Campero confió en las ventajas tácticas del terreno. No tuvo la ventaja de fortificaciones, excepto los montones de arena que servían de señales para la colocación de los soldados y los hoyos para poner las carpas (especies de tiendas de campaña formadas a la ligera con frazadas o tiras de lienzo). Sólo llegó a formarse un solo parapeto con sacos de arena y laja deshecha. Los aliados se situaron en una "posición de espera" y no en atrincheramiento.
En la extrema derecha estaban los cinco cañones Krupp de montaña del ejército boliviano con el regimiento Murillo reducido a un simple escuadrón de 150 plazas a las órdenes del coronel paceño Clodomiro Montes; seguía la división peruana del coronel Justo Pastor Dávila con el batallón Lima número 11 cuyo jefe era el bravo coronel Remigio Morales Bermúdez y los Granaderos del Cuzco al mando del comandante Valentín Quintanilla; venían luego dos ametralladoras y un cañón rayado de a 12 con una sección a cargo del comandante boliviano Adolfo Palacios. En el centro de la línea de batalla estaban los batallones bolivianos Loa (que se había distinguido en Tarapacá y estaba al mando del coronel Raymundo González Flor, antiguo segundo de Daza en los Colorados, separado de él por motivos de dignidad personal); Grau (formado por la juventud ilustrada de Cochabamba y cuyo jefe era Lisandro Peñarrieta); Chorolque (sacado de Tupiza bajo el nombre de un famoso batallón del Belzu con Justo de Villegas de comandante, hermano de Carlos, prisionero de San Francisco); y Padilla (con soldados de la ciudad de La Paz encabezados por el coronel Pedro P. Vargas que había tenido distinguida actuación en Pisagua). Esta era el ala derecha del centro y la mandaba el coronel Severino Zapata. Separados de ella por una sección de artillería
boliviana, compuesta de dos ametralladoras y un cañón, seguían las más brillantes unidades del ejército peruano, la división Belisario Suárez y la división Andrés A. Cáceres. La división Suárez contaba con el batallón Pisagua formado con los restos del antiguo Ayacucho y el Arica sacado de ese puerto por su prestigioso jefe Julio Mac Lean que, como Ugarte y Canevaro, diera a su patria fortuna y sangre. La división Cáceres constaba del heroico Zepita cuyo mando tenía Carlos Llosa y el Cazadores del Misti, batallón arequipeño que era el antiguo Cazadores de Prado, entonces bajo la jefatura del coronel Sebastián de Luna. Estos tres jefes, el ariqueño Mac Lean, el arequipeño Llosa y el cuzqueño Luna, murieron en la batalla. En la retaguardia del centro fueron colocadas las divisiones peruanas Alejandro Herrera, formada por los batallones Ayacucho (mandado por el comandante Nicano Somocurcio) y Guardias de Arequipa (compuesto por gendarmes bajo la jefatura del coronel José Iraola); y César Canevaro con los cuerpos Lima, organizado por los gremios de la capital y Cazadores del Cuzco bajo el bravo coronel ayacuchano Víctor Fajardo que se había distinguido en Tarapacá e iba a sucumbir heroicamente en Tacna.
Hacia la izquierda y en puesto avanzado sobre la línea de batalla, estaba la artillería peruana que en número de nueve cañones, mandaba el coronel Arnaldo Panizo; e inmediatamente entraba en línea la división peruana del coronel Luna compuesta de los batallones Huáscar y Victoria (comandantes Godínez y Barriga), que no se portaron en la batalla con la bravura de otros cuerpos peruanos y bolivianos. Formaba hacia la extrema izquierda una especie de semicírculo emboscado entre los médanos, la división boliviana Acosta con tres excelentes cuerpos a saber: Tarija, Sucre o 2º llamados Amarillos por su chaqueta de bayeta amarilla de Oruro y cuyo jefe era Juan Bautista Ayorsa y Viedma o Verdes, este último de Cochabamba y que mandaba Ramón González Pachacha o Dos Hombres, valientes en Pisagua. A la retaguardia de la izquierda y apoyando a la división de Acosta se encontraban los pequeños cuerpos bolivianos de Libres del Sur (comandante Julio Carrillo) y Vanguardia de Cochabamba (comandante Agustín Martínez) con sus desmedradas cabalgaduras y los antiguos coraceros de Daza. Hacia la derecha habían sido colocados como fuerzas de reserva general para la batalla los Colorados, mandados por Ildefonso Murguía y vestidos con chaqueta roja y pantalón blanco de brin y el Aroma o 4º de Bolivia que también tenía uniformes rojo y blanco. La caballería peruana se componía de los restos del Húsares de Junín, los Guías y el escuadrón del valeroso guerrillero Gregorio Albarracín muy mal montados y armados.
