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JULIO PALACIOS Por Albino ARENAS GÓMEZ

6. R ECUERDOS DE PALACIOS

Como tuve el privilegio de conocer a Julio Palacios y es muy poco frecuente conocer personalmente al personaje al que se le dedica una sesión sobre la his- toria, sea científica o no, me parece que resultaría interesante y, al mismo tiempo, me gustaría compartir algunos de estos recuerdos. También puedo resumir algunos de los recuerdos que otras personas han tenido de él.

labor didáctica, confinamiento y proyección internacional, sobre la base de una conferencia que el mismo Villena pronunció en 1982. En el primer párrafo del libro, escribe: «[...] el mejor Profesor [Palacios] de Física que España ha tenido en este siglo. En el folleto editado con motivo de su homenaje se dice que su vida “es historia de la Física Española en el siglo XX” y esto es lo que trataré de corroborar con una serie hechos [...]»24.

Y en uno de los últimos párrafos del libro, señala una característica muy importante que creo que, efectivamente, poseía: «su poco aprecio por el poder o las prebendas [...]»25.

Como muestra de su poco apego al poder o las prebendas, como dijo Leonardo Villena, de su talante, de su sencillez y un poco del aislamiento que sufría, citaré una anécdota sucedida en abril de 1969 con motivo de la visita del Premio Nobel de Física de 1932, Werner Heisenberg, a Madrid, donde tenía previsto dar varias conferencias, entre ellas, una en la Junta de Energía Nuclear (actual CIEMAT).

Había llegado a mis manos una invitación para asistir a la conferencia que pronunciaría Heisenberg en la Junta de Energía Nuclear. Hablando con Palacios resultó que él también quería ir, así que fuimos los dos juntos.

Llevé a Palacios en mi coche a escuchar la conferencia. En aquella época, solía llevarlo de vuelta de la Facultad a su casa en coche todos los días, porque a él ya no conducía por la edad.

A la entrada de la Junta de Energía Nuclear nos encontramos con una barrera que impedía penetrar en el recinto. El portero nos pidió las invitaciones y le mostré la mía, pero pidió también la de Palacios y resultó que Palacios no tenía invitación. Entonces el portero dijo que no podía entrar y se tenía que bajar del coche. En vista de la situación, le ofrecí mi invitación para que entrara él, pero no la aceptó. Me dijo que la invitación era mía, que entrara yo.

No dijo ni una palabra de protesta, no se identificaba, no pedía hablar con nadie, a pesar de saber que el vicepresidente de la Junta de Energía Nuclear había sido discípulo suyo.

Dotado de una gran paciencia, sospecho que Palacios estaba dispuesto a que volviéramos por donde habíamos venido.

Curiosamente, un grupo de alumnos se le acercaron a la ventanilla del coche para pedirle que intercediera por ellos para que los dejasen entrar a la confe- rencia porque no tenían invitación.

–Si a mí no me dejan entrar tampoco –respondió él.

Creo que Palacios hubiera dado por terminado el incidente, pero yo seguía insistiendo. En vista de que no servía de nada explicar que era el presidente de la Real Academia de Ciencias, miembro de la Real Academia de la Lengua,

24VILLENA, Leonardo, Julio Palacios: labor didáctica, confinamiento y proyección interna-

cional, Aula de Cultura Científica, Amigos de la Cultura Científica, 1985, p. 5.

25VILLENA, Leonardo, Julio Palacios: labor didáctica, confinamiento y proyección interna-

cional, Aula de Cultura Científica, Amigos de la Cultura Científica, 1985, p. 34.

Su preocupación didáctica se aprecia bien en sus libros. Si se toma como ejemplo, su obra científica más básica, su Física General, observaremos una gran claridad y preocupación porque se asimilen los conceptos con facilidad, para lo que recurre con frecuencia a símiles y ejemplos, muchas veces originales.

Además, puede disfrutarse de un lenguaje excelente en sus textos (no en vano era también miembro de la Real Academia Española de la Lengua). Un profesor de mi departamento recomienda a sus alumnos los libros de Palacios, porque dice que así, además de aprender física, aprenderán castellano.

De su actividad investigadora ya hemos hablado, pero quería resaltar alguna cosa más.

Podría decirse que la vida de Palacios como investigador comenzó de niño, cuando asombrado vio cómo el giro continuo de las ruedas no hacía voltear la carreta que transportaban, sino que la hacía avanzar rectilíneamente. Hasta entonces no había visto más ruedas que la rueda hidráulica que giraba en un molino de harinas. Pensaba para sí, según decía su viuda en la semblanza bio- gráfica que hizo de su marido, «que éste era el invento más maravilloso»23.

