Defendiéndose el autor contra él de ciertas faltas que le puso injustamente
Dos sentencias veo encontradas: una del sabio que dijo con humildad, virtud requisita y necesaria en los doctos: Hoc unum scio me nihil scire; y otra de v. m. que piensa que él solo lo sabe todo. Lo primero, aunque considerando lo mucho que hay que saber, porque cada ciencia tiene inmenso fondo, se puede confesar que nadie sabe nada; pero es sin duda que quien estudia, cada día sabe más y halla nuevos provechos y aumentos de sabiduría. Y el primer grado de la sabiduría es procurar salir de la ignorancia. Horacio:
Sapientia prima est stultitia caruisse.
Lo segundo, que es pensar uno que lo sabe todo, es pensamiento tan desvanecido, que llega a ser delirio, porque el que más sabe, ignora infinitas veces más que sabe. Y como la ciencia es de condición esférica, aunque más vueltas le dé el deseoso de saber, no le puede hallar fin.
Sólo v. m. es el único en el mundo que ha tocado la meta de la sabiduría. Así lo entiendo yo y todos los que ven sus libros, en que con tan desordenada licencia derriba a los hombres más doctos de Europa con observaciones, no suyas, sino de otros autores, cuyos nombres calla, atribuyéndose el trabajo ajeno. Y los dueños de aquellas notas las hacen con reverencia, señalando y no ejecutando, como corteses y diestros esgrimidores. A lo menos pórtese v. m., ni tan humilde como el otro, ni tan arrogante como v. m. Siga al doctísimo Horacio:
Est inter Tanaim quiddam socerumque Viseli.
A los veinte y cuatro años de su edad, ¿se persuade v. m. que sabe para enmendar y castigar tan rigurosa y descortésmente a gravísimos varones que han escrito con aprobación y aplauso de todo el orbe? ¡Oh crítico feroz y temerario! Siquiera, temeroso de su daño, debe reportarse. Y si a mí no me cree, crea al gran Periandro Corintio:
Multis terribilis, caveto multos.
¿Qué hace v. m. ofendiendo a muchos? Hace muchos enemigos contra sí. Si esto es discreción o ignorancia, senténcielo un alcalde de Boceguillas. Dirá v. m. que, pues hablo enojado, que en algo me ha ofendido. Es verdad que si no lo estuviera, no hablara palabra; que es en mí de gran precio la Modestia y cortesía.
En su Phénix topó v. m. conmigo en dos cositas, las más triviales del mundo, notadas con tanto imperio como si fuera divum pater atque hominum rex. En el comento de su Phénix, que llama Diatribes, embeleco y tramoya de su vanidad para espantar el pueblo, dice que yo erré en lo que digo en mis Tablas poéticas, fol. 45, que de escribirse la dicción con ph, se conoce traer su origen de la lengua griega. Mis palabras son éstas: «La y sirva solamente a las dicciones griegas, Sátyra, Syrtes; la ph, otro tanto, philósopho, phantasma, aunque modernos alfabetistas han querido quitar la y y la ph de nuestro abecedario, fundándose, a lo que pienso, en que ya aquellas dicciones griegas se han naturalizado y hecho castellanas. No errará quien esto siguiere; pero más me atengo al uso antiguo, como fundado en doctrina; porque de aquella manera no se confunde la etimología del vocablo, pues de verle escrito así, conocemos traer su origen de la lengua griega.» Hasta aquí es texto mío. ¿Quién puede dudar esta doctrina? ¿Quién la puede impugnar, sino un jovenete enamorado de sí mismo que, sin respecto a las venerables canas de autores gravísimos, los huella, atropella, muerde y alancea?
