EL TRIÁNGULO DE EDIPO
DUELO Y MELANCOLÍA
El 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero del trono imperial, fue asesinado en la ciudad bosnia de Sarajevo. Ese mismo día, tan pronto como supo la noticia, Freud escribió a su colaborador Sándor Fe- renczi: «Estoy escribiendo bajo la impresión del impacto del increíble asesinato de Sarajevo, cuyas consecuencias son im previsibles». O no tanto, pues el 23 de julio de ese mismo año el Imperio austrohúngaro envió un ultimátum a Serbia, a la que consideraba la instigadora del fatal magnicidio co metido por el estudiante bosnio Gavrilo Princip. Pocos días después, Viena declaró la guerra y bombardeó Belgrado. Había estallado la Primera Guerra Mundial, el conflicto más devastador vivido por la humanidad hasta esa fecha. Para entonces, Freud era ya un médico famoso a nivel intemacio-
En septiembre de 1911,1a dudad alemana deWeimar acogió la celebración del tercer Congreso Internacional de Psicoanálisis. Aunque fue un éxito y, según el propio Freud, «superó a los precedentes en armonía e interés científico», en él no participó ya Alfred Adler. Fue la primera disensión del movimiento psicoanalítico. En la imagen, los participantes del congreso, con Freud en el centro; a su izquierda, Cari Gustav Jung, quien presidió las sesiones.
nal, cuyas ideas, a pesar de que seguían suscitando denoda da resistencia en los sectores más puritanos y conservadores, interesaban a un público cada vez más amplio. Podía decirse que el psicoanálisis había triunfado y que incluso empezaba a emprender una vida propia más allá de su creador, pues poco antes del estallido de ese conflicto bélico, en 1911, uno de sus miembros más importantes, Alfred Adler, se dio de baja de la Asociación Psicoanalítica de Viena por discrepan cias con Freud. Y ese mismo año de 1914 lo haría el suizo Cari Gustav Jung (1875-1961), quien hasta entonces había sido uno de sus más fíeles colaboradores.
El primero de estos «desertores» de la causa psicoanalíti ca, Adler, era un psiquiatra más atraído por el socialismo y la calidad revolucionaria del psicoanálisis que por las virtudes terapéuticas de la disciplina. La insistencia en acentuar la importancia del contexto social y de la estructura familiar en la psique, así como su cuestionamiento de la etiología sexual de la neurosis y la definición de esta como la simple expresión patológica de un complejo de inferioridad, fue ron algunos de los puntos que contribuyeron a su distan- ciamiento del autor de La interpretación de los sueños. En cuanto a Jung, Freud lo había considerado su sucesor natu ral, su «hijo y heredero». Incluso había barajado en 1910 su nombramiento como presidente vitalicio de la Asociación Internacional Psicoanalítica, pero las divergencias teóricas y personales acabaron con esa relación. Tras la ruptura, Jung denominó su propia doctrina «psicología analítica» y luego «psicología compleja», para distinguirla incluso a nivel de nombre del psicoanálisis freudiano. Cuestionando, como Adler, la idea de que la génesis de la histeria es predominan temente sexual, el suizo subestimó la relevancia explicativa de la libido en las tesis del maestro vienés y centró su inves tigación en los arquetipos del inconsciente colectivo. D e ahí
que sostuviera la existencia de estructuras arcaicas comunes a todas las culturas y épocas, estructuras que se manifiestan en los sueños, los mitos y las religiones.
Si para Freud, la separación de Adler fue vista con cierto alivio, dado que la relación se había convertido en una fuen te de problemas y disgustos, la ruptura con Jun g fue doloro- sa, pues los lazos que había establecido con él eran mucho más profundos, tanto a nivel científico como personal. Aun así, se repuso a ella, no sin advertir que esa defección sería convenientemente aprovechada por los enemigos del psi coanálisis, como confesó en una carta a jones:
Es posible que estemos sobreestimando a Jung y lo que pue de realizar en el futuro. Se está colocando en una posición que no le favorece ante el público al volverse contra mí, es decir, contra su propio pasado. Lo que yo preveo no es un éxito inmediato sino una incesante lucha. Todo aquel que prometa a la humanidad liberarla de las dificultades de lo sexual será aclamado como un héroe, cualesquiera que sean las tonterías que se le ocurra decir.
