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De acuerdo con Lear, la organización del deseo requerida para formar un carácter virtuoso “incita a una persona a reflexionar en que las virtudes forman parte constitutiva de quién es y de quién quiere ser. Y la reflexión no es sino manifestación de las virtudes” (Lear, 1994: 216). Este es el aspecto principal de un

80 carácter autónomo que actúa a partir de justificaciones surgidas de una apropiada reflexión, que le motiva a actuar de manera virtuosa.

La organización del deseo guarda similitudes con lo que Durkheim llama el

espíritu de la disciplina, que él considera es el primer elemento de la moralidad. Al igual que Aristóteles y Kant, Durkheim ve en la disciplina el primer y principal medio mediante el cual un niño logra adquirir hábitos que contribuyen a la formación de su carácter. Para Kant la disciplina es el medio con en el que una persona logra hacer un plan de vida, apartándose de los impulsos animales y sometiéndose a las leyes de la humanidad. A los niños se les impone una forma de actuar en la escuela con la intención de “habituarles a permanecer tranquilos y a observar puntualmente lo que se les ordena, para que más adelante no se dejen dominar por sus caprichos momentáneos” (Pedagogía, 2004: [6]). Esta es una concepción negativa de la disciplina que difiere de la concepción que tienen Aristóteles y Durkheim.

Aristóteles observa que los niños viven tratando de satisfacer sus deseos, y por eso dice que si el deseo “no se encauza y somete a la autoridad, irá muy lejos; porque el deseo de lo placentero es insaciable y absoluto para el que no tiene uso de razón” (EN, cit., 1998: 1119b 5). Aristóteles reconoce que la autoridad que trata de encauzar y someter los deseos es necesaria en el proceso de enseñanza que busca precisamente organizar el deseo, de modo tal que la acción placentera tenga correspondencia con la acción virtuosa. La disciplina a la que se refiere Aristóteles es activa y positiva y consiste en aprender a relacionar la razón moral con el placer que procura seguirla.

Siguiendo los planteamientos de Aristóteles, John Rawls, en A theory of justice, hace un análisis sobre la relación entre la autoridad, la obediencia y el amor, que ayuda a aclarar el aspecto positivo que puede tener la disciplina en la formación del carácter. Rawls sostiene que en las primeras etapas del desarrollo moral la autoridad cumple un papel esencial en la formación moral de los niños, ya que éstos carecen de la capacidad para juzgar adecuadamente las normas de conducta que se les exigen o imponen. Por tal motivo, la observancia de ellas se basa en el acatamiento de la autoridad, pero esto sólo es posible en la medida que las

81 relaciones de los niños con quienes representan la autoridad estén acompañadas de un valor afectivo que permita el acatamiento a las normas de manera deseada

Para Rawls el amor y la confianza recíproca deben caracterizar la relación de los niños con sus padres y con otras figuras de autoridad, pues ello permite que el acatamiento de la autoridad se propicie de manera serena y no sumisa. El niño reconoce el valor de las disposiciones autoritarias al vincularlas con las personas por las que siente amor y respeto. Por ello, cuando transgrede estas disposiciones es capaz de reconocer que ha obrado de manera incorrecta, lo cual se manifiesta en sentimientos como la culpa o el arrepentimiento. Al respecto, Rawls, siguiendo a Aristóteles en lo relativo a la conexión que establece entre la formación del carácter y el control de los placeres y las emociones, dice: “también es cierto que la ausencia de esos sentimientos [como el de culpa] puede indicar falta de amor y confianza” (1973: 465, traducción propia). La culpa a la que se refiere Rawls no guarda relación alguna con el temor y la ansiedad, sino con un sentimiento que debe tener correspondencia con el afecto, con las emociones apropiadas, con el valor que se reconoce tienen las disposiciones autoritarias y quienes las profesan, y con cierta justificación de estas disposiciones que le es brindada al niño según su nivel de comprensión. De ahí que la forma de disponer la autoridad, por ningún motivo, debe hacer uso de la violencia física o psicológica, tampoco puede carecer de justificación, o realizarse de manera brusca o torpe, ello debido a que se generaría en el niño sentimientos de miedo y ansiedad que no son convenientes para su formación como sujeto moral. El niño “adquiere el deseo de permanecer bajo esas prohibiciones porque él las ve como dirigidas a él por personas con poder, que tienen su amor y confianza, y que actúan en conformidad a ellas” (Rawls, 1973: 466, traducción propia). Es decir, el niño observa que las prohibiciones tienen una justificación, no desde un punto de vista racional, sino porque advierte que devienen de personas a las que ama y en las que confía y porque estas personas actúan ejemplarmente, al también acatarlas. No es posible que crea en la validez de las prohibiciones si le son impuestas con miedo, violencia o intransigencia. Una justificación de la autoridad de este tipo no es racional ni emocionalmente adecuada, y resulta perjudicial para la formación moral, y para el bienestar psicológico y social de los niños.