Falta mencionar todavía los 700 hombres, reunidos por el prefecto Pedro Alejandrino del Solar, gendarmes, policías montados, lanceros de Tacna, Sama y Tarapacá, agricultores de Para y voluntarios de la guardia nacional.
En un informe confidencial que se guarda en el Archivo Piérola aparece que combatieron efectivamente en Tacna 4.705 peruanos y 4.225 bolivianos, o sea en total 8.930 aliados con 8 piezas de artillería. Estas cifras son menores que las de otras fuentes.
El ala derecha de los aliados estaba mandada por el almirante Lizardo Montero; el centro por el coronel Miguel Castro Pinto, comandante en jefe de la primera división boliviana; y la izquierda por el coronel Eliodoro Camacho. Toda la línea debía obedecer al generalísimo Narciso Campero, Presidente de Bolivia. Este había querido renunciar al mando el 25 de mayo pues era el día en que se instalaba en Bolivia la Convención que debía elegir Presidente, lo cual hacíales perder la función a causa de la cual se había encargado del ejército: pero Camacho y Montero le impusieron que continuara con ese honor y esa responsabilidad. Jefe de Estado Mayor de Campero era el general Juan José Pérez que murió en la batalla, jefe del Estado Mayor de Montero, el coronel Manuel Velarde. La distribución del ejército aliado fue hecha con el propósito de mezclar los cuerpos peruanos y los bolivianos.
LA BATALLA DE TACNA.
Campero había dado la orden de que no se iniciaran los disparos de rifles hasta que el enemigo se pusiera a tiro. El avance chileno se orientaba hacia el ala izquierda aliada; y de allí partieron, desobedeciendo aquella orden, los primeros disparos antes de lo que era necesario. A las diez de la mañana ya estaba comprometida y generalizada la lucha en todas las líneas.
"En nuestro costado derecho (la descripción de la primera etapa de esta jornada proviene de Campero) donde el combate no era todavía muy encarnizado, el ala derecha de nuestra línea y la izquierda del enemigo presentaba el aspecto de dos inmensas fajas de fuego, como envueltas por una especie de niebla iluminada con los tintes del crepúsculo de la mañana. El centro, donde obraba con más vigor la artillería enemiga, ofrecía el espectáculo de un confuso hacinamiento de nubes bajas, unas blancas y otras cenicientas, según que las descargas eran de Krupp o de ametralladoras. El costado izquierdo, donde el combate era más reciamente sostenido, no presentaba sino una densa oscuridad, impenetrable a la vista, pero iluminada de momento a momento, como cuando el rayo cruza el espacio en noche tempestuosa. El tronar era
horrible y más bien, no se oía más que un trueno indefinidamente prolongado".
