Van ya con ésta, siete oportu nidades, en que un Jurado de la Academia Nacional de Agrono mía y Veterinaria discierne el Premio “ Massey-Ferguson” , a personas cuya acción destacada en favor del desarrolJo agrícola las ha hecho acreedoras a la gratitud de la comunidad. A lo largo de ese tiempo, hemos te nido la fortuna de coincidir uná nimemente, años tras año, para elegir entre numerosos candida tos considerados, a una sucesión
de recipientarios que, además de la opinión favorable del Cuer po Académico, despertaron una reacción de alegría en vastos círculos de quienes conocían su tarea abnegada y provechosa.
El acierto en la elección de los premiados anteriores obliga aún más año a año al Jurado, para empeñarse cabalmente en el di fícil y distinguido menester que
le ha sido encomendado. El
Premio “ M assey-Ferguson” - 1983, es una nueva instancia de esta empresa de excelencia y de larga vida en que estamos empeñados y con convicción anunciamos a ustedes nuestra íntima y profunda satisfacción por la elección que hemos he cho, una vez más, entre candi
datos numerosos y encumbra dos.
Hoy venimos ante este d istin guido auditorio para exponer las virtudes emocionantes, los va lores sólidos, la bondad y el sacrificio permanente, de un conjunto de hombres y mujeres, cuya labor silenciosa pasa casi desapercibida, pero que ha in fluido poderosamente en la fo r mación de la personalidad rural argentina de hoy. Para todo ar gentino son vagamente fam ilia res los nombres de Don Bosco, de la Institución Salesiana, de las Hijas de María Auxiliadora; todos tienen una idea aproxima da de las importantes obras re genteadas por la Congregación, de sus mejores padres y herma nas misioneras, de las infinitas manifestaciones de amor y so lidaridad humana de que se ro dean. Muchos argentinos han si do tocados de cerca por esa acción bienhechora y efectiva Sin embargo, inmersos en el fe bril ajetreo de la vida diaria, po cos se detienen a recapitular sobre el significado profundo, edificante, perdurable, de esa acción.
Cuando se incluyó a la Orden Salesiana en la nómina de can-
didatos para el premio de 1983, el hecho tue novedoso. Hasta ei momento el Jurado había anali zado “vida y m ilagros" de em presarios progresistas, de hom- Dres de c ie n c ia lu c id o s y abnegados, de organizadores so ciales profundos y diligentes. .. nunca nabíamos tenido ante la vista la vida y milagros, y aquí sí esta expresión adquiere ma yor propiedad, de una orden re ligiosa, una de cuyas áreas es pecíficas de trabajo es la educa
ción agropecuaria. Pero duro
poco la sorpresa. Abierta la
posibilidad, todos los miemoros del Jurado com pitieron por ane gar argumentos para ju stifica r con holgura la adjudicación del premio a los Saiesianos, y la decisión fue unánime.
Sería muy largo enumerar las vicisitudes históricas de la fam i lia salesiana en la Argentina, aunque quisiéramos lim itarnos expresamente a su acción en educación agropecuaria. Si nues tra humana flaqueza nos llevara al trám ite fácil de simplemente enumerar los m éritos estupen dos acumulados por la orden desde su llegada al país, corre ríamos el riesgo de que el au ditorio, con ejemplar sentido co mún, pensase que el jurado ad judicó magníficamente el Pre mio, pero su presidente lo ex plicó mal:
Prefiero conversar con uste des críticam ente sobre la in fluencia de la acción salesiana en el mundo agreste en que ellos eligieron adentrarse y con fío que coincidirán conmigo en que estos juicios de valor que
vamos a expresar son títu lo s aún más distinguidos para la concesión del Premio, que la misma enumeración detallada de todas sus buenas obras.
Coloquémonos mentalmente a comienzos del últim o cuarto del siglo pasado, en aquel diciem bre de 1875, cuando el Padre Ca- gliero llegó a Buenos Aires. Era la primera tentativa de la Con gregación fundada por Don Bos- co en Turín, para llevar su voz evangélica a otras regiones de la tierra y la emprendían diez de sus pastores sobre un total que no llegaba a 90.
Piénsese en ese grupo de re ligiosos italianos que ponen los pies en tierra americana por vez primera y se encuentran en un inmenso Campo de Agramante. En casi 70 años el Río de la Pla ta no ha conocido la paz. La guerra de la Triple Alianza ha - terminado su desangrar horrible
hace sólo cinco años y Cagliero encontró los atrios d las igle sias de Buenos Aires llenos de los inválidos de Curupaity y Es tero Bellaco. La carnicería de la guerra había sido completada por los otros jinetes del Apo calipsis. Tres epidemias de có lera morbo y la fiebre amarilla, se abatieron sobre ciudades y campos con un saldo pavoroso.
