La «modernización» del Estado durante el gobierno de Durán-Ballén
2. EL DISCURSO DE LA «MODERNIZACION»
La importancia de la reforma del Estado radica, no solamente en que ha sido puesta como garantía para los acuerdos con el FMI y la banca privada internacional, sino, sobre todo, en que era considerada el punto culminante de todo este proceso iniciado 15 años atrás y permanentemente exigido por los organismos internacionales y los países centrales, para los cuales el atraso del país al respecto, era la causa fundamental de la perseverancia de los desequilibrios macroeconómicos.
Esta permanente exigencia ha sido acogida por los sectores hegemónicos, que ven en la política aperturista, liberalizadora y «modernizante» su único camino para participar, con el capital transnacional, en la captación del excedente que genere la economía ecuatoriana «reinsertada» en la economía mundial bajo la nueva división del trabajo que se ha venido constituyendo, por lo cual, este proyecto transnacionalizador de la economía se ha convertido en su proyecto político.
Como tal ha sido tratado y se ha elaborado un discurso que, con matriz neoliberal, ha pretendido convencer a la sociedad ecuatoriana de que no hay más camino que el que señalan los países centrales. Por ello, el discurso hegemónico es similar al que se ha levantado en toda la región y son invitados permanentes de las Cámaras de la Producción y del gobierno, los «técnicos» de otras naciones que han llevado adelante modernizaciones exitosas. Si bien se usa aún la visión sesgada de los procesos del sudeste asiático, cada vez más se trae a colación a Chile y Argentina como ejemplos del éxito neoliberal.
Este discurso en nada repara la grave situación de pobreza que actualmente existe en el país, ni se acuerda de los problemas ocasionados por el ajuste o la liberalización. Es más, al momento de hacer las propuestas, ni siquiera recoge las propias quejas de los sectores económicos afectados por estas políticas, o si lo hace, señala que la respuesta correcta es liberalizarse aún más.
Componente importante de la reflexión económica es la preocupación por la «técnica», que ha sustituido a las ideas de justicia social o de redistribución de la riqueza, que antaño se usaron para guiar las transformaciones económicas. Hoy la técnica es el rasero con el que se mide una propuesta política. Está presente a diario en el discurso político, y en los justificativos de cada reforma legal. Igualmente utilizada es la «eficiencia», concebida como la relación costo/beneficio y se la busca en todos los procesos económicos, sociales y políticos, que ya no son evaluados cualitativamente, sino contabilizados en su grado de rentabilidad. Un ejemplo de ello es la idea de que el presupuesto estatal representa el costo del gobierno.
Este discurso, que se ha venido elaborando desde años atrás, cubre hoy todas las actividades de la vida, y los medios de comunicación, en especial la televisión, han hecho de él, ya no solamente el lenguaje de moda, sino la concepción ideológica dominante. Si se piensa técnica y eficientemente, la
respuesta correcta siempre será la modernización, la globalización, la apertura, la liberalización.
Toda esta elaboración discursiva ha estado asociada al gran debate sobre el Estado y el mercado, en el que nos entrampamos todos estos años, y dentro del cual no hay otra opción. Así, los opuestos al mercado debíamos defender al Estado. Este fue uno de los razonamientos que llevó a la desconstitución del pensamiento crítico del capitalismo y lo colocó en un callejón sin salida, porque el Estado que se defendía, era el mismo al que antes se combatía. Aun hoy falta en el país una coherente respuesta al discurso neoliberal modernizante.
La idea que se ha impuesto de «modernización» es la de marchar acorde con los cambios que se dan en la economía mundial, sin reparar en cuales sean las necesidades de nuestra economía. Frente a ello quisiéramos recordar que la modernidad como hecho histórico está muy ligada a la noción de racionalidad, entendida no solamente como una relación útil entre fines y medios, en donde el sentido de utilidad viene dado por el poder, sino que, ante todo, la racionalidad de la modernidad se define desde los fines de liberar a la sociedad de toda desigualdad, de la arbitrariedad, del despotismo, del oscurantismo, en fin la modernidad se constituye en contra del poder existente.
