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Efectos coloniales entre los pobladores hispanos de la Nueva España

Antecedentes de la “casa chica”

1) La difícil transición de la poliginia a la monogamia

2.4.2 Efectos coloniales entre los pobladores hispanos de la Nueva España

1)- Los españoles que llegaron a la Nueva España

En el apartado anterior, hemos reflexionado en torno a las consecuencias que trajo el establecimiento de la monogamia entre los mexicas, quienes vivían en familias poligámicas y se vieron en la necesidad de elegir, de entre sus esposas, a una, que pasaría a ser la legítima y a dejar a las demás, las cuales se convirtieron en ilegítimas, o, más exactamente, en ilegales, y, en consecuencia, sus hijos ilegítimos o naturales como rezaban las boletas de bautizo. Cómo en esa condición, diseñaron estrategias o medidas emergentes para poder mirar y convivir con esa otra parte de su familia jurídicamente excluida.

Este apartado está dedicado a los españoles que llegaron a la Nueva España, pues interesa saber qué ocurría con ellos en el momento de su llegada. Es claro que, de su problemática general, nuestro interés se centra en aquello que tiene que ver con la estructura familiar monógama. En relación a ese asunto, señalamos tres momentos cruciales que, pensamos, están relacionados con el fenómeno de establecer relaciones extramaritales y, por lo tanto, tener en su vida cotidiana una práctica parecida a la de los indígenas, pero determinada por factores diferentes. Estos tres momentos son los siguientes:

1.- La separación física de la familia oficial o legítima, para ir a la Nueva España en busca de fortuna, trabajo y también de una nueva familia

2.- La influencia de los planteamientos del amor cortesano en las prácticas amorosas de los españoles

3.- La situación del matrimonio en España, en el período en que se da la conquista y colonización de América

2)- La separación de la familia oficial para viajar a la Nueva España

Como primer punto, nos detendremos en lo que dice Pilar Gonzalbo Aizpuru, de los españoles que llegaron a México: “no pocos se separaron de sus mujeres e hijos, de modo que la familia formalmente reconocida era aquella

que quedó abandonada en la península, mientras se establecían en suelo americano, con una compañera provisional, de la cual llegaban a tener hijos ilegítimos, con los que constituían un verdadero hogar” (Gonzalbo, 2005: 102). Queda clara, en esta cita, la necesidad que tienen los primeros españoles en viajar a otras tierras, de establecerse con otra mujer y construir otra familia. Más adelante, los funcionarios reales, sobre todo, llevarán consigo a sus mujeres y, a partir de 1560 se comienzan a generalizar viajes de mujeres (también prostitutas) en una proporción de hasta el 10% de los hispanos varones emigrados hacia la Nueva España. En los primeros momentos, sin embargo, la familia formal se queda en España y la familia ilegal se forma en la Nueva España. Asistimos, pues, a un momento histórico que lleva a estos hombres a separarse de su familia formal, para establecerse con otra mujer, en otro lugar, con otra historia. Nos asomamos, también, a mirar que ese momento histórico y sus consecuencias orillan a generar una distancia física importante entre la casa legal y la casa ilegal. Es remota la circunstancia, ciertamente, pero no deja de ser una huella a través de la cual podríamos comprender una conexión de larga duración en torno a la ubicación de dos casas y de dos familias, a semejanza quizás de como ocurre en nuestros días con hombres que tienen dos casas y dos familias: la casa grande en el sitio de origen y la “casa chica” ubicada en otras ciudades, otros estados y hasta en otros países de donde se sitúa aquella.

A semejanza de los antiguos colonizadores hispanos, en la época actual, la necesidad de ir a otro lugar en busca de trabajo, fortuna, estudios, hace que muchos hombres en México, casados, con una familia establecida, se separen de ella y viajen frecuentemente o se establezcan en lugares distantes de donde tienen su casa oficial, su familia, esposa e hijos. Es muy probable, en esos casos, que en poco tiempo, esos hombres establezcan, también, en esos otros lugares, una casa ilegal, una familia, una pareja, unos hijos, todos viviendo en el espacio físico que hemos dado en llamar “casa chica”.

