• No se han encontrado resultados

La Comunidad política ha sido pensada de diferentes maneras por los historiadores. Una de las primeras explicaciones fue elaborada por la tradición positivista, que vio en la Nación un punto de llegada transitado inevitablemente desde 1810. Durante mucho tiempo esa visión fue criticada y puesta a prueba por diversas interpretaciones alternas, desde el revisionismo histórico, los historiadores marxistas, hasta la nueva historia política. Esas producciones entraron en diálogo y aportaron al conocimiento histórico de los procesos desarrollados durante el siglo XIX en esta parte sur de América.

A los fines de este trabajo, las formas en que los historiadores pensaron y explicaron las comunidades políticas serán tomadas a partir de dos tradiciones, identificadas como tradicionalista y nueva historia política. Este recorte implica una

voluntaria omisión de otras producciones historiográficas vinculadas a la temática, aunque para espacios diferentes al estudiado en éste trabajo. Además, la posibilidad de contar con la producción coordinada desde un mismo espacio editorial, amplía la capacidad de análisis de la historia tradicional, como así también la multiplicación de debates permite contar con una mayor presencia de la nueva historia política en la actualidad.

En base a estos elementos, parece necesario aclarar las hipótesis para esta parte de la investigación. Planteo que cada una de estas tradiciones tomó, como punto de partida, elementos diferentes al momento de explicar a las comunidades.

La historia tradicional ha pensado a la comunidad a partir de la región, mientras que la nueva historia política lo hizo desde las ciudades. Ambas tradiciones construyen, a partir de la región o de la ciudad, las identidades que permiten explicar el desarrollo de los acontecimientos. Es posible asegurar que la historia tradicional entiende que la identidad cultural regional determina el accionar político de las provincias y sus hombres. Por su parte, la nueva historia política complejiza y problematiza las características de esa identidad y el desarrollo de los acontecimientos. Las características de los postulados de la nueva historia política determinan su carácter “constructivista”, mientras que la historia tradicional se identifica con una postura “esencialista”.

Las hipótesis descansan sobre un trabajo metodológico que estuvo atravesado por el relevamiento de publicaciones relacionadas con la Colección de Historia de las Provincias Argentinas, de la Editorial Plus Ultra, para el caso de la historia tradicional, y con las publicaciones del Fondo de Cultura Económica para la nueva historia política.

2.1- Ciudades, Provincias, Estados. La nueva historia política.

Explicar la construcción de comunidades políticas resulta, a veces, un ejercicio un tanto dificultoso. En palabras de E. Durham:

Es propio del sentido común concebir las instituciones relativamente

estables de las sociedades como formas naturales de organización de vida

colectiva antes que como productos mutantes de la actividad social47.

Las visiones tradicionalistas de la historia, que ganaron espacio dentro de la sociedad y los medios de comunicación, impusieron una imagen de comunidad política que imposibilitó observar las complejidades del proceso. Por eso, las nuevas perspectivas han problematizado su desarrollo, eludiendo cualquier postura.

En este trayecto de la tesis trataré el análisis de las comunidades políticas a partir de los trabajos producidos desde la nueva historia política, para identificar los elementos que estructuraron a las sociedades luego de 1810 y dar cuenta del derrotero seguido en la provincia de Tucumán.

Las producciones enmarcadas en la nueva historia política han puesto el acento en los procesos surgidos a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Como

47 Durham, E. Familia y reproducción humana. En Neufeld, Grimberg, Tiscornia y Wallace (comp.) Antropología social y política. Hegemonía y poder: el mundo en movimiento. Ed. EUDEBA, Buenos Aires, 1999, p 59.

consecuencia, el estudio de las comunidades políticas ha sido atravesado por sus variantes del lenguaje político, las prácticas electorales, la participación de sectores sociales bajos en la vida pública, etc. En tal sentido, se reconoció que las entidades provinciales fueron la base sobre la que se fundó el posterior estado nación argentino, porque fue en las antiguas ciudades coloniales donde los grupos dirigentes comenzaron a ejercer su influencia política, para luego dar vida a las provincias.48

Las comunidades políticas del período colonial estuvieron atravesadas por principios racionalistas como, por ejemplo, la idea del natural, entendido como aquel que nace o vive en una misma tierra y bajo un mismo gobierno49. Según

este tipo de explicación, las comunidades políticas que surgieron con el proceso de independencia no pudieron estructurarse como nación, sino que estuvieron más cerca de una doctrina presente durante la monarquía, el derecho natural y de gentes50.

48 En su mayoría, los artículos de gran circulación focalizaron su análisis en Buenos Aires, como el caso de Marcela Ternavasio, o lo hacen adoptando un enfoque comparado y general al sintetizar procesos a nivel hispanoamericano.