Lo mismo que yo dice el doctísimo Minturno, obispo de Ugento, en su Poética toscana, con estas palabras: «Io ho sempre udito che parlar si deva come comunalmente si parla, ma non che si scrivano lo parole come d'il volgo ignorante si scrivano. E la ragione è, che ben che i dotti scriptori l'uso d'il parlare al popolo concedano, non dimeno la sciencia se ne reservano, de la quale gran parte n'ello escrivere consiste. Concio sia che de le figure d'egli elementi cognoscerci si faccia, quali sieno le parole, e'onde habbiano origine, á la qual noticia mai per verrebbe chi nello serivere l'uso d'il volgo seghitasse. ¿Chi mai saperebbe honore, habito, hora, e simile particelle esser tolte de la lingua latina; e myrto,
nympha, philosopho, de la greca, ove scrite le vedesse, come le scriverebbe un sempliceto, et ignorante fanciullo,onore, abito, ora, Mirto, ninfa, filosofía?» ¿Esto lo puede refutar, sino un...? Pero más vale callar. Que bien sintió Mario Corrado, libro primero De lingua latina, contra los demasiadamente atrevidos en esto: Nec audiendi sunt iniquissimi in latinam linguam homines, qui latinitatem esse extinctam cupientes, nunc litterarum sonos, nunc syllabarum tempora, nunc aspirationum voces, nunc verborum accentus, nunc sermonis doctrinam, nunc recte scrivendi scientiam nullam esse hodie cavillantur.
Y el señor don Joseph, si sustenta, como romancista idiota, que se ha de escribir con f, y no con ph, ¿cómo escribe su nombre Joseph no con ph, y no con f?, ¿tan olvidado estaba de sí proprio? Demás de eso, ¿no sabe que la ph no se convierte en f, sino en p, como Josephus, Josepus y Joseph en romance Jusepe? ¿Y Phalanto Palanto? ¿Y phantasma, pantasma? Aprenda más o presuma menos; y su impugnación, como tan leve, yo la disimulara; mas su descortesía no.
¿Qué cosa es decir «un Francisco de Cascales»?
Y si aquí me tiene por tan humilde, ¿cómo allá en la Tabla dice: «Francisco de Cascales, insigne historiador notado»? ¿Es por honrarse y engrandecerse de haber notado y corregido a un hombre insigne? Grande salpullido de vanagloria tiene. ¿Piensa que por ser Pellicer lleva licencia in scriptis de pellizcar a todos con tanta libertad, como si el juicio de las letras humanas y divinas pasara ante su tribunal?
Más abajo dice también: «Cascales, como si fuera cónsul o dictador de la elocuencia española, dice: En la lengua castellana no tenemos más, de los latinos, que dos diptongos, au, eu, como autor, Euterpe. Pues pregunto, jaez, Eolo, Peleo, Eaco, blao, Joan, ¿qué son, si para ser diptongo basta la unión de dos vocales?» ¡Aguda pregunta, por cierto; digna canis pabulo! Respondo que ni Eolo, ni Peleo, ni Eaco son diptongos, ni habrá hombre semidocto que tal ponga en disputa, porque de su naturaleza son trisílabos. Y ahí son versos constantes éstos:
Eolo dice con aspecto blando. Tal Eaco se ostenta en la batalla. De Peleo la furia y arrogancia.
Claro se ve en estos versos que Eolo, Eaco y Peleo son trisílabos, y que no hay en ellos unión de vocales; y blao disílabo es también, como dijo el otro.
Ponte tu sayo de blao.
Joan es diptongo castellano, como lo son suelo, cielo, puente y otros. Y éstos no son semejantes a los diptongos latinos; solamente lo son au, eu, como digo en mis Tablas, y bien. Pues siendo los diptongos que usa la lengua latina ae, oe, yi, au, eu, como AEneas, foemina, harpyia, auctor, Euterpe, de los cinco, los dos últimos sólo usa el castellano, y no de esotros. Luego yo sé lo que digo, y v. m. no lo que reprende. ¡Cuán poco sabe del
uso de los diptongos quien ignora la diferencia dél a la sinéresis o contracción! El diptongo es forzoso, y la contracción es común y libre. Entre los latinos consta por los versos siguientes:
Ille cui ternis Capitolia celsa triumphis.
(Albinovano.)
Cui pendere sua patereris in arbore poma.
(Virgilio.) Y v. m., en su Phénix, dijo: Con ceño invidioso.
Y más abajo:
Pleitear invidioso.
Aquí de cuatro, y allá de cinco sílabas. Y v. m. mismo:
A lo real de los cántabros Haros.
Y después:
En su sepulcro al real cadáver de oro.