Esta modalidad hispana colonial de distancia entre los dos espacios familiares, derivados por la necesidad, guarda diferencia para con los hogares ya ilegalizados que establecieron los indígenas al instituirse la monogamia como

sistema de matrimonio oficial. Hemos dicho ya, cómo los indígenas procuraron que la otra parte de su familia estuviese muy cerca, lo más cerca que pudiesen para poder mirar a sus ex esposas y sus hijos; frente a su casa, al lado de su casa, en la misma calle de su casa; una alternativa emergente ante la fragmentación pero no la disolución de sus hogares polígamos.

Dejamos demarcada la diferencia, emanada de la necesidad, en estos dos grupos humanos, en el momento de su encuentro: por un lado, la necesidad de tener cerca la otra parte de la familia que se ha perdido, al menos en términos oficiales, como es el caso de los indígenas; por el otro lado, la necesidad de ir a otros lugares en busca de tierras, fortuna y trabajo, que tienen los españoles, dejando a su familia legitima en España, para formar otra en la Nueva España. Aunque el resultado es el mismo, pues ambos grupos establecen familias ilegales, las causas que los llevaron a ello, en ese momento, son diferentes.

3)- Prácticas amorosas de los españoles coloniales

El primero de los puntos, relacionado con los españoles, que hemos abordado para acercarnos al entendimiento de lo que ocurre con el nacimiento de los hogares ilegales en la Nueva España, fue el de la necesidad que los españoles tuvieron de abandonar su país para viajar a estas tierras en busca de trabajo, fortuna y ¿por qué no decirlo?, de amor y familia.

El segundo aspecto que queremos señalar, en este apartado, tiene que ver con el no olvidar que los sujetos que llegaron a tierras mexicanas, trajeron consigo su historia, sus referentes socioculturales. Los españoles que llegaron a la Nueva España, a finales del siglo XVI, tienen como parte de sus referentes los planteamientos propios a las tradiciones del amor relajado, del amor todavía no “reprimido moral y jurídicamente” por la Iglesia y sus tribunales, como puede verse en los ejemplos favorecidos en algunas obras literarias de entonces como La Celestina o El libro del buen amor, en los cuales todavía se reconoce y valora el deseo sexual intenso como algo típicamente humano, el honor y la audacia como nodos valorativos de formas de ser hombres de verdad.

La herencia de este tipo de amor en los españoles llegados a América, se expresa en sus comportamientos, en sus concepciones, nos dicen Maite Málaga y Ana Pulido. Señalan, además, que la mayor parte de las palabras y de los comportamientos de los actores históricos siguen un modelo y están respaldados por una ideología. Es por ello, nos comentan, que la relación amorosa que puede establecer un español de entonces con una mujer está marcada por la dualidad observable en los libros de caballería de la época, una dualidad desde la que se habla de una relación romántica exaltada, en la cual la doncella es la motivación central de las acciones del caballero, para quien existe como dama idealizada. Sin embargo, y de forma complementaria a la presencia de la dama idealizada, existe otra faceta, más cotidiana, en la que los caballeros tienen una relación frecuente y liberal con las distintas mujeres que conocen a lo largo de sus aventuras. Las mujeres de esas venturas los atienden, los curan, los alimentan y hacen el amor con ellos, su papel es distinto al jugado por la mujer amada, quien permanece como evocación. Las otras, las carnales, esas sí forman parte de las aventuras y de la vida del caballero lejos de casa. Según mirada de las autoras en cuestión, nos es develada como dualidad presente en la relación amorosa de los hombres, y expresada así: la relación que se establece con la amada, la de casa, y la relación con la amante, la que se halla fuera de casa, en otro lugar o espacio (Malaga/ Pulido, 2004).