Las reservas del centro aliado pasaron a reforzar la izquierda; las siguieron dos batallones, uno peruano y otro boliviano de la derecha. El batallón peruano Victoria se replegó desordenadamente en la izquierda; pero los nuevos refuerzos lo suplieron y lograron hacer volver atrás al enemigo con cargas a la bayoneta tomando prisioneros y piezas de artillería. El ataque chileno empezó a través de las divisiones Santiago Amengual y Francisco Barceló sobre la izquierda y el centro aliado tras de un duelo infructuoso de piezas de cañón que duró de nueve a diez de la mañana después de hora y media de fuego intenso, ambas divisiones chilenas, más o menos a las doce y media de la mañana, se retiraron sin cesar de combatir. El ala izquierda, mandada por Camacho, empezó la ofensiva y se robusteció con las reservas formadas por los Colorados y el Aroma y seguida por el centro, mas no por la derecha en el propósito de devolver el ataque profundo intentado por el enemigo. Una carga de caballería chilena contra la infantería aliada detuvo el ataque de ésta y coincidió con el avance de la 3º división de Domingo Amunátegui Borgoño, cuyos soldados quedaron confundidos con los de Amengual y Barceló, si bien eran cuerpos de refresco, descansados y bien amunicionados. Aquí llegó a producirse la matanza de algunos cuerpos peruanos y bolivianos; entre ellos los heroicos Colorados. Mientras la gran reserva chilena se aproxima al campo de batalla, la suerte comenzó a decidirse. Las ventajas del número, del armamento y de la artillería chilenos contribuyeron al resultado final. La victoria, titubeante durante varias horas, se inclinó por ellos claramente, ya a las dos de la tarde. En una carta particular a su esposa, el coronel José Velásquez, jefe de Estado Mayor chileno, declaró (y este testimonio rectifica algunas versiones de sus compatriotas): "Para qué le digo el papel brillante que desempeñó la artillería, hizo prodigios. Los extranjeros en Tacna están sorprendidos de nuestra artillería y los peruanos dicen: "Qué gracia, pues, por eso ganan los chilenos".
En cuanto a la infantería chilena, Vicuña Mackenna dice que el rifle Comblain "hizo maravillas en Tacna". "Los peruanos (agrega) por el contrario, armados más como turba que como ejército, lucharon con la irredimible desventaja de la variedad de sus rifles de precisión. Sólo el Zepita y el Pisagua estaban armados de rifles Comblain. Los Cazadores del Cuzco y el batallón de Morales Bermúdez tenía Peabody americano de largo pero fatigoso tiro, mientras que cuerpos organizados en el sur se batían con ya anticuado Chassepot y los demás, especialmente los bolivianos con el Remington".
Al caer herido el coronel Camacho, se le dio por muerto y al sucumbir varios jefes, creció el desánimo en la izquierda aliada. La derecha, debilitada por el envío de refuerzos a los otros sectores de la batalla, luchó menos reciamente con la división chilena mandada por el coronel Orizombo Barbosa. La batalla estaba resuelta poco después de las dos y treinta de la tarde.
El historiador Bulnes confiesa que la 1a, 2a y 3a divisiones chilenas, que soportaron el mayor peso de la batalla, tuvieron un terrible cuadro de bajas, pues quedó fuera de combate, entre los muertos y heridos, casi el treinta por ciento de sus hombres. La 4a división (dice) alcanzó el quince por ciento de bajas.
El Perú perdió en el Campo de la Alianza entre los muertos: seis coroneles, siete tenientes coroneles, catorce sargentos mayores, dieciocho capitanes, veinte tenientes, diecinueve subtenientes. Heridos: un coronel, ocho tenientes coroneles, nueve sargentos mayores, veinticuatro capitanes, treintidós tenientes, veintisiete subtenientes. Total de pérdidas de jefes y oficiales: ciento ochenta y cinco. Las bajas en la tropa guardaron relación con esta cifra. Llegaría a unos dos mil muertos entre peruanos y bolivianos casi por iguales partes. En el desorden que surgió en la extrema izquierda, en el Victoria, el Viedma y el Huáscar, mientras luchaban contra el enemigo y contra los que querían retirarse, pereció el anciano coronel Jacinto Mendoza y recibieron mortal herida el comandante Belisario Barriga, primer jefe del Victoria y el comandante Antonio Ruedas, segundo del Huáscar. Este batallón había sido formado y disciplinado en el Cuzco por los alumnos de la Escuela de Clases, los famosos Cabitos: de él murieron sus jefes, diez y ocho oficiales y sus cuadros de clases. El comandante Julio Mac Lean, del Arica, vestido con sus mejores galas de jefe sucumbió marchando a pie haciendo que a su espalda llevara su caballo por la brida una corneta de órdenes. Momentos después cayó el jefe del Zepita, el intrépido Carlos Llosa. Uno de los últimos comandantes de tropa que sucumbió fue el coronel Víctor Fajardo, rival de Cáceres en el prestigio como jefe, vestido, como Mac Lean, de gran parada. Montaba un alazán inglés que había traído de las salitreras de Tarapacá y sólo cuando tres balas habían herido a este caballo consintió en que su corneta de órdenes lo llevase a la retaguardia. Continuó batiéndose denodadamente a pie hasta que una bala le dejó sin vida. Tanto Cáceres, a quien le habían muerto ya dos caballos, como Suárez que acababa de ser herido en una pierna, acudieron a donde Fajardo había caído e hicieron entregar más tarde a un hijo suyo, alférez de su propio cuerpo, sus más queridas prendas, incluso su anillo de alianza. No lejos de él y cubierto por un paletó civil, que apenas ocultaba
sus insignias, yacía muerto el coronel Sebastián de Luna de los Cazadores del Misti.