49 “Hay en Hispanoamérica una visión racionalista de los fundamentos de la identidad colectiva”. Chiaramonte, J. Nación y Estado en Iberoamérica. El lenguaje político en tiempos de las revoluciones. Ed. Sudamericana, Buenos Aires,2005. p 96. Para el autor, por ejemplo, partiendo de la definición de natural, puede explicarse cómo la pertenencia a un mismo lugar y la continuidad, generaban sentimientos de pertenencia en las personas

50

“Pero si el proceso de las independencias iberoamericanas no responde al principio de las nacionalidades, ¿cuáles eran sus fundamentos? (…), provenían de un conjunto de doctrinas, no homogéneas, que desde antes de la independencia guiaban la enseñanza universitaria y sustentaba la producción intelectual como el orden social en general, doctrinas comprendida usualmente por la denominación de derecho natural y de gente” Chiaramonte, J. “Nación y Estado…” p. 103 Apoyado por un conjunto de fuentes que incluía intelectuales de la época, como así también fuentes cotidianas, el autor comprueba que la enseñanza del derecho natural era promovido por la corona en las universidades españolas y americanas, y su circulación no re restringía al ámbito académico. El derecho natural y de gentes era usado también en cuestiones cotidianas, como las transacciones comerciales, o en cuestiones de pleitos entre particulares. En tal sentido, se afirma que el derecho natural funcionaba realmente como normativa reconocida por todos los miembros de la comunidad y modelador de acciones y conductas humanas.

En su esencia, esta normativa promovía el carácter voluntario y consensuado de la existencia de la comunidad política en la que vivían las personas; de ahí la recurrencia al argumento de que la futura nación argentina se sustentaría no en sentimientos de identidad, sino en compromisos políticos de larga duración entre entidades soberanas.

La naturaleza pactista de los acuerdos abrió la puerta a los movimientos que cuestionaron el fundamento divino de la monarquía absoluta, fagocitando “el derecho a la resistencia a la autoridad, cuando éste afectase las condiciones del contrato, explícito o tácito, en la que atañe a la conservación del bienestar de los súbditos”51.

La retroversión de la soberanía, principio sobre el cual se organizaron todas las comunidades contenidas en el virreinato rioplatense, existía en el centro mismo del derecho natural y de gentes, pero no como un elemento peligroso listo a generar el permanente cambio de autoridad, sino como el último paso dentro de una extensa cadena de ideas y consensos que normaban a las personas (como dice un pensador de la época52). Entonces, como la naturaleza del poder que regía

la comunidad era discutido, acordado y pactado por los asociados, era lógico pensar que esa misma soberanía podía ser devuelta en determinados contextos.

51 Chiaramonte, J. “Nación y Estado…” p. 111

52 Chiaramonte sostiene que en los ámbitos urbanos circulaban una serie de ideas que referían a los orígenes, desarrollo y supervivencia de las comunidades que sostenían, por ejemplo, que “…para el establecimiento ordenado y legítimo de una sociedad son necesarias 3 cosas; el primero, el convenio o consentimiento de todos los asociados entre sí y unos con otros, por la cual se comprometan a reunirse en sociedad y sostenerla con los recursos que ellos mismos deben facilitar. Segundo, el acuerdo y convenio de todos y cada uno de ellos por el cual convengan y aprueben el acto de su establecimiento procediendo de hecho a juntarse, y someterse al acuerdo general de los asociados, que es el derecho de asociación. Tercero, el convenio o pacto con la persona o personas que deben tener depositado la autoridad, y ejercer las funciones y altos poderes que según el pacto se depositaren…” Chiaramonte, J. “Nación y Estado….” p. 119

Cuando, en 1810, la crisis monárquica y la ausencia del rey demostraron tangiblemente la necesidad de rellenar ese vacío de poder, los revolucionarios porteños esgrimieron ese argumento, con el derecho natural y de gentes como base doctrinal, el cantero de conceptos y explicaciones con los que comenzaron el arduo camino hacia la construcción de la nueva comunidad política. Desde ese momento, en todo el espacio rioplatense, los grupos dirigentes de cada localidad llevaron a la práctica este conjunto de ideas que legitimaban su actuar.

Sin embargo, la soberanía del pueblo y la retroversión del poder produjeron una situación difícil de controlar: la pretensión de todas las localidades sumadas al proyecto revolucionario de ejercer ese principio esgrimido por los porteños, aunque eso representase un duro cuestionamiento a la hegemonía de Buenos Aires.53 De a poco, en procesos poco lineales, cada localidad se constituiría en

una comunidad particular, soberana. Pasaron varias décadas hasta que pudo conformarse un Estado Nación como comunidad política amplia, imaginada a decir de Anderson. Hasta que esto ocurrió, las provincias vivieron en comunidad con sus vecinas, a usanza de la vieja realidad política anterior al proceso independentista, sin que ello representase la ausencia de violencia o desencuentros.