4)- Situación del matrimonio en España

En este apartado señalamos como punto importante la situación del matrimonio en España. Como primer dato destacamos que para los españoles que llegaron a la Nueva España, en el siglo XVI, el matrimonio era un contrato civil, según la fórmula romana, y también un sacramento, aunque no enteramente formulado por la Iglesia católica como sí habría de hacerlo años adelante con los decretos del Concilio de Trento (1545-1563), que habría de durar dieciocho años de discusión bajo los cuales se sentaron las bases de la Iglesia católica para formalizar la religiosidad del mundo de entonces bajo su tamiz (Reselló, 2006: 45).

Con relación a la teología de los sacramentos, Trento rescató la tradición medieval que afirmaba que estos eran siete ritos que contenían y conferían la

gracia de Dios. Los definió como vehículos de la gracia y la comunión con Cristo, subrayó el origen divino de estos y también los definió como acciones y actos ministeriales mediante los cuales se manifestaba el poder de Dios. El matrimonio es uno de estos sacramentos de origen divino e indisoluble.

Daniele Dehouve señala que para el siglo XVI, el matrimonio era todavía un debate en España. Buena parte de su contexto jurídico proviene de los visigodos, un pueblo germánico romanizado que había asumido como propias las instituciones y legislación romana, las cuales, por otro lado, perduraban entre los españoles del siglo XVI (Dehouve, 2003). Para estos códigos, comenta la autora, el matrimonio era principalmente un contrato civil y no tenía relevancia el que fuera un sacramento, cuestión sí de relevancia para la Iglesia que desde Trento para acá ha predicado la sacralización de la unión de los cónyuges, razón por la cual propone hacer del sacramento su momento principal (Dehouve, 2003).

Es claro que al momento de la llegada de los españoles a la Nueva España el referente que guardaban del matrimonio más tenía que ver con un contrato civil que con un sacramento, y menos con todas las reglas implícitas que este exige. Por ello mismo hay autores que observan un alto grado de permisividad en todos los ámbitos de la vida social, pero, sobre todo, en aquellos asuntos relacionados con la vida familiar (Dehouve, 2003; Viqueira, 1987). Quizás este hecho, aunado a cuanto propicia una época de cambios y transiciones –nuevas tierras, nuevas religiones, conflictos entre católicos y protestantes, nuevos descubrimientos científicos, nuevos paradigmas del saber, etc…– favoreció la existencia, en la nueva España, de un ambiente propicio para la práctica de relaciones irregulares, la poligamia entre ellas, de por sí no extraña para los indígenas. Sí resultó extraño para ellos la exigencia religiosa de tomar por esposa a una sola mujer y la prohibición que se dio en torno a mantener otras casas y otras mujeres (Ricard, 2005). Entre otras cosas, el ejemplo que los españoles dieron, al relacionarse con varias mujeres, no inspiró a los indios un alto concepto de la vida conyugal y de las relaciones entre los sexos. Más bien, había una especie de duda y desconfianza por tener que aceptar un sistema de matrimonio que los obligaba a separarse de una parte de su familia, mientras

que eran testigos de la vida desarreglada que llevaban algunos españoles y, más aún, al conocer que algunos de estos eran casados y se vieron obligados a dejar en España a sus mujeres, como ya hemos señalado. Muchos hispanos se establecieron con mujeres indígenas y construyeron un hogar, como es el caso de Hernán Cortés y algunos de sus descendientes. Cortés tenía dos familias, una en España y otra en México23. Ya Asunción Lavrin, lo mismo que otros biógrafos del conquistador, como José Luis Martínez (1997), refieren de Hernán Cortés sostuvo relaciones no reguladas con Malintzin, con las hijas de Moctezuma y con varias mujeres españolas antes y después de la conquista de Tenochtitlan, estableciendo una pauta que siguieron sus hombres, a pesar del silencio documental sobre este asunto (Lavrin, 2006). Por este hecho, cuando los indios oían que el misionero les reprimía su vida poligámica, respondían que lo mismo hacían y vivían los españoles (Ricard, 2005).

Es importante aclarar, que las citas anteriores sirven únicamente para poner ejemplos de huellas que encontramos en torno a nuestro objeto de estudio: la “casa chica”, finalmente producto de una serie de hechos históricos, que le dieron su origen y que la han sostenido hasta la actualidad.