cías, que encarecieron a pesar de la prohibición, y la pena capital castigó a innumerables vendedores, hasta que se derogó la ley.
Tenemos un registro exacto de esta medida en la famosa ins- cripción de Stratonicea,62 que reproduce todo el edicto con varios
cientos de fijaciones de precios (en parte ilegibles y difícilmente acia- rabies). Los emperadores se expresan así en el preámbulo: "Los pre- cios de las cosas que se compran en el mercado o que se traen cada día a las ciudades han sobrepasado todos los límites, de tal suerte que el afán desatado de ganancia no se atempera ni por las cosechas abundantes ni por el excedente de mercancías... El latrocinio me- rodea por todas partes a donde se trasladan nuestros ejércitos por exigencias del bien público, y no sólo en las aldeas y ciudades sino en todas las calzadas, de modo que los precios de las subsistencias no sólo se han cuadruplicado y hasta octuplicado sino que sobrepasan toda medida. Ha ocurrido a menudo que, con la compra de unas cuantas mercancías, se ha arrebatado a los militares su soldada y nuestros donativos... Esta voracidad tiene que encontrar un tope en nuestra ley." (Para ello se amenaza a los contraventores con los castigos más severos.)
Los motivos resultan tan misteriosos como la medida misma. Lo primero que uno piensa es que, en el Oriente, una cofradía de especuladores elevó rápidamente el precio de los artículos de prime- ra necesidad, en forma tal que todos padecían por ello, pero los su- frimientos del ejército amenazaban con los mayores peligros. El Im- perio, cuyos ingresos consistían en su mayor parte en especies, acaso no podría abastecer oportunamente a cada guarnición. Y como la
02 Completo en los apéndices de Antiq. Rom. motvum. legalia, de Hau-
bold-Spangenberg. — Comentarios en Dureau de la Malle, Economie politique
des Romairis, vol. i., y, después, en el ensayo de Th. Mommsen: El edicto de
Diocleciano de pretiis rerum venalium del año 301, prescindiendo de suple- mentos posteriores debidos a fragmentos nuevamente descubiertos; cf. Preuss
ob. cit., p. 115 y Vogel, Der Kaiser Diocletian, pp. 78 ss. — El edicto dictado
en nombre de los cuatro gobernantes, estaba destinado al Oriente y proba- blemente fué publicado solamente allí (entre septiembre de 301 y marzo de 302).
LOS PRECIOS TOPES 63
medida de emergencia fué adoptada, acaso, con prisas y de mal hu- mor, se extendió la protección a todas las clases de la sociedad y a toda clase de valores, pensando sobre todo en las masas urbanas. La tabla de precios es un documento de primera categoría por- que ofrece la relación entre los valores de las cosas y de los trabajos, fijándola oficialmente para aquella temporada. Pero resulta difícil convertir cada valor a nuestra unidad monetaria. Todavía no se han puesto de acuerdo los autores acerca de la unidad que en el edicto es señalada con un asterisco; de suerte que unos fijan el denario de plata (9 sous) y otros, por el contrario,63 el denario de cobre (medio
sou); en el primer caso tendríamos unos precios enormes y en el
segundo precios que no se apartan mucho de los nuestros y que pa- recen los más probables si se tiene también una idea justa de las medidas y pesos aludidos. Si se tratara efectivamente del denario de cobre, los resultados principales serían los siguientes: los jornales pa- recen un poco inferiores a la media válida hace unos treinta años en Francia, que era de un franco veinticinco céntimos; el siervo de la gleba recibía diariamente sesenta y cinco céntimos, el albañil, el carpintero, el herrero, el panadero, el cocedor de cal, un franco veinticinco, el mozo de muías, el pastor, el aguador, el limpiador de cloacas, etc., la comida y de 50 a 65 céntimos; entre los maestros, el pedagogo recibía por cada pupilo un franco veinticinco al mes, y lo mismo el que enseñaba a leer y a escribir; el que enseñaba a calcu- lar y a escribir de prisa, un franco noventa, el gramático de lengua griega, cinco francos, y lo mismo el de latín y el geómetra. Un par de zapatos costarían: para aldeanos y acarreadores de animales, tres francos, para los soldados, dos francos cincuenta, para los patricios, tres francos setenta y cinco, para las mujeres, un franco cincuenta, variando en cada caso, como es natural, la forma y el trabajo reque- rido. Los precios de la carne, calculados en libras romanas, eran de
63 Así Dureau de la Malle. Más alta, pero todavía no bastante, es la
valoración de esta unidad por Mommsen (10 céntimos) y por Waddington (6,2 cents.).
