La idea de que puede existir la producción y apropiación de conocimiento desde un no lugar, desde un sujeto deshistorizado y descorporalizado (esto es, un sujeto universal) es precisamente lo que Grosfoguel denomina ‘ego-política del conocimiento’. Esta ‘ego-política del conocimiento’ no toma en cuenta las relaciones entre la ubicación epistémica del sujeto que produce conocimiento, el conocimiento generado y sus articulaciones con procesos de dominación, explotación y sujeción. Por tanto, la ‘ego-política’ supone la borradura de esta relación:
46 Esta metáfora de la ‘mirada de dios’ para caracterizar el conocimiento pretendidamente no situado y una perspectiva suprema que constituye el imaginario de la ciencia occidental ya había sido sugerido en la teoría feminista por Donna Haraway (1995). Su noción de la ‘mirada de dios’ es ampliamente referida en la teoría feminista y postcolonial desde finales de los años ochenta. En la teoría feminista se ha argumentado que todo conocimiento es situado, que se produce y se apropia desde lugares y actores sociales concretos.
47 Aquí Castro-Gómez se refiere a colonialismo en vez de colonialidad, pero debe ser un desliz en la escritura ya que obviamente los alcances de su planteamientos no se limitan al colonialismo y Castro-Gómez conoce las implicaciones teóricas de la distinción entre colonialismo y colonialidad.
La “ego-política del conocimiento” de la filosofía occidental siempre ha privilegiado el mito del “Ego” no situado. La ubicación epistémica étnica/racial/de género/sexual y el sujeto que habla están siempre desconectadas. Al desvincular la ubicación epistémica étnica/racial/de género/sexual del sujeto hablante, la filosofía y las ciencias occidentales pueden producir un mito sobre un conocimiento universal fidedigno que cubre, es decir, disfraza a quien habla así como su ubicación epistémica geopolítica y cuerpo-política en las estructuras del poder/ conocimiento […] (Grosfoguel 2006: 20-21).
Las ciencias positivistas y la filosofía convencional son expresiones de la ‘ego-política del conocimiento’. El lugar universal es un no-lugar, un lugar des-corporalizado, des-geohistorizado. Ese es precisamente uno de los enunciados centrales de la colonialidad del saber que ha empoderado la cientifización del conocimiento. Cuestionando los supuestos de esta ‘ego-política’ del conocimiento, Grosfoguel argumenta que en tanto todo conocimiento es situado y que esta situacionalidad confronta relaciones de poder inscritas en el cuerpo del sujeto, debemos hablar de corpo-política del conocimiento: “[…] siempre hablamos desde un lugar en particular en las estructuras de poder. Nadie escapa a la clase, lo sexual, el género, lo espiritual, lo lingüístico, lo geográfico y las jerarquías raciales del ‘sistema mundo moderno/colonial capitalista/patriarcal’” (Grosfoguel 2006: 21).
La corpo-política se refiere a las inscripciones de relaciones de poder en la escala corporal, esto es, a cómo se incorporan, se encarnan en cuerpos concretos. La geo-política, por su parte, se refiere a inscripciones de relaciones de poder en lugares geográficos en el marco del sistema mundo. Al referirnos al lugar desde una perspectiva que subraya las relaciones de poder, nos encontramos hablando de geopolítica. Y cuando pensamos en el plano epistémico, entonces es geopolítica del conocimiento. La geo-política del conocimiento muestra cómo ha operado la periferialización de unos lugares y la centrificación de otros. Por tanto, evidencia la articulación de ciertas modalidades de conocimientos producidos y apropiados en ciertos lugares (los del centro y los de la modernidad) con las relaciones de subordinación e inferiorización de los conocimientos gestados en
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otros lugares (los de la periferia y los de la diferencia colonial) en aras de la dominación, explotación y sujeción de estos últimos.
La geo-politica del conocimiento insiste en que el conocimiento está marcado geo-históricamente, esto es, marcado por el locus de enunciación desde el cual es producido. En oposición al discurso de la modernidad que ha esgrimido ilusoriamente que el conocimiento es des-incorporado y des-localizado, desde la perspectiva de la geo-política se argumenta que el conocimiento es necesariamente atravesado por las localizaciones específicas que constituyen las condiciones mismas de existencia y enunciación del sujeto cognoscente (Mignolo, en Walsh 2002c: 18-19). La geopolítica del conocimiento da cuenta geo-históricamente en el sistema mundo moderno/ colonial del lugar desde donde se da la producción del conocimiento. Cardinal al establecimiento filosófico moderno ha sido el supuesto de un no-lugar, de una no-posicionalidad, desde el cual se produce el conocimiento. No obstante, este supuesto constituye en sí mismo un lugar, una posicionalidad, que no se imagina como tal ya que apela a una supuesta universalidad de un sujeto de conocimiento que no es más que un histórico-particular.
Tanto la geo-política como la corpo-política del conocimiento insisten en evidenciar que siempre hay una ubicación de geo-histórica y corporal en la producción y apropiación del conocimiento. Argumentar que el conocimiento siempre es conocimiento situado refiere a una noción central en la inflexión decolonial como la de locus de enunciación. Por locus de enunciación se entiende “[…] la ubicación geopolítica y cuerpo-política del sujeto que habla” (Grosfoguel 2006: 22).
Como es ahora evidente, la corpo política y la geo política del conocimiento que subrayan que todo conocimiento es situado, es decir, que es producido desde un locus de enunciación, cuestionan la noción dominante de la ciencia positiva y cierta filosofía convencional de la ego-política con sus pretensiones de universalidad y su arrogancia epistémica hacia otras formas de conocimiento:
Es esta “visión del ojo de dios” que siempre esconde su perspectiva local y particular bajo un abstracto universalismo. La filosofía occidental privilegia la “ego-política del conocimiento” sobre la “geopolítica del conocimiento” y la “cuerpo-política del
conocimiento”. Históricamente, esto ha permitido al hombre occidental (el término sexuado se usa intencionalmente aquí) para representar su conocimiento como el único capaz de lograr una conciencia universal y desechar el conocimiento no occidental tildándolo de particularista y, por ende, incapaz de alcanzar la universalidad (Grosfoguel 2006: 23).
Por tanto, la relación entre conocimiento y política pasa por inscripciones en los cuerpos y la geografía del sistema mundo moderno/colonial: “[…] todos los conocimientos están ubicados epistémicamente en el lado dominante o subalterno de las relaciones de poder y que esto tiene que ver con la geo y la cuerpo política del conocimiento” (Grosfoguel 2006: 22). De ahí que “La neutralidad y objetividad descorporadas y deslocalizadas de la ego-política del conocimiento es un mito occidental” (2006: 22). En suma, desde la inflexión decolonial se subvierte el principio cartesiano fundamental de la ego-política del conocimiento del ‘pienso luego soy’, para argumentar desde las premisas de la corpo y geopolítica del conocimiento el principio de: ‘soy donde pienso’ (Maldonado-Torres 2007: 193).