2.6 Dialéctica de la sociedad
2.6.1 Dos principios opuestos del despliegue concreto de los eventos sociales: La
Es posible concebir distintos principios vinculados y articulados de cambio de los eventos sociales. Por ejemplo, M.R. Doran sostiene que a partir de Marx, podríamos concebir que los medios de producción (tecnología), las fuerzas, los modos de producción y las relaciones sociales de producción (sistema económico), configuran la base dinámica de una sociedad, en la que se presentan los conflictos en la producción de la vida material de los seres humanos a través de su historia; conflictos determinantes de todo el edificio social y que, por ello, inciden en su supraestructura institucional y cultural.
Pero, Lonergan está pensando en una dialéctica en la que, por decirlo así, la base sobre la que descansa la vida social, es mucho más amplia y compleja. Ella involucra una instancia más espontánea y primordial que constituye la comunidad misma, a saber, la intersubjetividad espontánea: la tendencia humana a estar asociados en acciones conscientes e inteligentes a través de los afectos y de los logros de nuestra comprensión común y nuestras prácticas de comunicación y cooperación. Para Lonergan, los lazos inmediatos, cotidianos, comunes, espontáneos y familiares, son la base de la cooperación; los sentimientos de pertenencia, la asociación, la comunicación y la simpatía, son la premisa dinámica que permite una empresa común. A ello se suman logros humanos que son aceptados por su evidencia efectiva en la vida concreta, los cuales facilitan las relaciones entre individuos para adelantar tareas en grupo41. En pocas palabras, los lazos
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Lonergan, en la configuración de la intersubjetividad espontánea, le concede un mayor peso a los afectos que a los logros prácticos, porque estos últimos se pueden derrumbar y olvidar cuando un pueblo desaparece;
intersubjetivos creados espontáneamente, permiten realizar efectivamente las tareas sin descuidar otras y crean un funcionamiento humano efectivo sobre lo concreto y particular.
“La intersubjetividad espontánea, pues, debe reconocerse como poseedora de un papel
constitutivo autónomo en el conjunto de procesos fundamentales de los que se originan los
eventos sociales” (Doran, 1993, p. 305).
Ahora bien, en el interior de esa misma base del edificio social –para continuar con la metáfora arquitectónica propia del marxismo– el sentido común no solo establece convenciones que regulan el comportamiento y la acción dramática de los sujetos, sino que también establece estructuras, instituciones, normas, leyes, códigos, etc., que determinan las relaciones dadas en la intersubjetividad espontánea y, de la misma manera, configuran otras formas de cooperación e interacción social entre los individuos y los grupos de una sociedad. De hecho, en el desarrollo de una civilización, podemos notar que poco a poco el ser humano matiza las relaciones que espontáneamente establece en la intersubjetividad, en la medida en que primero, los simples afectos dejan de ser suficientes para motivar y realizar la acción común y, segundo, los logros básicos del sentido común a nivel de la intersubjetividad espontánea, no bastan ya para el ordenamiento social y práctico de la sociedad. En consecuencia, junto con las relaciones espontáneas de una comunidad, el sentido común también pretende alcanzar cierto bien de orden, el cual:
Consiste en un patrón inteligible de relaciones, las cuales hacen que la satisfacción de los deseos de cada individuo dependa de sus contribuciones a la satisfacción de los deseos de los demás, e igualmente protegen a cada uno del objeto de sus temores en la medida en que contribuye a ahuyentar los objetos temidos por los demás. (Lonergan, 2004, p. 270)
Sin embargo, con respecto al bien del orden existe, por un lado, una demanda de asociación con otros (intersubjetividad espontánea = nosotros vital); y, por otro, existe una exigencia de la inteligencia práctica que se expresa mediante reglas generales para toda la comunidad (Comunidad civil = nosotros funcional), con el fin de que los individuos y los grupos puedan dar libre curso a su realización dramática subjetiva e intersubjetiva y, además,
mientras que los afectos y sentimientos intersubjetivos son previos a toda civilización y, por lo general, se mantienen una vez la civilización ha caído (Lonergan, 2004, p. 269).
puedan cooperar de distinta manera con la división social del trabajo, con el funcionamiento de la tecnología y el sistema económico, así como con organización política que la sociedad se haya dado o se quiera dar. Por lo tanto, Lonergan amplía la base de la totalidad social con los elementos mencionados y no la restringe a las relaciones sociales de producción de la vida material, en el esquema de Marx.
El canadiense sostiene, además, que es en esta base ampliada que se presenta un conflicto de orden social, toda vez que la intersubjetividad espontánea muestra su incompatibilidad
con los desarrollos sistemáticos y organizativos de una inteligencia práctica. “La
inteligencia práctica del ser humano concibe ordenamientos para la vida humana; y, en la medida en que tales ordenamientos son comprendidos y aceptados, resulta necesariamente
el patrón inteligible de relaciones, que hemos llamado el bien del orden” (Lonergan, 2004,
p. 271)42. La intersubjetividad espontánea y la inteligencia práctica, en relación con el bien de orden, son aprehendidos como los principios articulados, opuestos pero, vinculados, de cambio de la realidad social. Por lo tanto, Lonergan no desconoce los conflictos en el orden de la producción de la vida material de los seres humanos; ellos hacen parte de una dialéctica más amplia a nivel social e infra-estructural entre los dos principios opuestos mencionados43. Es más, Lonergan ubica en la supra-estructura de la totalidad social a la cultura, la cual, a diferencia de Marx, no es un epifenómeno que oculta ideológicamente el conflicto económico-social, sino que incide –como veremos más adelante– de manera activa en el cambio de la sociedad.
Por último, vale la pena aclarar que las relaciones espontáneas y los esquemas de recurrencia prácticos que hacen inteligible el orden de la sociedad no se quedan replegados geográficamente en un lugar o en un país. Los afectos pueden sobrepasar barreras y lazos particulares y, el ordenamiento social, puede ampliarse más allá de sus fronteras iniciales.
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El bien de orden amplía la noción de bienestar de la intersubjetividad social, porque el bien ya no consiste en la realización inmediata de un deseo gracias a un logro de la inteligencia práctica, sino que debe contribuir al deseo de los demás y los deseos colectivos. Sin un buen funcionamiento de los esquemas de recurrencia de la vida social, hay una ausencia de cierto bien de orden y la civilización decae. No progresa.
43 De hecho, Lonergan produjo dos ensayos (inéditos hasta ahora) sobre la crisis económica de los años 30 del
siglo pasado en Norte América, los cuales fueron recientemente publicados: Lonergan (1998) y Lonergan (1999). Sus reflexiones económicas son nuevamente significativas ante la nueva crisis financiera europea y norteamericana a partir de 2007.
Así como se asocian espontáneamente los individuos, las civilizaciones, grupos y países también lo hacen. Las condiciones de cada sociedad crean necesidades que vinculan, en una interdependencia, las vidas en distintos territorios; se crean relaciones entre distintas sociedades y países, formando unos esquemas de funcionamiento más complejos. De hecho, hoy día el mecanismo de funcionamiento global ha determinado relaciones de interdependencia y, con ellas, estructuras y esquemas prácticos recurrentes que pretenden alcanzar un bien de orden mundial.