64 DIOCLECIANO. SU GOBIERNO
veinticuatro céntimos para la carne de vaca y carnero, treinta y cinco para la carne de cordero y de cerdo; omitimos el capítulo de legum- bres, enumeradas muy circunstancialmente, y las golosinas. El vino corriente, calculando el sextario como un medio litro, se fijó a un precio más bajo que el de ahora, veinte céntimos; el vino añejo, se- senta céntimos; los vinos generosos italianos de Sabina y Falerno, setenta y cinco céntimos; la cerveza (cervesia cami?) a diez céntimos, y una clase inferior (zythum) a cinco céntimos. Hemos señalado es- tos precios, calculados acaso un poco por lo bajo (tomándolos de Durau de la Malle), porque bastan para poner de manifiesto el úni- co fin que, por ahora, podemos perseguir, hacer resaltar la proporción entre los valores. Por desgracia falta por completo el precio del trigo, que sería decisivo. En el edicto los precios se fijaron sin duda por lo alto, pues con precios bajos nada se podría alcanzar, y no hay que dejarse despistar por aquella frase del anal idiatánico: "manda- ron los emperadores que hubiera baratura".
De toda la administración de Diocleciano lo que más se le pueda reprochar sea acaso la introducción de estos precios fijos. Por una vez el estado absoluto se había equivocado del todo al confiar en sus medidas coactivas, pero tampoco se podrá desconocer por com- pleto la buena intención. También se revela esta intención en el nuevo catastro impuesto por Diocleciano a todo el Imperio en el úl- timo año de su gobierno (305). Es cierto 64 que se nos dice que man-
dó medir la tierra y la cargó de impuestos, pero no debió de ser ésta la única consideración sino también una distribución fiscal más equi- tativa.
Teniéndolo todo en cuenta, acaso sea el gobierno de Dioclecia- no uno de los más eficaces y mejor intencionados que conoció el Imperio. Si se libera uno de los espantosos cuadros de las persecu- ciones a los cristianos64* y de las deformaciones y exageraciones de
Lactancio, los rasgos del gran príncipe cobran una expresión dife-
64 Joh. Lydus, De magistrat. Rom. i, 4.
®4* De cuyas probables causas se habla en la sección octava.
JUICIO GENERAL 65
rente. Acaso no se querrá reconocer como testimonio valedero el de un contemporáneo que le dedicó una obra; de todos modos, no hay que olvidar que, según el biógrafo de Marco Aurelio en la Historia
Augusta (cap. 19), este noble príncipe fué, por sus costumbres lo
mismo que por su templanza, el modelo de Diocleciano, y que ocupó en su culto doméstico un lugar de preferencia. Escuchemos a un hombre posterior. El viejo Aurelio Victor, que en modo alguno es ciego para los aspectos sombríos y que, en tratándose de Italia, hasta resulta un adversario, dice de él: "Se hizo llamar el señor, pero se comportó como un padre; el hombre prudente quiso, sin duda, mos- trar que lo que decide no son los nombres malos sino los hechos malos." Y, después de describir las guerras: "También se consoli- daron las instituciones de la paz mediante leyes justas... se trabajó con celo y aplicación para el abastecimiento, para Roma, para el bien de los funcionarios, fomentando la inclinación al bien con la pro- moción de los probos y el castigo de los abusones"... Finalmente, con ocasión de la abdicación, dice Victor: "En la contradicción de las opiniones se ha perdido el sentido para la realidad de las cosas; pero nuestra opinión es que fué menester una gran disposición 05 para des-
cender otra vez a la vida común con desprecio de toda pompa." Y este señor absoluto que tuvo que arrancar poco a poco el país a los usurpadores, fué lo bastante generoso para acabar con el espionaje político.66 Probablemente, vió que su poder estaba tan
asegurado mediante la división que ya no necesitaba del espionaje. Además, el oficio de espía había caído en manos de una corporación que podía resultar peligrosa hasta para el gobierno; se solía emplear a los frumentarios, en un principio intendentes que se adelantaban al ejército, luego utilizados como ordenanzas y, finalmente, encargados de la ejecución de órdenes escabrosas; convertidos en una capilla ce-
65 Excellens natura. — La apariencia exterior, pero según una fuente
muy tardía, era la siguiente: un tipo alto y delgado, cara pálida, con una nariz fuerte, ojos grises con expresión severa (Preuss, ob. cit. p. 128).
