Capítulo II: El amor del animal de rebaño.
II.II. El amor sacrificial
Sacrificar a Dios por la nada- este misterio paradójico de la crueldad suprema ha quedado reservado a la generación que precisamente ahora surge en el horizonte.Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal. La máxima: <<debes renunciar a tu ventaja personal y sacrificarte>> para no contradecir tu propia moral, debería ser decretada únicamente por un ser que de este modo renunciara a su propia ventaja y exigiendo el sacrificio de los individuos provocara acaso su propia perdición. Friedrich Nietzsche, La Gaya ciencia.
¿Cómo vive el amor el animal de rebaño? Observemos el estado del enfermo desde la mirada de nuestro médico del alma:
La exclusión instintiva de toda aversión, de toda enemistad, de todas las fronteras y distancias en el sentimiento: consecuencia de una extremada capacidad de sufrimiento y de excitación, la cual siente ya como displacer
insoportable (es decir, como dañoso, como desaconsejado por el instinto de autoconservación) todo oponerse, todo tener-que-oponerse, que únicamente en no oponer ya resistencia a nadie, ni a la desgracia ni al mal, conoce la bienaventura (el placer),- el amor como única, como última posibilidad de vida…”403
Debemos tener a la vista la segunda naturaleza del animal de rebaño para dar sentido al amor como última posibilidad de vida. En la sección anterior observamos que las valoraciones de quien vive dicho tipo de vida están dadas por la utilidad que su autonegación permanente significa para la supervivencia de la comunidad. Planteado en otros términos, a lo que el animal de rebaño está habituado es a sacrificarse por los demás y, como veremos, éste será también el rasgo característico en su forma de amar que traerá las nefastas consecuencias que horrorizan a Nietzsche. Pero vamos por partes. Lo primero que tenemos que hacer es ingresar en la psyche del enfermo y analizar el modo en que se vincula con el prójimo.
El animal de rebaño, desde su autodesprecio, se vincula a los demás bajo la convicción de ser pecador, tener la culpa, muchas veces viviendo avergonzado de sí mismo y, como efecto de todo ello, sin conocerse ni haber realizado su singularidad en ningún sentido. Luego, a nivel del terreno fisiológico vemos que su estructura social de instintos se encuentra fuertemente amenazada por el poder del instinto de autodestrucción que tiende a destronar al instinto gregario. Éste ya ha degenerado. De ahí que sólo sirva para un vínculo con el prójimo desde la autonegación. En el mismo estado de enfermedad vemos al instinto racional cuya fuerza y facultades- como el razonamiento lógico o el pensamiento- han quedado reducidas al control y al sometimiento.
Es frente al fortalecimiento del instinto de autodestrucción que el amor viene a constituirse como última posibilidad de vida, último anhelo capaz de devolver un sentido a la existencia. Y es que desde el desprecio de sí el humano acaba “por sentirse completamente insatisfecho de todo lo que hace y lo más elevado que pueda alcanzar será la autocompasión; el amor y la autocompasión está reservados a los grados más elevados del carácter crecientemente gravoso de la vida en cuanto los medios más poderosos de alivio.”404
Explicado desde una perspectiva más cercana a la experiencia, lo que sucede es que quien padezca de la enfermedad psíquica que hemos descrito, como está habituado a la autonegación y no conoce otra forma de vincularse al mundo, ofrece amar desde su sacrificio con la esperanza de que el prójimo aprecie lo que él desprecia. En este marco el amor se convierte en una especie de remedio que, como veremos, inicialmente, parece un placebo, pero bajo dicha apariencia encontramos que su esencia es la de un veneno.
Profundizar el análisis nos exige pensar en lo que significa para quien recibe el sacrificio vivir este vínculo. Lo primero que vemos es que el depositario del amor sacrificial debe cargar con la expectativa inconsciente que el animal de rebaño tiene del vínculo. De un modo que explicamos en adelante y sin importar si se trata de una relación de pareja, de amistad o parentesco, la persona objeto de la ofrenda se transforma en el responsable de salvar la vida que se le ofrece en sacrificio. O sea que se le impone el deber de sostener, contener y salvar al otro de sí mismo, al punto que también deba sacrificarse por él. ¿Por qué tiene que llegar a ese extremo? Principalmente porque nadie salvo el enfermo puede salvarse, pero como no lo sabe, actúa demandando cada vez más atención, imponiendo exigencias siempre mayores y todo esto bajo la legitimidad que a sus
demandas le otorga el propio sacrificio. De modo que cuando el animal de rebaño pone sus expectativas en el otro, ante el incumplimiento de las mismas, las exigencias se irán incrementando hasta demandar el sacrificio del ser amado. De ahí que podamos decir que quien es objeto de este tipo de amor es en realidad una víctima de la enfermedad que padece su prójimo. Analicemos este punto con mayor detención.
