Si la fe cristiana en Dios es primeramente una opción en favor del Logos, fe en la realidad de la inteligencia creadora que lleva al mundo y lo precede, en cuanto afirma la personalidad de esa inteligencia profesa que la idea original cuyo ser-pensado es el mundo, no es una conciencia anónima, neutral, sino libertad, amor creador, persona. Si, por tanto, la opción cristiana en favor del Logos es una opción en pro de una inteligencia personal y creadora, es también opción en favor del primado de lo particular sobre lo
general. Lo supremo no es lo más general, sino lo particular; por eso la fe cristiana es ante todo opción por el hombre como esencia irreductible, relacionada con la infinitud; por eso es también opción del primado de la libertad en contra del primado de la necesidad cósmico-natural. En toda su agudeza sale aquí a la luz lo específico de la fe cristiana frente a otras formas de decisión del espíritu humano. El punto que relaciona al hombre con el credo cristiano es inequívocamente claro.
Esto indica que la primera opción .la opción en favor del Logos y en contra de la materia. no es posible sin la segunda y sin la tercera. Mejor dicho, la primera, tomada en sí misma, es puro idealismo. Sólo la segunda y tercera opción .primado de lo particular, primado de la libertad. forman la línea divisoria entre el idealismo y la fe cristiana que se convierte así, de una vez, en algo distinto del puro idealismo. Sobre esto habría mucho que hablar, pero nos contentaremos con unas explicaciones indispensables. Nos preguntamos: ¿qué significa
propiamente que el Logos, cuyo pensamiento es el mundo, sea persona y que la fe sea consiguientemente una opción en favor de lo particular y no de lo general? A esto puede darse una respuesta sencilla, ya que en último término no significa sino que ese pensar creador que para nosotros es supuesto y fundamento de todo ser, es en realidad consciente pensar de sí mismo, y que no sólo se conoce a sí mismo, sino a todo su pensamiento. Además este pensar no solo conoce, sino que ama; es creador porque es amor, y porque no sólo piensa, sino que ama, coloca su pensamiento en la libertad de su propio ser, lo objetiviza, lo hace ser. Todo esto significa que ese pensar sabe su pensamiento en su ser mismo, que ama y que
amablemente lo lleva. De nuevo llegamos a la frase antes citada: es divino lo que no queda aprisionado en lo máximo, sino que se
contiene en lo mínimo.
El Logos de todo ser, el ser que todo lo lleva y lo abarca, es, pues, conciencia, libertad y amor; de ahí se colige claramente que lo supremo del mundo no es la necesidad cósmica, sino la libertad. Las consecuencias son trascendentales, ya que esto nos lleva a afirmar que la libertad es la necesaria estructura del mundo, y que esto quiere decir que el hombre puede comprender el mundo sólo como incomprensible, que el mundo sólo puede ser incomprensibilidad. Ya que, si el punto supremo del mundo es una libertad que en cuanto tal lo lleva, lo quiere, lo conoce y lo ama, la libertad y la imposibilidad de calcular son características del mundo. La libertad implica
imposibilidad de cálculo; si esto es así, el mundo no puede reducirse completamente a la lógica matemática. Con lo audaz y grande de un mundo que estructuralmente es libertad, se nos ofrece también el oscuro misterio de lo demoníaco que nos sale al paso. Un mundo que ha sido y creado y querido bajo el riesgo de la libertad y del amor, no es pura matemática; es el espacio del amor y, por tanto, se aventura en el misterio de la oscuridad por una luz mayor, por la libertad y el amor.
En tal óptica se ve el cambio que sufren las categorías del maximum y del minimum, de lo supremo y de lo mínimo. En un mundo que en el último término no es matemática, sino amor, lo minimum es
maximum; lo más pequeño que pueda amar es lo más grande; lo
particular es más que lo general; la persona, lo individual, lo irrepetible, es también lo definitivo y lo supremo. En tal visión del mundo, la persona no es puro individuo, un ejemplar de la
multiplicidad nacido en la materia mediante la dispersión de la idea, sino incluso .persona.. El pensamiento griego siempre ha visto en las esencias individuales sólo individuos. Nacen a raíz de la ruptura de la idea a través de la materia. Lo múltiple es siempre lo secundario. Lo uno y lo general sería lo auténtico. El cristianismo ve en el hombre una persona, no un individuo. A mí me parece que en este paso del individuo a la persona radica la gran división entre la antigüedad y el
cristianismo, entre el platonismo y la fe. Esta esencia determinada no es algo secundario que solo fragmentariamente nos deja entrever lo general, lo auténtico. En cuanto minimum es maximum; en cuanto singular e irrepetible es lo supremo y lo propio.
Damos así un último paso. Si la persona es algo más que el individuo, si lo múltiple es también lo propio y no lo secundario, si existe un primado de lo particular sobre lo general, la unicidad es lo único y lo último. También la multiplicidad tiene su derecho propio y definitivo. Esta expresión, deducida con necesidad interna de la opción cristiana nos lleva como de la mano a la superación de la concepción de un Dios que es pura unidad. La lógica interna de la fe cristiana en Dios supera el puro monoteísmo y nos lleva a la fe en el Dios trino, del que vamos a hablar ahora.
___________________ Notas de este capítulo:
1.- A. Einstein, Mein Weltbild. Zürich-Stuttgart-Wien 1953,21.
2.- Ibid., 18-22. En este capítulo titulado .La necesidad de la cultura ética. (22-24), se relaja la íntima unión antes enunciada entre el conocimiento de las ciencias naturales y la atómica consideración religiosa; las expe-riencias trágicas precedentes parecen haber agudizado la visión de lo propiamente religioso. 3.- Citado en W. von Hartlieb, Das Christentum und die Gegenwart. Salzburg 1953, 18 s.