Era un ejemplo de pasión por la investigación. Trabajaba incansablemente. Su modo de trabajo en sus últimos años consistía en ir a su despacho de la Facultad todos los días por la mañana, excepto algún día que su salud se lo impedía.

A pesar de su trabajo intenso y su deseo de publicar su último libro cuanto antes, se preocupaba de buscarnos las mejores condiciones para seguir traba- jando con él. Así, cuando le propusieron traducir el último trabajo de Einstein (fechado en diciembre de 1954), apéndice II del libro El significado de la rela-

tividad, me lo ofreció a mí. Y, gracias a Palacios, mi nombre aparece en la misma página que el de Einstein.

Los dos últimos años, Palacios tenía poco contacto con sus colegas en la Facultad. Aunque todos le mostraban un respeto enorme cuando lo veían o nos tropezábamos con ellos, no recibía la visita de muchos colegas.

En cambio, seguía manteniendo bastante correspondencia internacional que le llegaba al Instituto de Ciencias Físicas del que él era el presidente y yo, que ejercí de secretario durante el último año, leía.

Durante el último año había empeorado su salud y prácticamente no impartió ninguna clase de Relatividad, aunque seguía yendo a la Facultad, y también había visto cambiar su equipo, hasta el punto de contar prácticamente sólo con dos recién licenciados y yo mismo, que, entonces, era profesor encargado de curso de relatividad.

Leonardo Villena, antiguo discípulo suyo, conoció a Palacios en 1939 y trabajó con él durante la posguerra y lo ayudó en la época de confinamiento en Almansa. Sus recuerdos de Julio Palacios los plasmó en un libro: Julio Palacios:

23CALLEYA DE PALACIOS, Elena, Semblanza biográfico-científica de Julio Palacios, Aula de

Su agudeza, tenacidad y el excepcional sentido común que le caracterizaba en todos sus escritos y conversaciones causaba en todo el que le conocía por vez pri- mera el impacto de encontrarnos frente a un hombre de los que decimos “fuera de serie”. […]26.

6.1. SOBRE EL ANÁLISIS DIMENSIONAL

Quiero añadir algún recuerdo más sobre Palacios y el Análisis dimensional. La única teoría, como tal, sobre el análisis dimensional es la de Julio Palacios con sus dos postulados y sus consecuencias. Será una de las máximas autoridades sobre el tema.

Como curiosidad sobre cómo elaboró su teoría del análisis dimensional, Palacios escribió en una libreta las ideas que se le iban ocurriendo al respecto, muchas de ellas, según él mismo me relató, en los largos y numerosos viajes en coche que hizo de Lisboa a Madrid y vuelta, porque durante muchos años estuvo trabajando en ambas ciudades y cada 15 días tenía que viajar de una ciudad a la otra.

En cierta ocasión me mostró la libreta y me pidió hacer fotocopias. Conservo una.

Se tiene así una joya que ilustra la evolución del pensamiento del creador de una teoría desde los conceptos previos hasta la formulación de la teoría.

6.1.1. Relaciones internacionales

Palacios mantenía correspondencia con diferentes científicos de distintas nacionalidades.

Destacaré solamente dos de esas relaciones internacionales por su categoría y prestigio y porque las viví directamente. Se refieren al análisis dimensional.

La primera de ellas fue una carta enviada por un profesor de la Universidad de Stanford (California), una de las mejores universidades del mundo. Se dirigía a Palacios, como autoridad en análisis dimensional, preguntándole por la resolución de un problema utilizando el método de la discriminación de las dimensiones del espacio que preconizaba Palacios.

La segunda referencia es una carta dirigida a Palacios al Instituto de Ciencias Físicas.

Desgraciadamente, cuando la carta llegó, Palacios había fallecido. Estaba fechada el 2 de septiembre de 1970 y Palacios había fallecido el 21 de febrero de 1970. La carta la firmaba Duncan Luce, profesor del Institute for Advanced Study de Princeton, prestigiosa institución estadounidense en la cual trabajó Einstein los últimos 22 años de su vida, y la ciudad, Princeton, de la cual no salió Einstein más que una vez para solicitar la ciudadanía estadounidense.

26AGUILAR, José, D. Julio Palacios y el lenguaje de la física ..., p. 41.

miembro de la Academia de Medicina, catedrático de la Facultad, una ins- titución viva, solicité que llamaran por teléfono al vicepresidente de la Junta de Energía Nuclear, que yo también sabía que había sido discípulo de Palacios. El portero me pidió que apartara el coche y se fue a llamar por teléfono. Al minuto volvió para decirme que el vicepresidente quería hablar conmigo. Bajé del coche y fui al teléfono que estaba en la caseta del vigi- lante. Quedó compungido cuando le expliqué la situación; recuerdo literal- mente las palabras del vicepresidente en tono alarmado:

–D. Julio no necesita invitación.