Real, en el primer verso, es de dos sílabas, y en el segundo de una. Y v. m. mismo:
El noble timiama, el suave amomo.
Y más abajo:
En esta, pues, süave,
Arriba, suave es disílabo; acá, trisílabo. Luego siguese que no es lo mismo el diptongo que la sinéresis, como v. m. piensa crasamente.
El modito, pues, de hablar es gracioso. «Cascales, como si fuera cónsul o dictador de la elocuencia española, dice: En la lengua castellana no tenemos más, de los latinos diptongos, que au, eu, como autor, Euterpe.» Pues pregunto: ¿cosa tan magistral y majestuosa es decir eso, para notarme de soberbio por ello? ¡Pues la frasis con que me lo dice, es erudita! ¡Cónsul de la elocuencia!Padre de la elocuencia, príncipe, maestro, luz, gloria, se suele decir; pero cónsul de la elocuencia, ni nadie lo ha dicho, ni nadie lo dirá, sino es diciendo un gran disparate.
Ea, señor don Joseph, tenga modestia, y no hable con desprecio de tantos; que, en tan poca edad, es mucha licencia. Parcius ista viris tamen objicienda memento. Y si es tan temerario, no se queje ni se espante que tenga enemigos. Honre su nación, y trate con respecto las ajenas, si quiere obviar enfados y ser honrado de todos. Oiga a Ludovico Carrión, insigne catedrático de Lovaina, en la carta que escribe a Claudio Puteano: Ego me ita in his libris comparavi ut veteres scriptorm defenderim, neque tamen novos prudens, sciens laeserim. Y acuérdese de Horacio, sátira IV, libro.
Absentem qui rodit amicum,
Qui non defendit alio culpante, solutos
Qui captat risus hominum, famamque dicacis, Fingere qui non visa potest, commissa tacere Qui nequit, hic niger est, hunc tu, Romane, caveto.
Ya presumo de dónde se ha originado la pasión con que v. m. ha hablado de mí, aunque sin razón. Habiendo alabado yo su Phénix, cuando salió sin ejercitaciones, si bien las prometió, dije que me pesaba se hubiese compuesto en versos líricos, que desdecía de la acción que celebra. Y probó mi intención, diciendo que en el arte poética hay cuatro especies de poesía, entre sí distintas: trágica, cómica, lírica y épica; y que el Phénix ni pertenecía a la comedia ni a la poesía lírica. A la comedia ni a la tragedia no, porque son dramáticas, y el Phénix no lo es; ni a la lírica, porque tiene por fábula un pensamiento solo, como se ve en todos los poetas griegos, Píndaro y Anacreonte y otros; y en todos los latinos, como Horacio y Catulo y otros; y en todos los toscanos, como Petrarca, Ludovico Dolce y otros; luego queda, por lo dicho, que el Phénix toca a la épica. Ello es así, y hase de entender a los poemas menores, reducidos a la épica mayor. Épica mayor es la Eneida, la Ulisea, la Iliada y otras. Los poemas menores de la épica son: égloga, elegía, epístola, sátira y cantos de alguna acción pequeña, como los Triunfos, de Petrarca, los poemas de Dante Alígero, el Amor enamorado, de Minturno, y este Phénix, que tiene la varia descripción de la Arabia Félix; el nacimiento y muerte suya, y el viaje de su entierro, y vuelta a su patria; acción bastante para un poema épico de los menores, que se celebran en un canto. Siendo, pues, esta acción tan propria de la épica, haberla escrito en versos líricos, gran desacuerdo ha sido. Que la canción sea para un concepto solo, fuera de que lo dice Torcuato Tasso en sus Discursos poéticos, ello es tan cierto, que no tiene réplica, sino de quien vive tan a escuras en la poética como muchos gitanos de Apolo que gustan más de andar libres que vivir sujetos a la observancia honrosa de la ley.
Noté también algunas cosas dignas de enmienda, diciendo: que, pues el Phénix había de salir segunda vez, se podían con facilidad expurgar, si le parecía. Y no solamente no lo hizo, pero se indignó contra mí. Las notas eran: Primera:
Árbol de bronce, el cedro incorruptible, Yace allí, que porfía, etc.