La división de reserva de Tacna también luchó con denuedo. Su comandante Napoleón Vidal resultó herido y falleció más tarde; murió también el comandante de la fuerza de Para, Samuel Alcázar. De la caballería quedaron en el campo el segundo comandante Reina y el tercero, Birme.
Las inculpaciones mutuas entre los aliados fueron injustas en esta ocasión. En el comando boliviano cayeron veintitrés jefes de mayor a general incluyendo el general Pérez que falleció en Tacna tres días más tarde, el segundo jefe de los Colorados Felipe Ravelo y el coronel Agustín López, edecán del Campero incorporado al mismo cuerpo que resultó diezmado, pues según el historiador militar boliviano Julio Díaz A., después de haber estado compuesto de 542 hombres, quedó reducido a 293. Con el Colorados rivalizó en el heroísmo y en la gloria el Sucre o Amarillo, popularmente llamado Mama Huakachis, "hace llorar a las madres", pues había sido formado en su mayor parte por gente muy joven. De los 456 Amarillos murieron en el campo de batalla 205 y salieron heridos 178.
El coronel Camacho que se precipitó sobre los fugitivos y aun disparó su revólver sobre los primeros que encontró a su paso fue herido por bala enemiga y llevado casi moribundo a la ambulancia del ejército, exclamó: "Hubiera preferido quedar muerto en el campo antes que presenciar tan desastrosa derrota". Como Camacho, obtuvieron entonces cicatrices en el campo de batalla los militares bolivianos Ildefonso Murguía, José Manuel Pando, Néstor Ballivian, Mariano Calvimontes, Adolfo Palacios y muchos otros; como las ostentaron los peruanos Suárez, Vila Iraola, Espinoza, Bustíos, Barreto; Morales Bermúdez y el mismo Cáceres que resultó contuso; buen número de ellos perdió su caballo de batalla.
El Perú no ha rendido homenaje a los jefes, oficiales, soldados y rabonas bolivianos que se sacrificaron en la defensa de Tacna. Verdad es que después de ella no hubo combatientes bolivianos.
Campero y sus tropas se retiraron hacia su patria por el camino de Palca. Montero, con pocas fuerzas que no le permitieron hacer en las afueras de Tacna la resistencia que intentó, marchó a Puno pasando por Tarata. La artillería chilena hizo fuego sobre la población de Tacna con puntería elevada para no dañarla; sólo una docena de disparos tiraron hacia la estación del ferrocarril. Los vencedores entablaron pláticas de arreglo con algunos de los cónsules extranjeros, responsabilizaron del orden interno al alcalde de la ciudad Guillermo Mac Lean y entraron en ella al atardecer.
En una proclama que dirigió a la nación el Dictador Piérola, con motivo de la derrota de Tacna (13 de junio) llegó a decir: "El inesperado contraste de nuestro 1er. ejército del Sur, contraste que una serie de errores ha engendrado y que sólo la impaciencia de llegar a las manos con el enemigo podía explicar...". Si quiso referirse a los acontecimientos que inmediatamente precedieron a la batalla y a ella misma, cometió un error. Lo positivo es que los aliados se limitaron a afrontar el hecho consumado de la invasión, el avance y el ataque chilenos.