–Pues dígaselo al portero –le repliqué yo.

El efecto fue inmediato. Rápidamente nos pidieron que siguiéramos. Cuando llegamos a la puerta principal de entrada a la sala de conferencias, lo estaban esperando las autoridades y lo sentaron en el sitio preferente de la sala. Al terminar la conferencia, salían por el pasillo central Heisenberg y Palacios hablando animadamente y detrás el resto de autoridades.

Él se vino en mi coche (un ‘seiscientos’) y el resto, supongo, que en coches oficiales.

Nunca tuvo una palabra de reproche, ni en ningún momento había hecho ostentación de su prestigio o autoridad.

Aunque era sencillo y amable en el trato personal, en cambio, en las cuestiones científicas la cosa era diferente: se mostraba muy apasionado. Defendía con tenacidad sus puntos de vista. Se involucraba enteramente en las discusiones y no le importaba el tiempo y la energía que dedicaba a defender sus ideas.

A veces se fatigaba en exceso y aunque no le convenía a su salud, no se quejaba.

Estábamos acostumbrados a ver las pausas durante sus argumentaciones para mejorar la respiración y tomar aire o, como cuando en el coche, me pedía, haciendo un enorme esfuerzo para hablar, que fuera más despacio.

Estas características, unidas al tesón y esfuerzo dedicado a la investiga- ción, nada lo relata mejor que las palabras impresionantes que le dedicó Pedro Laín Entralgo, presidente de la Real Academia Española de la Lengua en la solemne sesión necrológica de 13 de mayo de 1970, que ya hemos mencionado.

Como recuerdo que guardaba el profesor Aguilar, sucesor de Palacios en la cátedra de Termología, como ya se ha señalado, podríamos reproducir los dos párrafos que preceden al último de su biografía de Palacios:

[…] D. Julio ha sido un caso único en la física española. Su labor y sus ense- ñanzas, su formación polifacética, su inteligencia extraordinaria, su capacidad de trabajo, su espíritu investigador, su honestidad y su sapiencia hicieron de él un modelo a quien todos los que le conocimos desearíamos imitar.

En la carta, el profesor Duncan le explicaba a Palacios que estaba escri- biendo un tratado (dos volúmenes) titulado: Foundations of measurement en colaboración con los profesores: David H. Krantz (University of Michigan), Patrick Suppes (Stanford University) y Amos Tverski (Hebrew University) para Academic Press of New York City y le pedía permiso para copiar literalmente una página de su libro Análisis dimensional.

Los autores y las universidades son de las más prestigiosas del mundo. Contesté al profesor Duncan, explicándole que el profesor Palacios había fallecido.

Me contestó a vuelta de correo diciéndome textualmente:

«[…] Aunque no lo conocía [a Palacios], juzgaría por su libro sobre análisis dimensional, que la ciencia ha sufrido una pérdida importante. Su libro me sacudió como, probablemente, la introducción conceptual más clara al análisis dimensional que yo haya leído […]».

En la carta me explicaba, además, las gestiones que había que hacer para conseguir los permisos legales para autorizar la reproducción del material citado.

Consciente de la importancia de que apareciera Palacios en aquella especie de enciclopedia americana que tendría distribución universal, rápidamente hablé con la viuda de Palacios y, en muy poco tiempo, se consiguió la autoriza- ción y, en el volumen I de Foundations of measurement aparece el nombre de Palacios referenciado 11 veces y reproducido el material para el que pedían per- miso en las pp. 456-457.

6.2. Último capítulo

No pude cumplir el último encargo que me hizo Palacios:

«Si a mí no me da tiempo, le encargo a Vd. que publique este libro […]». Era el que estaba escribiendo en aquellos momentos sobre relatividad, para el que había pensado el título: ‘Relatividad y antirrelatividad’, del cual había revisado y nos había expuesto los primeros cuatro capítulos en los seminarios de los miércoles. Los cinco restantes estaban archivados.

Se lo entregué todo a su viuda explicándole la situación.

Hablé con el editor y tuve muchas conversaciones con doña Elena, viuda de Palacios, sobre el asunto, pero el libro no se pudo publicar, aunque la viuda y yo tratamos de cumplir la voluntad de D. Julio hasta el final.

Fig. 4. Carta elogiando a Palacios de L. Duce del Institute for Advanced Study, Princeton, New Jersey, USA, institución en la que trabajó Einstein los

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ESPECIALIDAD

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