CAPÍTULO III. FUNDAMENTOS TEÓRICO-METODOLÓGICOS
3.6. Discurso
Es en sus palabras y no en sus actos donde yo he descubierto el espectro de su época. Karl Kraus
A propósito de las palabras del poder, menciona Alex Grijelmo (2000) que es en el lenguaje y en sus modos en donde las grandes fuerzas del poder han descubierto sus técnicas más terribles. En la época actual, el análisis del discurso se ha consolidado como una herramienta significativa y recurrida de carácter transdisciplinario. No resulta extraño encontrar análisis de discursos de políticos, de líderes de opinión o religiosos; a través del análisis de los discursos se puede leer lo que está instituidoen la sociedad, llámese injusticias, racismo, discriminación sexual, violencias, etcétera. Veamos un ejemplo.
En una entrevista, Jean-Pierre Faye (1976) dice que el lenguaje “totalitario” comenzó propiamente con el discurso mussoliano, pero que si bien es hasta junio de 1925 cuando se pronuncia por primera vez la palabra “totalitario”, el camino fue forjado desde antes. La expresión “feroce volont a totalitaria” dicha por Mussolini en el primer Congreso del Partido Nazionale Fascista, fue tomada como consigna. De este modo, el lenguaje de la voluntad totalitaria preparó el camino a las instituciones totalitarias. Semanas después del discurso emitido por Mussolini se prohibieron los partidos y grupos de oposición al régimen. Casi simultáneamente se restableció la pena de muerte, que había sido anulada en Italia a principios de siglo. Menciona Faye
96 | P á g i n a
(1976) que “el discurso prefigura lo que va a ocurrir y lo hace aceptable” (p. 24). Ello ocurre considerando otros factores como el marco de tiempo, el contexto y las situaciones históricas, pues no se trata de ningún milagro realizado por el verbo. Es así como “el nuevo lenguaje constituirá poco a poco una especie de campo magnético que irá invadiendo de modo imperceptible las conciencias hasta el punto de impedirlas reaccionar cuando llegue el momento” (Faye, 1976, p. 24).
Con respecto al nazismo, continúa Faye (1976), el término “totalitario” va a encontrar puntual traducción en la obra del Carl Schmitt. Hitler adoptará este término en 1933 cuando el Congreso defina “totale Staat” como el estado que no tolera ninguna diferencia entre el derecho y la moral. Esta frase no hizo eco en los medios de la época y más tarde se transformaría en “Volkische Ganzheit” (totalidad étnica o racial). El totalitarismo nazi fue capaz de arrinconar el término “lucha de clases” acuñado por Marx a “lucha de razas”, de este modo opusieron pertenencia a igualdad. Mientras que el término lucha de clases hacía referencia a la desigualdad que ejercían las élites con respecto a su clase, en el nazismo la lucha de razas encontró en el extranjero y al otro interno: el judío, el homosexual como enemigos comunes. Una de las propuestas de Jean-Pierre Faye (1970) es que si hubieran seguido las huellas del discurso de Hitler, se hubiera podido predecir el terrible panorama que vendría.
Existen muchas posturas en torno al análisis de los discursos (Laclau, 1993; Buenfil, 1996 y Van Dijk, 2002; Calsamiglia y Tusón, 2000 y Angenot, 2010). En principio, hemos de considerar que también hay muchas formas de entender lo que “cabe” dentro de la noción de discurso, sobre todo en lo que se refiere a la distinción de si se va a estudiar el discurso desde la mirada lingüística o si se estudiará
97 | P á g i n a
considerando los hechos sociales. La primera no ve el análisis del discurso como herramienta transdisciplinaria, sino que preferentemente lo remite a la visión estructuralista, en la cual el discurso se suele descomponer en unidades gramaticales para su estudio. Desde la segunda visión, y que preferentemente se utilizará para esta investigación, los discursos se estudian como textos, como enunciados o contenidos globales, o temáticos, en los que también entran en juego los elementos contextuales y extralingüísticos. Desde esta postura, hablar de discurso es hablar de una práctica social, es decir, de la forma de acción entre las personas. Para Pierre Bourdieu “es la filosofía intelectualista que hace del lenguaje un objeto de intelección más que un instrumento de acción y poder” (2008, p. 11).