Desde la perspectiva inmoralista observamos que este anhelo de ser salvado lleva al ser humano a experimentar un amor que se traduce en una completa irresponsabilidad por la propia vida. Y es que bajo las dinámicas del amor sacrificial el animal de rebaño se niega a hacerse responsable de su propia salvación.
Cuando una persona vive el amor desde el propio sacrificio, no sólo su psyche lo percibe y resiente, sino que causa un efecto similar en la persona que es objeto de la ofrenda: hablamos de un resentimiento psíquico, inconsciente. Ello debido a que lo que ésta experimenta es la responsabilidad por cumplir las expectativas de quien se sacrifica. El problema es que dichas expectativas le son desconocidas. Incluso lo son para quien se sacrifica en la esperanza de ser amado. De modo que aquél que recibe la ofrenda vive permanentemente con la sensación de no estar cumpliendo su compromiso. En la práctica esta situación se manifiesta en el hecho de que quien no ama desde el sacrificio nunca logrará el mismo nivel de entrega puesto que su bien es fundamental en todo vínculo con el prójimo. En este caso estamos hablando del humano que goza de la salud psicofisiológica que le permite sostenerse a sí mismo y por tanto no exigirá de manera desmedida la atención y presencia del prójimo.
De la situación descrita se sigue una primera conclusión cual es que exigencias tan extremas como las planteadas por el animal de rebaño no tienen relación con el amor, sino con la angustia de sobrevivir. Dicha angustia se manifiesta en la exigencia de ser visto, atendido y considerado permanentemente. En tanto quien sea objeto del amor sacrificial tendrá sentimientos encontrados y, muchas veces, vivirá en guerra consigo mismo, puesto que sentirá la deuda que contrae con quien sí se sacrifica de modo absoluto. Lo que él no sabe es que dicho sacrificio no es por amor, sino debido a que el prójimo se aferra a él como última posibilidad de afirmar la vida. Y con la carga de la deuda llega la culpa. ¿Culpable de qué?
Culpable de que su amor nunca sea suficiente. Esa sensación lo acompañará de manera permanente. Lo que él no sabe es que la insuficiencia de la que se siente culpable no obedece a una
falta de amor sino al hecho de que se le exige un imposible: la salvación psíquica de quien transita hacia el estado del último hombre. Y, como ninguno de sus cuidados, cariños o preocupaciones logran que el ser amado se aprecie a sí mismo, entonces se agregará otra culpa: la de no poder revertir los hábitos de autodestrucción de su prójimo.
A la culpa y la deuda hay que sumarle el agobio que provoca la sensación de que el amor nunca sea suficiente. Y es que quien vive el amor como última posibilidad de vida, demanda de manera tan radical la atención y dedicación de aquel a quien se ofrenda, que termina por transformar el vínculo de amor en agobio. En las antípodas, tenemos aquel que se sacrifica desde un autodesprecio tan radical que le basta con que su ofrenda sea aceptada para querer continuar su vida. Sobre un humano de este tipo Nietzsche afirma que “presupone que el otro es lo bastante egoísta para aceptar una y otra vez ese sacrificio, ese vivir para él […]”405
Mientras lo que sucede con nuestro enfermo es que vive en la frustración de no ser correspondido, de no sentirse nunca realmente amado, aceptado, querido. En este punto se traslapa el tipo de vida del hombre teórico y los ideales ascéticos, mostrando que la experiencia humana es capaz de sostenerse en idealizaciones que, al no corresponder con la realidad, exacerban el desprecio por el mundo y la vida ante la frustración que provoca el incumplimiento de las expectativas.
Del hombre teórico el animal de rebaño heredó el espíritu objetivo, el docto que suele idealizar, a quien “le cuesta reflexionar sobre <<sí mismo>>, y no raras veces yerra al hacerlo.” De ahí que su vínculo con la vida se realice desde una jovialidad sobre la que Nietzsche suele ironizar con extraordinaria agudeza: “Si se quiere de él amor y odio, quiero decir amor y odio tal como los entienden Dios, la mujer y el animal -: él hará lo que pueda, y dará lo que pueda. Pero no debe extrañarnos que no sea mucho, - de que justo en esto se muestre inauténtico, frágil, equívoco y podrido […] de ordinario es un hombre sin contenido ni sustancia, un hombre sin <<sí mismo>>. […]”406
Cuando Nietzsche nos habla de un hombre sin <<sí mismo>> refiere a la carencia de realidad psicofisiológica que hemos estado analizando en el animal de rebaño a lo largo del presente capítulo. Así, a nivel de individuo, se traslapa la superficialidad y vacuidad propia del hombre teórico
405 Nietzsche, Friedrich, Humano demasiado humano, Vol. 1, &133, Akal, Madrid, 2002, pp. 110. 406 Nietzsche, Friedrich, Más allá del bien y del mal, & 207, Alianza Editorial, Madrid, 1979, p. 146.