Así vista la modernidad se la «concibe como la promesa de una existencia social racional, en tanto que promesa de libertad, de equidad, de solidaridad social y de mejoramiento continuo de las condiciones materiales de esa existencia».18
Por tanto no debemos pensar que la modernidad está basada únicamente en las urgencias del capital, de la productividad, de la eficacia de los medios para fines impuestos por la acumulación; no podemos pensar que la modernización signifique someterse únicamente a la lógica de la tecnología y al discurso del poder, sino que es necesario rescatar las promesa de la modernidad de construir un mundo del hombre para el hombre, porque con los planteamientos actuales no lo estamos haciendo, estamos construyendo un mundo que descansa sobre el «apartheid social» que excluye de los beneficios de la civilización a las cuatro quintas partes de la población.
Esto se da porque en la región y en el país los llamados procesos de «modernización» se han producido bajo la dirección y predominio de los sectores empresariales más concentrados y transnacionalizados que, desde los gobiernos de turno, han debido privilegiar los ajustes económicos de corto plazo. Es más, el proceso modernizador ha sido guiado por las propuestas neoliberales que suponen un retroceso a ideas y propuestas del siglo pasado, consideradas ya superadas.
En este proceso no se ha tomado en cuenta las necesidades del grueso de la población y el Estado se ha asociado y racionalizado en función del sector externo, sin efectos multiplicadores internos y sin protección de la trama social.
Por ello las reformas legales han excluido de sus preocupaciones los aspectos sociales, y se han «olvidado» del significado de la palabra modernidad, vendiéndonos su versión bastardeada y basada en el discurso de la razón instrumental, que posiblemente podrá calar en países con un elevado desarrollo material y político, pero no en regiones como la nuestra, de gran heterogeneidad estructural y poblacional.
En el proceso de modernización no se han tomado en cuenta que la tendencia de la economía transnacionalizada es para que la fuerza laboral pierda importancia en los procesos productivos y que el mayor peso específico lo tenga la producción de conocimientos. Pensadores como Alwin Toffler consideran que, en la actualidad, la fuerza laboral más importante ya no es el proletariado, sino el «cognitariado». Por tanto, se espera que, en países como el nuestro, el abundante desempleo aumente mucho más con el paso del tiempo, ya que no solamente que no se impulsan procesos intensivos en la utilización de la mano de obra, sino que tampoco se hace nada por incentivar la producción de conocimientos, porque se considera a la educación no como una inversión, sino como un gasto.
La «modernización», al impulsar el mercado de exportaciones no toma en cuenta que la materias primas, alimentos y productos agrícolas ocupan un espacio cada vez más pequeño en la economía mundial y que por tanto si queremos competir con éxito habrá que exportar productos que tengan un grado considerable de transformación. No se puede regresar a depender de la producción agrícola exportable, sino que es necesario avanzar en niveles de industrialización, lo cual no parece muy posible si las políticas aperturistas apuntan a liberalizar el comercio, principalmente con los centros industriales desarrollados que por la vía de la competencia reducirán nuestra industria.
El desacoplamiento existente entre la economía de materias primas y la industrial hace que los países con poca industrialización y dependientes de sus exportaciones primarias sean los que mayores problemas presentan en los momentos de apertura e integración, por cuanto se ha dado un desfase creciente entre la economía de materias primas y la industrial, ya que esta última, debido al avance tecnológico requiere menos materia prima y energía que antes.
Mientras un automóvil está compuesto por un 60% de materia prima y energía, un microchip apenas contiene un 2% de energía y materia prima; el alambre de cobre, principalmente usado para telecomunicaciones, contiene un 80% de materia prima y energía; la fibra óptica, que lo está reemplazando a nivel mundial, solamente tiene un 10%.19
Esta es la tendencia de la industria moderna, por lo que países como el nuestro no pueden plantearse seguir dependiendo de su economía primaria de exportación y esa es precisamente la tendencia de los modernizadores.