F u e esta Odisea de los judíos lo que constituyó los antecedentes mentales de Spinoza y lo convirtió irrevocablemente en judío, por más que tuviera que ser excomulgado. Aunque su padre era un comerciante próspero, el joven no tenía ninguna inclinación por tal carrera y prefería pasar el tiempo en la sinagoga absorbiendo la religión y la historia de su pueblo. E r a estudiante inteligente y sus mayores lo veían como una futura lumbrera de su comunidad y de su fe. M u y pronto pasó de la Biblia misma a los quisquillosa- mente sutiles comentarios del T a l m u d , y de esos comentarios a los escritos de Maimónides, Levi ben Gerson, Ibn E z r á y Hasdai Crescas, y su promiscua voracidad se extendió incluso a la filosofía mística de Ibn Gebirol y las intrincaciones cabalísticas de Moisés de Córdoba.
Le sorprendió la identificación que este último h a c í a de Dios con el universo; siguió la idea en ben Gerson, quien enseñaba la eternidad del mundo, y en Hasdai Crescas, quien creía que el uni- verso material era el cuerpo de Dios. L e y ó en Maimónides una discusión medio favorable de la doctrina de Averroes sobre la inmortalidad c o m o impersonal; pero encontró en la Guía de per- plejos más perplejidad que guía, pues el gran rabino h a c í a más preguntas que respuestas, y a Spinoza le pareció que las contra- dicciones e improbabilidades del V i e j o T e s t a m e n t o persistían en su pensamiento mucho después de que las soluciones de Maimó- nides ya se habían disuelto en el olvido. Los defensores más agudos de u n a fe son sus grandes enemigos, pues sus sutilezas engendran duda y estimulan la mente. Y si esto fue así con los escritos de Maimónides, lo fue más aún en el caso de los comentarios de Ibn Ezrá, donde los problemas de la vieja fe se expresaron más direc- tamente y muchas veces se abandonaron como carentes de res- puestas. Cuanto más leía y ponderaba Spinoza, más se diluían sus simples certidumbres en interrogantes y dudas.
Su curiosidad le llevó a indagar qu€ era lo que los pensadores del mundo cristiano habían escrito de aquellas grandes cuestiones en torno a Dios y al destino humano. Emprendió el estudio del latín con un erudito holandés, V a n den E n d e , y entró en una esfera más vasta de experiencia y conocimiento. Su nuevo maestro tenía visos de hereje, era crítico de las creencias y del gobierno,
e individuo aventurero que salió de su biblioteca para unirse a una conspiración contra el rey de F r a n c i a , hasta que adornó por fin un cadalso en 1674. T e n í a una hermosa hija que fue exitosa rival del latín en los afectos de Spinoza; incluso se podría haber logrado que un colegial moderno estudiara el latín con tales ali- cientes. Pero la m u c h a c h a no era tan intelectual como para no ver una ocasión mejor, y cuando se le presentó otro pretendiente, con dones más costosos, perdió interés en Spinoza. No hay duda de que fue en este momento cuando nuestro héroe se convirtió en filósofo.
De todas formas ya había conquistado el latín, y a través del latín entró en la herencia del pensamiento europeo antiguo y medieval. Parece que estudió a Sócrates, a Platón y a Aristóteles, pero prefirió a los grandes atomistas, Demócrito, Epicuro y L u - crecio; por fin los estoicos dejaron en él una m a r c a indeleble. Leyó a los filósofos escolásticos, tomando de ellos no solo su terminología, sino su método geométrico de exposición por axioma, definición, proposición, prueba, escolio y corolario. Estudió a Bruno ( 1 5 4 8 - 1 6 0 0 ) , aquel magnífico rebelde, cuyos fuegos "no podrían apagar todas las nieves del C á u c a s o " , que vagó de país en país y de credo en credo, y tanto más "salió por la misma puerta por donde e n t r a r a " —buscando y preguntando, para que al final fuera sentenciado por la Inquisición a ser ejecutado "tan despiadadamente como fuera posible y sin derramamiento de san- gre"— esto es, fue quemado vivo. ¡ Q u é tesoro de ideas había en ese italiano romántico! Antes que nada la idea maestra de la unidad: toda la realidad no es más que una sustancia, una causa, un origen; y Dios y esta realidad son u n a misma cosa. Además, para Bruno, espíritu y materia son una cosa; toda par- tícula de la realidad se compone inseparablemente de lo físico y de lo síquico. El objeto de la filosofía es, por tanto, percibir la unidad en la diversidad, el espíritu en la materia y la materia en el espíritu; encontrar la síntesis en donde convergen los opuestos y las contradicciones; elevarse hasta el conocimiento supremo de la unidad universal, que es el equivalente intelectual del amor de Dios. C a d a una de estas ideas se convirtió en parte de la estruc- tura íntima del pensamiento de Spinoza.