Pero aún, desde hace más de medio siglo el país entero se consume en la guerra civil. Fe derales contra Unitarios, porte ños contra provincianos, odio contra odio asuelan la patria con los nombres tremendos de A rti gas, R a m íre z , López, Bustos, Aldao, Facundo, Paz, Lavalle,
Don Juan Manuel, Urquiza y mil otros.
Los alaridos de los montone ros del Chaco, de los hermanos Saá y de Felipe Varela, con sus lugartenientes de siniestra re putación, se han acallado hace pocos años, pero López Jordán levantará nuevamente su ban dera anárquica en Entre Ríos y recién será derrotado finalm en te en diciembre de 1877.
El año anterior, o sea 1874, Bartolomé M itre, Arredondo, Ri- vas y Obligado, héroes de las trincheras del Paraguay, se ha
bían sublevado contra el presi dente Avellaneda recién electo y la revolución sofocada en san gre en Mendoza y en La Verde por camaradas, también héroes del Paraguay como Julio A. Roca y Arias. Por coincidencia paté tica, m itristas y avellanedistas combaten en La Verde en cam pos en los cuales hoy trabaja la Escuela Agrícola Salesiana de Del Valle.
En aquellos años, olas de san gre y fuego y mares de llanto cubren el minúsculo te rrito rio de la República ocupado por po
blación europea. El resto es el desierto, es nacional solo de nombre. En ellos domina aún la indiada, en pie de guerra con tinua contra el huincá invasor.
La guerra por ocupar estas in mensidades comenzó hace tres cientos cincuenta años sobre los cadáveres vapuleados de So- lís y Gaboto y hace otros tantos que el aborigen resiste heroi camente, atrincherado detrás de la engañadora benignidad del desierto, que se muestra con su
canto de sirena al europeo des prevenido.
Las pampas y el Chaco se han tragado dos culturas con las fau ces terriblem ente dulces de sus estepas, sus pajonales y sus montes sin fin. Se han devora do al orgulloso español conquis tador, que term inó arrinconado en la condición de gaucho. Per dió su moral y vivió sin Dios y sin ley, única forma de sobre vivir en el desierto agobiador.
Las pampas se han tragado también al araucano, bravo pero sedentario agricultor, tejedor la borioso, de parcialidades organi zadas, para convertirlo al cruzar la cordillera en bandas de me rodeadores nómades e indolen tes, con una cultura que se ha comparado con la de los seño res feudales bandoleros de la baja Edad Media.
Van tres siglos de guerra, pe ro no es una guerra de civiliza ción contra barbarie. Es un área gris del planeta en que dos bar baries se enfrentan por el dis frute de los recursos fáciles de
la llanura, los ganados, la caza, la vida arrogantemente libre y sin lím ites, un Edén prim itivo. Sólo conservan la bravura y el desprecio por la vida de sus ra zas originarias. Hace trescien tos cincuenta años que se des garran de maloca aucá a malón blanco. Perfidias y felonías, pac tos violados por uno y otro ban do, tolderías arrasadas y chinas prisioneras, alternan con pue blos y estancias incendiadas, mujeres y niños cautivos, arreos inmensos empujados al desierto para ser pasados a los negocian
tes en Chile o para volver a ser vendidos a los pulperos inescru pulosos de la propia frontera blanca, a cambio de las tentacio nes que ofrece la civilización: “ Tahuaco” , “ achúcar” y por so bre todas las cosas, el aguar diente innoble por el que esos conas indómitos se convierten en piltrafas humanas.
Pero siempre, tris te país, se debate en la hoguera de las pa siones y más lágrimas. Malones cruentos han arrasado con N. S. de los Dolores, Luján, Salto, Pergamino, Tres Arroyos, Azul, Tandil, 25 de Mayo, Ballymanca. Batallas campales ha habido en Toldos Viejos, Epecuén, dos en Sierra de la Ventana, San Igna cio de Iraola, Sierra Chica, San Jacinto, Parahuil, Pirhué y las tres de Tapalqué. En mil inci dentes más corrió sangre por que blanco e indio no pueden respirar el mismo aire infestado de odio. Malones y batallas que el argentino moderno olvida de liberadamente, horrorizado tal vez por su saña; avergonzado porque nadie supo term inarlas hasta el exterm inio de una raza con la que no se pudo convivir.
Al ¡legar los salesianos a Bue nos Aires, Namuncurá, Pincén, Baigorrita, Manuel Grande, Tri- pailao, Catriel, Cachul, Renque Curá, mandan aún miles de lan zas. Calfucurá ha muerto des pués de la batalla de San Carlos de Bolívar, hace sólo dos años, pero sus hijos y capitanes to davía blanden las chuzas en Sa linas y Leubucú y las estancias ganaderas se asoman tím ida mente por sobre la frontera con
gelada en Bragado, Tapalqué y S. Serafín M ártir del Arroyo Azul.