Ahora bien, ¿hasta qué punto cada ciudad ejerció plenamente este principio de soberanía?; ¿de qué manera las ciudades lograron controlar a las comunidades más pequeñas para formar los estados provinciales? Preguntas que dejaremos en suspenso por el momento.

Si bien no se ha profundizado explícitamente en la formación de comunidades políticas más pequeñas, es decir, las provinciales, puede decirse que un rasgo generalmente compartido fue su estructuración en torno a un gobierno basado en el principio de soberanía popular54.

En el marco de sistemas republicanos de gobierno, la mayor parte del espacio americano vio en la práctica de la soberanía popular el único medio legítimo de constituir gobiernos; por ello, desde ese momento, fueron recurrentes la concreción de elecciones y prácticas políticas afines55.

Las nuevas comunidades políticas se sostuvieron gracias a dos pilares fundamentales: la representación política y la opinión pública. Estas comunidades estaban compuestas, también, por dos actores centrales, los representados, categoría que contenía a la mayor parte de la población masculina adulta, y los representantes, personas elegidas que generalmente mantenían la tradición de dirigir los asuntos de la comunidad desde tiempos anteriores a la revolución. Ambos revestían la calidad de ciudadanos, a la vez que formaban parte del pueblo y la nación, que expresaban su voluntad a través de elecciones regulares, de práctica y desarrollo diverso56.

54

Hilda Sabato sostiene que “En esa diversidad de historias puede detectarse, sin embargo, un rasgo compartido: la mayor parte de las nuevas comunidades políticas, las más duraderas como las más efímeras, adoptaron formas de gobierno basada en el principio de la soberanía popular. Y si bien esas formas no remitían a un modelo único y reconocían variadas inspiraciones, implicaron un cambio radical en los principios de legitimación del poder político así como la introducción y el desarrollo de prácticas políticas originales” Conf. Sábato, H. El experimento republicano en Hispanoamérica. Un ejercicio de síntesis. Ensayo presentado en el Coloquio Internacional sobre Mitos y realidades en la formación de la cultura política latinoamericana organizado por la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad Nacional de Quilmes, México DF, octubre de 2005.

55

Hilda Sábato propone el término de “experimento republicano” para reflexionar sobre los procesos de cambio político desatado en el siglo XIX

56 Sábato, H. “El experimento republicano….” La autora recuerda que en materia electoral, los procesos desarrollados después de 1810 tuvieron un alto grado de innovación e improvisación, con diferentes resultados. En tal sentido puede consultarse la obra de Ternavasio, M. “la revolución del voto….”

Así conformadas, las nuevas comunidades políticas consiguieron una endeble estabilidad debido a la constante tensión existente entre el principio de soberanía popular –que empujaba a sus miembros no sólo a elegir representantes, sino también a una lucha electoral- y la vigencia del principio de comunidad –que prohibía, cuestionaba y criticaba todo intento y concreción de división, facción o disidencia-. Afirma Sábato que:

Estos marcos normativos abrieron paso a la puesta en marcha de

mecanismos concretos destinados a producir el hecho electoral, desde la

definición de las candidaturas hasta la concreción del voto, etapas que

resultaron problemáticas para los constructores del nuevo orden57.

Es decir que, al no existir normas por las cuales definir candidaturas y ponerlas a consideración de los representados, los miembros de los grupos políticos dirigentes, en particular, y la población, en general, se vieron envueltos regularmente en confrontaciones que buscaban imponer a uno u otro candidato para las elecciones.

En este momento, puede observarse la amplificación de los conflictos políticos vinculados a procesos electorales en las comunidades. En tiempos de la colonia, los inconvenientes se reducían al ámbito capitular y, excepcionalmente, a los cabildos abiertos. Con la puesta en marcha del principio de soberanía popular y la práctica de elecciones, esa competencia por la ocupación de cargos vinculó a

los ex miembros de la “elite capitular”, y también a todos los sectores que se encontraban habilitados para emitir su voto.

¿De qué manera la competencia electoral hacía peligrar la estabilidad de las nuevas comunidades políticas? Para ganar una elección, determinado conjunto de personas debía formar agrupaciones electorales que llevaran a la concreción un objetivo político. Esos grupos comenzaron a ser percibidos como facciones o partidos, no sólo en el plano ideal, simbólico, sino en el plano concreto, a través de la acción discursiva, difusión de ideas u organización de algún otro tipo de acción política58.

La sola existencia de personas que se diferenciaban del resto, en este caso por ideas u objetivos políticos, ponía en tela de juicio las características comunitarias, consensuadas y unitarias que mantenía la comunidad política desde la época colonial. Podrá recordarse, por ejemplo, que en las actas capitulares se remarca constantemente la reunión, la unidad de intensiones, la actitud de perseguir el bien común, el orden del cuerpo expresado en los modos de sesionar y la verbalización de su desarrollo59.