Y más abajo:
Yace junto a Pancaya, tan cercana, La gran ciudad del Sol, etc.
El árbol y la ciudad no se dice que yacen, sino es que están derribados. Stant juniperi, Stat silva, dijo Virgilio. Y:
Trojaque nunc staret,
Marcial:
Aedibus in mediis totos amplexa penates, Stat platanus densis Caesariana comis.
Con sentido contrario, dijo Ovidio de Troya derribada, no estante: Troja jacet certe Danais invisa puellis.
Y Cicerón:
Maximas virtutes jacere necesse est, voluptate dominante.
Cuando se habla de valles, y lugares bajos se usa también de este verbo:
Terrasque jacentes.
(Virgilio.)
Si non per plana jacentis AEgypti; etc. (Lucano.)
Nota segunda:
No lascivos de Venus los ardores,
Ni áun del amor la conjugal torpeza.
La cópula conjugal no es torpe, ni se debe decir tal del santo matrimonio. Y si alguna evasión tiene este lugar, que lo dudo, allá lo mire v. m., que yo lo he comunicado con teólogos muy doctos, y no le hallan explicación ni ropa que le venga; antes, con la distinción que v. m. hace de amor lascivo a amor honesto, cual es el del matrimonio, es inexcusable el término conjugal torpeza. Y así, debe v. m. confesar el error, y decir el conjugal deleite, con que queda sana la llaga.
Nota tercera:
Al exprimir estrellas la mañana.
Ésta me parece, no metáfora atrevida, sino catacresis viciosa; porque la catacresis es permitida donde falta palabra para la cosa. Como aquella de Virgilio:
Instar montis equum divina Palladis arte Aedificant.
A Ennio no le quisieron disimular los críticos aquella catacresis:
Juppiter hybernas cana nive conspuit Alpes.
Pareciéndoles cosa dura decir escupir nieve, ¿cómo pasaran ésta, exprimir estrellas? Nota cuarta:
En genetlíaco grave.
Este verso abunda de una sílaba, porque genetlíaco es de cinco sílabas, y no se puede hacer contracción en él, como tampoco se hace en egipcíaco, ni en armoníaco, ni en moguncíaco, ni en otros semejantes.
Nota quinta:
La cuarta el cargo tiene
De conducir en brutos la suave Mies de sabeas gomas,
Camellos agobiados con aroma.
Aquí la figura apposición está al redropelo. Porque dice en brutos camellos agobiados, y ha [de] decir en camellos brutos agobiados, como dijo Virgilio: Scipiones, dos rayos de la guerra; y Plinio dijo: Cicerón, padre de la patria. Donde se ve que sobre lo específico ha de cargar lo general o común. Y v. m. lo erró poniéndolo al contrario, pues dijo brutos camellos agobiados, habiendo de decir; camellos brutos agobiados.
Nota sexta:
Por ti, devotamente
Teñida en nácar una y otra frente Del volumen bruñido, etc. Hasta:
Y las rubias hebillas
Alcaides fueren de las blancas hojas.
Veo que toca v. m. aquí el uso de un librito que antiguamente llamaron volumen, el cual se hacía una hoja sobre otra siempre hasta el fin; y el fin era un umbilico o ejecillo (digámosle así), atravesado por la última hoja, con dos cuernecillos si era de marfil, de oro o de plata, llamados también frentes, que es lo que v. m. toca:
Teñida en nácar una y otra frente.
Y cuando llegaban al umbílico, acababan de leer el librito. A que aludió Marcial:
Jam pervenimus usque ad umbilicos.
Esto corre así. Pero decir v. m. que las rubias hebillas eran alcaides de las blancas hojas, es decir que aquel librito se cerraba con manezuelas, como agora pasa. Y en el volumen no había tal cerradura. Esto se ve largamente explicado por Pierio Valeriano, fol. 248 de sus Hieroglyphicos. Demás que falsamente dice v. m. aquí que las rubias hebillas eran alcaides de las blancas hojas, porque este volumen era carta, y carta cerrada en la manera dicha; y así las hojas no eran blancas, pues iban escritas.