El verbo de amor de los sale sianos viene a resonar en esos escenarios enfermos de odios, sacudidos por gritos de algarada y sollozos de víctim as: llega pa ra ser escuchado por heridos que sangran todavía.
En esos años, finalmente la guerra se inclina a favor de la civilización, con sus argumentos contundentes del Remington, el revólver, el telégrafo y el ferro
carril. Quince mil leguas de
desierto en el Sur caen bajo la jurisdicción del país, que se agranda histórica tanto cuanto geográficamente. Y con la ocu pación de ese inmenso te rrito rio, llega la necesidad política de poblarlo. Hay que ju stifica r la sangre derramada para librar lo de concurrentes.
El ochenta por ciento de la po blación que sobrevivió en el campo de batalla al acallarse el últim o toque de " a degüello” , tiene en sus venas sangre mez clada de blanco y pampa. No por nada durante 350 años la presa más codiciada de la gua- zabara fue la mujer del adversa rio. En el corazón de cada sol dado y de cada cona se habían venido mezclando y coagulando los valores culturales de ambas vertientes raciales que circula ban unidas por sus venas.
Pronto este panorama confuso se vería complicado aún más por la marea inm igratoria. El sufri do colono europeo en quien tan tas esperanzas cifraba la p o líti ca de ‘‘gobernar es poblar” , a
menudo no se presentaba como un paradigma de virtudes. Los periódicos de la época traen frecuentes referencias al “ es cándalo que traen los europeos que llegan a América huidos de la justicia o como aventureros a buscar el oro y el moro, como dicen, y a hacerse ricos sin tra bajar” .
El “ crisol de razas” de que hablan los optim istas de la épo ca, funde en su magma a ele mentos caóticos y frecuente mente de avería.
Los salesianos arden por en tra r en el desierto, por agarrar
por los cuernos a esos proble mas mayúsculos y su patrono desde Turín los incita a su res
ponsabilidad. Por algo él ha
“ v is to ” a sus misioneros, muy al sur, trasm itiendo el buen mensaje a los triste s indios. Los sacerdotes comparten el du ro campamento con los solda dos de Levalle, de Villegas y de Vintter.
Se esfuerzan por mejorar la triste suerte de los sobrevivien tes indígenas, diezmados por la viruela y la disentería, alojados en precarias colonias m ilitares y
presidios. Quieren elevar la
convivencia moral de los pobla dores nuevos, que siguen vivien do sin Dios y sin Ley.
Está muy cerca todavía el gri to de ¡Lape, lape ¡M u e rte ... muerte! y no es fácil amar, o siquiera respetar a esos puel ches torvos, en quienes todavía se advierte la amargura del vae victus.
Las relaciones de los Padres con los jefes m ilitares no son
fáciles. ¿Qué vienen a hacer esos frailes con su monserga de paz a una batalla ganada en buena ley, en la que cayeron tantos camaradas?
Para peor, la mayoría de los jefes y oficiales creen a pie jun- tilla s en las ideas modernas. Están inmersos en la ideología racionalista, ilum inista, po siti vista, que en el fin del siglo XIX se extiende dominante por el mundo con la ingenua arrogan cia de sus soluciones. En la Argentina las tendencias anti clericales y antipapistas están muy difundidas en los círculos intelectuales y del gobierno. Po cos meses antes de la llegada de los salesianos a Buenos A i res en 1875, el colegio del Sal vador ha sido saqueado e incen diado por una turba desenfrena da, movida por grupos de car bonarios y francmasones. Mu chos sacerdotes deben escon derse o huir para evitar violen cias. M ilitares y funcionarios no quieren ni oír hablar de dig natarios de la Iglesia y ven con sospecha a todo religioso. Esas dificultades no amilanan a los Padres. Hay una inmensa tarea
que cumplir. Miles de almas
esperan. Se necesitan recursos. Construir. Educar, Curar cuer pos y salvar almas. Lo más im portante es cicatrizar las heri das que quedan en el corazón después de tanta guerra.
Hay que term inar con el de- rramiento de sangre y con los odios, fa cilita r la rendición de -los últim os rebeldes.
La marea de la civilización avanza, pero ella misma debe civilizarse.
Son memorables las vicisitu des de las entrevistas de los sa- lesianos con los jefes de fron tera.
Poco a poco esos soldados ru dos, hechos al lomo del caballo y al honor macho del sable, van cediendo su desconfianza ante esos hombres de sotana, tan su fridos como ellos y capaces de no dorm ir por atender a un en fermo, por convertir a un mo ribundo, por ayudar a una par turienta, por enseñar a un niño. Esos hombres que sueñan con levantar iglesias, colegios, mi siones.
