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Dos querubines de madera do olivo que Be hallaban colocados en las extremidades del arca.

In document ATHALÍA - Jean Racine (página 69-74)

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violencia de su cólera. Princesa, ante este peligro, ¿calláis? Y , ¿cómo?, ¿por un hijo que no es vuestro permitís que, sin ningún beneficio, Joad deje dego­ llaros a vos, a su hijo, a todo este pueblo, y que el fuego devore el único lugar sobre la tierra donde Dios quiere que se le adore? ¿Qué más haríais aún si este niño fuera de los reyes, vuestros abuelos, un resto precioso?

Josabet. — (E n voz baja a Joa d .) ¿Percibís su afec­ to hacia la sangre de esos reyes? ¿Por qué no le habláis?

Joad. — Aun no es el momento, Princesa.

Abn er. — El tiempo es precioso, señor, más de lo que pensáis. En tanto que titubeáis aquí en contes­ tarme, Mathán, junto a Athalía, con destellos de ra­ bia, solicita la señal e incita la carnicería. ¿Es nece­ sario que me lance-a vuestras sagradas rodillas? En nombre del lugar tan santo que sólo está abierto pa­ ra vos, el terrible lugar sobre el que la majestad de Dios descansa, por dura que sea la ley que se os imponga, pensemos en asegurarnos contra este golpe imprevisto. Concededme, tan sólo tiempo para res­ pirar. Mañana, desde esta misma noche, tomaré medi­ das para proveer a la seguridad del templo y para vengar sus injurias. Pero ya veo que mis súplicas y que mis vanos discursos son muy débil ayuda para persuadiros: vuestra virtud austera no se deja im­ presionar. Pues bien, buscadme, entonces, cualquier arma, una espada cualquiera; y que a las puertas del templo donde el enemigo me aguarda pueda A b ­ ner, al menos, morir combatiendo.

Joad. — Cedo a vuestras instancias. M e ofrecéis una advertencia que acepto. Devolvamos la amenaza, de tantos males, Abner. Es cierto, aun queda algo del

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tesoro de David. A mi fidelidad se encomendó su cus­ todia. Era la última esperanza de los tristes judíos, que mis vigilantes cuidados escondían a la luz. Mas ya que es preciso descubrírselo a vuestra reina, voy a darle satisfacción: nuestras puertas se abrirán. Que entre acompañada con sus más bravos jefes; pero que mantenga alejada de nuestros altares la furia imodera- da de un tropel de extranjeros. Ahorradm e el horror de un saqueo del templo. ¿La inquietarían, acaso, ni­ ños y sacerdotes? Que ella ordene con vos el número de su acompañamiento. Y en cuanto a este niño tan temido, conozco la equidad de vuestro corazón, Abner. Os veo ante ella explicar su nacimiento: vos veréis si es preciso entregarlo a su poder: quiero haceros juez entre él y Athalía.

Abn er. — ¡Ah!, y a le tomo señor, bajo m i am­ paro. No temáis nada. Corro hacia aquella que me envía.

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Joad, Josabet, Is m a e l, Za c ar ías, etc.

Joad. — Gran Dios, he aquí llegado tu momento, se te trae tu presa. Ismael, escuchad. ( L e habla al o íd o .)

Josabet. — Señor poderoso de los cielos, ponle la venda con que cubristes sus ojos cuando hurtándole todo el fruto de su crimen escondiste en mi seno a esta tierna víctima.

Joad. — Id, prudente Ismael, no perdáis tiempo al­ guno: seguid puntualmente estas importantes órde­ nes. Sobre todo, que al entrar y mientras pase, todo le presente la apariencia de una calma profunda. Vos­ otras, muchachas, preparad un trono para Joás. Que él se adelante seguido de nuestros santos soldados. H a­

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ced venir también a su fiel nodriza, princesa, y que se seque la fuente de vuestras lágrimas.

( A u n le v ita .) Vos, una vez que esta reina embria­

gada de loco orgullo, de la puerta del templo haya traspasado el umbral, por el que ya no podrá retro­ ceder, procurad que al momento la trompa de guerra lance sobre el campo enemigo un súbito estremeci­ miento. Y haced resonar hasta en sus oídos la sor­ prendente m aravilla de la salvación de Joás. A qu í llega.

