• No se han encontrado resultados

El suministro de 8 l/día de leche significó un 77,35% de la MS total consumida por las terneras; en cambio, Pared (2017) registró un consumo de 39% de MS de la dieta proveniente del consumo de leche, al brindar 6 l/día de leche durante los primeros 30 días y 4 l/día hasta el día 45 en una crianza de 60 días.

El comportamiento natural de los terneros al pie de la madre consiste en mamar de 6 a 10 veces por día y consumir leche líquida entre el 16 a 24% del peso vivo (Woodford et al., 1987 citado por Davis y Drackley, 2001; Albright y Arave, 1997 citado por Elizondo Salazar y Sanchéz Alvares, 2012). Jasper y Weary (2002) observaron un consumo de 9-10 l/día de leche al suministrar leche ad libitum a través de sistemas automáticos a un grupo de terneras. Estos resultados demuestran claramente que los terneros son capaces de consumir mayor cantidad de dieta líquida de la que normalmente se les proporciona en un sistema de crianza convencional, es decir, el 10% del peso vivo (Bilbao, 2015). Existen planteos de alimentación intensivos pero con incremento gradual, esto significa: primera semana 4 l/día, en la segunda semana 6 l/día, en la tercera semana de 7 l/día y a partir de la cuarta semana de 8 l/día (Elizondo Salazar y Sánchez Alvares 2012).

Lo descripto puede verse desde dos perspectivas. Por un lado, permite plantear un sistema de alimentación intensivo en el que los niveles de dieta líquida son altas, siendo una buena alternativa para cubrir los altos requerimientos nutricionales del ternero en el momento en el que el consumo del alimento sólido está restringido (primeras dos o tres semanas de vida). Este patrón de consumo de alimento sólido es típico de los terneros jóvenes y se ve claramente reflejado en este ensayo y otros, como por ejemplo Pared (2017), Muñoa (2013) y Guzmán (2004).

Por otro lado, es conocido que el aumento del aporte de dieta líquida lleva a un menor consumo de alimento balanceado en el periodo de alimentación láctea (Jasper y Weary, 2002). Este concepto se ejemplifica al comparar el presente trabajo registrando un consumo de 13,13 kg de alimento sólido, lo observado por Elizondo Salazar y Sánchez Álvarez (2012) con consumos de

49

14,54 kg de alimento sólido y el ensayo de Pared (2017), quien registró 47,43 kg de MS de alimento sólido.

La posible consecuencia de un menor consumo de alimento sólido es que podría verse limitado el desarrollo del rumen, dificultando la transición de una dieta líquida a una dieta sólida en el periodo de desleche y así, potencialmente ocasionar estrés nutricional y una menor ganancia de peso vivo en el desleche y post desleche, a través de una baja ingesta total de nutrientes y una menor digestibilidad ruminal (Stamey et al.,2012).

Al analizar los datos en forma individual, se observó que el consumo de alimento balanceado no fue ad libitum en todo el período, ya que los operarios ofrecieron alimento a las terneras, casi exclusivamente, los días que les tocó recolectar el alimento rechazado. Por lo tanto, se puede suponer que las terneras podrían haber logrado un mayor consumo de alimento, si el aporte hubiera sido rutinario.

Entonces, al sistema de crianza intensivo planteado en este ensayo, se lo podría modificar suministrando 8 litros de leche en dos tomas diarias desde el nacimiento hasta los 21 días de vida y posteriormente, 6 litros de leche en una única toma diaria. Esta alternativa tendría tres objetivos claros: 1. suministrar mayor cantidad de leche en el periodo de vida en que las terneras son lactantes obligadas y no consumen cantidades suficientes de alimento sólido; 2. suministrar menor cantidad de leche en el periodo de vida de pre-rumiante para estimular el consumo de alimento sólido, acortando el momento de desleche, obteniéndose ventajas económicas ya que el alimento balanceado es más barato que la leche apta para la comercialización; y 3. realizar un sistema sencillo de desleche gradual, para facilitar el manejo sin dejar de lado la necesidades nutricionales de terneras pre-rumiantes.