Por fin y sobre todo, influyó en él Descartes ( 1 5 9 6 - 1 6 5 0 ) , padre de la tradición subjetivista e idealista (como B a c o n lo fuera de la objetiva y realista) en filosofía moderna. Para sus seguidores
franceses y sus enemigos ingleses, la noción central de Descartes era la primacía de la conciencia: la proposición, al parecer obvia, de que el alma se conoce más inmediata y directamente que cual- quier otra cosa; que conoce el "mundo externo" solo a través de la impresión que el mundo opera sobre el alma p o r la sensa- ción y la percepción; que toda la filosofía, por consiguiente, ha de empezar con el alma y el yo individuales (aunque dude de todo lo d e m á s ) , reduciendo su primer argumento a las tres pala- bras: "pienso, luego existo" (Cogito, ergo sum). T a l vez había algo del individualismo renacentista en este punto de partida; ciertamente lo hubo en toda una serie de consecuencias que fue extrayendo en especulación posterior, c o m o de una chistera de mago. Ahora empezaba el gran juego de la epistemología,3 que en Leibnitz, L o c k e , en Berkeley, H u m e y K a n t se derretiría en una guerra de trescientos años que a la vez estimuló y devastó a la filosofía moderna.
Pero este aspecto del pensamiento de Descartes no interesó a Spinoza; no se perdería en los laberintos de la epistemología. Lo que le atraía era el concepto cartesiano de la "sustancia" ho- mogénea subyacente en todas las formas de la materia, y otra sustancia homogénea que está en la base de todas las formas del espíritu; esta separación de la realidad en dos sustancias últimas sacudía la pasión unificadora de Spinoza y actuaba como esperma fertilizante sobre las acumulaciones de su pensamiento. Lo que le atrajo una vez más fue el deseo cartesiano de explicar todo lo del mundo, excepto Dios y el alma, por leyes mecánicas y mate- máticas, idea que se retrotraía a Leonardo y a Galileo, y que quizá reflejaba el desarrollo de la maquinaria y de la industria en las ciudades de Italia. D a d o un primer empellón de Dios, decía Descartes (muy semejante a como Anaxágoras lo había dicho hacía dos mil a ñ o s ) , lo demás de los procesos y desarrollos astronómicos, geológicos y no-espirituales se podía explicar por una sustancia homogénea que existiera al principio en forma des- integrada (la "hipótesis nebular"' de L a p l a c e y K a n t ) ; todo mo- vimiento de cualquier animal, incluido el cuerpo humano, no era más que un movimiento mecánico, la circulación de la sangre, por ejemplo, y los actos reflejos. T o d o el mundo, y cada cuerpo,
3 Epistemología significa etimológicamente, lógica (logos) del enten-
dimiento (epísteme); esto es, origen, naturaleza y validez del conoci- miento.
es u n a m á q u i n a ; pero fuera del mundo está Dios y dentro del cuerpo está el alma espiritual.
Aquí se detuvo Descartes, pero Spinoza pasó adelante con anhelo.
3 . L a e x c o m u n i ó n
E s t a b a n los antecedentes mentales del joven eternamente tran- quilo pero internamente perturbado que en 1656 ( h a b í a nacido en» 1 6 3 2 ) fue llamado ante sus mayores de la sinagoga p o r cargos de herejía. ¿ E r a cierto — l e preguntaron— que él h a b í a dicho a sus amigos que Dios podía tener un cuerpo, el mundo de la m a t e r i a ; que los ángeles podían ser alucinaciones; que el alma podía ser meramente vida y que el Antiguo T e s t a m e n t o nada decía a c e r c a de la inmortalidad?
No sabemos qué es lo que respondió. Sabemos solo que se le ofreció u n a anualidad de quinientos doblones si consentía en mantener al menos una lealtad externa con su sinagoga y su f e ;4 que rehusó el ofrecimiento y que el 27 de julio de 1 6 5 6 fue e x - comulgado con todas las formalidades del ritual hebreo. " D u r a n t e la lectura de la maldición, se oía cómo era intercalado el sonido quejumbroso y alargado de un gran c u e r n o ; las luces que al prin- cipio de la ceremonia ardían brillantemente fueron apagadas una por u n a a medida que esta procedía, hasta que al final se apagó la última —imagen de la extinción de la vida espiritual del ex- comulgado— y la congregación quedó en total obscuridad".5
V a n V l o t e n nos ha dado la fórmula de la e x c o m u n i ó n :8
L o s jefes del consejo eclesiástico anuncian que cerciorados de las malas opiniones y acciones de B a r u c de Espinoza han t r a t a d o por los medios más diversos y por las más variadas promesas de a p a r - tarlo de la m a l a senda. Pero c o m o ha sido imposible llevarlo a m e j o r manera de pensar, y por el contrario, c o m o c a d a día se han cerciorado más de las horribles herejías mantenidas y confesadas por él y de la insolencia con que tales herejías se promulgan y cunden en el e x t r a n j e r o , y que muchas personas dignas de crédito han testimoniado a c e r c a de estas en presencia del dicho Espinoza,