Finalmente, el Padre Cagliero tiene una oportunidad valiosa para entrevistarse con el Gene ral Roca.
Este disfruta la arrogancia que le concede su gloria tem prana. Ha sido el general más joven del ejército argentino, as cendido reiteradamente por he roísmo y habilidad profesional en el campo de batalla. El des tino ha puesto en sus manos f i nalizar con victoria total, un plei to enervante de 350 años. Ha duplicado el porte físico de su patria.
El ejército lo venera y, elegi do presidente, se le ofrece un panorama envidiable. Es un libre pensador conocido y ahora tiene que atender a ese cura inopor tuno que se le presenta, como Obispo de la sospechada auto ridad papal.
En todo el país está encendi do el débate por la cuestión re ligiosa. Véase que este es el único punto de discusión que di vide a la generación del ochenta.
En lo demás hay plena coinci dencia, pero el parlamento, el periodismo y las tertulias arden alrededor del Patronato, el re gistro, el matrimonio, la educa ción y el entierro civil. Campea la pasión, ese viejo monstruo de los argentinos.
La entrevista del Presidente y el Obispo se inicia con rayos y centellas.
Roca tiene exabruptos que el Padre resignadamente pasa por alto. Los testigos de la entrevis ta dirían después que el general parecía “ más experto e intere sado en cañones que en cáno-
nes’’. Sin embargo Cagliero
mantiene sus puntos. A él no le interesa plantearse como Obis po misionero, designado por el Santo Padre, ante el General triunfador, Presidente de la Na ción, en el que se presiente al líder indiscutido de la era de paz y adm inistración; el Padre es só lo un catequista, un hombre de amor que ofrece ayuda para la obra inmensa que el país debe atacar, civilizar la Pampa. Y la entrevista se transform ó en un- diálogo amistoso y fru ctífe ro en el que no se dejaron de lado los puntos críticos de la relación Iglesia y Estado. Cagliero ex plicó largamento las ideas de Don Bosco ante un Roca atento. El general concedió los subsidios requeridos para dar térm ino a las iglesias de Carmen de Pa tagones y de Viedma y para las casas' y escuelas salesianas de Patagonia. A partir de ese mo mento continuó la amistosa re lación de Roca, el libre pensa dor, con la Orden y el Vicariado
Apostólico de la Patagonia. En más de una ocasión, la conocida posición del ilustre Presidente moderó la posición anticlerical de funcionarios de menor rango y visión.
Y así fue como entre 1875 y
1900 se erigen en la Argentina 40 instituciones (colegios, parro quias y centros misionales) de los propios Padres, a los que se suman 24, dependientes de las Hijas de María Auxiliadora.
En 1894 se funda la primera Escuela Agrícola en Uribelarrea, que funciona todavía con lozana madurez, pero ahora unida con otras diez escuelas, incluyendo localizaciones remotas como Río Grande en Tierra del Fuego, que fue inicialmente misión para los indios Onas; en San José, M i siones, que alberga hoy 235 alumnos y en diversos puntos del país, con muchos más.
En 1984, a los 109 años del arribo de aquellos diez salesia- nos primeros, han aumentado hasta ser casi 900 que trabajan distribuidos en todo el país.
Las pampas han cambiado. Es probable que aún resuene sorda mente en la sangre de sus po bladores el viejo “ la p e ... lape’’ del malón, pero sí sabemos que dondequiera que un salesiano ha llegado con su guía, el nieto del gauchisoldado fortinero se incli na sobre los libros, en el orato rio y sobre las máquinas, lado a lado con el nieto del capitane jo pampa y del inmigrante del viejo mundo. Se hacen insensi
blemente hombres útiles para sus semejantes en tiempos en
que la ciencia y técnicas avan zan día por día. Pero más im portante que el simple hecho de dar a esos jóvenes una educa ción esmerada, lo que los argen tinos, cualquiera sea nuestra personal c o n v ic c ió n religiosa, debemos agradecer a los sale- sianos, es que con su presencia sacrificada, con su consagración generosa, han sido la prueba más sublime o incontrovertible para esos vástagos del desierto en llamas, de que no todo en la civilización es odio, codicia y egoísmo brutal, que puede cla varse la “ hayqui” en el suelo y envainarse el facón, para convi vir finalm ente como hermanos. Ahora pueden dorm ir en paz los huesos de Tolmichi-ya, Pa- traqua, Payllayén, C h o c o rí de Vutá Janquetruz, de Calfucurá y de tantos otros grandes “ úlme- nes” muertos en el entrevero. Ya pueden com partir en calma el Sudario verde del suelo patrio con Rauch, Morel, Undabarrena y otros bravos soldados.
Los salesianos siguen día a día sin desmayar la vieja lucha del bien contra el mal. Si las llanuras argentinas son cultiva das hoy con esmero por hom