El sistema de desleche planteado en el párrafo anterior es una alternativa al sistema de desleche gradual que se realizó en este ensayo y que habitualmente se lleva a cabo en el establecimiento, con el objetivo de lograr una transición paulatina del desleche. Esta práctica requirió de una atención individual de las terneras, tanto en la alimentación como en el registro, siendo esto posible de llevarlo a cabo en un ensayo de 33 terneras, pero poco posible de practicar en un establecimiento de gran magnitud.

50

Está claro que la manera en que deslechan los terneros, pasando de una dieta líquida y sólida a una dieta sólida únicamente, es muy variable en el sistema productivo lechero. Lo mismo sucede con los criterios que se utilizan para deslechar. Algunos productores deslechan de acuerdo a la edad, otros se basan en el consumo de alimento iniciador y existe quienes utilizan el peso vivo (Davis y Drackley, 2001).

En este ensayo -y como habitualmente se lleva a cabo en el establecimiento donde se realizó-, el criterio utilizado para deslechar fue la edad de las terneras. La edad de desleche fue de 8,2 semanas (58 días) a 9,2 semanas (65 días). Esto lo hace comparable con los resultados obtenidos en una encuesta realizada por National Animal Health Monitoring System en Estados Unidos, donde la edad promedio de desleche era de 7,9 semanas (Davis y Drackley, 2001) y con datos obtenidos en un estudio realizado en la cuenca Mar y Sierra durante los años 2008 y 2009, donde se observó que los desleches se realizan en el 60% (30/50) de los casos, a una edad igual o mayor a los 60 días de vida (Bilbao, 2015). Sin embargo, estos periodos son considerablemente más largos de los que pueden lograrse con una crianza eficiente; por ejemplo, Kruger (2009) deslecho terneras Holando Argentino a una edad de 31±2 días y Pared (2017) deslechó terneros cruza Montbeliarde-Holstein a los 45 días de vida.

Desde el punto de vista de los requerimientos nutritivos, es más conveniente deslechar a las terneras cuando se encuentran consumiendo cantidades adecuadas de alimento seco como para satisfacer los requerimientos de energía y proteína, al menos los de mantenimiento (Davis y Drackley, 2001). Un ternero, para satisfacer sus necesidades de mantenimiento y lograr además una modesta ganancia de peso, debería consumir 0,79-0,91 kg de MS de alimento balanceado por día (Leaver y Yarrow, 1972 citado por Davis y Drackley, 2001). Según el estudio realizado por Stamey et al. (2012), el consumo diario de balanceado antes del desleche es un fuerte predictor de la GDPV durante la semana posterior al desleche, indicando que el control del consumo diario de balanceado antes de desleche sigue siendo una práctica importante de manejo para facilitar la transición al desleche. De hecho, sus resultados indican que los terneros deben consumir al menos 1 kg de MS de balanceado los días antes para asegurarse el crecimiento post-desleche.

51

Porque al analizar tres tratamientos experimentales comparando dos dietas líquidas, una con niveles bajos y otra con niveles altos de sustituto lácteos y dos dieta sólidas con diferentes concentraciones de PC para los terneros que recibieron niveles altos de dieta líquida se observó que, aquellos terneros cuya dieta fue sustituto lácteo convencional en baja cantidad e iniciador convencional y lograron mayores consumos de MS en el periodo de predesleche y desleche (1,09 kg de MS/d), fueron los que obtuvieron mayores ganancias de PV en el periodo de desleche y postdesleche (0,89 kg/d) en comparación con los otros dos tratamientos (0,31 kg/d y 0,60 kg/d).