Según se explica, el correr del tiempo fue definiendo esta transición de la vieja visión de la comunidad a la consolidación de una nueva, que tuvo como factores principales a los “caudillos” y su capacidad de movilizar a grupos bajos de la sociedad. A medida que la contienda de la representación política aumentaba

58

Téngase presente que la idea de fación o partido contradecía a la comunidad de opinión, al interés común, a la comunión de objetivos, que regía a las comunidades.

59 Conf. Iramain, P. “Una aproximación a la construcción de comunidades políticas. Catamarca, Santiago del Estero y Tucumán bajo la coyuntura” En: Revista Humanitas, Facultad de Filosofía y Letras, UNT, nº 33, 2006

en virulencia, se hizo también más obvia la necesidad de ordenar a la comunidad, lo que se logró gracias a la irrupción de los partidos políticos.60

El camino recorrido en esta transformación política reconoció variedad, idas y vueltas, planteos y reformulaciones, que demuestran la importancia de la investigación en toda la zona que se vio afectada por ella. Se entiende que, para analizar la construcción del espacio político en Tucumán, se debe tener en cuenta, por un lado, la condición geográfica y política en la que se encontraba la jurisdicción antes y durante el proceso de independencia, y por otro, que dicha construcción se dio a partir del desmembramiento y desestructuración del imperio español basado en la legitimidad monárquica61.

En el intento de descubrir la construcción de la comunidad política tucumana en la primera mitad del siglo XIX, es pertinente aplicar el concepto de

identificación política, para dar cuenta de cómo operaron los actores en ese proceso. A diferencia de Chiaramonte, se opta por desechar la expresión

identidades políticas, pues remite a entidades acabadas, definidas, estáticas, de inadecuada aplicación a un grupo y situación62. En cambio, la identificación está

más ligada a un proceso de construcción, en el cual los sujetos involucrados van generando ciertos tipos de acercamiento a medida que transcurren sus experiencias, sus vidas. Se tiene en cuenta que el sujeto es portador de distintas 60 Conf. Sábato, H. “El experimento republicano en Hispanoamérica…”

61 García de Saltor, I. La construcción del espacio político. Tucumán en la primera mitad del siglo XIX. Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Tucumán, 2003.

62 “identidad (..) parece remitir a algo acabado, definido, terminado y con visos de estático. Tal noción resulta poco adecuada para atribuirla a un grupo político que se encuentra en movilidad – particularmente a partir de las migraciones del siglo XVIII - , que se desempeña en dos momentos políticos diferentes – antes y después de mayo de 1810 - y que resuelve las cuestiones políticas, prioritariamente, a partir de sus intereses y experiencias sobre las cambiantes situaciones – guerra de independencia, hegemonía rivadaviana, unanimismo rosista, conflictos internacionales, guerra civil, congresos…” . García de Saltor, I. “La construcción…” pp. 8 y 9.

identificaciones simultáneamente, lo que permite pensar que el grupo político dirigente tucumano de las primeras décadas del siglo XIX identificó un “nosotros” como comunidad local y como comunidad más amplia a la vez63.

La comunidad política tucumana, a partir de la primera década revolucionaria, se constituyó como tal gracias a un proceso cultural de construcción identitaria no estable, no lineal, no determinado. El mismo estuvo gestado y conducido por un grupo dirigente local, que tenía en sus manos la responsabilidad de llevar los destinos de la comunidad. En Tucumán, como en el resto de las jurisdicciones, este grupo no se vio revitalizado por el arribo de nuevos actores metropolitanos a fines del siglo XVIII, junto con quienes transitó la nueva realidad política que imponía el recién creado Virreinato del Río de la Plata.

Desde 1810, la comunidad tucumana se enfrentó a los cambios políticos emanados de la revolución y, antes que rechazarlos y resistirlos, su dirigencia optó por adaptarse a ellos. ¿Cómo se dio esa adaptación? La respuesta no debe buscarse en modelos ideales que nosotros conocemos (liberalismo, republicanismo, etc.), sino en los elementos más conocidos por aquellos, es decir, el uso y la costumbre.

La elite tucumana leyó el proceso revolucionario y su realidad a través de las normas y costumbres enraizadas en la localidad con el paso del tiempo64.

Entonces, en este punto, se produce el encuentro entre una comunidad

63 “estas identificaciones, pues, se producen en el marco de unas relaciones (…) definen el espacio político: se entiende por tal, el ámbito que se construye mediante la práctica regular de las dialécticas mando – obediencia, amigo – enemigo, público – privado, esto es, de relaciones políticas. García de Saltor, I. “La