1883, fue nombrado por el rey Alfonso XII Ministro Plenipotenciario de España en Washington. Los dos años que pasó en la capital americana se sitúan dentro de la primera década de la larga andadura de la Restauración borbónica y en un periodo de relativa calma dentro de los últimos treinta años de soberanía española en Cuba, que, como es sabido, era la colonia más preciada entre los restos del imperio colonial español. La Guerra de los Diez Años (1868-1878) había concluido con la Paz de Zanjón y la Guerra Chiquita (1879-1880) estaba igualmente terminada; faltaban otros quince años para que estallase la última rebelión de los separatistas cubanos que terminaría para España con el llamado Desastre del 98.
Para comprender en todo su alcance la importancia que la cuestión cubana tiene para la obra de Valera, es necesario revisar brevemente el contenido de parte de dos informes enviados al gobierno de España durante su estancia en Washington. Como será posible observar, estos breves textos de Valera permiten entrever la mano de un
diplomático que informa a sus superiores de cuanto se refiere a la incidencia que tienen las relaciones entre España y Estados Unidos. En el resto de sus informes nada va en la línea de aconsejar una real y efectiva autonomía para la Isla, y así poder desactivar la fuerte marea secesionista de Cuba. Tampoco encontramos ningún argumento a favor de su independencia. Para Valera, los separatistas cubanos han de ser combatidos y la Gran
posiciones más definidas del escritor en los artículos periodísticos que son objeto de una mayor atención en las páginas que siguen. Los mensajes que de ellos se desprenden muestran con toda claridad que el pensamiento de Valera discurre por las líneas tradicionales que justifican el colonialismo practicado por España.
En la segunda parte del siglo XIX, las relaciones coloniales entre Cuba y España no son como las de otras metrópolis con pueblos que habían empezado entonces a ser colonias. España estaba en la Isla desde finales del siglo XV y los que la habitaban centenares de años después no eran descendientes directos de los aborígenes que los descubridores encontraron, sino que lo eran de los que la colonizaron y de otras etnias llegadas en el correr de los años. Son los que conocemos por el nombre de criollos. Más que un colonialismo, España practicaba un imperialismo del que obtenía beneficios sin reconocer en Cuba un status semejante al de los demás territorios de la Península. Uno de los argumentos de Valera para defender la españolidad de Cuba es el mismo que se pudo esgrimir siglos atrás: que el estado de barbarie en que vivían los nativos debía ser
sustituido por el más noble y valioso que aportaban los conquistadores en nombre de la civilización occidental. Es decir que los nuevos valores espirituales, religiosos y
culturales, eran superiores a los de los pueblos autóctonos. Este argumento, de
cuestionable validez siglos atrás, no era tampoco sostenible en el momento en que Valera escribe. El hecho de que la cultura y la civilización dominantes fueran entonces comunes para criollos y peninsulares no concedía legitimación suficiente para mantener en
establecieran para dar salida a los deseos de autonomía e incluso de independencia de los elementos más concienciados de la población.
La actuación del diplomático en pro del mantenimiento de la soberanía de España sobre la Isla se va a enfrentar, por un lado, con las aplicaciones prácticas de la Doctrina
Monroe y del Manifest Destiny en relación al futuro de la Gran Antilla y, por otro, con la
tesis del famoso estratega y oficial de la armada norteamericana Alfred Thayer Mahan (1840-1914), para quien, a la larga, siempre gana la potencia que domine el mar y tenga control sobre las rutas comerciales.7 Así pues, en sus funciones de diplomático, Valera va a tener que enfrentarse con las pretensiones de los Estados Unidos de anexionarse la Isla mediante su compra, con las consecuencias del filibusterismo practicado por individuos que habían obtenido la nacionalidad norteamericana y con la parcialidad con la que la prensa norteamericana informaba y enjuiciaba los actos de la insurrección en Cuba. En consecuencia, Valera se sentirá en el deber de aportar alguna solución para que siga manteniéndose la soberanía sobre la más importante de las últimas colonias españolas. Pero la solución que aporta es ninguna si no es la de pretender mostrar las debilidades de los argumentos de los contrarios. Con palabras proféticas escritas catorce años antes de su cumplimiento, en el despacho 168 de junio de 1884, el diplomático dice a su Ministro de Estado, refiriéndose a James Gillespie Blaine (1830-1893), candidato republicano a la Presidencia de EE.UU.:
Si Blaine llega al poder, como sospecho y ojalá me equivoque, nos va a dar mucho que hacer. A lo que parece, una de las ideas fijas es la compra
y aseguran que quiere darnos por aquella isla quinientos millones de dollars, suma que es inferior a lo que se importa en siete u ocho años a estos Estados, de los productos cubanos. Añade asimismo Jaime Blaine, o los reporters en su nombre, que Cuba está pésimamente cuidada y
administrada por los españoles, y que cuando ellos la tengan en su poder producirá muchísimo más. Dice o piensa por último Jaime Blaine, o a lo menos lo suponen los que toman por él la palabra, que si España se resiste a vender la isla, buscarán el pretexto para declararnos la guerra y se apoderarán de ella por la violencia (Navarro 228).8
Sobre la compra de Cuba hubo varios intentos como el de 1869 por parte del
Secretario de estado Hamilton Fish (1808-1893).9 Ante la circulación de algún
desmentido sobre la intención de compra por parte de EE.UU. y rumores sobre algún otro comprador, Valera dice en el despacho 105:
Yo califiqué de absurda la noticia y afirmé que en España no habría jamás Gobierno alguno, de cualquier partido que fuera, que propusiese vender ni pensase en vender a Cuba a nadie, siendo evidente para mí que Cuba no dejaría de ser española, sino por la fuerza, y que aún así había de costar cara a quien nos la quitase (197).