En este ensayo, las terneras a una edad media de 58 días lograron un consumo promedio de alimento balanceado de 1,11 kg de MS/d. Por su parte, Jasper y Weary (2002) obtuvieron consumos de 1 kg de MS/d a los 42 días de vida y de más de 2 kg de MS/d a los 56 días de vida en terneras Holstein criadas en un sistema intensivo con leche ad libitum. Krüger (2009) observó un consumo de 2,04±0,6 kg de MS/d a los 49±1 días vida en terneras Holando Argentino y Pared (2017) determinó un consumo de 1,25 kg de MS/d y de 1,5 kg de MS/d a los 45 días de vida, en un sistema de crianza intensivo con dos dietas sólidas diferentes. Stamey (2012) observó un consumo de 1,09 kg de MS/día, 0,68 kg de MS/día y 0,83 kg de MS/día para cada uno de sus tratamientos en el periodo de desleche, a los 36 a 42 días de vida y logró establecer una relación con la GDPV postdeleche al observar ganancias de 0,89 kg/día, 0,31 kg/día y 0,60 kg/día respectivamente.

El peso vivo, como criterio de desleche es el menos utilizado, quizás, por ser el menos práctico, debido a la dificultad de llevarlo a cabo y al tiempo necesario para medir o estimar los pesos (Thickett et al., 1989). Las terneras de este ensayo tuvieron un peso vivo inicial de 48 kg y un peso vivo final de 87 kg, logrando un incremento de 36 kg de peso vivo durante todo el periodo de crianza, demostrando claramente que la mayoría de ellas no logró el objetivo de duplicar su peso vivo de nacimiento a los 56 días de vida (Van Amburgh, 2015).

La evolución del peso vivo en relación a la materia seca consumida durante todo el periodo de crianza (65,04 kg) pone de manifiesto que la eficiencia de conversión de los alimentos fue muy buena. La mediana del ICA de las

52

terneras de este ensayo tuvo un valor de 1,713. Mientras que Trickett et al. (1989), señala un ICA de 1,9 para teneros de 0-5 semanas y de 3 para terneros de 5-12 semanas y, además, considera que la misma cantidad de materia seca produce más energía neta cuando se utiliza en forma líquida, hecho que ocurrió en este ensayo por haberse criado a las terneras con un alto plano nutricional basado en el suministro de gran cantidad de leche.

Guzmán (2004) en su ensayo registró un ICA de 1,38 en el grupo de terneros criados convencional durante 43 días y de 1,77 en el grupo de terneros alimentados con leche, lactorremplazante sólido y concentrado comercial durante 52 días; Kruger (2009) obtuvo un índice de 2,52 en los primeros 24±2 días de crianza artificial alimentando a las terneras con 5 l/día de leche más lactoreemplazante sólido y de 1,86 en la segunda etapa de su ensayo (hasta el día 31±2 de crianza) en la que realizo un desleche parcial reduciendo la dieta líquida a 2 l/día de leche y, Sergio (2017) observó un índice de 2,10 y 2,20 en 60 días de crianza.

Los resultados de este ensayo indican que la mediana de la GDPV de las terneras fue de 0,597 kg/día. Si consideramos que el máximo potencial de crecimiento diario de peso desde el nacimiento hasta los 91 días de vida de los terneros es del 1,5% del PV (Roy, 1972.a), las terneras del ensayo tendrían que haber ganado 0,720 Kg de PV/día.

Jasper y Weary (2002), en su ensayo obtuvieron una GDPV durante la primera semana de vida de 0,8 kg en las terneras alimentadas ad libitum y 0,2 kg en las terneras alimentadas convencionalmente. Para el día 35 del ensayo, las terneras alimentadas ad libitum tuvieron una significativa ventaja de 10,5 kg de PV, la cual se mantuvo hasta el final del tratamiento. Trabajos previos han demostrado que la ventaja de peso obtenida puede ser mantenida más allá del periodo de crianza artificial intensivo (Riordan y Everett, 1972 citado por Jasper y Weary, 2002). También, a diferencia de las vaquillonas de mayor edad, altas tasas de crecimiento en terneras menores a los 90 kg no tienen efecto negativo sobre el desarrollo mamario (Sejrsen et al., 2000 citado por Jasper y Weary, 2002).

