colectiva de los participantes que pueda generar y hacer efectiva la influencia de
estos en los espacios decisionales. Este último aspecto es el que abarca la tercera dimensión de participación (Muñoz, 1987).
La tercera dimensión del concepto radica en la participación como influencia en la toma de decisiones en la cual se enfatiza en la capacidad de individuos y grupos para tomar sus propias decisiones por asuntos que los afectan. Al respecto se plantea que participación es “la capacidad real y efectiva del individuo o de un grupo de tomar decisiones sobre asuntos que directa o indirectamente afectan sus actividades en la sociedad y, específicamente, dentro de la institución en que trabaja” (Gyarmati, 1992).
Sin embargo, participar no sólo puede referirse a las determinaciones que el grupo realiza sobre asuntos que lo afectan sino que debe incorporar la capacidad de influir en la toma de decisiones, es decir, “participación real significa poder, influencia o eficacia, y ello implica capacidad para pesar en las decisiones que puedan modificar las condiciones que de una u otra manera afectan a los sujetos participantes” (Garretón, 1989).
Se ve así la existencia de una relación que implica, por un lado, la capacidad de influir en la toma de decisiones, y por otro, el poder necesario para hacerlo, incorporándose la posibilidad de llegar a ser actor social, es decir, de contar con el poder para intervenir en los mecanismos de decisión, así… lo decisivo es la capacidad de influir, para lo cual es necesario intervenir en los mecanismos de decisión colectiva, sin perjuicio de lo anterior, en su manifestación más plena o de máxima calidad, la participación debería incluir la intervención directa en las distintas etapas del proceso decisional (Boeninger, 1982).
Es así como según lo anterior el ejercicio de influencia se haría efectivo a través de acciones, no de individuos sino que de organizaciones insertas en un espacio local el cual es percibido “como un lugar de organización e iniciativa social y con ello, de base espacial para el desarrollo de la sociedad civil. Lo local constituye un soporte territorial de la organización social y un objeto a ser construido en cuanto a resultados de procesos y actores sociales” (González, 1989).
Esta forma de entender la participación, inscrita en el espacio local, hace que se constituya como requisito y fundamento de los procesos de descentralización, la cual realiza su potencial democratizador sólo si existe una participación real, donde la cercanía que existe respecto a las autoridades permite convertir al Municipio en un lugar con acceso, incidencia y control por parte de la población, con posibilidad de gestionar directamente servicios locales y de ser actor directo en la planificación del desarrollo local (Lechner, 1990).
Este tipo de participación se podría denominar participación política en la medida que implica decisiones que comprometen el destino de los diferentes grupos y organizaciones sociales trascendiendo el nivel meramente individual. Tal como lo expresa García Letelier, la participación como proceso político, es aquella en la que ciertas organizaciones, representativas de determinados sectores sociales de un país, intentan o llegan a lograr el acceso a los instrumentos decisionales de la conducción política, a nivel local, regional o nacional, con el fin de ver representados sus intereses de grupo en el contexto del proceso de desarrollo económico y social (García, 1989).
Ahora bien, dentro de este tipo de participación se encuentra la participación social que incorpora elementos, tanto de la dimensión de participación para el desarrollo, en la medida que surge de la necesidad humana de expresar los intereses comunes de varios individuos, como elementos de la dimensión de participación como capacidad de influir en la toma de decisiones sobre aquellos aspectos que les afectan.