El discurso es parte de la vida social y asu vez crea la vida social. Presenta dos características importantes: complejo y heterogéneo (pero no caótico) como mencionan Calsamiglia y Tusón (2000). Su complejidad reside en el hecho de que existen muchos modos de organización en que puede manifestarse el discurso: formas lingüísticas, formas no lingüísticas, elementos contextuales extralingüísticos, o a las modalidades en que se concreta, ya sean orales o escritas. La segunda característica es que al ser heterogéneo (y no caótico) está regulado por normas más allá del plano gramatical, es decir, del lado pragmático, regido por una serie de reglas, principios o máximas de carácter textual o sociocultural (Calsamiglia y Tusón, 2000) y que siguiendo a Grice (1975), casi siempre se rompen.
A su vez, el lenguaje está integrado por diversos actos: acto de pensamiento, acto de sentimiento, acto humano, entre otros. Los actos no son solitarios, por el contrario, los actos comunicativos requieren de interdependencia. Todos los ámbitos
98 | P á g i n a
de la vida social generan (y están permeados de) prácticas discursivas y son estas relaciones interdiscursivas las que nos convierten en seres sociales (Bubnova, 2006).
Desde esta caracterización resulta comprensible que todo discurso tenga implicaciones sociales, culturales y políticas que van más allá de sus expresiones lingüísticas. Por otra parte, toda dinámica y formación social, económica, política o cultural, requiere de ciertas operaciones discursivas para lograr sus metas, ya sea de forma implícita o explícita. Para Angenot (2010), si no todo, casi todo cabe en la noción de discurso. Estudiar el lenguaje es estudiar las prácticas en las que se objetiva el lenguaje. Este autor llama “discurso social” a la totalidad de la significación cultural. “El discurso social es un dispositivo para ocultar, para desviar la mirada, ya que sirve para legitimar y para producir consenso” (Angenot, 2010, p. 47).44
En relación con el ejemplo con el que iniciamos este apartado, es importante la observación que hace Laclau (1993) retomando una propuesta de Foucault, sobre el hecho de que una de las principales contribuciones de la teoría del discurso al campo de la política se ha hecho desde la conceptualización de poder.
Eliseo Verón menciona que, la expresión “poder del discurso” (o de un discurso) se puede prestar a confusión.
El poder (en el sentido de dimensión analítica) no es nada que esté “en” un discurso, no es nada que un discurso posea como propiedad “en sí”. El concepto analítico del poder de un discurso es un concepto relacional: el poder
44 Para Angenot (2010), desde el discurso social se puede abarcar no sólo la extensión lingüística en la cosa impresa (como su análisis de la prensa francesa), sino también llamar discurso social a la totalidad de la significación cultural: “no solamente los discursos, sino también los monumentos, las imágenes,
los objetos plásticos, los espectáculos (desfiles militares, banquetes electorales, kermeses) y sobre todo, la semantización de los usos y de las prácticas en su aspecto totalmente diferenciado (kinésico,
99 | P á g i n a
de un discurso sólo puede manifestarse bajo la forma de efecto, es decir bajo la forma de otra producción de sentido, de otro discurso. En otras palabras: el poder de un discurso “A” es un discurso “B” que se manifiesta como efecto del primero (Verón, 1979, p. 86).
Desde esta visión, el poder es visto como determinadas formas de estructuración institucional ligadas a situaciones de dominación y conflicto; realizadas en determinadas épocas y que se corresponde con determinadas coyunturas. Asimismo, el poder del discurso tiene la cualidad de modificar o romper con las estructuras sociales o establecer otras. Abordar el discurso es adentrarse en las formas de establecer las relaciones sociales, identidades, sujetos y conflictos y de esta forma ver cómo se expresan los diferentes grupos sociales. Por ello, Santander (2011) refiere a que el análisis del discurso no únicamente es útil, sino también necesario.