En un ensayo presentado por Tylutki (2016) en el que comparaba un sistema de alimentación convencional (grupo control) con un sistema de alimentación

53

intensivo o mejorado (grupo experimental) deslechando a los 54 días de vida, se obtuvieron GDPV de 0,39 kg y de 0,82 kg respectivamente, con un consumo total de MS de 39,3 kg para el grupo control y de 71,4 kg para el grupo experimental. Al analizar la relación entre la ingesta de nutrientes y el desarrollo de la glándula mamaria, se observó un mayor desarrollo del parénquima mamario en las terneras que recibieron una alimentación intensiva. A pesar de que la bibliografía muestra claras evidencias a favor de los sistemas de crianza intensivos, aún actualmente la mayoría de los productores siguen alimentando con cantidades limitadas de leche a los terneros, tal vez debido a la percepción de que el aumento del consumo de leche conduce a una mayor incidencia de diarrea. Jasper y Weary (2002) en su experimento, no observaron diferencia de signo y nivel de dolencia de diarrea entre las terneras criadas con un sistema de alimentación convencional y aquellas criadas con un sistema de alimentación intensivo. Incluso Nonnecke et al. (2000) citado por Jasper y Weary (2002), demostraron en su trabajo que un aumento de la alimentación con leche mejoró la inmunidad de los terneros, ya que el funcionamiento del sistema inmune se vió comprometido con niveles bajos de nutrición.

En nuestro ensayo el índice de morbilidad fue de 48,48%, siendo la diarrea la principal causa de enfermedad (68,75%). Similar resultado obtuvo Guzmán (2004) con un 68,4% de morbilidad en el sistema de alimentación con lactorremplazante sólido y 30% de morbilidad en el sistema de alimentación convencional.

Los resultados de nuestro ensayo también indican un alto porcentaje de mortalidad, al considerar como valor aceptable un 3 a 5% (Wattiaux, 1997), siendo la principal causa de muerte la diarrea.

En Estados Unidos, la tasa de mortalidad de los terneros de razas lecheras durante los años 1930-1980 presentó un promedio de alrededor del 10%, con valores del 0 al 30% en establecimientos individuales (Otterby y Linn, 1981 citado por Davis y Drackley, 2001).

Muchos estudios han demostrado que las causas de mayor prevalencia de muerte de terneros desde el nacimiento hasta el desleche son la diarrea y los problemas respiratorios. Incluso, el National Animal Health Monitoring System

54

en Estados Unidos determinó, por una encuesta, que la diarrea era la causa del 60,5% de las muertes en terneros (Davis y Drackley, 2001), lo cual concuerda con los resultados obtenidos en nuestro ensayo.

La mortalidad de los terneros y los costos de los tratamientos presentan una enorme pérdida económica para la industria lechera. Pero también, es importante ver que detrás de un proceso de enfermedad o de la muerte, no sólo hay un costo económico sino también hay un costo de oportunidad y una vida perdida.

Como lo demuestran los resultados de nuestro estudio, una ternera que se enferma tiene una pobre GDPV, porque a pesar de tener un buen consumo de MS total, su eficiencia de conversión alimenticia es baja. La pobre o incluso nula ganancia de peso trae aparejadas consecuencias como, tener un periodo de crianza más largo, lograr a una edad tardía el peso adecuado para ingresar a servicio y tener un primer parto retrasado. Esto significa no sólo que el retorno de la inversión llegará más tarde, incluso pudiendo estar comprometido el potencial de producción de leche, sino también que aumentará el número total de vaquillonas requeridas para mantener el número de vacas en ordeñe y se limita la probabilidad de seleccionar genéticamente las vaquillonas (Wattiaux, 1997).

55

Documento similar