82 Si las prohibiciones le son impuestas de manera adecuada al niño, estas logran expresar “formas de acción que son características del tipo de persona que él puede querer ser” (Rawls, 1973: 466, traducción propia). Esto es fundamental para la formación de su carácter, de modo tal que dependiendo del tipo de ambiente de autoridad en el que se desenvuelva, es posible que desarrolle virtudes como la obediencia, la humildad o la fidelidad o, en caso de que el ambiente no sea adecuado, vicios como la desobediencia, la rebeldía o la temeridad (Rawls, 1973: 466).

Esta reflexión de Rawls acerca de la disciplina nos permite señalar que el aspecto propositivo de ésta, al que también se refieren Durkheim y Aristóteles, se relaciona con un tipo de disposición libre del espíritu, por tal motivo se descarta que el ejercicio y acatamiento de la disciplina sólo corresponda a un mero y cuestionable sometimiento a las normas morales o a las figuras de autoridad. Según Durkheim, el espíritu de la disciplina no debe resultar de una responsabilidad impuesta desde el exterior a manera de coerción, sino que debe ser un acto libre ejercido por medio de unos hábitos adecuados que se acomodan en mayor o menor grado a lo que se figura es lo ideal de las relaciones de los individuos en la vida cotidiana. Visto de esta forma, el espíritu de la disciplina no lastima la naturaleza y deseos del individuo, por el contrario, es un recurso que usa éste en su formación como sujeto moral, que tiene el mérito de servirle en la consecución de sus propósitos, pues le permite “tener el sentimiento de que nuestra acción sirve para algo, es decir, que nos acerca progresivamente al fin al que tendemos” (Durkheim, 2002: 97).

Según Durkheim, la falta de espíritu de la disciplina viene acompañada del pesimismo que se produce al no lograr los propósitos y no vincularse a actividades que fomenten relaciones interpersonales en torno a valores sociales. Por ello es importante que las personas conduzcan sus acciones de manera disciplinada, en conformidad con objetivos precisos, y tareas definidas y específicas. Dado que la disciplina resulta indispensable para la formación de la personalidad moral, no se debe desarrollar en los niños como un instrumento de coacción, sino como una disposición del espíritu que es “condición de felicidad y de salud moral”

83 (Durkheim, 2002: 100). Mediante la disciplina es que se le puede enseñar al niño a “moderar sus deseos y, por eso mismo, a definir los objetivos de su actividad” (Durkheim, 2002: 100), para que forje un carácter que es consciente de sus propias fuerzas y capacidades, y que utiliza para ejercer una libertad orientada a la consecución de sus propósitos.

El espíritu de la disciplina, de esta manera, contribuye a la formación del carácter moralmente autónomo del que hemos venido hablando. Esto es indispensable para desarrollar el tipo de reflexión moral que permite guiar las acciones de manera controlada y orientada en consonancia con objetivos apropiados. Como señala Durkheim, “aprender a actuar moralmente es también aprender a comportarse consecuentemente, según principios constantes, superiores a los impulsos y las sugestiones fortuitas” (2002: 103). El espíritu de la disciplina permite que los modos de obrar apropiados obtengan regularidad, dotando de hábitos adecuados a las personas. El dominio de sí es “condición indispensable para la aparición de la voluntad reflexiva y personal” (Durkheim, 2002: 105), que permite ajustarse a la regla y también actuar de manera libre y emancipada.21 Así,

la educación moral debe procurar infundir un espíritu de la disciplina que colabore en la formación del carácter y direccione las acciones de los individuos en relación con objetivos que potencien sus facultades y fortalezcan su carácter; de modo tal

21 El asunto de la disciplina y la autoridad como medios para la construcción de la personalidad moral y como herramientas para el ejercicio de la libertad, ha sido fuertemente criticado desde una perspectiva como la de Michel Foucault. Enfoques como el de él observan la disciplina y la autoridad como formas de opresión que las personas aceptan y a las que se acostumbran a causa de ciertas disposiciones sociales, representadas en instituciones, que construyen dispositivos de dominio. Desde esta perspectiva, la disciplina y la autoridad se observan como formas de dominio negativas pero socialmente aceptadas. A pesar de lo válida que pueda resultar una crítica como ésta para el tema trabajado aquí, la cuestión se aparta un poco de lo que realmente se analiza acá. El asunto que interesa en este escrito es mostrar los medios mediante los cuales el individuo llega a ser sujeto moral dentro de un espacio social que promueve tanto la libertad individual como el reconocimiento mutuo. Estos medios remiten a la educación, al afecto y al reconocimiento, entre otros, que en la niñez son necesarios y fundamentales, y son implementados, hasta cierto punto con mecanismos autoritarios y disciplinarios, aunque no exclusivamente con ellos. Sin embargo, los mecanismos de autoridad que se discuten aquí difieren radicalmente de aquellos a los que hace referencia Foucault, ya que a los que él se refiere se enmarcan dentro de un contexto de control y opresión social del individuo, que busca hacer de éste un sujeto dominado, no libre y des- individualizado.

84 que esto ayude en la consecución de propósitos benéficos para los individuos y su grupo social.