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4. Estado del arte

4.7. El clientelismo: Valoraciones negativas

Esta perspectiva es la que identifica el clientelismo con la defensa de intereses particulares sobre los públicos. Este fenómeno en ocasiones se confunde con la corrupción, y en otras, se esboza que se utiliza tanto prácticas clientelistas como prácticas corruptas. También permite ver que en las negociaciones y en la consecución del poder, el clientelismo es una forma efectiva de conseguirlo.

Para Avendaño (2002), Bernardo Guerra fue la expresión viva del clientelismo político, lo cual se evidencia en la red clientelar que logró construir en el Departamento de Antioquia y en Colombia, y que le permitió tener en sus manos el poder político del departamento y ocupar los cargos públicos regionales más importantes.

Borrero (2010), en su tesis18 titulada: “Análisis de la campaña electoral de Judith Pinedo Flórez por la alcaldía de Cartagena en 2007”, concluye que

[…] se hizo evidente que para hacer política en Cartagena no es necesario sustentar la campaña electoral en una maquinaria política, en el clientelismo y en la corrupción, como única alternativa para garantizar el triunfo […] (Borrero, 2007:50).

18 Este trabajo trata sobre una campaña electoral alternativa, en el sentido de no ser apoyada por las

maquinarias electorales tradicionales. En este se identifica el clientelismo como una de las estrategias utilizadas en la campaña política. No se define qué se entiende por clientelismo y solo es mencionado en dos o tres oportunidades. No obstante, por esta forma de nombrarlo, se deduce que es entendido como algo moralmente inaceptable que es necesario erradicar del ejercicio de la política. Llama también la atención de que se ubica el clientelismo en el periodo concreto de la campaña electoral. Esto desconoce el carácter sistémico del clientelismo (Gutiérrez, 1997 y otros autores). El enfoque pues, es, de un lado moralizante, y de otro lado, reducido a la compra-venta de votos en campaña electoral.

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Munar (2009), también llega a una valoración negativa, ya que en la relación propuesta

entre clientelismo y acción colectiva, identifica una “relación perversa”, debido a que la

relación clientelar obstaculiza la acción colectiva (Munar, 2009: 49-50). Otra conclusión a

la que llega la autora, es la que considera que la causa de la “permanencia del clientelismo en nuestro orden social” es que las instituciones colombianas aún mantienen las

características propias del régimen neopatrimonial en el que las relaciones y asociaciones sociales se identifican por su naturaleza personalista y responden a la dinámica del patrón- cliente” (Munar, 2008: 51).

Ávila (2009), concluye que los hechos expuestos sobre el ‘carrusel de la contratación’ en

Bogotá, reflejan cómo a partir de la representación de los intereses de determinados agentes, funcionarios públicos pusieron a disposición de los mismos las instituciones y los

recursos públicos, […] lo que se constituye en indicios de cómo a partir de la asignación de recursos a través de la adjudicación de contratos y otras prácticas, se retribuye el apoyo

que contribuyó a ganar elecciones. “Esto pone de manifiesto que la contratación en la

capital estaba dada por razones de naturaleza clientelar” (Ávila, 2011:95).

No está muy lejos de esta conclusión Santos (2009), quien sostiene que la política pública de transporte público colectivo en Bogotá ha sido un escenario clientelar, ya que en algunos momentos ha dado cuenta de actitudes parcialmente clientelares, a nivel de organización del sector y a nivel de la definición de la política pública en la identificación de necesidades y expectativas que se enraízan en el marco electoral (Santos, 2009: 148). Según esta línea de argumentación, las redes clientelares terminan imponiendo sus intereses y por ende condicionando las decisiones que se toman desde la administración pública.

Santos (2009), nos permite diferenciar y poner en su justa proporción el clientelismo y su relación con la corrupción. En su estudio, este autor concluye que:

[…] la conducta clientelar se puede manifestar en algunos momentos como sutil, anclada al uso oportuno de las coyunturas y los escenarios en los cuales se desplaza la acción política, mientras que la corrupción la encontramos directamente en la aplicación de las políticas públicas, y sobre todo para el caso estudiado, ligada al papel ineficiente de la administración pública del sector. En el clientelismo se negocian posiciones, se facilitan accesos, se crean relaciones de acuerdo a los intereses que se busquen, la corrupción por su parte es un mecanismo más agresivo mediante el cual se pervierte la relación social, y se corrompen entre otras muchas cosas, los sentidos de lo público (Santos, 2009: 145). Si bien este tipo de conclusiones y perspectivas parecen pasar la línea que separa el clientelismo de la corrupción, se debe resaltar que no son necesariamente lo mismo. Esta

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distinción es de importancia tanto metodológica como teórica. De un lado, permite recabar el dato empírico correcto, sin confundir un acto de clientelismo con uno de corrupción. De no hacer tal distinción, la investigación nos llevará a conclusiones erradas dada la incompatibilidad del hecho observado con la perspectiva analítica abordada. La importancia teórica de la distinción, nos permitirá interpretar de manera adecuada los datos, descubriendo mecanismos explicativos adecuados, sin caer en la tentación de calificar como ilegal una práctica que, a lo sumo, puede llegar a ser inmoral.

4.8.

Y entonces, ¿cuál línea de investigación seguir y con cuál