desde la que se hace del amor un ideal inalcanzable con el amor sacrificial. Éste presenta los siguientes síntomas: el sacrificio como prueba del amor,407 un efecto igualador que destierra la
singularidad, la dependencia absoluta del reconocimiento del prójimo para la autovaloración y la apariencia de santidad bajo cuyo manto se oculta una psyche enferma.
El padecimiento de los síntomas señalados vacía de sentido una de las promesas más bellas de la vida humana: amar y ser amado. De ahí que el amor del animal de rebaño contribuya al nihilismo o, dicho en términos más precisos, el amor termina transformándose en un motivo más para odiar la vida, despreciar al prójimo que no cumple con las expectativas salvíficas y motivo para autotorturarse por el fracaso. O sea que, en el contexto de la experiencia del animal de rebaño, efectivamente cobra realidad aquella intuición que afirma que entre el amor y el odio hay un solo paso.
Habiendo mirado el fenómeno desde la perspectiva inmoralista podemos aventurar una primera constatación en lo que respecta al estudio nietzscheano de <<nuestro mandamiento>>. Ésta plantea que la experiencia de amor proveniente de la psyche del animal de rebaño no tiene ninguna relación con el amor al que refiere <<nuestro mandamiento>>, en la medida que considera <<malo>> el bien que se hace el sujeto a sí mismo y <<bueno>>, su sacrificio. Frente a la situación descrita cabe preguntar: ¿por qué no podría el amor ser una forma de sanación para la psyche que ha enfermado? Con el objeto de responder el interrogante retomemos la ruta de análisis de <<nuestro mandamiento>> y formulemos una primera constatación: no es posible amar a un ser que no se ha descubierto a sí mismo. Tampoco puede descubrirse quien carece de la voluntad de poder para desplegar su tipo de vida en una acción personificadora. De lo planteado se sigue que el animal de rebaño está imposibilitado de ser conocido y, por tanto, de ser amado. Como dice Paracelso quien
nada conoce, nada ama. Nietzsche no es indiferente a este asunto:
Pero en general, y simplificando: el que ama a un ser humano o una cosa sin conocerlo o conocerla, se convierte en presa de algo que no amaría si pudiera ver. En los casos en los que la experiencia, la prudencia y los pasos medidos son
407Al extremo que se concibe como si fuese su propiedad. “Nuestro amor al prójimo - ¿no es ansia de nueva
necesarios, el inocente precisamente será estropeado más a fondo, porque ha de beber a ciegas el poso y el último veneno de cada cosa.408
A las observaciones anteriores y, aunque parezca obvio, debemos agregar que quien no se ha conocido a sí mismo tampoco puede darse a conocer. De ello se sigue que no es el amor del prójimo el que podrá devolvernos el aprecio por nosotros mismos, la vida y el mundo. De hecho, el prójimo no tiene cómo acceder al terreno fisiológico y descubrir realmente quién es el ser amado. Recordemos que, para saber quién se es, resulta indispensable la acción personificadora en la que se manifiestan los instintos constitutivos del terreno fisiológico o, en caso de enfermedad, recorrer la ruta de las tres transformaciones.
En lo que respecta a la experiencia del amor son muchos los sucesos que ésta detona a nivel inconsciente. Pero, aunque ocurran en ese plano son tremendamente relevantes para la salud de los involucrados. Y es que la psyche sabe cuándo los hechos, las emociones, las relaciones y los afectos tienen la profundidad necesaria como para constituirse desde la realidad y ser un reflejo de la misma. Nietzsche nos lo advierte cuando por boca de Zaratustra reflexiona sobre la gran razón como de ese sí- mismo que, sano o enfermo “es el dominador del yo”.409 En nuestra interpretación
refiere a ese cuerpo que es terreno fisiológico de instintos y, por tanto, percibe, intuye, presiente la falsedad involuntaria. En palabras del profeta: “Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, se encuentra un soberano poderoso, un sabio desconocido – llámase sí- mismo. En tu cuerpo habita, es tu cuerpo.”410 El problema es que el animal de rebaño no cuenta ni siquiera con
la experiencia de su cuerpo de modo de fundar sus juicios en sus propias percepciones de placer y displacer. Por tanto, la experiencia de amar ni siquiera le permite conocerse a nivel sensorial.