Valera deja claro el derecho sobre Cuba y sus recursos por parte de los primeros colonizadores; ninguna referencia a un destino más universal de los recursos de la Isla. Sin embargo, en las palabras directas o atribuidas a Blaine se adivina ese destino más amplio de las riquezas de Cuba.
Como se verá a lo largo de estas páginas, Valera es un defensor de la presencia de España en Cuba y del régimen colonial que tiene establecido allí desde hace siglos. Consecuentemente, ante la opinión norteamericana de que Cuba estaba mal explotada y de la convicción de que, cuando los Estados Unidos la posean, la producción cubana aumentará en cantidades desconocidas por los colonizadores españoles, Valera esboza un discurso anticolonial. Discurso que, paradójicamente, no solo implica las perspectivas entre colonizado y colonizador, sino entre dos potencias que se disputan el papel de colonizadoras. Para una adecuada comprensión de la articulación colonial expresada en los escritos tanto de Valera como de los que apostaban por la independencia de Cuba, creo oportuno acudir al estudio que David Spurr ha realizado del discurso colonial, autor al que me referiré repetidamente para explicar, especialmente, las estrategias coloniales en las que se sustentan las afirmaciones de Valera.
Teniendo en cuenta las teorías de Spurr, la tesis de la buena explotación de los recursos naturales allá donde están se relaciona con uno de los tropos que Spurr analiza en su libro The Rhetoric of Empire. Colonial Discourse in Journalism, Travel Writing,
and Imperial Administration. Aplica la figura retórica de la appropriation, inheriting the
earth (apropiación, heredar la tierra) al observar que el hombre occidental ve que las tierras que coloniza son recursos naturales que han de atribuirse a la civilización que él representa y que éstas, dado su valor, han de tener como destino la humanidad entera, sin que haya legitimidad para restringir su uso y disfrute a los indígenas de las tierras que los pueblan. Constata que: “the colonizing imagination takes for granted that the land and its resources belong to those who are best able to exploit them according to the values of a
Western commercial and industrial system” (Spurr 31). Es lo que Valera identifica como el argumento de Blaine y que lo lleva a establecer una pugna entre dos sistemas
coloniales, el español y el de los que tienen intención de implantar los norteamericanos en Cuba. Se percibe pues una lucha por la apropiación y explotación por parte de los norteamericanos de unos recursos cuya justificación ideológica se basa en la Doctrina Monroe: el despojo se hace a costa de los primeros colonizadores, por considerarlos incapaces de una explotación exitosa de los recursos de la Isla. De acuerdo con esta tesis, España no debe poseer un territorio que no sea capaz de explotar debidamente. Los legítimos amos de la tierra son los que por su raza, historia y cualidades pueden hacer que los recursos naturales estén en función de las necesidades de toda la humanidad y, sin duda, en beneficio propio en primer lugar (Litvak 39).