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Joás, Joad, Josabet, tro p e l de sacerdotes

y de levitas, etc.

Joad. — (P r o s ig u e .) Santos levitas, sacerdotes de nuestro Dios: rodead por doquier, sin que se os vea, este lugar; y dejando a mi cargo conducir vuestro ce­ lo, esperad a que os llame para comparecer. (S e es­

conden to d o s.) Rey, creo que os será permitida esta

esperanza a vuestros deseos; venid a ver caer a vues­ tros enemigos ante vuestras plantas. Aqu ella cuyo furor persiguió a vuestra niñez se aproxima hacia aquí a grandes pasos para perderos. Pero no le te­ máis. Pensad que en torno vuestro el ángel exter- minador se halla de pie ante nosotros. Subid sobre vuestro trono y . . . Mas ya se abre la puerta: per­ mitid un momento que este velo os cubra. (H a c e caer

una c o rtin a .) ¿Cambiáis de color, princesa?

Josabet. — ¡Ah! ¿puedo contemplar, sin palidecer, cómo se llena el templo de asesinos? ¿Cómo?, no veis que numerosa escolta. . .

Joad. — Veo que se. cierra la puerta del santo tem­ plo. Todo se halla seguro.

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At h a l ía; Joás, escondido detrás de la co rtin a ; Joad, Josabet, Abner, acompañamiento de A th a lía .

At h a l ía. — ( A Joa d .) Hete aquí sedicioso, dañino forjador de confabulaciones y ligas. Eterno enemigo de los supremos poderes, solamente al desorden con­ dujiste tus esperanzas. Descansabas en el apoyo de tu Dios. ¿Te has desengañado ya de tus vanas esperan­ zas? Él abandona a mi poder su templo y tu vida. D ebería sobre el altar, en que tu mano sacrifica ... Pero es preciso que me contente con el precio que se me ofrece. Piensa en ejecutar lo que me has prome­ tido. Ese niño, ese tesoro, que se me debe entregar, ¿dónde se encuentran?

Joad. — A l momento serás satisfecha. V o y a mos­ trártelos al mismo tiempo a los dos. (se alza la c o r­

tin a .) Apareced, niño querido, digna sangre de nues­

tros reyes. Reina, ¿reconoces al heredero del más san­ to de los monarcas? ¿Reconoces, al menos las seña­ les de tu puñal? He aquí a tu Rey, a tu hijo, al hijo de Ochozías. Pueblo, y vos, Abner, reconoced a Joás.

Ab n e r. — ¡Cielos!

At h a l ía. — ( A J oa d .) ¡Pérfido!

Joad. — ¿Ves a esa fiel judía, de la que tú sabes bien que entonces se amamantaba? P or Josabet fué arrebatado a tu furor. Este templo le recibió y Dios le ha preservado. H e aquí lo que me queda de los tesoros de David.

At h a l ía. — Tu estratagema, traidor, será funesta para este niño. Soldados, ¡libradme de un odioso fan­ tasma!

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Joad. — Soldados del Dios vivo, ¡defended a vuestro Rey!

(E n este instante se abre e l fond o d e l te a tro . Se v e e l in te r io r del te m p lo ; y los levitas, saliendo de todas partes, aparecen en escena.)

At h a l ía. — ¿Dónde estoy? ¡Oh, traición! ¡Oh, reina infortunada! Estoy cercada por armas y enemigos.

Joad. — En vano buscan tus ojos, no puedes esca­ par; Dios ha sabido rodearte por todos lados. Ese Dios al que tú desafiabas, te ha entregado a nuestras m a­ nos. Dale cuentas de la sangre en que te embriagaste. At h a l ía. — ¿Cómo? ¿El miedo ha paralizado a mis soldados indignos? Desvergonzado Abner, ¡a qué tram­ p a condujiste mis pasos!

Abner. — Dios me sirve de testigo q u e ... At h a l ía. — D eja a tu Dios, traidor, y véngame. Ab n e r. — (E ch á n d ose a los piés de J o á s . ) ¿De quién? ¿De Joás, de mi Señor?

At h a l ía. — ¡Joás, él! ¿Tu Rey él? Malvados, pen­ sad en que aun os están sitiando mis armas. Escu­ cho a todo mi ejército que me llama a grandes vo­ ces. Vienen en mi socorro. Temblad, rebelde tropel.

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