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EICHMANN, EL EVASIVO

In document Simon Wiesenthal Memorias de Un Mentiroso (página 63-121)

Vi a Adolf Eichmann por primera vez el día de la inauguración de su juicio en la Audiencia de Jerusalén. Durante casi dieciséis años estuve pensando en él prácticamente cada día y cada noche, de modo que en mi mente había forjado la imagen de un demoníaco superhombre. Pero en vez de ello vi a un individuo frágil, mediocre, indefinible y gastado, en una celda de cristal entre dos policías israelitas que tenían un aspecto más interesante y más lleno de color que él. Todo en Eichmann parecía dibujado a carbón: el rostro grisáceo, la cabeza calva, las ropas. No había nada demoníaco en él, sino que por el contrario tenía el aspecto del contable que teme pedir un aumento de sueldo. Algo parecía completamente insólito y no dejé dé pensar qué podría ser mientras el incomprensible recuento del sumario («el asesino de seis millones de mentiras» de hombres, mujeres y niños») era leído en voz alta. De repente comprendí lo que era: en mi imaginación había yo visto siempre al Obersttsrmbannführer de la SS Eichmann como arbitro supremo de vidas y muertes, y el Eichmann que veía ahora, no llevaba el uniforme de terror y asesinato de la SS. Vestido con un barato traje oscuro, parecía una figura de cartón, vacía. Posteriormente dije al Primer Procurador Hausner que Eichmann hubiera debido vestir aquel uniforme que reconstituyera la identidad real y la verdadera imagen de Eichmann que los testigos recordaban. Estos también parecían un poco desconcertados por el gastado individuo del banquillo acristalado. Hausner me dijo que yo, desde un punto de vista emotivo, tenía razón, pero que la idea era impracticable, pues hubiera dado al juicio rango de juicio de opereta, de mascarada. Y los israelíes conscientes de que el mundo entero tenía los ojos puestos en ellos desde que capturaron a Eichmann y lo trajeron a través del océano, querían evitar críticas innecesarias. Le hice otra sugerencia, también evidentemente impracticable. Quince veces, al final de cada artículo del sumario, preguntaron a Eichmann si era culpable y cada vez respodió: «Inocente». Este procedimiento me parecía poco adecuado. Pensé que a Eichmann le hubieran tenido que formular la pregunta seis millones de veces y que debió contestar a ella otros seis millones de veces.

Al cometer el increíble «crimen perfecto», los nazis creyeron quedar inmunes de él frente al tribunal de la Historia, ya que las futuras generaciones no podrían creer que semejante cosa hubiera podido realmente suceder. Por tanto, los nazis dedujeron que un día la historia llegaría a la conclusión que aquello no había sucedido, porque el crimen era de tal magnitud que resultaba inconcebible.

En las varias semanas que asistí a la Audiencia me oprimía una sensación de irrealidad, como si aquella sala fuera una sombría isla fortificada en la movida y soleada ciudad de Jerusalén, custodiada por soldados con fusiles ametralladores. Cuando dejaba aquella fortaleza de expiación y salía al sol de Israel los niños jugaban en la calle, las gentes regresaban a sus casas después del trabajo, las parejas se veían enamoradas, las mujeres iban con sus cestos de la compra, absolutamente ajenos a la tragedia que se venía desarrollando ante aquel tribunal. Recuerdo que la aparente indiferencia de la gente me molestaba, aunque sabía que era absurdo culparles de nada: casi todos ellos habían perdido algún pariente o algún amigo a causa del hombrecillo metido en la campana de cristal. Pero la vida proseguía, la vida era más fuerte que el acusado con el bosque de seis millones de muertos inexistentes tras él.

La captura de Eichmann ocurrió en el mejor momento psicológico. Si hubiera sido capturado al final de la guerra y juzgado en Nuremberg, sus crímenes a estas horas podrían haberse olvidado y no sería más que otro rostro entre los acusados del banquillo, pues en aquel tiempo, todo el mundo se alegraba de que la pesadilla hubiera acabado cuanto antes. Hasta que tuvo lugar el juicio de Eichmann, hubo millones de personas en Alemania y en Austria que pretendían no saber o no querían saber nada de la magnitud de los crímenes de la SS. El juicio puso fin a su propio engaño. Ahora nadie podía pretextar ignorancia. Eichmann, el hombre, no contaba: estaba muerto desde el momento en que entró en la sala. Pero con aquella ocasión millones de personas leyeron cosas sobre él, escucharon la historia de la «Solución Final» en la radio y vieron el drama del palacio de justicia en sus pantallas de televisión. Oyeron la voz opaca de Eichmann, vieron su rostro impasible, que sólo en una ocasión llegó a algo que podía parecerse a la emoción, en el día noventa y cinco del proceso, cuando dijo: «Debo admitir que ahora considero la aniquilación de los judíos como uno de los peores crímenes de la historia de la humanidad. Pero ese crimen se cometió y todos debemos hacer lo posible para que no vuelva a repetirse otra vez». Desde entonces he hablado con muchos alemanes y austríacos acerca del juicio, que afirman que el procedimiento judicial les impresionó. Se dieron cuenta que el increíble crimen se había en efecto cometido, tuvieron que hacer un nuevo examen de conciencia, y quizás algunos llegaron a las mismas conclusiones que Eichmann: que no debía repetirse otra vez.