No trato de las demás notas que hice. Si esto, nacido de un pecho cándido, movió a v. m. a enojo, mi buen celo queda descubierto, y su pasión condenada. Y si todavía persevera en su humor, totam trado tibi simul vacunam. Vale.
De Murcia, etc.
EPISTOLA VI
A Don Joan de Saavedra, Chantre de la Santa Iglesia de Cartagena
Sobre un lugar de Cicerón, en que se trata de las ceremonias del casamiento gentílico Dijo Cicerón, en el IV libro de su Retórica, a Herennio, estas palabras: Non illae te nuptiales tibiae ejus matrimonii commonebant? «¿No eran claro testimonio de su casamiento las chirimías nupciales que le acompañaban tañendo?» Trayendo yo esta autoridad, señor don Joan, a cierto propósito, quiso v. m. saber de mí si era esta ceremonia de las chirimías ritual en el casamiento gentílico, y, por consecuencia, forzosa o voluntaria, a beneplácito del desposado. Respondí que ritual. Replicó vuestra merced: «¿Qué más ceremonias guardaban los gentiles en sus matrimonios?» Y aun con buenas palabras me obligó a estudiar este punto y recoger, en breve suma, lo que pudiese de fidedignos y clásicos autores. Algo he trabajado sobre esto; si le pareciere bien a v. m., lo tendré por mucho, y quedaré con mi trabajo, tal cual es, contento y honrado. Comienzo, pues, de la pregunta hecha por v. m., que, aunque preceden en el casamiento otras ceremonias a ésta, la que me obliga a hablar dél es ésta, y así quedo también necesitado a comenzar por ella.
Las tibias, o chirimías, tuvieron varios inventores, se hicieron de varias materias, y hubo varios géneros de ellos. Acerca de estos tres puntos se derrama y extiende tanto César Bulengero, en el libro II De theatro, que escribe de ello diez capítulos, desde veintiuno hasta treinta y uno. Dígolo porque es razón que se le dé a cada uno la gloria de su trabajo, y porque el curioso tenga donde darse un buen pasto. Yo no diré más de lo que me pareciere necesario a mi intento, contentándome con haberlo visto todo divinamente digerido. Eustathio dice que la diosa Palas fué inventora de la tibia, y que viéndose en un río el rostro tan feo, tañendo, la arrojó enojada. Tocólo Propercio, libro II:
Hic locus est, in quo tibia docta sones,
Quae non jure vado Maeandri jacta notasti,
Turpia cum faceret Palladis ora tumor.
Ateneo dice, libro XIV, que el dios Pan inventó la tibia curva, que es la corneta. Pólux dice, libro IV, que Marsias y Olimpo Troyano la inventaron, y que Sirites la perficionó. Apuleyo, en los Floridos, dice que Hyagnis fué el primero que tocó dos tibias juntas con un espíritu. Juvenal da la invención de las chirimías a los Siros, Aristófanes a los Dárdanos, Marciano Capela a los Mariandenos, y otros a otros. La materia de que se hacían era, ya de huesos de ciervos, ya de jumentos, ya de boj, ya de loto, ya de cuerno, como dice el rey Juba, ya de alatón, como dice Horacio en su Arte poética:
Tibia non ut nunc orichalco vincta, tuboeque, Aemula, sed tenuis simplexque foramine pauco
Aspirare; etc.
Hacíanse de muchas maneras, y servían a muchas cosas; unas cortas, otras largas, otras derechas, otras corvas. Había chirimías diestras y siniestras: llamábanse diestras, porque tenían los agujeros a la mano derecha, y siniestras las que los tenían a la izquierda. Las diestras servían a cosas sublimes y severas; las siniestras a cosas leves, ridículas y de pasatiempo; y cuando se trataban cosas, ya graves, ya alegres, usaban las diestras y siniestras. Véase Donato, sobre el Andria de Terencio, cuyas palabras son éstas: Dextrae sua gravitate seriam comoediae dictionem pronuntiabant, sinistrae et serranae acuminis levitate jocum in comoedia ostendebant: si dextris et sinistris uterentur mixtum genus fuit. Y Cicerón, en las Académicas cuestiones, libro VI: Qui primo inflatu tibicinis Antiopam esse ajunt, etc. Dice, en fin, que encomenzando los ministriles a tañer,