Parte de las consecuencias más graves que trajo la moral del miedo desde el desprecio del cuerpo fue el control, hasta su desecamiento, del instinto sexual. En este punto encontramos la necesaria interrelación que una psicofisiología aporta al conocimiento del cuerpo, de la psyche y la manera en que se vinculan. A este respecto, desde el desprecio del cuerpo, el animal de rebaño se ha desvinculado del cuerpo como fuente de placer y felicidad, mientras en su terreno fisiológico la razón, actúa como ordenador, controlador y castrador de toda pasión corporal. En consecuencia, el
408 Nietzsche, Friedrich, Aurora, Alba Editorial, & 321, Barcelona, 1999, p. 249.
409 Nietzsche, Friedrich, Así habló Zaratustra, “De los despreciadores del cuerpo”, Alianza Editorial, Madrid,
2008, pp. 65-66.
instinto de autoconservación pierde a uno de sus aliados más importantes: el instinto sexual. De ahí que Nietzsche afirme que “sólo bajo la presión de juicios de valores cristianos, el instinto sexual se ha sublimado hasta convertirse en amor (amor- passion),”411 perdiendo la conexión con el cuerpo
que permitía experimentar el amor placer y el amor físico.412 Es en este punto que el amor del animal
de rebaño muestra el rasgo contranaturaleza más extremo de su moral: la desencarnación del amor y la transformación del instinto sexual en un mero impulso.
Con la desencarnación se desterró al amor de las percepciones físicas, puesto que se le extirpó de los órganos corporales. El castradismo cumplió su función al desterrarlo e idealizarlo, reforzando el hábito de un animal de rebaño que desprecia la realidad del mundo.413 En tanto, con
su transformación en mero impulso se desvinculó la sexualidad de los sentimientos más hondos, quedando reducida ya sea a una obligación reproductiva o, en el extremo opuesto, a una experiencia hedonista, instantánea, tan banal e irrelevante para la vida de la psyche como alimentarse o dormir.
No es un juicio moral el que estamos haciendo, sino la constatación de que, con el desprecio del cuerpo y el consiguiente ataque a la sexualidad, el amor queda desterrado de la realidad fisiológica del sujeto y, con ello, el instinto de autoconservación pierde a uno de sus mejores aliados. Debemos considerar muy seriamente los efectos del desprecio al cuerpo debido a que forman parte de las condiciones que afectan las posibilidades de realización de <<nuestro mandamiento>>. Dichos efectos agravan considerablemente la enfermedad psíquica y fortalecen la culpa, la vergüenza y la autopercepción desde el pecado, extremando la supresión del sí mismo en pos de la utilidad del rebaño.
Entre los motivos más profundos que, en nuestra lectura, llevan a Nietzsche a considerar que el amor sólo puede causar horror se encuentra la santificación de la negación del sí mismo. O sea que entre animales de rebaño el sacrificio se legitima como una causa noble; una causa que santifica a quien se daña a sí mismo en beneficio del prójimo.
411 Nietzsche, Friedrich, Más allá del bien y del mal, &189, Alianza Editorial, Madrid, 1979, pp. 118- 119. 412 En nota al pie n° 73 Sánchez Pascual explica que Nietzsche habla del amor pasión siguiendo a Stendhal que
habla de cuatro amores diferentes. El cuarto tipo de amor no mencionado en el cuerpo de nuestro texto es el amor vanidad sobre el que profundizaremos en la próxima sección.
413“El cristianismo con su desprecio del mundo ha hecho de la ignorancia una virtud, la inocencia cristiana,
quizás porque el resultado más frecuente de esta inocencia es, como sugerimos, la culpa, la sensación de culpa y desesperación; por lo tanto, una virtud que conduce al cielo haciendo un rodeo por el infierno […]” Nietzsche, Friedrich, Aurora, Alba Editorial, & 321, Barcelona, 1999, p. 249.
Desde una mirada a la comunidad que promueve el tipo de vida del animal de rebaño, esta forma degenerada de amar, enaltecida y promocionada, cubierta por los velos de la santidad, deviene en un veneno para todo el que beba de él. Planteado en términos más precisos, en la comunidad el amor sirve como coartada para el sacrificio de los individuos: “¡El <<prójimo>> elogia el desprendimiento porque se beneficia con él! ¡Si el prójimo a su vez pensase de modo <<desprendido>>, rehusaría esta pérdida de fuerza, este menoscabo a su favor, combatiría el desarrollo de tales tendencias y, sobre todo, demostraría su propio espíritu de desprendimiento no