El juicio de Eichmann fue una prueba de la imperfección de la ley humana. Los códigos criminales de todas las naciones civilizadas conocen la definición de «asesinato». Los juristas que redactaron las leyes tenían en el pensamiento el asesinato de una persona, de dos, de cincuenta o quizá de mil personas. Pero el exterminio sistemático de seis millones de personas rebasa los cálculos de toda ley. Como ocurre con la fuerza explosiva de la bomba H, hay personas que no quieren ni pensar en ella. Eichmann lo comprendía muy bien cuando, en 1944, dijo en Budapest a unos amigos: «Un centenar de muertos es una catástrofe. Cinco millones de muertos es estadística».

Como arquitecto aprendí a construir las casas de acuerdo con ciertas reglas básicas, sabiendo que no podrían resistir un terremoto por encima de una determinada fuerza. La «Solución final del problema judío» era de aquella clase de terremotos para los que no existen normas de construcción que valgan.

Casi todo lo relativo a Eichmann sigue siendo incomprensible. Me pasé años investigando su historia personal, tratando hallar algo que explicara por qué llegó a lo que llegó y no logré encontrarlo. Eichmann provenía de una religiosa y apacible familia; su padre, miembro de la Iglesia presbiteriana, pronunció en una ocasión unas palabras como invitado de honor en la sinagoga de Linz, cuando al jefe de la comunidad judía de allí, Benedikt Schwager, se le concedió la más alta condecoración austríaca.

Eichmann, al contrario que Hitler, no había tenido nunca ni una sola experiencia desagradable con judíos: ni recibió calabazas de una chica judía, ni fue estafado por un comerciante judío. Fue probablemente sincero cuando dijo en el juicio que se había limitado a hacer su trabajo, que no hubiera dudado en enviar a la cámara de gas a su propio padre si se lo hubieran ordenado. Esa fue la gran fuerza de Eichmann, que tratara el problema judío sin emoción alguna; por eso fue el hombre más peligroso de todos, por estar exento de todo sentimiento humano. En una ocasión dijo que él no era un antisemita. Pero sí era antihumano.

A finales de abril de 1945, Eichmann se hallaba en compañía de los miembros del Concilio Judío en el campo de concentración de Theresienstadt, cuando vio pasar al rabí Leo Baeck, uno de los líderes de la Judea moderna. Eichmann dijo que le sorprendía que el rabí Baeck estuviera aún con vida, lo que nadie comentó ni con una sola palabra, temiendo que Eichmann diera orden de matar al rabí Baeck. Pero aquel día Eichmann se hallaba de benévolo humor y nada le hizo al rabí Baeck. Sin embargo, al despedirse dijo amablemente a los judíos que estaban con él: «Voy a deciros una cosa: las listas de los judíos que han de morir son mi lectura favorita cuando me acuesto». Tomó algunas listas de encima la mesa y se marchó.

La búsqueda de Eichmann no fue una «caza» como se ha dicho sino un largo y frustrado juego de paciencia, un gigantesco y disperso rompecabezas, una captura que se llevó a cabo gracias a la cooperación de muchas personas de diversos países que en su mayoría no se conocían entre sí, pero que cada una de ellas añadía unas piezas al rompecabezas y yo pude contribuir con algunas piezas significativas.

Unas cuatro semanas después de mi liberación, cuando trabajaba para la Comisión de Crímenes de Guerra en Linz, conocí al capitán Choter-Ischai de la brigada judía que había llegado con la misión de ayudar a antiguos reclusos del campo de concentración a pasar ilegalmente a Palestina. Me preguntó si había oído hablar de Adolf Eichmann y le contesté que se lo había oído nombrar a los húngaros judíos en el campo de concentración de Mauthausen. Aquel nombre a mí no medecía nada porque tenía mayor interés por los hombres cuyos crímenes yo había presenciado.

—Mejor será que averigüe algo de él —me dijo el capitán—. Desgraciadamente procede de nuestro país: nació en Palestina.

En la oficina de Crímenes de Guerra repasé las listas y encontré el nombre «Eichmann». Se decía de él que había actuado activamente en Austria, Checoslovaquia, Francia, Grecia y Hungría. No estaba consignado el nombre de pila, sólo su graduación:

Obersturmbannfuhrer de la SS.