64
DIOCLECIANO. SU GOBIERNO
rrada, abusaban de las gentes distinguidas de las provincias lejanas mediante falsas acusaciones y el temor que con ellas provocaban. No conocemos mucho más de este asunto,67 pero hay que pensar que el
abuso fué espantoso; una banda de forajidos bajo alta protección, amparándose mutuamente, despertando en el alma del que manda- ba toda clase de recelos para explotarlos a su favor; frente a ellos, completamente desarmadas, las familias ricas y prestigiosas de las Galias, de España o de Siria, amedrentadas y forzadas a los mayores sacrificios, para no ser denunciadas como partícipes en conjuracio- nes fantásticas. Más tarde, a partir de Constantino, que por lo de- más odiaba a los soplones,68 volvió la cosa, sólo que con otro nom-
bre; de nuevo fueron los empresarios del abastecimiento imperial quienes, como agentes in rebus, como veredarii, desempeñaron aquel papel vergonzoso.
Por lo demás, el despotismo del emperador romano no se halla sobrecargado con esa vigilancia penosa de todas las pequeñeces, con esa intervención ubicua ni con ese dictar y controlar en asuntos del espíritu, cosas más propias del estado moderno. La malfamada do- minación imperial, que tan poco apreciaba la vida de los individuos, que estableció impuestos tan opresores, que se cuidaba tan mal. de la seguridad pública, se contentó, sin embargo, con los fines más es- trictos, y abandonó a las provincias que habían sido sometidas con ríos de sangre a su vida local. Y también dejó pasar cosas donde pudo haber intervenido. Esto se ve no sólo a propósito de las diferencias locales sino también de las clases, que dejó subsistir y hasta que se for- maran nuevas. Por ejemplo, se constituyó una aristocracia, exenta de impuestos, con las familias senatoriales, los maestros y médicos
87 De la Hist. Aug. Hadr. 10. Commod. 4. Max. et. Balb. 10. Claud.
goth. 17, se desprende que ya Adriano utilizó a los frumentarios para el espio- naje y que éstos después pudieron ser utilizados como mensajeros e incluso para misiones en campo enemigo, porque lograron llegar a todas partes.— Cf. Preuss, pp. 111 ss.
88 Aur. Vict. Epit. 41. La ley contra los delatores, del año 319, Cod.
Theodos. x, 10. — El complemento de la ley sobre el crimen de lesa majestad
del año 314; ibid. ix, 5.
JUICIO GENERAL 66
empleados por el estado y otras categorías, a las que pronto se agregó la de los sacerdotes cristianos. No podía ser cuestión de una nueva articulación viva de la vida pública; lo más que un gobernante como Diocleciano podía esperar era la conservación del Imperio con sus fronteras y un simple alivio de los males en el interior.69
69 Sobre las mejoras en el sistema monetario véase Preuss (según Mom-
msen), p. 112. — Para el índice de todas las construcciones conocidas de este gobierno, véase pp. 117 ss.