4 Graetz, History of the Jews; Nueva York, 1 9 1 9 ; vol. v, p. 140.
5 Willis, Benedict de Spinoza; Londres, 1 8 7 0 ; n. 3 5 .
este ha quedado completamente convicto de las mismas. Tras exa- men de todo el asunto ante los jefes del consejo eclesiástico se ha resuelto, con anuencia de los consejeros al respecto, anatematizar al dicho Espinoza y segregarlo del pueblo de Israel y de ahora en adelante colocarlo en anatema con la siguiente maldición:
Con el juicio de los ángeles y la sentencia de los santos, ana- tematizamos, execramos, maldecimos y arrojamos a Baruc de Es- pinoza, con anuencia de toda la sacra comunidad, en presencia de los libros sacros con los seiscientos trece preceptos que hay en ellos escritos, y pronunciamos contra él la maldición con que Elisha mal- dijo a sus hijos, y con todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley. Sea maldito de día y maldito de noche; sea maldito al acostarse y maldito al levantarse; sea maldito al irse y maldito al venir. Que el Señor nunca le perdone ni reconozca; que el enojo y displicencia del Señor ardan de ahora en adelante contra este hombre, lo carguen con todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley y borre su nombre de bajo el cielo; que el Señor lo aparte, con el mal, de todas las tribus de Israel, haga pesar sobre él las maldiciones del firmamento contenidas en el Libro de la Ley, y que todos vosotros, los que sois obedientes al Señor vuestro Dios, seáis salvos este día.
Advertimos a todos que ninguno mantenga conversación con él por palabra de boca, ni mantenga comunicación con él por escrito; que ninguno le haga servicio alguno, que nadie habite bajo el mismo techo con él, que ninguno se acerque cuatro codos de él y que nadie lea documento alguno dictado por él, o escrito de su mano.
No seamos precipitados en juzgar a los jefes de la sinagoga, puesto que ellos se enfrentaban a una situación delicada. No hay duda de que titubearon antes de que se les pudiera acusar de ser tan intolerantes ante la heterodoxia como la Inquisición que los había desterrado de España. Pero sentían la gratitud a sus an- fitriones de Holanda, que exigían la excomunión de aquel hom- bre cuyas dudas atacaban la doctrina cristiana tan vitalmente c o m o al judaismo. El protestantismo no era a la sazón la filosofía liberal y fluida que ahora es; las guerras de religión habían atrin- cherado a cada grupo de una manera inamovible en su propio credo, tanto más caro ahora por cuanto que se había derramado sangre en su defensa. ¿ Q u é dirían las autoridades holandesas de una comunidad j u d í a que pagaba la tolerancia y protección cris- tiana haciendo que de su seno saliera en una generación un A
Costa y en la siguiente un Spinoza? Además, la unanimidad reli- giosa parecía a los ancianos el único medio de preservar a! pequeño grupo j u d í o de Amsterdam de toda desintegración, casi el último medio de preservar la unidad, y de esa m a n e r a asegurar la super- vivencia de los esparcidos judíos del mundo. Si hubieran tenido su propio Estado, su propia ley civil, sus propias instituciones de fuerza o poder seculares para obligar a la cohesión interna y al respeto externo, podrían haber sido más tolerantes; pero su reli- gión era a la vez su patriotismo y su f e ; la sinagoga era el centro de la vida social y política tanto c o m o de ritos y adoraciones, y la Biblia cuya veracidad Spinoza había impugnado era " l a patria portátil" de su pueblo. B a j o tales circunstancias, pensaron, la he- rejía era traición y la tolerancia suicidio.
Alguno puede pensar que deberían h a b e r corrido el riesgo valerosamente, pero es tan difícil juzgar con justicia a otro, como lo es ver las cosas desde pellejo ajeno. Quizá Menasseh ben Israel, cabeza espiritual de toda la comunidad j u d í a de Amsterdam po- dría haber encontrado alguna fórmula conciliatoria dentro de la cual tanto la sinagoga c o m o el filósofo hubieran podido convivir en paz m u t u a .7 Pero el gran rabino se hallaba entonces en Londres, persuadiendo a Cromwell a que abriera Inglaterra a los judíos. El destino había escrito que Spinoza debería pertenecer al mundo.