El 20 de julio de 1945 conocí en Viena a un hombre astuto y vivaz, de nombre Arthur Pier, que llevaba un uniforme de fantasía interaliado que parecía (y quería parecer) una confusa combinación de elementos americanos, ingleses y franceses. Arthur, ahora conocido por Asher Ben Nathan y primer embajador de la República Federal Alemana tenia entonces a su cargo la bricha. Me dio una lista de criminales de guerra, confeccionada por el Departamento Político de la Agencia Judía, en la que con fecha 8 de junio de 1945, se describía a Eichmann (sin nombre de pila) como «casado, un hijo, de apodo Eichie... alto oficial del Cuartel General de la Gestapo, Departamento de Asuntos Judíos, miembro de la NSDAP»20. Debajo de «lugar de nacimiento» decía: «Sarona,

según alega, colonia templaria alemana en Palestina». Debajo de «idiomas» el informe decía «alemán, hebreo y yiddish». Ello me fue confirmado por varios presos de Mauthausen que me dijeron que habían oído hablar a Eichmann hebreo y yiddish «perfectamente».

Otro retazo de información procedía del capitán O'Meara, entonces mi jefe en la Oficina de Servicios Estratégicos, para quien yo trabajé cuando la Oficina de Crímenes de Guerra cesó en Linz. El capitán tenía gran interés en Eichmann, al que llamaba «cabeza de la rama judía de la Gestapo» y me pidió que trabajara en el caso. Yo anoté el nombre «Eichmann» en un librito blanco donde guardaba una lista personal de «reclamados», que utilizaba en mis viajes, con mi costumbre de preguntar a la gente que iba conociendo si sabía algo de ellos.

La oficina de los OSS estaba en Landstrasse 36, Linz, y yo vivía sólo dos casas más allá, en Landstrasse 40. Una noche de julio, releía mis listas, en mi habitación, sentado, cuando entró mi patrona, Frau Sturm, que se interesaba siempre por los nombres de mi lista. Quizá fuera por curiosidad o quizá porque quería saber si tenía que prevenir a ciertas personas. Mientras fingía hacerme la cama, echó una miradita por encima de mi hombro:

—Eichmann —dijo—. Ese debe de ser el general Eichmann de la SS que mandaba (komandierte) a los judíos. ¿Sabe usted que sus padres vivían en esta misma calle, sólo dos casas más allá, en el 32?

Pensé que era absurdo que aquella Frau Sturm fuera a saber más que el Departamento de la Agencia Judía, Pero Frau Sturm tenía razón, lo mismo que al decir que Eichmann había «mandado» a los judíos.

Por la mañana hablé con uno de mis ayudantes voluntarios, un hombre de Linz al que

llamaré «Max», quien me dijo que Eichmann debía de ser uno de los Eichmann del lugar, conocido por «Electro-Eichmann» porque su padre había sido director de la compañía de tranvías y ahora era dueño de un almacén de accesorios eléctricos. Max me dijo que uno de los dos hijos de Eichmann había pertenecido a la SS.

—Según mis informes —le dije—, Eichmann es un alemán de Palestina, miembro de los templarios.

—Bobadas —dijo Max—. Recuerdo al spitzbtube (bribón) muy bien y lo buscaré con todo cuidado en el registro de policía.

En la policía de Linz no había informes de Adolf Eichmann, como una consecuencia más de la guerra: la burocracia austríaca todavía no había recogido las dispersas piezas del rompecabezas.

Al día siguiente, creo que era el 24 de julio, dos miembros de la OSS registraban la casa del número 32 de la calle que pertenecía a la familia Eichmann pero yo no iba con ellos. El registro no aportó nada nuevo ya que el padre de Eichmann admitió que su hijo Adolf había pertenecido a la SS pero decía no saber nada más. Adolf muy pocas veces había ido a casa con permiso, y de sus actividades nunca se hablaba en familia. Además no había regresado después de la guerra y su último mensaje lo habían recibido desde Praga, «hará varios meses». Adolf, contó su padre, había nacido en Solingen, Alemania y vino a vivir a Linz cuando era un niño de corta edad. Ahora era padre de tres hijos. Le preguntaron si tenía algún retrato de él. Herr Eichmann negó con la cabeza y dijo a los hombres de la OSS que a su hijo no le había gustado nunca que le fotografiaran. Ellos no lo creyeron pero al final resultó ser cierto.

Corregí la información de la lista de «reclamados» de la Agencia Judía y se la devolví a Arthur Pier de Viena.