"¡APURE, LEIVA!".
Otra crítica de la época fue la de decir que Campero, antes de entablar batalla, debió esperar al coronel Segundo Leiva que había avanzado de Arequipa con el llamado "segundo ejército del Sur".
Se formaron estas tropas con contingentes de Arequipa, Cuzco y los restos de la división Gamarra.
Piérola despachó en el Talismán a mediados de marzo recursos y material de infantería y artillería para aumentar sus fuerzas; pero quienes los conducían (entre ellos el general Manuel Beingolea) no pasaron de Quilca y regresaron al norte. Luego envió en el Oroya, a fines del mismo mes, un cargamento de armas, cañones y pertrechos para Arequipa; esfuerzos que contrastan con la poca ayuda a Montero. A cargo de la última remesa estuvo el coronel Isaac Recavarren que desembarcó cerca de Camaná el 4 de abril y llegó a Arequipa el 11. Recavarren entró en desavenencias con el Jefe de Estado Mayor, Coronel Mariano Martín López y otros jefes que se sentían superiores a él pues eran más antiguos, y fue apresado. El Prefecto González Orbegoso asumió el mando del ejército. De él se hizo cargo en seguida el coronel Segundo Leiva, antiguo militar, hombre más de consejo que de acción. Preferible hubiera sido el comando del bravo Recavarren.
Una carta de Piérola a Leiva habló de la envidiable situación del segundo ejército del sur, pues sus hombres "están llamados a darnos un día de verdadera gloria y a salvar la situación actual cambiándola por entero a nuestro favor". Leiva debía obrar conjuntamente con el ejército de Tacna. "Si contra toda previsión es vencido el primer ejército, Ud. puede caer sobre el enemigo acaso vencedor por diezmado y en el desorden consiguiente al triunfo, derrotarlo". (Carta de 15 de mayo. Archivo Piérola). La correspondencia del Dictador con Zoilo Flores hace ver también sus absurdas ilusiones de aprovisionar a Arica por Bolivia y convertir a los chilenos en sitiados colocándolos entre las posiciones militares de ese puerto y el ejército de Arequipa. (Carta a Flores, 6 de abril. Archivo Piérola).
Leiva llegó a salir de Arequipa con más o menos 3.000 hombres. Cuando los chilenos precipitaron la batalla de Tacna, el 26 de mayo, hallábase en Torata, cerca de Moquegua. Sólo al día siguiente recibió las instrucciones de Campero impartidas el 24, para que bajase a Locumba con el fin de inquietar la retaguardia del enemigo mediante sus guerrilleros, retirándose hacia Candarave si el enemigo lo atacaba con fuerzas superiores, de donde le era fácil tomar las posiciones de Torata.
El 28 de mayo estuvo Leiva en Moquegua, el 29 pasó a la Rinconada y el 30 a la cuesta del Bronce, rumbo a Locumba. Ese día recibió, transmitido por el prefecto de Arequipa, un telegrama de Bolognesi desde Arica donde anunciaba la batalla y la ocupación de Tacna y agregaba: "Arica se sostendrá muchos días si Leiva jaquea aproximadamente a Sama y se une con nosotros". Por otros conductos Leiva tuvo noticias de la magnitud de la catástrofe y regresó a Arequipa. A esta ciudad llegó el 13 de junio, después de haber perdido en el camino unos 600 desertores y armamento; Piérola le había mandado la orden de dirigirse a Arica, pero ella estuvo en sus manos sólo el 8. Fue separado del comando del ejército del sur y en su lugar fue nombrado el coronel José de la Torre. LA BAJA CALIDAD DE SUS TROPAS SEGÚN LEIVA.
Acerca de la calidad de estas tropas no ocultó Leiva en sus comunicaciones oficiales y particulares un completo desaliento. A mediados de mayo sólo un batallón tenía uniformes y muchos soldados vestían con la jerga con que salieron de su terruño; no había ninguna clase de cartucheras y correaje; en vez de zapatos calzaban ojotas; y el armamento consistía en una mezcla de rifles Peabody, Remington, Chassepot y Minié. Ni un solo ejercicio de fuego hasta entonces se había