Han pasado dos décadas desde la finalización de la Guerra Civil (1861-65) de los Estados Unidos y sigue vigente lo que Pérez Serrano llama la “Doctrina que vinculaba la paz y seguridad de los Estados Unidos a la eliminación de toda influencia en el ámbito continental” (Pérez 4). Pacificado el interior y desaparecido el peligro de poner en cuestión la unidad nacional, el siguiente paso es controlar lugares estratégicos en el Caribe porque se proponía construir un canal en Centroamérica que acortara la distancia entre la costa atlántica y la del Pacífico. Ante los propósitos de expansión territorial de Estados Unidos, Valera acude a los valores espirituales y religiosos que los españoles llevaron a América, valores que para él siguen justificando la afirmación del derecho de España para mantener el estatus colonial sobre Cuba.
En la afirmación del discurso colonial subyace la convicción de una superioridad moral que está emparentada con un deber: el deber del hombre blanco a colonizar
espacios distintos a los de su propia tierra. En esta convicción apoya el sistema colonial la pretensión de asumir la carga de llevar la civilización y el progreso donde no existen. El cumplimiento de ese deber en la colonización española ha dado unos frutos con los nativos que no se ven en la anglosajona. Dice Valera:
Tal vez los indios de los Estados Unidos estén acorralados como en España solemos tener toros bravos en una dehesa o jabalíes en un coto, mientras que los indios de las tierras que España y Portugal ocuparon, ya presiden las repúblicas como jefes supremos ya brillan como oradores en las asambleas legislativas, ya mandan ejércitos, ya recorren como diplomáticos las cortes de Europa, ya ganan fama y aplausos escribiendo en la lengua del pueblo que los conquistó (Estudios críticos 92).
A este discurso colonial de Valera se le puede aplicar el tropo affirmation: the
white man’s burden (afirmación: la carga del hombre blanco) que Spurr encuentra en el
discurso colonial según el cual el hombre blanco acepta la carga de poner orden en el caos y hacer emerger las potencialidades del colonizado, y es que el discurso colonial “continually returns to an idealization of the colonialist enterprise against the setting of emptiness and disorder by which it has defined the other” (Spurr 109). Según Valera, los nativos que España colonizó pasaron de no tener presencia en el mundo civilizado, a ser sacados de la barbarie y ahora se codean con los occidentales ostentando representaciones
indígenas destacaron en cargos relevantes en las ramas del saber, la política y la
economía de las naciones americanas independizadas de España a comienzos del XIX, se trató de casos puntuales y la inmensa mayoría siguió viviendo en las mismas situaciones que les impusieron los conquistadores o incluso peores, hasta día de hoy.
La acción colonizadora halla su legitimación en el efecto benéfico que tiene sobre los pueblos colonizados. El colonizador ha llevado lo mejor de sí mismo y lo ha puesto a disposición de los que no gozan del nivel de progreso y civilización que graciosamente le traen. Esta actuación refuerza la continuación en el tiempo de aquella acción, llegando incluso a asimilar a los dos grupos humanos dentro de la misma cosmovisión del colonizador. A propósito del discurso colonial Spurr dice que:
This rhetorical appropriation of non-Western peoples insists on their identification with the basic values of Western civilization and tends to interpret their acquiescence to the colonial system as approval of Western ideals. But this equation of simple collaboration with a deeper moral identification, far from being regarded as a weakness in the logic of colonial discourse, instead provides one of its fundamental principles: a colonized people is morally improved and edified by virtue of its participation in the colonial system. (Spurr 32-33)
Un elemento legitimador y dinamizador de este discurso se encuentra en el
sistema religioso que el colonizador lleva consigo y con el que adoctrina al nativo. Para el caso que nos ocupa y en general para todo el proceso colonizador de Occidente en el resto del mundo, es el cristianismo, en sus versiones católica y reformada, el universo
religioso que ayuda a hacer efectivo no solo el mandato del Génesis de poblar la tierra, sino de dominarla y ponerla a disposición de la humanidad. Aquí entran los recursos de África, y ya antes los de América para hacer efectiva la voluntad de Dios que pide su explotación. El discurso colonial de Valera camina por estas mismas sendas, y lo que se dice de la acción colonizadora de España cuatro siglos antes, Valera intenta mostrarlo vigente para explicar la ocupación de Cuba, cuando no había ya en ella a quién llevar el cristianismo, puesto que todos sus habitantes eran cristianos. Para él, España lo llevó todo y estableció una especie de comienzo, como si se escribiera la primera página de la historia de aquellos pueblos, como si la acción del colonizador pusiera en la Historia al colonizado. En un momento llega a decir:
¿Qué diantre de civilización había en América antes de su descubrimiento? . . . Si algo hubo de más valor en la antigua civilización americana, había decaído y se había corrompido o degradado antes de llegar los españoles. Poco o nada tuvimos que destruir nosotros que no fuera perverso y abominable. En cambio, llevamos a América nuestra propia cultura europea y cristiana, y llevamos el café, la caña de azúcar, el caballo, la vaca, el carnero, el trigo, las frutas exquisitas de Europa y de Asia y otras mil cosas excelentes que por allí no había. (Estudios críticos 89)
España se encargó de poner orden en el caos y unos nuevos pueblos se incorporaron a la civilización occidental según Valera. Desde una interpretación
totalmente eurocentrista de la historia, el escritor pasa por alto la serie de productos que desde América se trajeron a España y a Europa con los que se pudieron combatir las
también la explotación a que se sometió a buena parte de la población nativa, para la producción de algunos bienes que Valera nombra y cuya explotación dio lugar a lo que pudiera considerarse como un paulatino proceso de genocidio.