No se equivocaba: el suizo fue de inmediato considerado como el representante de un psicoanálisis «sano», en el sen tido de que estaba libre de las obscenidades sexuales que caracterizaban el original de Freud.
El enigma del duelo
Tras la ruptura con Jung, Freud siguió adelante con sus in vestigaciones. Inevitablemente, estas se acabaron viendo influidas por el clima bélico que se respiraba en una Viena en la que el fervor patriótico fue cediendo paso, a medida que
pasaban los meses y la guerra se eternizaba, al dolor, la rabia y la desesperación ante las cada vez mayores pérdidas en vidas humanas.
En 1915, un año después del comienzo de la Gran G ue rra, Freud escribió al respecto un artículo titulado La guerra
y la muerte, en el que realizó una primera aproximación a un
problema de gran importancia psicoanalítica para compren der la dinámica subjetiva en la relación entre el yo y el otro. Ese problema era el del duelo. Ciertamente, la circunstancia de la guerra planteaba la cuestión de la alteridad de forma acuciante, toda vez que el otro aparecía en ese momento fundamentalmente como enemigo. En las páginas de ese texto, Freud sostiene que si bien los seres humanos no pue den pensar en la propia muerte — en el ámbito inconsciente están persuadidos de su inmortalidad— , en cambio se aco modan muy bien a la muerte del enemigo, pues significa el aniquilamiento de lo que se odia. Sin embargo, la genuina problemática del duelo surge cuando se ve morir a alguien próximo. Cuando muere un amigo o un hijo es como si mu riera ese yo mismo que hasta ese momento no quería saber nada de la muerte.
El duelo por la pérdida de algo que se ha amado o admi rado parece al hombre normal tan natural que lo considera obvio. Pero para el psicólogo, reflexionaba Freud, el duelo es un «gran enigma, uno de aquellos fenómenos que uno no explica en sí mismos, pero a los cuales reconduce otras cosas oscuras». Y añade: «L a libido se aferra a sus objetos y no quiere abandonar los perdidos aunque el sustituto ya esté aguardando. Eso, entonces, es el duelo».
¿Cuándo se logra pasar con éxito un duelo? En un texto posterior, Duelo y melancolía, publicado en 1917, cuando todavía la Primera Guerra Mundial seguía incendiando Europa, Freud sugirió que el duelo exitoso es aquel capaz
tic sustituir un objeto por otro, si bien luego pensó que una tarea esencial del mismo duelo, originalmente asociada con la melancolía, es la «introyecdón», un concepto freudiano que hace referencia al proceso de defensa psíquico por el cual una persona incorpora elementos de la personalidad de otra. La primera esperanza de Freud de que el lazo con un objeto podría deshacerse y luego rehacerse nuevamente implicaba, no sin un cierto optimismo, la posibilidad de un intercambio libidinal de objetos. Para el médico, el due lo, por tanto, no implica solo pérdida y sustitución, sino más bien desasimiento, renuncia y libido liberada para en contrar otros objetos «tanto o más apreciables». De ahí la distinción entre duelo y melancolía. Como escribió: «En el duelo, el mundo aparece desierto y empobrecido ante los ojos del sujeto. En la melancolía, es el yo lo que ofrece estos rasgos a la consideración del paciente». L o que el médico percibió es que el melancólico «se caracteriza psíquicamen te por un estado de ánimo profundamente doloroso». Es alguien que ya no se interesa por el mundo exterior, que pierde la capacidad de amar y que se repliega sobre sí. Asi mismo, en la melancolía hay un rasgo que no está presente en el duelo, pues se encuentra una «cruel denigración de sí del yo, unida a una implacable autocrítica y unos amar gos autorreproches» en los que se manifiesta una «delirante expectativa de castigo». Esta «perturbación de la autoesti ma» es lo propio del estado de melancolía. El duelo conti núa hasta que la «prueba de realidad» evidencia la objetiva desaparición del ser amado. En el duelo, por lo tanto, se evidencia una pérdida en el objeto, mientras que en el me lancólico se produce, además, una pérdida de su yo. Lo que el melancólico no puede hacer es desligarse subjetivamente del objeto perdido para poder renunciar a él cuando obje tivamente ya no está.