El 1 de agosto, Max fue a verme, excitadísimo: le habían llegado rumores de que Eichmann se escondía en Fischerdorf, barrio del encantador pueblecito de Altaussee, en el número 8. Llamamos por teléfono a la CIC con sede en la vecina Bad Aussee y les pedimos que registraran la casa. La CIC se lo pidió a su vez a la policía y alguien cometió un error, si por accidente o con toda intención es algo que nunca se sabrá, y los gendarmes registraron el número 38 de aquella calle en lugar del 8. No encontraron a Eichmann en el 38 pero sí a un Hauptsturmführer de la SS llamado Anton Burger, que se ocultaba en aquella casa con una colección de fusiles y municiones y que fue detenido, por los austríacos.

Volvimos a llamar por teléfono a la CIC y esta vez un americano fue a Fischendorf n° 8 donde encontró a Frau Verónica Liebl quien admitió ser la «primera» mujer de Adolf Eichmann pero añadió que se había divorciado de él en marzo del 1945 en Praga y que había vuelto a adoptar su nombre de soltera; no había vuelto a ver a su ex esposo desde entonces ni tenía ningún retrato de él. Se había ido a vivir a Altaussee el 25 de abril, residiendo primeramente en el Seehotel, luego en el Parkhotel y ahora había alquilado unas habitaciones en el número 8, que pertenecía un tal Herr Wimmer. Sus tres hijos (Klaus, Dieter y Horst) estaban con ella. En Linz descubrimos que Eichmann había estado en Altaussee en septiembre de 1944, y que en aquella fecha había tenido una entrevista con Amin el Hussein, Mufti de Jerusalén y responsable del asesinato de muchos judíos. Eichmann se entrevistó también allí con el jefe de la Gestapo Ernst Kaltenbrunner, nacido en Linz y gran amigo de la familia Eichmann.

Fui a Altaussee y hablé con Frau María Pucher, propietaria del Parkhotel, que admitió que un tal Adolfo Eichmann se había hospedado allí «hacia primeros de mayo» y me contó que una noche éste forzó el armario donde se guardaban los trajes del difunto esposo de Frau Pucher, y tomó uno. Frau Pucher se quejó de que ni siquiera le pagara algo por él. Posteriormente, al ser interrogada por la CIC parecía asustada de haber dicho tanto. Otro hombre de Altaussee (cuyo nombre no puedo revelar) me confirmó que había visto a Eichmann allí el 2 ó 3 de marzo y que Kaltenbrunner «se enfadó bastante» cuando supo de la presencia de Eichmann en Altaussee, y le dijo «que se largara al instante». Esta fue la primera vez que me di cuenta que ni los amigos de Eichmann

querían saber nada de él una vez terminada la guerra: con razón sus antiguos colegas intuían que su contacto abrasaba.

Dos o tres personas más afirmaron haber visto a Eichmann a principios de mayo. La CIC volvió a visitar a Frau Eichmann-Liebl para que ratificara su primera declaración, cosa que hizo. Mantuvo que no había vuelto a ver a Eichmann desde el día deldivorcio en Praga, negándose a decir a la CIC por qué se había divorciado de su marido. Indefectiblemente, alguien mentía.

En aquellos primeros tiempos, yo no tenía mucho de detective pero pensé que la clave del misterio Eichmann tenía que hallarse no lejos de Altaussee. Varias veces fui allá y hablé con distintas personas. Ei problema consistía en distinguir los hechos de los rumores pues parecía cierto que Eichmann y varios SS habían llegado a primeros de mayo a la región con un convoy de camiones y remolques, y que el convoy había atravesado Altaussee para ir a Bla Aim, refugio de montaña que se halla a varios kilómetros. El posadero recordaba el convoy y dijo a la CIC que hombres de la SS habían descargado veintidós cajas en su granero cuando él no estaba presente y que luego se enteró que las cajas contenían «documentos», si bien otras personas decían que contenían además joyas y oro. El posadero no podía recordar detalles y se negó a firmar declaración alguna, pues, al igual que las demás personas con que hablamos, parecía atemorizarle que le interrogasen.

Pocos días después conocí a Mr. Stevens, un americano que trabajaba cerca de Bad Ischl. (No estoy seguro de que ése fuera su verdadero nombre: alguno de los americanos trabajaban en la región con nombres supuestos). Mr. Stevens había conocido a varias personas que vieron a Eichmann en Altaussee a principios de mayo, sabía lo del convoy y las cajas y me dijo que contenían oro que había «pertenecido» a la RSHA, oro fundido y procedente de dientes y anillos de boda de víctimas de campos de concentración. Mr. Stevens dijo que el convoy venía de Praga y estuvimos de acuerdo en que Eichmann seguramente sabría dónde estaba escondido el oro.

A principios de 1946 el nombre de Adolf Eichmann apareció en la lista austríaca de «reclamados» con el número 1654/46. La misma lista contenía también los nombres de los miembros de su plana mayor: Guenther, Krumey, Abromeit, Burger, Novak y otros.

In document Simon Wiesenthal Memorias de Un Mentiroso (página 63-121)