El Valera de los Estudios críticos de historia y política es el mismo y la vez distinto del que se comunica con su Gobierno a través de despachos desde Washington como ministro plenipotenciario. La diferencia está en varios aspectos: como diplomático se mantiene dentro de la fría información y en una distante cortesía al hablar de la política y políticos americanos; como publicista, mantiene las formas pero es más incisivo en los juicios sobre el vecino del norte de Cuba. Al hablar en los despachos de los insurrectos e independentistas cubanos, los caracteriza negativamente y denuncia sus manejos y actividades; como periodista carga más las tintas en su enemistad y desprecio para con ellos. Sobre Cuba y su futuro, da rienda suelta en sus artículos a su nacionalismo español, ya un poco rancio, y a la defensa de la españolidad de Cuba; en los despachos se limita a exponer y defender la política de su Gobierno tendente a mantener la Isla bajo soberanía española; en la prensa amplía la defensa de esta postura apelando a la honra y a la
dignidad, apoyándose en el recuerdo de la gesta del Descubrimiento y la para él modélica colonización cultural y religiosa de América. En cuanto a la solución a la cuestión de la Gran Antilla, desarrolla su pensamiento con apelaciones a la historia, a la incapacidad de los isleños para manejar su futuro y al peligro que supone la cercanía y las apetencias de los Estados Unidos. En conexión con todos estos temas, aventura opiniones,
apreciaciones e incluso afirmaciones tan rotundas que son más propias de un
propagandista que de un autor riguroso con la realidad y el pasado; parece estar obcecado por un nacionalismo que quiere a toda costa mantener un statu quo.
Valera mantiene la posición tradicional, patriota o, quizá, patriotera en la defensa de la españolidad de Cuba. Su afirmación se despliega en varias vertientes. Ante todo, afirma que Cuba es parte de España, y por ello esta tiene la obligación de mantener íntegro su territorio. En consecuencia, la llamada guerra de independencia de los insurrectos no es más que una guerra civil entre españoles. También, sostiene que la metrópoli tiene una postura razonable en el conflicto, que la colonización fue un gran bien y un progreso no sólo para las ya naciones iberoamericanas sino también para Cuba. Contestando en 1896 a Clarence King en su artículo “Shall Cuba be Free? ”, publicado en la revista The Forum de Nueva York, cuando ya la última fase de la guerra de
independencia cubana estaba en marcha, Valera se pregunta y afirma: “¿Qué inferioridad hemos supuesto nunca, ni por ley ni por costumbre, que exista entre un español de por acá y un español de por allá? La igualdad más perfecta entre todos los españoles de la Península y de ultramar ha sido proclamada siempre en leyes, pragmáticas, ordenanzas y decretos” (Estudios críticos 97-98). Aduce como prueba que la Constitución liberal de 1812 definía la nación española como el conjunto de todos los españoles de ambos hemisferios y pone en descargo de la fallida definición anterior, que el régimen absolutista que vino después abortó un proyecto tan generoso.
Otro capítulo importante por destacar en la posición de Valera ante las críticas de los Estados Unidos es el tema de la esclavitud. En el mismo artículo de la cita anterior dice Valera, respondiendo a la acusación de King de que España se vio forzada a dar la libertad a los esclavos:
¿Y quién le hizo tal fuerza? España dio la libertad de grado y con gusto. Y los propietarios de los negros no se opusieron con las armas a esta libertad, si bien en Cuba era el darla más difícil, perjudicial económicamente y más peligroso que en los Estados Unidos, aunque no fuese más que porque en Cuba la población negra era tan numerosa como la blanca. (Estudios críticos